martes, 14 de mayo de 2019

La dictadura de la sociedad joven


Ya es oficial. Nos hayamos inmersos en la llamada era disruptiva, un término que los docentes de empresariales definimos en clase a nuestros alumnos como un proceso innovador abrupto, por no decir radical, que produce un profundo cambio en la sociedad de la mano de un producto o servicio totalmente nuevo que irrumpe en nuestras vidas trasgrediendo la realidad conocida hasta el momento. Y es oficial, simplemente, porque el término ya se utiliza de manera normalizada en los medios de comunicación como una realidad de facto.

Pero esta era disruptiva tiene edad propia. Es decir, sitúa la barrera de admisión laboral de sus miembros a un máximo de 40 años y de manera excepcional. Por lo que se trata de un espacio-temporal que discrimina negativamente por selección de edad a la población activa, lo que a la práctica representa un corte divisorio en la sociedad entre personas calificadas como “aptas” y “no aptas” para la lógica de la nueva economía productiva. Las razones que esgrime el Mercado para esta selección natural del trabajador son varias: desde criterios de retribución y flexibilidad laboral (en un contexto precario marcado por la interminable crisis económica), pasando por supuestas habilidades intrínsecamente generacionales caracterizadas por el pensamiento lateral propio de la creatividad y la innovación, hasta llegar al presumible perfil del trabajador engaged (altamente comprometido con la empresa) que destila altos niveles de competitiva testosterona; ...perdón, quería decir motivación. Atributos todos ellos que se les presume incorporados de serie a los trabajadores jóvenes entre 18 y 35 años, principalmente, los cuales mantienen aún la pulsación vital cardiaca manifestada como deseo de “comerse el mundo”. Puesto que el Principio de Realidad siempre va por detrás de las hormonas, y la era disruptiva busca personas que piensen fuera de la caja, y cuánto más alejados de la misma mejor.

No obstante, por todos es sabido que las habilidades necesarias para el desarrollo de la era disruptiva no son exclusivas de los jóvenes, y que las personas mayores de 40 años atesoran un inestimable activo en talento humano para los procesos innovadores (pues enriquecen el proceso creativo con preparación y experiencia altamente capacitada para pensar e imaginar fuera de la caja, y más cuando se trata de innovación frugal), aunque hoy en día éste parece ser un clamar en el desierto. Seguramente, amén de las causas anteriormente expuestas, es debido a que los perfiles de los reclutadores de los departamentos de recursos humanos en las empresas son así mismo jóvenes (sin contar con las plataformas digitales de ofertas de trabajo que llevan insertado en su programación algoritmos de selección discriminatorios por edad).

Por tanto, podemos afirmar sin complejos ni tapujos que la actual era disruptiva está marcada por la dictadura de la sociedad joven. Una dictadura generacional que -como la economía marca el desarrollo de la sociedad-, es transversal al conjunto de áreas de la actividad humana, inclusive las que afectan al propio ámbito de la moral. Pues son los principios que imperan en la economía (de libre mercado) los que, en la actualidad, se imponen como valores preceptivos sociales. Hasta el punto de afectar a los mismos principios rectores de la Democracia entendida como marco organizativo de convivencia común. (Ver: El futuro de la Constitución: en manos de la educación sobre libertad de nuestros jóvenes y La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo).

La era disruptiva de ésta cuarta era de la revolución industrial, que sin lugar a dudas nos va a traer cambios vertiginosos y profundos en la vida del hombre como nunca antes hemos experimentado en la historia de la humanidad, tiene su cara oculta: la expropiación del mercado laboral a los no-jóvenes, lo cual equivale al anuncio a gritos de un claro problema social teniendo en cuenta, además, el aumento considerable de esperanza de vida del orbe occidental.

Pero asimismo, y de manera paradójica, es una evidencia que la pirámide poblacional de los países propios de las economías desarrolladas se está invirtiendo, hasta el punto que ya se habla del suicidio demográfico (más canas y menos cunas), en el que España encabeza el ranking de Europa (necesitamos 719 nacimientos más al día para asegurar el reemplazo generacional), aunque Alemania e Italia son los países más envejecidos de la zona euro. Y en el resto del mundo, más de lo mismo. Como muestra Japón, donde ya se venden más pañales para ancianos que para bebés.

Sí, nos encontramos en la era disruptiva. Pero la economía no puede campar a sus anchas de espaldas a las necesidades sociales. La dictadura de la sociedad joven podría ser una flor fuera de primavera (por el peso gravitacional demográfico), pero ello no la exime de la responsabilidad social que tiene en su insaciable tendencia a reducir el mercado laboral por discriminación negativa de la población activa, poniendo en claro riesgo el modelo del Estado de Bienestar Social ya de por sí apuntalado por su precario déficit fiscal (a causa de la destrucción de empleo derivado de la crisis), en el que las prestaciones por jubilación y desempleo se comen un buen trozo del pastel presupuestario.

Ante esta situación, habrá quienes -embriagados por los aires ultraliberales- apunten que el futuro ya vendrá regulado por el propio Mercado (vía cotización de la robótica, flujos migratorios, etc). Pero no debe de ser este, sino las sociedades a través de sus órganos de soberanía representativa ciudadana quienes decidan el modelo social. En caso contrario, deberíamos poder votar a los dirigentes del Mercado en vez de a los dirigentes de nuestros gobiernos (ironía utópica).

La juventitis no solo se ha apoderado del control de nuestra sociedad, sino que incluso se ha otorgado la prerrogativa de definir quién es joven y quién no lo es, cuando la juventud más allá de la limitada concepción por edad (y estética) es un estado de consciencia personal. Y la innovación, como base y fundamento de la era disruptiva, no es una capacidad exclusiva de un espectro de edad determinado.

Bendita juventud, claro que sí. Y bendita madurez, por supuesto! Dos variables de una misma ecuación que integradas pueden asegurar un resultado de bienestar y equidad social exponencial. Que los jóvenes altamente preparados de 40, 50, 60 y 70 años todavía tienen mucha batalla que librar, inclusive en economía disruptiva.

Más filosofía económica, y menos economía sin filosofía.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano