martes, 30 de julio de 2019

Nadie está exonerado del precio que tiene que pagar por su propia libertad personal


Nadie está exonerado del precio que tiene su propia libertad. Una carga cuyo peso sobre los hombros de los hombres es directamente proporcional a la suma del peso de los bienes materiales que desea abarcar. Un deseo que, por otro lado, puede ser tanto de naturaleza voluntaria, como de naturaleza obligatoria por las sucesivas cuentas que se van añadiendo al rosario personal e intransferible de la responsabilidad moral de un individuo por social.

Sí, el precio para saldar la deuda contraída por nacimiento para adquirir con pleno derecho la libertad personal pesa. Una pesantez que no solo carga físicamente sobre las frágiles espaldas de los hombres, sino que sobremaneramente presiona como sargento con tornillo de apriete insaciable sobre las mentes humanas. Pues el precio en el mundo de las almas mortales se paga con dinero como moneda de canje, y el dinero exige -por imperativo legal y sin miramientos- unos plazos de pago in tempus, secuencialmente tan vertiginosos que sumerge al hombre en un continuo estado de pseudotrance propio del tempus fugit. Ya que en este contexto la vida se convierte en dinero y éste en tiempo, ergo la vida no es más que tiempo a pagar. (A imagen y semejanza del argumentario de la película distópica In Time).

Ante esta tesitura, para alcanzar la tan anhelada libertad personal el hombre solo cuenta con dos opciones bien definidas: o saldar el pesado precio del conjunto de bienes materiales que desea abarcar, el cual siempre tiende a agrandarse dentro de la lógica del bienestar en una economía de mercado, o bien reducir la necesidad de dichos bienes materiales hasta la mínima expresión con el objetivo de menguar el peso del precio de la libertad a pagar. He aquí la eterna dicotomía del comportamiento humano basculante entre epicureísmo (que bebe del hedonismo) versus estoicismo.

Lo cierto es que optar por la vía voluntuosa de saldar el pesado precio de unos bienes materiales (cuya valoración siempre al alza viene dada por el Mercado) como medio para alcanzar la libertad personal, no es garantía alguna de conseguirlo, por más empeño que la persona disponga. Pues como reza el versículo, muchos son los llamados y pocos los elegidos (un tema resbaladizo donde hay más suerte que meritocracia). Ya que el peso cada vez mayor del dinero acaba alargando el tiempo, y éste consume literalmente la vida de aquel que corre contra reloj para conquistar la libertad bajo el grito de guerra existencial del libertas capitur!, a menos que la diosa Fortuna le socorra antes que la esperanza se convierta en su propia trampa mortal.

Mientras que optar por la vía de reducir el peso del precio, como pago para excarcelar nuestra libertad personal, mediante la minimización de los bienes materiales abarcables, resulta siempre una medida de garantía de éxito asegurado. Como bien saben los ascetas desde tiempos inmemoriales. Aunque para ello se requiere una decidida actitud ya no de desapego al mundo material, sino de aprender a disfrutarlo en su justa medida, que no es otra que la que viene marcada por nuestras propias capacidades y oportunidades al beneplácito de los caprichosos hilos del destino. Pues no existe mayor sufrimiento que aquel que se deriva de obstinarse en lo inalcanzable. Ya que los sueños, como sabiamente versó Calderón de la Barca, sueños son. Y éstos, los sueños, son justamente uno de los grandes problemas de un mundo contemporáneo que mercadea con la ensoñación, aunque ésta es harina de otro costal.

Lo que es una evidencia es que el hombre nace con el derecho positivo a la libertad personal, y que solo él, exclusivamente él, puede transmutarlo en un derecho natural de pleno disfrute. Es decir, que el hombre nace con la prerrogativa de poder conquistar su propia libertad individual, y que de él depende en su libre albedrío de luchar o no por ella. Por lo que frente a la actitud de gravar el precio o de aligerarlo de cara al pago obligatorio previo para alcanzar la libertad, uno no puede dejar de preguntarse en cuál de los dos casos el hombre tiene consciencia y valora verdaderamente su libertad personal. ¿El que se desvive sin vivir, o el que vive sin desvivir?. La respuesta, a la luz de la razón y del eco de la paz interior, se muestra de manera diáfana.

Entonces, podemos preguntarnos, ¿a caso no existe punto medio entre ambos extremos?. La respuesta no pude ser otra que sí y no, por su complejidad. Sí que existe punto medio en cuanto la libertad personal, a fin de cuentas, no es más que un estado de consciencia con independencia del determinismo ambiental. Y no existe punto medio en cuanto dicho estado de consciencia es altamente inestable justamente por el mismo determinismo ambiental. No en vano, quien de verdad busca alcanzar la libertad personal acaba por mediar distancia con el mundo de las formas, desde que el hombre es hombre. Aunque éste es un lujo solo accesible para privilegiados, pues la sociedad, como si de la isla de Circe se tratase, ya se encarga de inmovilizar al hombre con resistentes embrujamientos de responsabilidad moral, emocional, económica y/o material.

Así pues, a quienes buscan el in medio virtus de la libertad personal desde la cárcel del mundo material de las formas, solo cabe esperarlos batallas internas continuas entre los espíritus epicúreos y estóicos dignas de las aventuras de Hércules. Aunque éste parece ser un mal menor para el hombre contemporáneo que, si por algo se caracteriza, es por su apreciable decantación hacia una descarada resistencia a la libertad individual.

En mi caso particular, como hombre basculante del montón que soy, hoy me decanto conscientemente y en pleno uso de mis facultades mentales por el estoicismo para acariciar mi inestimable libertad personal, sabedor que la filosofía es más importante que la religión del materialismo, que el sentido y la finalidad que tiene un hombre en su Yo Soy es lo más importante de la vida, que todo ser humano está limitado por un destino incontrolable, y que la conducta correcta de una persona en cuerpo, mente y espíritu es posible únicamente en el seno de una vida tranquila evitando perturbaciones del alma. Una actitud estoica para tiempos convulsos, gintonic en mano y pipa en boca. Sic fiat!



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

viernes, 26 de julio de 2019

La triple naturaleza sustancial de la espera


Hoy me toca esperar, al igual que ayer y anteayer. De hecho, fumando (en pipa) espero, como cantó la acrtriz española Sara Montiel en la película “El último cuplé”. Lo cierto es que la espera resulta siempre tediosa, pues es un estado tenso -dependiendo del grado de interés y apego personal que suscita el objeto esperado- a camino entre la acción o resolución y la pasividad o descanso. La espera es ese tiempo indefinido e interminable del paso de las manecillas del reloj entre segundos, minutos u horas. La espera es un agujero insondable en el continuo del tiempo, donde el mismo tiempo parece dejar de existir por relantización absoluta de su movimiento. Pero, más allá de cómo definamos subjetivamente la espera, ¿qué podemos esperar de ella?; y, más aún, ¿cuál es su naturaleza?.

El viejo filósofo Kant, en su famosa obra “Crítica del Juicio”, afirmaba que de la espera sólo se pueden esperar tres cosas: la felicidad, el triunfo del bien, y la paz perpetua, como no podía ser de otra manera como precursor del idealismo alemán que era. Sobre la base que en la naturaleza no existe la finalidad, pero que aún así el hombre necesita pensar en la finalidad de sus acciones. Un postulado cuyo fondo comparto personalmente (Ver: La vida no tiene sentido si no se la das tú), pero no así en sus conclusiones sobre la finalidad de la espera en sí misma. Ya que sus reflexiones filosóficas se basan en juicios teológicos, una postura nada recriminable desde una mirada retrospectiva comprensiva hacia un contexto de la ilustración prusiana del siglo XVIII en plena expansión del protestantismo.

No, amigo Kant, de la espera tanto se puede esperar, como consecución de una situación, circunstancia o hecho, la felicidad como la infelicidad, el triunfo del bien o el triunfo del mal, así como la paz perpetua o temporal como la guerra eterna o temporal. Pues el hombre, más allá de su propia voluntad de proyectarse sobre un plano idealista, vive en un plano realista. Y en el dominio físico de las formas, la resolución de la espera viene determinada tanto por la suma de historias o acciones de la persona como sujeto de la espera, como de los determinismos y condicionantes de su entorno, con independencia total del tipo de moral aplicada en cada caso. Por lo que se puede afirmar que la espera conlleva una naturaleza resultante potencialmente incierta del objeto esperado, por situarse por antonomasia fuera de nuestro control en términos absolutos. No existiendo más espera certera que la propia muerte.

Una vez resuelto el hecho de que de la espera tan solo podemos esperar incertidumbre, veamos cuál es su naturaleza desde un enfoque ontológico. En este sentido, podemos apuntar que la espera tiene una triple naturaleza:

La espera como esperanza. En esta primera dimensión de su naturaleza existe una correlación, con fundamento real, entre el significado del sujeto que espera y el significante del objeto esperado. Entendiendo los elementos del fundamento real como la previsión de una resolución posible en términos estadísticos. En este caso, la esperanza como naturaleza de la espera se enmarca dentro del ámbito psicoemocional de los pensamientos positivos.

La espera como ilusión. En esta segunda dimensión de su naturaleza existe una correlación, sin fundamento real, entre el significado del sujeto que espera y el significante del objeto esperado. Entendiendo los elementos del fundamento irreal como puras creencias imaginativas sin correspondencia alguna del mundo de las ideas en relación al mundo de las formas. En este caso, la ilusión como naturaleza de la espera se enmarca dentro del ámbito psicoemocional tanto de los pensamientos positivos como negativos.

La espera como plena incerteza. En esta tercera dimensión de su naturaleza no existe correlación alguna entre el significado del sujeto que espera y el significante del objeto esperado, pues si bien existe sujeto y objeto de la espera, no existe ni significado ni significante de los mismos. En este caso, la plena incerteza como naturaleza de la espera se enmarca dentro del ámbito psicoemocional tanto de los pensamientos positivos como negativos.

Así pues, observamos que la espera tiene la triple naturaleza de la esperanza, la ilusión y la plena incerteza, las cuales se manifiestan de manera conductual en un individuo dependiendo de la capacidad en materia de gestión psicoemocional del mismo frente a la acción de la espera. En este sentido, si bien la actitud conductual no forma parte de la naturaleza stricto sensu de la espera, no podemos obviar el determinismo que ésta ejerce sobre la espera en sí misma, ya que si bien la influencia del comportamiento individual es ajeno sobre su sustancia (lo que es la espera como naturaleza), sí que puede influenciar sobre su accidente (cómo se manifiesta la espera de manera subjetiva en el individuo), en términos clásicos aristotélicos. En este sentido señalaremos, pues, que la espera como sustancia forma parte del ámbito ontológico, mientras que la espera como accidente forma parte de ámbito psicoemocional.

Y, llegados a este punto, si tuviéramos que caracterizar la espera como accidente, cuya ascendencia cabe remarcarse como profundamente psicoemocional, deberíamos recurrir al amplio espectro del orbe emocional que va desde una actitud (manifiesta o no) de indiferencia hasta el deseo más exultante, pasando por el punto medio que es la templanza. Una manifestación, subjetiva y singular por individual del comportamiento de una persona frente a la espera como accidente, que viene condicionada, en cada caso particular, por determinismos biológicos, ambientales o culturales, y psicológicos, donde queda patente la calidad y madurez del mimbre del que está hecho cada ser humano.

No obstante, con independencia de la triple naturaleza sustancial de la espera, todo individuo debería aprender a enfrentarse a la espera bajo una actitud de templanza -aunque en ello nos lleve nuestro esfuerzo personal-, pues no hay nada inteligente en avanzarse en malgastar energías vitales innecesariamente, ya sea en un sentido positivo o negativo, por un futuro que aún no ha llegado. Lo cual nos aleja del momento presente que es la vida. (Ver el concepto de templanza en la Fórmula de la Autoridad Interna).

Y con templanza y esperanza, fumando (en pipa) aun espero la resolución final de mi espera, mientras acabo de perfilar ésta breve reflexión cuyo entretenimiento me ancla en el presente continuo de mi fugaz vida. Alea iacta est!


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 25 de julio de 2019

El número ocho (8), el eco de la estructura misma del universo

Agroglifo 8/8/2008, campos de Wiltshire (Reino Unido)

Hoy, al refugio de la fresca de un caluroso día de verano, me apetece dilucidar sobre el número ocho (8), pues es el número natural que mayor curiosidad me despierta por sus aires criptográficos, si bien debo reconocer que mi número favorito es el nueve por su trazo de carácter reflexivo, introspectivo y sereno, además de señalar el día de mi onomástica.

Si algo tiene el número ocho es que es eminentemente enigmático, pues en él se guardan una multitud de codificaciones que, como si de un prisma se tratase, proyecta diversos significados sobre una misma realidad dependiendo de la luz del conocimiento que la ilumine, con el objetivo de hacer de sus cifrados ininteligibles a buscadores que no dan la talla. No obstante, a modo de entretenimiento, desvelemos algunos significado de su múltiple naturaleza descodificada:

El ocho es eternidad, pues rotado hasta una posición de 160 grados se transforma en una lemniscata con figura en forma de símbolo del infinito.

El ocho es simetría axial de dimensión paralela, pues es dos veces el número tres opuestos entre sí respecto a un eje simétrico. Y siendo tres los puntos de referencia del espacio euclidiano, el ocho encierra en sí mismo un plano dimensional paralelo al plano de la realidad referencial.

El ocho es vida, pues no solo es el número atómico del oxígeno, sino que además son ocho los electrones que siempre requieren los átomos para interactuar con átomos de igual o de diferentes elementos para la creación de moléculas.

El ocho es doble perfección, pues está formado por dos veces la figura geométrica más perfecta del universo: el círculo, en una elegante composición de círculos tangentes.

El ocho es equilibrio, pues en él confluyen las fuerzas antagónicas fundamentales (nacimiento/muerte, bien/mal, luz/oscuridad, femenino/masculino) del eterno movimiento cósmico de la regeneración.

El ocho es realización, pues en su composición no existe dualidad entre lo que es arriba y lo que es abajo, lo que es creciente y lo que es decreciente.

El ocho es geometría sagrada, pues son ocho los puntos de la estrella octogonal formada por dos cuadrados concéntricos, uno de los cuales está girado en 45 grados, símbolo de trascendencia mística en diversas culturas del mundo.

El ocho es justicia, fuerza y abundancia, pues así queda representado en la simbología ancestral dada por el antiguo esoterismo egipcio, la kábala judaica, el tarot medieval, y la cultura oriental, entre otras tantas.

El ocho es el canto del viento, pues su forma es la letra “s” cerrada en un silbido sostenido. El mismo silbido que en el espacio envuelve a los ocho planetas de nuestro sistema solar.

Y así, con éste ritmo cadencioso, podríamos proseguir de manera indefinida descifrando los mensajes ocultos del número ocho. Pero con independencia de la multiplicad de sus cifrados, y vista la breve relación de discriptografías expuestas, dos son las ideas principales que podemos sustraer -a modo de síntesis- de la capacidad perceptiva humana respecto a éste número natural: la idea del flujo continuo y la idea de la perfección en relación a la vida. La pregunta obligada, por tanto, no puede ser otra que el porqué el ser humano relaciona intuitivamente y de manera atemporal la forma figurativa del número ocho con la idea del fluir eterno y de la perfección.

¿Podría ser por que nuestro propio código genético se estructura a partir de una cadena de ADN de doble hélice en forma de ochos concatenados? Podría ser, pero ésta razón de corte biológico no es más que una pátina de la manifestación subyacente de la causa principal. Lo que está claro es que si el ser humano puede percibir una realidad concreta es, principalmente, porque dicha realidad ya constituye parte inherente como forma o idea en la estructura básica sensitivo-neurológica del ser humano. Es decir, que existe una relación isomorfa entre la capacidad de forma perceptible por el hombre y la forma potencialmente percibida de la realidad. Ya que es imposible todo conocimiento si no existe una correspondencia entre sujeto perceptible y objeto percibido.

Un axioma del que se derivan dos postulados: que el conocimiento mismo de la estructura del universo reside de manera latente en el interior del ser humano, y que dicho conocimiento no debe restringirse a una metodología empírica y directa (razonamiento inductivo) sino ampliarse asimismo al conocimiento filosófico e indirecto (razonamiento deductivo) por ser de naturaleza interna. Es decir, el hombre no debe renunciar a buscar desde su mundo interior el conocimiento del mundo exterior, por lógica isomorfista, pues limitarse a conocer tan solo el mundo exterior desde éste puede abocar a la parálisis de recrearse única y exclusivamente en la realidad conocida, como pez que nada buscando respuestas dando vueltas en el interior de su propia pecera.

Así pues, podemos concluir que el número cardinal ocho, tanto en su naturaleza matemática como semiótica, es el eco captado de una parte de la estructura orgánica del universo mismo. Un eco que nos susurra eternidad, dimensiones paralelas, vida, perfección, equilibrio, realización, geometría sagrada, justicia, fuerza y abundancia. Que cada cual se sirva mejor guste y requiera según sus necesidades e inquietudes, sabedores que no hay otro espacio para escuchar el eco del insondable universo que aquel que encontramos transitando introspectivamente por nuestro interior.


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miércoles, 24 de julio de 2019

Círculos concéntricos, un conocimiento metafísico que nos viene dado de serie

Vista aérea de Sun City, Arizona (USA)

El hombre siempre se ha sentido maravillado por los círculos concéntricos, representándolos ya en monumentos prehistóricos de piedra, en petroglifos, o en pinturas rupestres, sin dejar de mencionar los misteriosos agroglifos que aparecen en cultivos de todo el planeta de un día para otro, o las estructuras urbanas diseñadas en círculos concéntricos que van desde la antigua ciudad de la Atlántida (según descripción del propio Platón, y que la comunidad científica sitúa en la ciudad española de Cádiz) hasta los modernos modelos urbanos de estructura interna como Canberra de Australia, Palmanova de Italia, Sun City de USA, Brasilia de Brasil, El Salvador de Chile, Brondby Haveby de Dinamarca, La Plata de Argentina, o Barcelona de España, entre otras muchas ciudades. Aunque seguramente los círculos concéntricos más famosos en la actualidad son las obras pintadas por el ruso Kandiski a principios del siglo pasado.

El elemento nuclear del efecto hipnótico para la psiqué humana de los círculos concéntricos es, justamente, su estructura geométrica fundamentada en el círculo, una de las formas más perfectas y primogénitas del Universo. De hecho, desde el átomo, pasando por el óvulo animal, hasta llegar a los astros del firmamento, el universo se expresa de forma circular. (Ver: Venimos de la esfera y, tras una vida en espiral, a la esfera regresamos). De lo que se deriva que la geometría del círculo forma parte de nuestra propia naturaleza biológica ancestral, latente en el inconsciente tanto individual como colectivo del ser humano. Solo hay que observar la cantidad de objetos a nuestro alrededor que contienen una estructura circular.

Pero a parte del círculo, como elemento sustancial de la geometría de los círculos concéntricos, éstos se definen por tres rasgos singularmente característicos para la percepción humana, aunque se manifiesten de manera ignota por participar en un plano inconsciente: una naturaleza expansiva, una secuencia discontinua periódica entre materia y vacío, y una singularidad dual.

La naturaleza expansiva de los círculos concéntricos invita al imaginario del ser humano a proyectar un punto de fuga en el espacio de la estructura geométrica que tiende hacia el infinito, sin limitaciones de conservación de la energía que puedan hacer decrecer la amplitud de los círculos con la distancia. Lo que eleva a los círculos concéntricos a la categoría de entidad trascendental.

La secuencia discontinua periódica entre materia y vacío de los círculos concéntricos, por su parte, invita al imaginario del ser humano a transitar por entre el misterio de los diferentes mundos o dimensiones que conforman la realidad, cuya manifestación material está esencialmente vacía (que no es lo mismo que la nada). Lo que eleva a los círculos concéntricos a la categoría de entidad multidimensional.

Mientras que la singularidad dual de los círculos concéntricos invita al imaginario del ser humano a la existencia de un origen común, el cual asimismo se manifiesta sin singularidad alguna en la estructura singular de las circunferencias trazadas en cada uno de sus respectivos círculos, induciendo a la idea del ser y el no-ser. Lo que eleva a los círculos concéntricos a la categoría de entidad metafísica.

Dicha triple naturaleza característica de los círculos concéntricos: entidad trascendental, entidad multidimensional y entidad metafísica, hacen que éste cuerpo geométrico, si bien podemos observarlo manifestado en el mundo formal euclidiano, proyecte claras emanaciones más propias del mundo de las ideas o mundo espiritual. Por lo que si echamos mano de un tuneado trilema epicuriano, podemos resolver que:

1.-Si los círculos concéntricos son trascedentales, multidimensionales y metafísicos, entonces no tienen su origen en éste mundo.

2.-Si los círculos concéntricos no tienen origen en éste mundo, pero el hombre puede manifestarlos en él, entonces el hombre tiene acceso a otros mundos.

3.-Si el hombre tiene acceso a los círculos concéntricos a través de otros mundos, entonces es que el hombre es trascendental, multidimensional y metafísico.

Afirmar que el hombre es trascendental, multidimensional y metafísico, equivale a afirmar que el hombre es un ser dualista: material y espiritual. (Ver: La espiritualidad como realidad de la naturaleza humana). Como tantas escuelas de pensamiento han afirmado a lo largo de la historia de la humanidad, con independencia de sus credos y praxis, versus las escuelas monistas de rabiosa actualidad propio de la sombra alargada del pensamiento cartesiano que consideran que el hombre solo es materia.

No obstante, sin entrar a debatir si el hombre es por naturaleza monista o dualista, resulta evidente que la realidad de la que participa y conforma al ser humano mismo parte de la confluencia universal entre materia y vacío, cuyo elemento cohesionador en todo el cósmos no es otro que la energía. A la cual podemos denominarla como realidad física desde una posición monista, o realidad espiritual desde una posición dualista (tanto monta, monta tanto) en términos de acceder a los diversos niveles de manifestación de la misma. Pero con independencia de nomenclaturas al uso, lo relevante es que desde ese sustrato cósmico común que es la energía, el mundo del hombre se ve sujeto a determinismos de realidad estructural de tipo arquetípico como son los círculos concéntricos. Determinismos arquetípicos que, por otro lado, portamos inherentes en el potencial cognoscente de nuestro propio código genético, y que nos vemos abocados a replicar aunque sea de manera inconsciente. Es decir, que los círculos concéntricos es un conocimiento metafísico que nos viene dado de serie. Por lo que podemos concluir que los círculos concéntricos, como formas arquetípicas trascendentales -como muchos otros por determinar-, representan una buena manifestación de los puentes de conexión entre la naturaleza mundana y trascendental del ser humano. A partir de aquí, de nosotros depende el rendimiento que hagamos de dicho conocimiento.



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martes, 23 de julio de 2019

El búho, un arquetipo ancestral con forma de animal


Hace tiempo que tengo un artículo reflexivo pendiente con un animal que, aun no siendo el predilecto de mi cosmoanimalogía personal, desde siempre he sentido hacia él una especial debilidad empática: el búho. Quizás se deba a que representa el icono de la sabiduría clásica, y servidor no siente más que amor (filos) por la sabiduría (sofia) en calidad de filó/sofo, aunque todo amante no deja de ser al fin y al cabo un buscador del amor anhelado, por lo que más que un amante de la sabiduría stricto sensu me considero un humilde buscador amoroso de la sabiduría [que nada tiene que ver con ser un sabio (sofós)]. O quizás se deba, asimismo, a que representa la capacidad de ver (la verdad última del conocimiento) más allá del mundo opaco de las formas, provocando un despertar de la consciencia, que es la máxima aspiración de todo filósofo como ser pensante y curioso que es.

Percepciones personales que, no obstante, no puedo considerarlas como exclusivas, ya que éstas junto a rasgos de carácter mágico, espirituales o metafísicas han sido compartidas por la humanidad desde los albores de la misma y de manera extensiva al conjunto de culturas humanas habidas. Pues se pueden encontrar búhos desde tiempos inmemorables en casi todas las regiones del planeta, desde el círculo polar ártico hasta los desiertos, pasando por las selvas tropicales y las estepas, hasta llegar a las zonas montañosas y costeras.

El búho, más que un ave rapaz nocturna cualquiera, es símbolo, signo, icono, mito y rito en la historia de la humanidad. Es símbolo porque representa una idea perceptible consensuada socialmente. Es signo porque posee un vínculo convencional entre su significante y su significado. Es icono porque su imagen identifica y representa un concepto. Es mito porque encierra un relato trascendental. Y es rito porque conlleva un carácter cultural expresivo del contenido del mito. Pero por encima de todo, el búho es una idea arquetípica universal, porque de él se deriva una noción común (como símbolo, signo, icono, mito, o rito) en el inconsciente colectivo del hombre con independencia de su tiempo. Por lo que se puede afirmar que el búho es un tótem metafísico atemporal para la especie humana.

En este sentido, si el búho es una idea arquetípica universal o un tótem metafísico atemporal significa, en términos platónicos, que el búho pertenece más al mundo de las ideas que al mundo de las formas. De lo que se deriva que su naturaleza es trascendente, equiparándose más -para la capacidad cognoscente humana- al reino de los animales mitológicos por su fuerza simbólica arquetípica, a semejanza del unicornio (pureza), el grifo (fuerza y empoderamiento) o el ave fénix (resilencia y renacimiento), que al mundo animal natural.

Y es justamente esa fuerza vigorosa arquetípica que emana del búho la que atrae y embruja al hombre, percibiéndolo más como un ser que transita entre dos mundos, el etérico y el material, que un ser puramente mortal. De ahí que los hilos invisibles del inconsciente ancestral del hombre, aquellos que aun sin saberlo -pero sí intuyéndolo en nuestra intimidad- nos conectan con todas las manifestaciones de la energía del universo que es la Vida, nos obligan sin forzamiento alguno a mostrar cierta actitud reverencial frente al búho, pues como arquetipo viviente percibimos en él un halo sagrado de la naturaleza existencial del mundo.

El búho es epistemología y hermenéutica, pues en él se guarda tanto los secretos del arjé (principio y fundamento) de la realidad como el método e interpretación a dicho conocimiento. Es por ello quizás que, arrastrado por un impulso más inconsciente que consciente, personalmente me gusta de coleccionar objetos figurativos de búhos. Cuya visión, sobre alguno de los estantes de mi casa, me produce al mirarlos una sensación de conexión con el mundo trascendente del que todos sin excepción venimos y al que inevitablemente regresaremos tarde o temprano, tras nuestro paso temporal por ésta densa dimensión donde las ideas arquetípicas tan solo pueden proyectarse sobre formas caducas, a imagen y semejanza de la caverna de Platón.

Así pues doy por informado: a aquellos argonautas de la vida, con los que coincidamos en algún punto de nuestro viaje mortal, que quieran traer un presente a mi casa no encontrarán mejor regalo que una figura de un búho para asegurarse un grato recibimiento. Dixi!.



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lunes, 22 de julio de 2019

Si eres normal, es que te han homogeneizado


Si algún concepto aparentemente inofensivo es profundamente peligroso éste no es otro que la idea de normal. Pero su peligrosidad no yace en su simbología en el imaginario colectivo como término de referencia, pues sobre puntos referenciales está construido el mundo de los hombres, sino en su distorsionado significado como unidad de homogeneización de la realidad existente. Por tanto, normalizar, desde un enfoque social, no es más que el proceso de homogeneizar los diversos elementos diferentes entre sí que conforman una misma sociedad. Lo que significa, al fin y al cabo, que aquellos elementos que difieren por sus características de la normalidad, como punto de referencia y que son por tanto objeto de homogeneización, son anormales.

Asimismo, para que se posibilite un proceso de homogeneización debe existir una norma o regla estandar, que no es más que la manifestación fenomenológica de la idea de lo normal, siendo esta norma o regla un molde de impresión social. Por lo que a la lógica mecanicista de lo normal, todas aquellas características que se exceden del molde social son desechables. Una metodología que tiene pleno sentido en una cadena de producción fabril, pero que a todas luces resulta una aberración cuando en vez de moldear productos de bienes y servicio lo extrapolamos al ámbito natural de las personas.

Uno de los moldes de impresión social por antonomasia es tanto el sector educativo como el mercado laboral (sin entrar en la cultura económica de consumo), los cuales criban aquellos activos humanos catalogados como normales, por su adecuada sujeción a los estándares de homogeneización, de aquellos otros activos humanos catalogados como anormales por su defecto de homogeneización. Unos estándares que, a su vez, no son siempre los mismos, sino que varían y se modifican constantemente bajo parámetros espacio-temporales económicos y socio-políticos. En este sentido, el molde de impresión social imperante en la actualidad se fundamenta en una norma o regla estructurada a partir de la inteligencia lógico-matemática, lo que representa que vivimos en una sociedad donde se desechan de manera genérica las siete inteligencias múltiples restantes que conforman el universo racional humano. (Ver: Conoce la Fórmula de Gestión de las Inteligencias Múltiples y Allí donde dos inteligencias diferentes chocan hay empobrecimiento social). Y aún más, dicha norma consensuada socialmente como fundamento del actual molde de impresión social eleva a la categoría de inteligencia estelar la memoria, la cual no se trata de ningún tipo de inteligencia sino de una capacidad personal en términos de habilidad. De hecho, paradójicamente, la comunidad científica ya ha demostrado de manera reiterada que una persona sin memoria es señal de mayor inteligencia.

Como podemos deducir fácilmente tras exponer brevemente los rasgos característicos del marco operativo que regula el molde de impresión social contemporáneo, el concepto de normal -versus su opuesto de anormal- tiene dos claras implicaciones en la vida de las personas: en el ámbito social y profesional (propio del determinismo del mercado laboral), y en el ámbito familiar y personal (propio del determinismo del sector educativo).

En el ámbito social y profesional, el concepto de normal discrimina negativamente la rica variedad de inteligencias múltiples que coexisten en una misma comunidad, lo cual no va solo en contra de los principios fundamentales de toda política de gestión del talento en una sociedad altamente competitiva donde la diversidad de las inteligencias múltiples representa la piedra angular, sino que atenta de frente contra la cultura misma de la innovación. Pues solo transgrediendo la normalidad (pensamiento fuera de la caja) se puede crear una sociedad disruptiva, mientras que desde la lógica de la normalidad tan solo se puede aspirar a procesos innovadores incrementales o, en todo caso, frugales. (Ver: La inteligencia Morfosocial no innova, solo recrea y replica). Un tema que desarrollo extensamente en mi obra “Modelo de Gestión del Talento para Empresas”.

Mientras que en el ámbito familiar y personal, el concepto de normal amputa sin miramientos aquellas habilidades y capacidades singulares e innatas de las personas que sobresalen del molde de impresión social, como si de retales prescindibles se tratase. Una práctica que condena a las personas a la incapacidad de autorealizarse individualmente, por desencaje existencial entre lo que hacen y lo que son (desalineación con la vocación), viviendo en muchos casos sin llegar a conocer su Yo verdadero y esencial. Lo cual, por otro lado, resulta imprescindible para alcanzar un estado de conciencia de felicidad personal.

Pero el concepto de normal no es negativo per se. Todo depende de si parte de una premisa integradora o discriminatoria, como es el caso presente. La batalla de lo normal versus lo anormal solo generará beneficios socialmente, como colectividad, cuando el concepto de normal se vea ampliado hasta incluir aquellos casos que hoy en día cataloga como anormales. Simplemente, es pura lógica matemática: el resultado de la suma y de la multiplicación es mayor al de la resta y la división.

Mientras tanto, y a expensas del molde de impresión social obsesionado en la homogeneización de los seres humanos en calidad de ciudadanos, reivindiquemos nuestra anormalidad como personas singulares, pues solo a través de ella podremos autorealizarnos como seres sintientes y pensantes. A los divergentes del sistema, a los anormales que no encajamos en el molde de la norma, reclamemos nuestro derecho a una vida plena en la que podamos desarrollar nuestras habilidades innatas sin ablaciones sociales. Pues si nos privan de lo que somos, dejamos de ser. Libertas capitur, sapere aude!


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domingo, 21 de julio de 2019

Demasiado, un concepto mental limitador a transmutar


Que las palabras pueden limitar nuestra existencia humana, es un hecho conocido por la neurociencia, y más concretamente por la programación neurolinguïstica. Pues si al fin y al cabo nuestros pensamientos son estructuras neurolingüísticas, y éstos dan forma a nuestro cerebro como objeto cognoscente de la realidad que nos rodea, los pensamientos, por tanto, representan el código base de la programación mental que determina la historia de nuestra existencia, biología incluida.

Un conocimiento ampliamente respaldado por pensadores e investigadores tan diversos, en pleno siglo XXI, como el director del Centro para la Investigación de Mentes Saludables (USA) Richard J. Davidson, el investigador Perla Kaliman del Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona (España), el famoso epigenetista Bruce Lipton, el no menos conocido psicólogo Martin Seligman fundador de la Psicología Positiva y creador del método Perma, el filósofo español Luís Castellanos pionero en la investigación del lenguaje positivo, o un humilde servidor con la obra de tecnología mental para una buena salud emocional bajo el título “Manual de la Persona Feliz”, sin olvidar al recién fallecido científico japonés Masaru Emoto, entre otros muchos cuyas referencias -por extensas- nos darían para un libro en sí mismo.

En coherencia con dicho conocimiento, mi mujer Teresa hace tiempo que desterró de su vocabulario dos palabras clave para una transformación en positivo de su vida: culpa y normal. Pero, ¿qué significa transformar en positivo la propia realidad desde la reprogramación neurolingüística?. Básicamente, y a modo de síntesis, trabajar activa y conscientemente en alcanzar el estado de autorealización personal, que no es más que permitir el desarrollo y expansión del talento potencialmente manifestable en la vida como ser individual. Proceso para el cual se requiere, como punto de partida, un estado personal de Autoridad Interna, que es aquella actitud en la que la persona se muestra fiel a su naturaleza consigo misma y con la realidad más inmediata que le rodea, para lo cual es condición sine qua non previa un proceso de madurez personal de autoconocimiento del Yo Soy versus el Yo no-Soy o el Yo de los Otros.

No obstante, no podemos detectar las palabras objeto de una programación mental limitada susceptibles para un cambio y transformación de nuestra propia realidad hasta que la vida, como escuela máster del aprendizaje individual, nos ayuda a poner luz sobre las mismas, observación consciente personal mediante. Y en este sentido, en un continuo avance hacia la autorealización personal, Teresa me leyó ayer noche una sabia reflexión de autoría propia sobre un nuevo vocablo limitador que lleva tiempo reseteando de su programación mental: demasiado, la cual me ha evocado de manera entusiasta a la presente deliberación.

Y es que demasiado es un término que psicoemocionalmente contiene -desde una concepción social contemporánea- una gran carga limitadora para el óptimo desarrollo de nuestras capacidades hacia un estado de plena autorealización personal. Demasiado es un concepto que a menudo lo asociamos, aunque sea inconscientemente, como no merecedores de ello. Demasiado es una sentencia personal, por decreto mental, que comparten los tres jinetes del apocalipsis del mundo interior de muchas personas: Yo no puedo, Yo no valgo, Yo no me lo merezco. Demasiado, por tanto, es la guadaña que sega los sueños individuales de las personas que se atreven a transgredir, para mejorar, la realidad personal conocida. Demasiado es un limitador mecánico cuyo dispositivo se activa automáticamente, en el interior de los resortes de nuestro engranaje mental/emocional, para impedir nuestro crecimiento como personas con un alto potencial a desarrollar, habiendo sido inoculado en nuestro organismo desde el momento incluso anterior a nuestra propia concepción por la programación mental colectiva (determinismo cultural). Por lo que en este sentido, y a la suma de los factores expuestos, se puede afirmar sin rubor que el pensamiento de demasiado deviene un claro mecanismo de control social.

No, demasiado no se puede relacionar nunca con algo negativo, por no merecedores o capacitados, siempre y cuando se conciba desde la búsqueda de transcendencia hacia la libertad y el bien individual bajo la premisa del respeto al prójimo. Demasiado es una idea cuya carga moral debe resituarse en su justa medida, más allá de condicionantes culturales interesados, pues dicho concepto no es positivo ni negativo en sí mismo como sustancia potencial del cambio, sino que es éticamente loable o reprobable dependiendo del fin de su manifestación de facto. Por lo que demasiado como juicio de valor es claramente reprobable moralmente cuando limita el desarrollo por derecho (de iure) de una persona, mientras que contrariamente resulta loable moralmente cuando permite la plena autorealización personal de un ser humano.

Es por ello que demasiado es un concepto comúnmente limitador de la programación neurolingüística que las personas, en nuestra vocación de autorealizarnos individualmente desde la plena facultad de nuestras libertades personales en su justa medida, debemos trabajar ya no para transgredir, sino para transmutar positivamente en un valor potencial de crecimiento existencial. Un proceso altamente factible sabedores que si existe algún órgano reseteable en la fisiología humana éste es, sin lugar a dudas, nuestra propia mente.

Gracias, amor, por alumbrarme en mi camino de crecimiento personal, despertando mi interés reflexivo sobre uno más de los elementos culturalmente limitadores para el desarrollo humano. A partir de ahora reprogramaré en mi mente el término demasiado para substituirlo por el concepto de merecida abundancia. Fiat lux!


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 


viernes, 19 de julio de 2019

La agresión sexual, de preocupantes síntomas de sociabilización, es una cuestión de Estado


El reino de la razón sobre los instintos parece estar en uno de sus momentos más bajos, a la luz de los continuos casos de agresión sexual que copan portadas en los medios de comunicación de nuestra “desarrollada” sociedad. Y en este punto, no me dejaré arrastrar por el superfluo debate jurídico entre abuso y agresión sexual, pues para entendimiento de la Ética -que es lo socialmente sustancial- ambos conceptos tienen la misma baja catadura moral.

Para poder llegar a entender una actitud humana tan aberrante como es la agresión sexual, por atentar contra la libre voluntad, el respeto a la intimidad y la dignidad de las personas, debemos diferenciar entre su continente y su contenido. En este sentido, entenderemos como continente de la agresión sexual a la sociedad, quien define la estructura cultural en el ámbito de la exaltación de los sentimientos, y más específicamente en la relación existente entre deseo y placer. Y entenderemos como contenido de la agresión sexual tanto al individuo en sí mismo en concepto de autor, como a sus círculos sociales más allegados, como son el entorno familiar y el de amistades en concepto de cooperadores necesarios activos o pasivos, que en la suma definen de facto el uso de los valores de la experiencia moral en la relación manifiesta entre deseo y placer.

Obviamente, al referirnos a la agresión sexual como fenómeno sociológico, tanto su continente como su contenido parten de un marcado rasgo característico esencial, que no es otro que el uso indebido del placer carnal. Lo que nos aleja del elevado concepto clásico de la chresis aphrodision griega que aboga por el uso adecuado y en su justa medida de los placeres sexuales, en una clara vocación humanista por trascender al hombre de su naturaleza primogénita animal. Un hecho que nos delata a priori que tanto en la sociedad como continente, como en el individuo, la familia y las amistades como contenido de la acción sexual indebida, existe una distorsión conductual -y de posible hábito ya normalizado- de la gestión adecuada del placer, en términos de correcta oportunidad social, y de dominio y de templanza psicoemocional de los instintos más básicos a nivel personal. Por tanto, podemos afirmar que:

1.-Si la sociedad define la estructura cultural de la relación entre el deseo y el placer, y la sociedad se nos muestra como continente del fenómeno de la agresión sexual, ello significa que la sociedad está promoviendo -por acción u omisión- un conjunto de creencias, costumbres y hábitos temporales, por contextualizados, que favorecen la distorsión de los principios conductuales de las personas en relación al deseo y al placer. Siendo una de las causas principales la inmersión de las sociedades contemporáneas en la cultura del consumo exacerbado de experiencias de alto grado sensorial, dentro de la lógica comercial de una economía de libre mercado, que retroalimenta la adicción a una filosofía social fundamentada en el hedonismo: la convicción de la existencia individual como medio de obtención y disfrute de los placeres de la vida con carácter inmediato y elevado a la categoría de fin superior.

2.-Asimismo, si el individuo, la familia y las amistades definen el uso de los valores de la experiencia moral en la relación entre deseo y placer, y dichos actores se nos muestran como partes relacionadas en el contenido del fenómeno de la agresión sexual, ello significa que individuo, familia y amistades están promoviendo -por acción u omisión- una escala de valores morales temporales, por contextualizados, que asimismo también favorecen la distorsión de los principios conductuales en la relación entre deseo y placer. (Lo que Nietzsche calificaría como moralina). Siendo las causas principales tanto la influencia directa por inmersión de la filosofía hedonista, derivada de la sociedad como continente, como la dejación o defecto de responsabilidades en materia de educación moral -en términos de deberes y obligaciones-, tanto del entorno familiar como velador de un correcto comportamiento sexual de sus miembros, como del individuo como autor principal potencial de una acción sexual, como del círculo de amistades de éste como validadores de sus actos.

Como podemos deducir a la luz de lo expuesto, continente y contenido forman parte de una misma naturaleza que se retroalimenta en doble sentido, donde estructura cultural y valores morales convergen dando como resultado un tipo conductual concreto objeto de la presente reflexión: la agresión sexual. Y cuya responsabilidad recae en todas las personas que conformamos una misma comunidad social, pues todos somos a su vez continente y contenido de manera indisociable.

La parte positiva es que la agresión sexual, por ser una manifestación conductual, se puede corregir social e individualmente con el objetivo de que la práctica de los placeres sea sometida a un uso personal y social adecuado, mediante la inestimable y últimamente denostada herramienta de la educación. Educar en el justo momento y medida de la práctica de los placeres carnales, desde un enfoque de la chresis clásica, no solo es educar contra la agresión sexual, sino que a su vez representa educar en valores como el uso correcto de la libertad personal y el respeto a la dignidad hacia terceras personas, que son elementos nucleares de la tradición humanista occidental. Y seguramente, justamente la mala praxis de la libertad personal -por un sistema educativo familiar y social deficiente-, junto a una exaltación del individualismo propio de la sociedad de consumo, ha desencadenado en una cultura generalizada por la falta de respeto hacia el prójimo que, llevada a sus extremos en el campo conductual del deseo y el placer, han acabado generando el preocupante panorama actual de registro masivo de casos de agresión sexual.

Asimismo, y en sentido contrario, no educar contra la agresión sexual desde sus propios resortes fenomenológicos representa, por un lado, crear un estado de inseguridad y de consecuente alerta social -como comienza a ser patente en nuestras ciudades-, y por otro lado, normalizar la cosificación de la persona objeto del deseo hasta el punto de convertirla en un bien de propiedad personal temporal sujeto a los caprichos del agresor o agresores. Pues no hay que pasar por alto el gravísimo fenómeno actual de la agresión sexual, de rabiosa actualidad, que ha pasado de la acción individual esporádica de antaño -fruto de personas con patologías sexuales bien definidas- a convertirse en un rol excesivamente común de entretenimiento de ocio grupal por parte de sujetos jóvenes en edad. Es decir, la agresión sexual comienza a tomar ciertos tintes de sociabilización en ciertos estratos poblacionales.

El reino de la razón sobre los instintos es lo que nos trasciende como seres humanos, mientras que el imperio de los instintos sobre la razón nos subyuga al mundo animal, un escenario éste donde el concepto de civilización no tiene cabida. Pero aun siendo civilizados, ¡ay del desgraciado que transgreda en mi ámbito familiar más íntimo la libertad y el respeto carnal!, pues es mi despertará al más feroz de entre los animales feroces. Por lo que a falta de que nos transformemos en animales salvajes los unos con los otros, procuremos devolver los principios rectores del humanismo a las agendas de Estado. No permitamos -pues es responsabilidad de todos- que la máxima de Hobbes del hombre es un lobo para el hombre, ahora convertida en premonición de expectante cumplimiento, se normalice en nuestra sociedad contemporánea.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

domingo, 14 de julio de 2019

Disolución, una medida de protección psicoemocional frente a una realidad incómoda

Disolución por restauración "Mujer en Rojo", 1618 (anónimo)

En ocasiones, en la vida hay que aprender a diluir los acontecimientos para asegurar una adecuada salud psicoemocional, como amarga hierba que mezclamos en un brebaje dulzón para ayudar a tragarlo mejor, pues como es bien sabido por todos la vida no siempre resulta un camino de rosas. En este sentido, podemos observar que la disolución como fenomenología de la psiqué humana es de doble naturaleza: una exterior, que atañe al mundo de las circunstancias, situaciones o hechos; y una interior, que es propia del mundo de los procesos racionales o pensamientos. Siendo la dimensión exterior la causa o acción de la dimensión interior como efecto o reacción.

No obstante, si bien la disolución es una reacción racional del ser humano frente a un acontecimiento exterior cuya tensión y densidad singular obliga a la persona a protegerse mentalmente, para salvaguardar su propia salud psíquica, el proceso de diluir los pensamientos conlleva una gran carga de gestión emocional. Pues son las emociones y los sentimientos, al fin y al cabo, el objeto principal de apaciguamiento de los pensamientos sobre la percibida como altamente preocupante circunstancia, situación o hecho que experimenta una persona. Ya que pensamientos y sentimientos son dos caras de una misma moneda indisoluble, siendo los pensamientos estructuras de raciocinio neurolingüísticos y los sentimientos su carga emocional vibratoria, sabedores que si bien los pensamientos crean los sentimientos, para modificar los pensamientos primero hay que comenzar transmutando los sentimientos. Dinámica que expongo y desarrollo ampliamente en mi obra “Manual de la Persona Feliz”. Por lo que siendo precisos, debemos apuntar que la dimensión interior de la disolución, como fenómeno de la psiqué humana, no es solo racional sino más bien psicoemocional.

Por otro lado, la disolución de los pensamientos y sentimientos frente a una realidad que nos genera tensión y preocupación cabe enmarcarla como un estado que se sitúa entre las actitudes del apego y del desapego. Aun más: la disolución es el tránsito psicoemocional que realizamos desde una actitud de apego hacia una nueva actitud de desapego mental y emocional, respecto a una circunstancia, situación o hecho vivida.

El acto de la disolución como efecto o reacción representa, desde un enfoque de percepción cognoscente, experimentar una realidad desde una actitud de desdramatización de la misma, como clara medida de autoprotección mental y emocional. Asimismo, el hecho que la disolución sea un tránsito psicoemocional hacia un estado personal de desapego, no significa que culmine obligatoriamente la transmutación de su propia naturaleza. Es decir, la disolución si bien representa un actitud de desapego en potencia, puede perdurar en su estado de transitoriedad a lo largo del tiempo de vida de una persona. El hecho que un estado de disolución acabe transformándose en un estado de desapego frente a una realidad en concreto, dependerá tanto de las características de dicha realidad como de la capacidad y voluntad de gestión psicoemocional de cada persona a título individual.

Asimismo, si bien la disolución como medida de protección de la salud psicoemocional de una persona conlleva la desdramatización -por el consecuente distanciamiento que se deriva de toda objetivación- de una realidad experimentada, ello no representa que la causa o acción de la disolución, que es su dimensión exterior manifestada que provoca la tensión, pierda consistencia y fuerza en el mundo de las formas. Es decir, el proceso de autodefensa psicoemocional de la disolución de un problema puede hacernos percibir dicho problema casi como fantasmal, pero ello no equivale que el problema sea concreto y tangible en el mundo real. Por lo que aquí observamos que la disolución como efecto tiene la potente capacidad de desdoblar la realidad: una de carácter subjetiva y desdramatizada, la personal; y otra de carácter objetiva y problemática, la extrapersonal. O dicho en otras palabras, la realidad subjetiva de la disolución pertenece al mundo de las ideas, mientras que la realidad objetiva de la disolución pertenece al mundo de las formas, sin que ambas se muestren alineadas.

No obstante, a falta de poder desapegarnos de una experiencia vital a la primera de cambio, pues todo tiene su proceso evolutivo, como humanos profundamente humanos a veces necesitamos diluir la realidad, para que pensamientos, emociones y sentimientos se sientan aligerados como hoja que se lleva el viento o que fluye por aguas de un río manso. Pues la realidad, en ocasiones, se puede llegar a mostrar asfixiante, generando tensiones internas que pueden desembocar en cuadros de estrés agudos no aptos para nuestra frágil mente. Y no hay mejor manera para cabotear un mar mental bravo que reencontrar nuestro centro personal, aquel que nos da paz interior, aunque sea diluyendo la realidad exterior. Pues, al fin y al cabo, nuestro mundo exterior no es más que un reflejo de nuestro mundo interior, y si bien nos manifestamos en el mundo exterior, vivimos en él a través de nuestro mundo interior. Ya que Hacemos porque Somos. Y cuando el mundo exterior cae, recordemos que solo nos queda nuestro mundo interior. Por lo que ante los avatares externos que fuerzan desequilibrarnos, la disolución piscoemocional como actitud manifiesta de templanza resulta un recurso personal inestimable para alcanzar la gracia del in medio virtus de los sabios clásicos.



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sábado, 13 de julio de 2019

El abandono es acción y sustancia en el fluir de la vida


El comedor y el salón ofrecen una imagen fantasmal. Las grandes alfombras, de las que uno no se percata de cuánto visten el espacio hasta que ya no están, se han retirado para limpiar. Los cuadros han sido descolgados de sus paredes para trasladarlos a la casa de verano, para mejor recaudo. Los objetos ornamentales fueron recogidos para que no acumulen polvo. Y los muebles, sofás, lámparas y estatuas incluidas que quedan, han sido cubiertos con fundas de tela blanca a medida para que duerman sin interrupción el largo sueño del verano. Una imagen propia de una casa abandonada, aunque solo sea por casi tres meses.

Un espacio abandonado no solo transmite una señal emocional de desangelado, semejante al concepto de un frío vacío en el que no reside la vida y donde los ecos de una actividad social pasada han dejado de resonar, sino que también transmite una señal racional de desapego, que no es más que una sana actitud humana que permite a las personas reinventarse frente a un nuevo futuro, como animales que mudan su piel para adaptarse a una nueva estación existencial. Pues el futuro, que no deja de ser sino el presente que fluye en el eterno continuo de un tiempo que solo sabe avanzar, no espera a nadie, y menos aun a los nostálgicos.

Resulta curioso observar la rapidez, en algunos casos de manera casi instantánea, en la que un espacio rebosante de vida pasa a un estado de completo abandono.Y cómo un espacio abandonado se marchita con la fugacidad de una flor recién cortada sobreexpuesta a un sol abrasador y sin agua que le ayude a prolongar su caduca vitalidad. De lo que se extrae que el abandono, en estado puro, equivale a una férrea voluntad activa de renuncia por los cuidados que requiere el mantenimiento de un espacio, ya sea físico o metafórico, por rudo que éste sea. En otras palabras, abandonar significa dejar morir. Y allí donde no hay vida, se instala el vacío.

Aunque por otro lado, todos sabemos que el vacío absoluto no existe en nuestro planeta, por lo que aquello que entendemos como vacío, tiempo mediante, no es más que la pausa existente entre dos formas de vida diferentes que pugnan por un mismo espacio. Pues la vida, en sus múltiples formas, siempre acaba haciéndose paso por la irrupción de su propia e incontenida fuerza natural. (Ver: Solo desde el vacío generamos nuevos mundos). Es por ello que toda ilusión de vacío acaba por llenarse nuevamente de vitalidad, aunque esta no sea de naturaleza humana. Y en su tránsito, el proceso de abandono de un espacio conlleva irremediablemente el borrado de la existencia habitada anterior, cuya memoria acaba por diluirse en la noche de los tiempos.

Si, una vez que abandonamos un espacio, con él muere la memoria de nuestra historia personal, con total indiferencia de si ésta estuvo marcada por una vida llena de glamour o, por el contrario, de sufrida penuria. Recuerda hombre, que polvo eres y al polvo volverás, reza el génesis judeo-cristiano. Un polvo que el viento de los tiempos ya se encargará de esparcir para su olvido. Siendo lo único potencialmente perdurable nuestros actos que, en algunos casos excepcionales, son merecedores del recuerdo para futuras generaciones.

Por tanto, podemos afirmar que el abandono es acción y sustancia. Acción porque surge como producto de una voluntad activa de la capacidad racional humana, con independencia que dicho comportamiento conductual sea forzado por una causa de fuerza mayor o voluntario desde el ejercicio del uso en plenas facultades de la libertad personal. Y sustancia porque representa el sustrato primero y último de la pulsación regeneradora de la fuerza arrolladora de la vida, en su eterna naturaleza impermanente de continuo cambio y transformación del mundo de las formas. Pues no debemos de olvidar que la vida tiene el impulso tanto caprichoso como irrefrenable de redefinir periódicamente la estructura de la propia realidad.

Y regresando a mi particular realidad, continuo observando -bajo un espíritu reflexivo- cómo las fundas blancas que todo lo cubren en periodo estival ofrecen a la casa de invierno una apariencia casi fantasmal. Y a pesar de que, en este caso, el abandono del espacio familiar es temporal, no deja de ser un preludio de un futuro no muy lejano en el que seguramente el estado de abandono llegará a ser permanente, pasando de acción a sustancia, y arrastrando así en su paso hacia la desmemoria social de sus propios inquilinos. Será entonces cuando el recuerdo de lo vivido se convertirá progresivamente en olvido. Y en ese vacío transitorio, otra experiencia de vida hará su aparición con presumible pleno desconocimiento de las experiencias vitales de los antiguos moradores, incluido yo mismo.

A la espera que finalice el verano para volver a resucitar la casa fantasma del abandono transitorio, solo cabe vivir lo mejor posible el presente prestado, pues la vida no es más que la suma de pequeños instantes presentes que como polvo sostenido en la palma de la mano se esfuman a cada incontenida espiración. No en vano nuestra vida, hasta que se convierta nuevamente en polvo, es un regalo, y por ello justamente lo llamamos presente in saecula saeculorum.


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viernes, 12 de julio de 2019

Vivimos rodeados de extraños

Ramblas de Barcelona

Nos hemos acostumbrado a vivir entre extraños. Paseamos por las ciudades cruzándonos de manera continua con personas que no solo no conocemos, sino que no nos importan. De hecho, damos por normalizado el hecho de convivir con y entre desconocidos. Algo que, por otra parte, resultaba incomprensible para las primeras comunidades humanas de antaño donde los lazos sociales eran fundamentales para la supervivencia de la colectividad.

Una de las razones actuales de la falta de necesidad por conocer al prójimo es que no requerimos -o al menos eso es lo que creemos- de una relación casi familiar con los miembros que forman parte de nuestra comunidad para garantizar nuestra seguridad personal y familiar, pues las relaciones sociales intergrupo las hemos suplido por un garante protector mayor al que denominamos Sistema, Mercado o Estado. Y ello es consecuencia, en parte, porque nuestras complejas sociedades contemporáneas están sobredimensionadas poblacionalmente, lo que nos resulta imposible conocer y relacionarnos con todos y cada uno de sus miembros; así como, suma y sigue el alto grado de volatilidad existente en el mercado laboral y la rotación en el flujo migratorio continuo de personas en un entorno global, los roles o aportaciones sociales que los diferentes miembros de la comunidad a título individual realizan sobre el conjunto del grupo como colectividad se nos presentan difusas e indefinidas por desconocidas.

Sí, vivimos en un hábitat humano percibido como seguro (relativamente) al amparo de la burbuja protectora del Sistema en el que nos desarrollamos como personas con categoría de ciudadanos de pleno derecho, mientras miramos asimismo de reojo y con cierto recelo -aunque sea inconscientemente- a la persona que pasa por nuestro lado en la calle, comparte fila de espera en la tienda, se sienta junto a nosotros en el metro o se sitúa a la par con nuestro vehículo. Pero ni nos importa ni nos preocupa, ya que desde que nacemos nos acostumbramos a los extraños, aunque sean partícipes de nuestra propia existencia. Lo cual no significa que, a causa del desconocimiento que acusamos los unos sobre los otros, mantengamos de manera latente un cierto instinto de alerta contra el extraño, eso sí en un educado -por correcta compostura- sentimiento de activa defensa directamente proporcional al grado de reconocimiento como igual una vez sondeados sus rasgos estéticos, ademanes externos y manifestación conductual.

Lo cierto es que si viviéramos en la era prehistórica de los primeros humanos, con independencia de que formásemos parte de los jomones japoneses, de los aleutianos rusos, o de los íberos o celtas ibéricos, no guardaríamos tanto la compostura -ni mucho menos- frente a un extraño, pues todo aquello que desconocemos lo percibimos en primera instancia y de manera instintiva desde tiempos ancestrales como un peligro potencial. Contrariamente, hoy en día, a falta de atacar, amenazar o salir corriendo impulsivamente, estamos educados por siglos de entrenamiento en el refinado arte de la convivencia con extraños mediante el pose normalizado de una indiferencia recelosa, evitando mayormente el contacto visual de unos con otros como si no existiera nadie más a nuestro alrededor en medio de las abastadas ciudades, pues la simple evasión al contacto de la mirada extraña lo significamos como una medida de protección de la integridad física personal. -Y es que el mundo, aunque aparentemente apacible, está repleto de peligros-, nos decimos continuamente. Un mensaje de autoprecaución que los medios de comunicación ya se encargan de recordarnos a diario con el relato de trágicas noticias, aumentando así de paso sus niveles de audiencia. (Ver: ¿Por qué nos atraen las películas de violencia, intriga y sexo? Y, ¿cómo nos afectan? y ¿Por qué existe la violencia?).

Este fenómeno sociológico (de raíz antropológica) provoca que las personas transiten en pleno siglo XXI llevando a cuestas su mundo particular con una adecuada distancia e indiferencia de seguridad frente a terceros, hasta el punto que unos acaban siendo invisibles para los otros y viceversa. Una individualización de la vida que, por ende, es promulgada como estándar de calidad de felicidad por parte de la denominada sociedad de consumo (Ver: La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo).

Queda claro, pues, que el extraño no es más que una persona a la que no conocemos, cuyo desconocimiento activa un miedo primitivo, casi cavernícola, que nos predispone a un estado de alerta defensiva. Un miedo ya no inoculado pero si potenciado por un sistema de organización económica de libre mercado que obliga, a las diferentes individualidades que somos partes de la totalidad de una misma colectividad como sociedad, convivir de manera dividida. Y, en este sentido, no hay más que rememorar la máxima de Julio César: Divide y vencerás.

Aunque todo fenómeno tiene su reverso en un mundo dual, por lo que su lectura complementaria nos señala que el extraño -al fin y al cabo y soltando el lastre propio del miedo irracional-, no deja de ser más que una persona que nos queda por conocer. Y a quien conocemos, como bien sabemos, no solo se le pierde el miedo, sino que se crea un enlace abierto a una posible relación fructífera para ambas partes. Lo que en una constelación social representa un claro fortalecimiento de las partes que conforman el colectivo como comunidad. O, como mejor escribió el fabulista Esopo de la antigua Grecia: La unión hace la fuerza.

De extraños está repleto el mundo, aunque ciertamente más extraño es si cabe tanto la obstinación como la miopía del ser humano, en cuanto al aprovechamiento de suma de potencialidades comunes como sociedad se refiere. Pero no hay por qué extrañarse, pues en nuestra heredada sociedad de los ciegos el tuerto siempre es el rey. Y hasta que no sanemos nuestra apegada ceguera, permítanme continuar caminando por la calle tratando a mis semejantes desconocidos con cierto recelo en calidad de extraños, pues de los ideales utópicos al martirio solo hay un pequeño paso, y servidor solo tiene vocación de filósofo que no de santo.



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miércoles, 10 de julio de 2019

Diccionario del Alma (Derivativo, -va / descabezar) XXVIIIª Entrega

Nueva entrega del "Diccionario del Alma" allí donde lo dejé con la misma paciencia y motivación de quien tiene un macro puzzle inacabado, sabedor que lo divertido está en el viaje del proceso (que inicié a finales del 2013, y que no sé cuando lo acabaré). Para quienes lo conocen, saben que éste no es un diccionario al uso, sino que describe el eco que cada palabra resuena en mi alma (en un momento concreto y determinado de mi vida, lo que son susceptibles de continua revisión, pues yo -como todos-, no soy nunca siempre igual), por lo que no están todas las palabras sino tan solo aquellas que siguen este criterio.


Derivativo, -va: La sonrisa tras el beso.
Dermatología: El abrazo cariñoso de la medicina.
Dermis: Los cimientos del tacto.
Derogación: Condenar un norma a la guillotina de la plaza pública.
Derogar: Acción propia de los cortos de mira de neutralizar una ley cada cuatro años.
Derramamiento: Conquistar superficie.
Derramar: Ejercicio de aprendizaje motor de los bebés.
Derrame: De relativa relevancia, dependiendo del contenido.
Derredor: Un corsé de espacio.
Derrengar: Un acto inhumano, se mire por donde se mire.
Derretimiento: Yo, con estas calores.
Derretir: Bella forma de transmutarse la vela.
Derribar: Sin lugar a dudas, el radicalismo.
Derribo: Cada día, la sombra de la apatía.
Derrocar: Cuanta más injusticia, mejor.
Derrochador, -ra: El/la inconsciente de la finitud de las cosas.
Derrochar: Si es talento, cabe aplaudirlo.
Derroche: Por favor, que sea de cortesía.
Derrota: Un punto y seguido en el camino continuo.
Derrotado, -da: Un estado mental.
Derrotar: Si no se trata de la ignorancia, no me interesa.
Derrotero: El hilo dorado del destino.
Derruir: Redecorar la cotidianidad.
Derrumbadero: La faceta malcarada de la montaña.
Derrumbamiento: A pedazos, nuestra realidad.
Derrumbar: El egoísmo exacerbado.
Desabor: La peor de las muertes en vida.
Desaborido,-da: La cháchara de sociedad.
Desabotonar: Efecto natural físico producido progresivamente por la curva de la felicidad.
Desabrido, -da: Personalmente, el vinagre.
Desabrigado, -da: Cualquier alma en pena.
Desabrigar: El niño solo en su primer día de colegio.
Desabrochar: Si es por pasión, a mordiscos si hace falta.
Desacatar: Siempre que atente contra la ética.
Desacato: La crónica de una consecuencia anunciada.
Desacertar: La cómica costumbre de los sondeos electorales.
Desacierto: 1. El típico graciosillo de las fiestas. 2. Nota disonante.
Desaconsejar: Un consejo que raras veces se atiende.
Desacordar: La esencia del divorcio.
Desacorde: Un tercio de la humanidad con otro tercio, y un tercer tercio con los anteriores.
Desacostumbrar: Para los animales de costumbre, como los seres humanos, un problema.
Desacreditar: El deporte nacional de los envidiosos.
Desacuerdo: Al final todo se reduce a una cuestión de compatibilidades químicas.
Desafección: El efecto de un defraude continuo.
Desafecto, -ta: Un afecto descuidado.
Desafiador, -ra: Rasgo conductual de aquel que no se integra.
Desafiar: La razón al sentimiento, y a la inversa.
Desafinado, -da: Mi engranaje neuronal a primera hora de la mañana.
Desafinar: Estado previo a la armonía.
Desafío: Asombrarse a cada nuevo día.
Desaforado, -da: Todos aquellos que pagamos los sueldos de los aforados.
Desafortunado, -da: La materialización de una vibración energética inadecuada.
Desafuero: Acción propia de enajenados.
Desagradable: Los griteríos.
Desagradar: La leche.
Desagradecer: La rubrica para el último favor concedido.
Desagradecido, -da: Epidemia contemporánea fruto de una mala educación.
Desagradecimiento: Un silencio que retrata.
Desagrado: La falta de pulcritud.
Desagraviar: La ilusión de intentar borrar un pasado.
Desagregar: Provocar una mitosis a la fuerza.
Desaguadero: El tobogán de la lluvia.
Desaguar: Cada vez que bebemos agua.
Desagüe: Medio de desahogo.
Desaguisado: La mano sin vocación.
Desahogado, -da: Persona que llega al clímax del relax.
Desahogar: Cubrir las necesidades fisiológicas más básicas.
Desahogo: Sacar el tapón interior.
Desahuciar: Desproveer a la persona de su dignidad.
Desahucio: Un delito legal.
Desarirado, -da: Los políticos tras su examen de gobernanza.
Desairar: En algunas ocasiones, un necesario acto de salud emocional.
Desaire: La actitud de los políticos frente las necesidades sociales.
Desalado, -da: El peso de la autoaflición.
Desalar: El peligro de quitarle la sal a la vida.
Desalentar: Las noticias respecto a la fe en la humanidad.
Desalfombrar: Hábito de mi suegra cuando llega el verano.
Desaliento: Quedarse lejos, económicamente, de final de mes.
Desaliñado, -da: 1. Los mal entendidos progres. 2. Estética nefasta de los nuevos estudiantes de filosofía.
Desaliñar: A menudo, el desgaste mismo de la vida.
Desaliño: Sin lugar a dudas un claro síntoma de baja autoestima.
Desalmado,-da: Hijos de la oscuridad.
Desalojar: Reparto de fichas.
Desalquilar: Encajar una pieza del puzzle.
Desamoblar: La trashumancia humana moderna.
Desamodorrar: Una buena taza de café.
Desamor: Un final sin felicidad.
Desamortización: Un atajo para el robo de la propiedad privada.
Desamortizar: Cambiar de dueño bajo un nuevo concepto de libertad al uso.
Desamparado,-da: El pobre.
Desamparar: Una acción corregible socialmente.
Desamparo: Espacio de indefensión.
Desandar: Retroceso necesario para volver a tomar impulso para proyectarse hacia delante.
Desangrar: 1. El color de la barbarie. 2. El primer grito vital de la muerte.
Desanidar: La ilusión necesaria de quererse comer el mundo.
Desanimación: Desalineación entre sistema educativo y mercado laboral.
Desanimar: La esperanza irracional.
Desánimo: Vistas del pozo interior.
Desanudar: Imposible si es Gordiano.
Desapacible: La persistencia de los extremos.
Desaparecer: Siempre es una buena opción.
Desaparejar: 1. La lujuria animal incontenida. 2. La búsqueda de la dualidad en la unidad.
Desaparición: Un cambio de pantalla sin instrucciones.
Desapasionadamente: El daño colateral de priorizar el dinero sobre la vocación.
Desapegar: Despejar el camino hacia el futuro.
Desapego: Método terapéutico de gestión del fracaso.
Desapercibido: El dolor ajeno en una sociedad hedonista.
Desapiadado,-da: 1.Toda persona egoísta. 2. Efecto producido por el aislamiento de la cúpula de confort.
Desaplicado,-da: Los gobernantes.
Desaprender: El camino para la innovación disruptiva.
Desaprensión: La norma conductual social por excelencia.
Desaprensivo, -va: El ciudadano de a pie frente a una situación que pone a examen su egoísmo.
Desapretar: Recurso educativo.
Desaprobación: Las incongruencias humanas que llevan a la injusticia social.
Desaprobar: 1. Tantas cosas que no acabaríamos. 2. Todo aquello contrario a las ideas arquetípicas.
Desapropiarse: 1. Redistribuir. 2. En algunos casos, consciencia de la no-pertenencia sobre una malentendida posesión.
Desaprovechado, -da: El talento de millones de personas.
Desaprovechar: Efecto de la ceguera.
Desarbolar: Una triste escena.
Desarmar: Medida necesaria para asegurar la seguridad ciudadana.
Desarme: A nivel de Estados, una utopía mientras el hombre sea hombre.
Desarraigar: El alimento de la globalización.
Desarraigo: Un fenómeno antinatural.
Desarrapado, -da: La estética de la carencia.
Desarreglado, -da: Un pose antisistema.
Desarreglar: La mano del incompetente.
Desarreglo: Un problema con solución.
Desarrendar: 1. Desfocalizarse de un suelo. 2. Modificar el enfoque de la energía personal.
Desarrimar: Resultado del curso singular de la vida.
Desarrollar: Materializar una idea.
Desarrollo: Un método para la consecución de las formas.
Desarropar: Impulso pasional.
Desarrugar: Una de mis manías personales.
Desarticular: Obsesión del capitalismo liberal sobre el Humanismo.
Desarzonar: Apear abruptamente.
Desaseado, -da: Reflejo de un malfuncionamiento mental.
Desaseo: Falta de parámetros educativos.
Desasimiento: Renuncia personal a los sueños.
Desasir: Desistir de poseer por respeto o por frustración.
Desasnar: Civilizar.
Desasosegado, -da: Síntoma de tensión entre ser y hacer.
Desasosegar: Motivar la pérdida del in medio virtus.
Desasosiego: Dictadura mental.
Desastrado,-da: Reflejo del mundo interior.
Desastre: La imposición del Principio de Realidad.
Desastroso,-sa: Persona falta de preparación.
Desatadura: Ley de Vida.
Desatar: Un acto de madura inteligencia.
Desatascar: El Tiempo.
Desataviar: Volver a la cotidianidad.
Desatención: El anuncio de una consecuencia impredecible.
Desatender: Dejar perder algo.
Desatento,-ta: Búsqueda de interés en otra parte.
Desatinado, -da: Persona que vive en el mundo perdida de sí misma.
Desatinar: Alteración errónea de la conciencia de la realidad.
Desatino: Actuar fuera del centro de gravedad de una situación o circunstancia.
Desatollar: Esfuerzo yermo de la comunidad internacional.
Desatracar: Perseguir el aliento de la libertad.
Desatrancar: Asomarse fuera de la caja.
Desautorizar: Imponer la autoridad.
Desavenencia: Choque de realidades diferentes.
Desavenido, -da: Existencia paralela sin posibilidad de convergir.
Desayunarse: Ir a destiempo.
Desayuno: Si no hay café, no es desayuno.
Desazón: Un duro golpe de la vida.
Desazonado,-da: Cuadro emocional sufrido por demasiadas personas en este mundo.
Desazonar: Tan triste como comerse una tortilla sin sal.
Desbancar: La fuerza motriz de la historia de la humanidad.
Desbandada: El éxodo de los urbanitas cuando el calor del verano derrite el asfalto de las ciudades.
Desbandarse: El movimiento caótico del orden.
Desbarajustar: Falta de un liderazgo claro.
Desbarajuste: Las prioridades de los movimientos sociales.
Desbaratar: El mandato político respecto a los compromisos electorales.
Desbarate: El balance actual del Estado de Bienestar Social.
Desbarrar: La imperiosa necesidad de una educación basada en la Razón.
Desbastar: Embellecer la vida.
Desbocar: La primera acción del ser humano.
Desbordamiento: Transgredir los límites.
Desbordar: Crecerse.
Desbravar: Amansar el mordisco en beso.
Desbridar: Comienza el festín.
Desbrozar: Tratamiento cosmético de rejuvenecimiento del jardín.
Desbrozo: Los restos vegetales del peeling.
Desbullar: Un hurto con fuerza bruta, no exenta de un alto riesgo para la integridad del asaltante.
Descabalgar: 1. Tocar de pies a tierra. 2. Retomar la unidad de medida humana.
Descabellado, -da: Los milagros de la vida.
Descabellar: El fin del sufrimiento.
Descabezar: Nunca es necesario, a no ser que se trate de Medusa.