lunes, 22 de julio de 2019

Si eres normal, es que te han homogeneizado


Si algún concepto aparentemente inofensivo es profundamente peligroso éste no es otro que la idea de normal. Pero su peligrosidad no yace en su simbología en el imaginario colectivo como término de referencia, pues sobre puntos referenciales está construido el mundo de los hombres, sino en su distorsionado significado como unidad de homogeneización de la realidad existente. Por tanto, normalizar, desde un enfoque social, no es más que el proceso de homogeneizar los diversos elementos diferentes entre sí que conforman una misma sociedad. Lo que significa, al fin y al cabo, que aquellos elementos que difieren por sus características de la normalidad, como punto de referencia y que son por tanto objeto de homogeneización, son anormales.

Asimismo, para que se posibilite un proceso de homogeneización debe existir una norma o regla estandar, que no es más que la manifestación fenomenológica de la idea de lo normal, siendo esta norma o regla un molde de impresión social. Por lo que a la lógica mecanicista de lo normal, todas aquellas características que se exceden del molde social son desechables. Una metodología que tiene pleno sentido en una cadena de producción fabril, pero que a todas luces resulta una aberración cuando en vez de moldear productos de bienes y servicio lo extrapolamos al ámbito natural de las personas.

Uno de los moldes de impresión social por antonomasia es tanto el sector educativo como el mercado laboral (sin entrar en la cultura económica de consumo), los cuales criban aquellos activos humanos catalogados como normales, por su adecuada sujeción a los estándares de homogeneización, de aquellos otros activos humanos catalogados como anormales por su defecto de homogeneización. Unos estándares que, a su vez, no son siempre los mismos, sino que varían y se modifican constantemente bajo parámetros espacio-temporales económicos y socio-políticos. En este sentido, el molde de impresión social imperante en la actualidad se fundamenta en una norma o regla estructurada a partir de la inteligencia lógico-matemática, lo que representa que vivimos en una sociedad donde se desechan de manera genérica las siete inteligencias múltiples restantes que conforman el universo racional humano. (Ver: Conoce la Fórmula de Gestión de las Inteligencias Múltiples y Allí donde dos inteligencias diferentes chocan hay empobrecimiento social). Y aún más, dicha norma consensuada socialmente como fundamento del actual molde de impresión social eleva a la categoría de inteligencia estelar la memoria, la cual no se trata de ningún tipo de inteligencia sino de una capacidad personal en términos de habilidad. De hecho, paradójicamente, la comunidad científica ya ha demostrado de manera reiterada que una persona sin memoria es señal de mayor inteligencia.

Como podemos deducir fácilmente tras exponer brevemente los rasgos característicos del marco operativo que regula el molde de impresión social contemporáneo, el concepto de normal -versus su opuesto de anormal- tiene dos claras implicaciones en la vida de las personas: en el ámbito social y profesional (propio del determinismo del mercado laboral), y en el ámbito familiar y personal (propio del determinismo del sector educativo).

En el ámbito social y profesional, el concepto de normal discrimina negativamente la rica variedad de inteligencias múltiples que coexisten en una misma comunidad, lo cual no va solo en contra de los principios fundamentales de toda política de gestión del talento en una sociedad altamente competitiva donde la diversidad de las inteligencias múltiples representa la piedra angular, sino que atenta de frente contra la cultura misma de la innovación. Pues solo transgrediendo la normalidad (pensamiento fuera de la caja) se puede crear una sociedad disruptiva, mientras que desde la lógica de la normalidad tan solo se puede aspirar a procesos innovadores incrementales o, en todo caso, frugales. (Ver: La inteligencia Morfosocial no innova, solo recrea y replica). Un tema que desarrollo extensamente en mi obra “Modelo de Gestión del Talento para Empresas”.

Mientras que en el ámbito familiar y personal, el concepto de normal amputa sin miramientos aquellas habilidades y capacidades singulares e innatas de las personas que sobresalen del molde de impresión social, como si de retales prescindibles se tratase. Una práctica que condena a las personas a la incapacidad de autorealizarse individualmente, por desencaje existencial entre lo que hacen y lo que son (desalineación con la vocación), viviendo en muchos casos sin llegar a conocer su Yo verdadero y esencial. Lo cual, por otro lado, resulta imprescindible para alcanzar un estado de conciencia de felicidad personal.

Pero el concepto de normal no es negativo per se. Todo depende de si parte de una premisa integradora o discriminatoria, como es el caso presente. La batalla de lo normal versus lo anormal solo generará beneficios socialmente, como colectividad, cuando el concepto de normal se vea ampliado hasta incluir aquellos casos que hoy en día cataloga como anormales. Simplemente, es pura lógica matemática: el resultado de la suma y de la multiplicación es mayor al de la resta y la división.

Mientras tanto, y a expensas del molde de impresión social obsesionado en la homogeneización de los seres humanos en calidad de ciudadanos, reivindiquemos nuestra anormalidad como personas singulares, pues solo a través de ella podremos autorealizarnos como seres sintientes y pensantes. A los divergentes del sistema, a los anormales que no encajamos en el molde de la norma, reclamemos nuestro derecho a una vida plena en la que podamos desarrollar nuestras habilidades innatas sin ablaciones sociales. Pues si nos privan de lo que somos, dejamos de ser. Libertas capitur, sapere aude!


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano