viernes, 31 de mayo de 2019

El ser humano es distópico por naturaleza (Test social de Distopía)


Cuando nos referimos a la distopía, rápidamente nuestra mente viaja por el recuerdo de novelas y películas de ciencia ficción en la que se muestran sociedades ficticias indeseables en sí mismas, ya que la distopía no es más que una expectativa de un futuro utópico que ha salido tan mal que ha acabado convirtiéndose en su propio antagonismo. Entre las novelas distópicas más conocidas popularmente encontramos “1984” del británico George Orwell, “Un mundo feliz” del británico Aldous Hukley, “Fahrenheit 451” del estadounidense Ray Bradbury, o “Ensayo sobre la ceguera” del portugués y premio nobel de literatura José Saramago. Mientras que entre las películas distópicas más emblemáticas destacan tantas que tenemos todo un abanico de ofertas dónde elegir: “Metrópolis”, “Doce Monos”, “Akira”, “Matrix”, “Yo Robot”, “Dark City” “Minority Report”, “El libro de Eli”, “La naranja mecánica”, “El planeta de los simios”, “Blade runner”, “In Time”, “El último hombre sobra la Tierra (Soy leyenda)”, “Ex machina”, “Divergente”, “Los Juegos del Hambre”, “La Isla”, entre muchas otras. Por lo que siempre que tratamos la distopía, la psiqué humana se escuda en el autoconvencimiento de que se trata de una realidad inexistente propia del género de la ciencia ficción. Pero, ¿y si realmente viviéramos en una sociedad distópica?.

Para salir de dudas, nada mejor que un pequeño cuestionario a modo de test de 10 preguntas sobre la realidad social contemporánea, tomando como base reflexiva los grandes temas de preocupación del hombre contemporáneo. ¿Comenzamos?:

1.-¿Vivimos en un mundo utópico donde el hombre gestiona los recursos naturales de manera sostenible, o vivimos en un mundo distópico en el que el hombre explota los recursos naturales hasta su posible agotamiento?

2.-¿Vivimos en un mundo utópico donde la vida de todo ser humano está salvaguardada bajo la protección inviolable del valor al respeto de la diversidad social, cultural y religiosa, o vivimos en un mundo distópico en el que existen seres humanos cuyo valor de la vida no vale nada?

3.-¿Vivimos en un mundo utópico donde impera la paz como bien común supremo, o vivimos en un mundo distópico en el que existe la guerra como medio para el beneficio partidista y/o particular?

4.-¿Vivimos en un mundo utópico donde el bienestar social es un estado compartido por todos los seres humanos, o vivimos en un mundo distópico en el que existen millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza?

5.-¿Vivimos en un mundo utópico donde el trabajo es un derecho inalienable para el desarrollo digno de todo ser humano, o vivimos en un mundo distópico en el que o bien no hay trabajo para todos, o bien existen trabajos que no aseguran la subsistencia material de millones de personas?

6.-¿Vivimos en un mundo utópico donde las personas tienen valor social por lo que son, o vivimos en un mundo distópico en el que las personas tienen valor social por lo que tienen?

7.-¿Vivimos en un mundo utópico donde el libre conocimiento está al alcance de todos los seres humanos del planeta para su desarrollo personal y social, o vivimos en un mundo distópico en el que el acceso al conocimiento es un privilegio?

8.-¿Vivimos en un mundo utópico donde los seres humanos deciden las políticas sociales y económicas del mundo mediante la elección democrática de sus gestores públicos vía sufragio universal, o vivimos en un mundo distópico en el que el poder de unos pocos poderosos no electos gobierna por encima incluso de los gobiernos legítimos de los países democráticos?

9.-¿Vivimos en un mundo utópico donde el ser humano tiene libre albedrío mediante el ejercicio de su libertad de pensamiento crítico, o vivimos en un mundo distópico en el que el ser humano tiene subyugados tanto su pensamiento como su acción mediante instrumentos de control psicoemocional masivos?

10.-¿Vivimos en un mundo utópico donde los robots ayudan a mejorar el nivel de calidad de vida de los seres humanos, o vivimos en un mundo distópico en el que los robots desplazan al ser humano de la vida productiva impidiéndoles el acceso a una economía doméstica personal que asegure un estado mínimo de confort social?

Un pequeño test de diez preguntas, entre otras muchas que podríamos añadir, cuyo resultado es incuestionable por abrumador: el ser humano contemporáneo vive en una realidad distópica. Otra cosa bien diferente, como reza el sabio refranero popular, es que no hay más ciego que el que no quiere ver. De lo que se deduce que las carteleras distópicas de cine de ciencia ficción, que tantos ingresos recaudan en sus estrenos, no son más que caricaturas exageradas (por deformación en exceso de los rasgos característicos) de la propia realidad. Es por ello que, justamente, novelas y películas distópicas, aunque se encuadren argumentalmente en futurables inexistentes, resuenan con fuerza en el seno intelecto-emocional del espectador. En este sentido, podríamos incluso aludir al hecho que dicho género artístico, ya sea plasmado en novela o en rollo de película fotográfica, cumple las mismas funciones de catarsis de las antiguas tragedias griegas, aunque en éste caso se trata de filosofía social.

A modo de conclusión de este pequeño ejercicio reflexivo, podemos decir que si bien el ser humano anhela la utopía (que no es más que la búsqueda de los valores universales arquetípicos), su naturaleza es profundamente distópica, por lo que distópica es la realidad humana que crea como medio de desarrollo personal y social. Ergo, solo transformaremos la realidad distópica humana en utópica mediante la transmutación de la propia naturaleza del ser humano. Una tarea que se presenta, a día de hoy, a todas luces utópica per ipsum.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 30 de mayo de 2019

Vivimos en un mundo de ángulos rectos en peligro de extinción, por la llegada de una nueva realidad


Sentado en la butaca del escritorio observo el despacho. Un habitáculo repleto de objetos: trece cuadros, cinco marcos con fotografías, elementos varios de decoración (tres estatuas, dos candelabros, un reloj de mesa, una antigua máquina de mano para estampar sellos en seco reconvertido en pisapapeles,...), dos sillones, seis muebles, dos grandes alfombras, una lámpara de techo y otra de escritorio, algo más de mil libros viejos en tres grandes estanterías, un globo terráqueo, y entre medio del conjunto de formas volumétricas que ocupan vacíos al espacio (y que luchan contra el desgaste del tiempo) destaca un elemento singular por su omnipresencia: el ángulo recto. Suelo, paredes, techo y gran parte del microuniverso geométrico que configura el despacho se encuentran inmersos en la tridimensión del ángulo de noventa grados, que es igual a la tricentésima sexagésima (1/360) parte de una circunferencia.

Sí, el hombre es un ser cuya realidad pivota sobre un marco de referencia de tres puntos espacio-temporales respecto a un mismo punto de origen dado al que denominamos vértice. Y si bien existen diferentes tipos de ángulos (nulo, agudo, obtuso, llano, oblicuo, completo o perigonal, entre otros muchos dentro de la física, la geometría y el análisis matemático), es sin duda el ángulo recto el que tiene mayor protagonismo en la realidad manifiesta del ser humano. Lo cual pone de relevancia la limitación cognitiva de nuestra especie frente a un universo multidimensional que, como mínimo, puede llegar a estar formado por un marco de referencias de hasta diez puntos espacio-temporales respecto a un mismo punto de origen común, tal y como predice la hipótesis científica de la Teoría de Cuerdas.

No es por tanto de extrañar el hecho de que al ser humano le resulte tan difícil el imaginar una realidad alternativa que transgreda su limitado universo formado por un espacio euclídeo, donde todo objeto físico finito está contenido dentro de un ortoedro (popularmente conocida como caja) mínimo, a cuyas dimensiones formadas por tres vectores espacio-temporales llamamos anchura, largura y altura. He aquí la razón sustancial del por qué al hombre le cuesta tanto el “pensar fuera de la caja”: no podemos pensar fuera de la caja -salvo excepcionales casos contados- porque formamos parte de la misma. En caso contrario, nuestra realidad humana no estaría definida y caracterizada por el ángulo recto.

No obstante, el “pensar fuera de la caja” se ha convertido en la máxima casi obsesiva de la evolución humana contemporánea, proceso racional al que denominamos innovación. Pues esta deviene el motor de nuestras economías productivas por competitivas y, por extensión, del propio desarrollo de nuestras sociedades modernas. Pero el proceso innovador nos lleva a plantearnos dos grandes preguntas: Una, ¿el ser humano ha explotado toda posibilidad de innovación, como creación alternativa de nuevas realidades, dentro del contexto de su caja?. Y, dos, ¿el ser humano puede innovar más allá de su caja si forma parte de la misma?.

Respecto a la primera pregunta, la respuesta parece ser que sí, según todos los indicadores internacionales en materia de I+D (Ley de Moore). Es decir, la humanidad comienza a sufrir una escasez de ideas innovadoras, y ya hay voces solventes que indican que es poco probable que volvamos a igualar el auge de descubrimientos de finales del siglo XIX y principios del XX, lo cual provoca que estemos dejando de conseguir nuevos avances científico-tecnológicos fundamentales para centrarnos en maximizar las innovaciones ya creadas mediante mejoras en la fabricación y las economías de escala. La causa principal del techo innovador dentro de nuestra limitada caja humana no es otra que el nivel de complejidad que ha alcanzado nuestro conocimiento científico, el cual ha comenzado a superarnos: la ciencia se ha convertido en una materia cada vez más compleja por saltar fuera de nuestra propia caja natural.

Así pues, y haciendo frente a la segunda pregunta, ¿como especie podemos innovar más allá de nuestra caja que es donde se vislumbra el desarrollo de la nueva ciencia?. La respuesta es clara: por nosotros mismos, dada nuestra limitación dimensional natural, resulta imposible. Para ello el hombre requiere de la ayuda de un ser de naturaleza diferente que no esté sometido al mundo de los ángulos rectos. Un ser que piense, imagine, innove y cree fuera de las limitaciones de nuestra caja tridimensional. Por lo que la pregunta consiguiente no es otra que la de ¿existe un ser con dichas características sobrehumanas y al que el hombre pueda tener acceso para beneficio de su desarrollo particular?. La respuesta, a todas luces, es que sí. Y este no es otro que los seres con Inteligencia Artificial. De hecho, se espera que gracias a estos nuevos seres artificiales, mediante lo que se conoce como método de aprendizaje profundo (automático), comiencen en un futuro muy cercano a crear más de un centenar de nuevos materiales hasta ahora inexistentes en la faz de la Tierra cada semana, así como a crear nuevos fármacos para la salud del hombre mediante la exploración de las millones de moléculas potenciales existentes (tantas como átomos tiene el sistema solar), tarea que al hombre le resulta imposible (por eterna) realizar. Pero la labor de los nuevos seres artificiales no solo se limitará a investigar, sino incluso se ocuparán de diseñar, sintetizar, probar, analizar, y finalmente fabricar los compuestos innovadores necesarios que harán realidad la nueva ciencia existente más allá de la caja humana.

Frente a este escenario reflexivo, podemos afirmar que el futuro inminente de la humanidad no será creado por el hombre, sino por los seres artificiales. Y que es una obviedad pronosticar que el universo del ángulo recto tiene sus días contados, lo cual acarreará una nueva expansión de la capacidad cognitiva humana y, por ende, de nuestra conciencia como especie animal como no podemos llegar a imaginar.

Mientras tanto, a la espera que llegue el nuevo día anunciado en que nuestra realidad cotidiana transgreda nuestra limitada caja natural, me permito contemplar los múltiples ángulos rectos que configuran el pequeño espacio del despacho, pipa reflexiva en boca, para que en un futuro no muy lejano pueda explicar en detalle a mis nietos cómo era nuestro mundo encabido en una tricentésima sexagésima parte de una circunferencia.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 28 de mayo de 2019

¿Y si la inmortalidad se pudiera comprar?


Si poco aún sabemos de la Vida, menos sabemos de la Muerte. La única certeza que tenemos es que la Muerte representa una singularidad en el ciclo continuo de la Naturaleza, y que quien muere ya no regresa al mundo de los vivos (sin intención de debatir en este punto con espiritistas como los cristianos y reencarnacionistas como los budistas, entre otros). Tan poco sabemos de la Muerte, que el hombre incluso se ha visto obligado a redefinir a lo largo de la historia de la humanidad el momento en el que debe entenderse el justo momento de la Muerte stricto sensu, derivado de las experiencias empíricas con la misma. El último concepto sobre la Muerte consensuado socialmente que tenemos es de hace 50 años - establecido por la Escuela de Medicina de Harvard-, que la define, desde un punto de vista clínico, como la falta de función del encéfalo, los hemisferios cerebrales y el tronco cerebral de un ser vivo animal, aunque otros órganos vitales puedan continuar funcionando. Es decir, entendemos hoy en día como Muerte cuando no existe actividad eléctrica alguna en el cerebro. Y aún más, concebimos que la muerte cerebral es irreversible pasados los cinco minutos, periodo tras el cual la ciencia contemporánea certifica el estado de Muerte total y absoluta en un ser humano, reafirmando así la máxima platónica en boca de Cicerón de que la vida de un hombre es una commentatio mortis.

Pero para nuestro profundo desconcierto, la Muerte no está muerta en términos absolutos, como hace poco más de un mes nos reveló mediáticamente la comunidad científica mundial tras el asombroso experimento realizado por parte de un equipo americano que ha conseguido la resurrección cerebral de un total de 32 cerdos decapitados en un matadero tras pasadas cuatro horas de la certificación de su muerte. De hecho, los investigadores mantuvieron vivos los cerebros porcinos resucitados durante un periodo de hasta seis horas (y porque no prolongaron más el experimento). Todo ello gracias a una tecnología denominada BrainEX que conecta un cerebro a un circuito cerrado de tubos que hace circular sangre artificial llena de nutrientes mediante un sistema de bombas y calentada a través de los vasos cerebrales a temperatura corporal, lo que permite que el oxígeno vuelva a fluir a través de las células más remotas consiguiendo que el cerebro recupere tanto su forma como su función cerebral (restauración de moléculas y células, reconexión de las neuronas, reactivación de la actividad eléctrica, etc). Todo un imaginario propio del doctor Víctor Frankestein de la filósofa y novelista Mary Shelley.

Este hito de la ciencia shelleyriano que conllevará, sin lugar a dudas en un futuro no muy lejano, una revolución sanitaria en la rehabilitación de pacientes con resultado de muerte cerebral por accidente, e incluso posibles futuros transplantes de cabeza en cuerpos mejorados biotecnológicamente (tiempo al tiempo), nos abre el campo hacia tres grandes líneas de reflexión:

1.-Desde un punto de vista metafísico, nos obliga a replantearnos sobre los límites de la Vida y de la Muerte. Si entendemos que la Vida de un ser humano radica en la plena funcionalidad de su cerebro, y éste podemos llegar a mantenerlo en vida aun post mortem, ¿debemos entender la Muerte como una singularidad del continuo del ciclo de la naturaleza de características plástica, relativa y reversible, en contraposición de la creencia vigente de un estado rígido, absoluto e irreversible?. La respuesta no puede ser otra que afirmativa. Por lo que podemos asemejar la Vida, intervención humana mediante, como una singularidad de la Muerte con capacidad de provocar una diferencia de fuerzas con tendencia potencial hacia un valor infinito, equiparable en física a la curvatura del espacio-tiempo provocado por la singularidad gravitacional.

2.-Desde un punto de vista ontológico, nos obliga a replantearnos la naturaleza y dimensión de la Conciencia. Si entendemos que la Conciencia de un ser humano radica en su cerebro, al tratarse la Conciencia de un proceso neurológico racional, y que ésta puede llegar a existir aun post mortem tras la resucitación (o en la continuidad tras la discontinuidad) del cerebro, ¿debemos entender que un ser humano pueda mantener la Conciencia fuera de su cuerpo o privado de las facultades de sus órganos sensitivos?. La respuesta, aún por verificar científicamente, presumiblemente también podría ser afirmativa. Por lo que podemos asemejar la Conciencia a una unidad de inteligencia humana transportable y almacenable, equiparable a un chip cognoscente artificial insertable y descargable en una diversidad de dispositivos móviles homologados.

y, 3.-Desde un punto de vista ético, nos obliga a replantearnos un modelo social futuro en el que las personas puedan llegar a alargar exponencialmente la Vida en términos próximos al concepto humano de la eternidad. Si entendemos que la Muerte se puede postergar ciencia mediante, y que el modelo de organización económico de las sociedades humanas tiende hacia la globalización de un mercado de libre competencia, ¿debemos entender que todas las personas tendrán acceso a una vida cercana a la eternidad?. La respuesta, en este caso, seguramente será negativa. Por lo que previsiblemente existirá una división social de clases entre los que se puedan comprar o no la Vida post mortem, semejante al argumento de la película americana de ciencia ficción distópica In Time de Andrew Niccol donde el tiempo es dinero, y con dinero se puede comprar un tiempo de vida ilimitado. O dicho en otras palabras, la Muerte será un estado inevitable de los pobres y, por tanto, representará un rasgo sociológico. Un problema ético a futuro que, asimismo, vendrá inevitablemente acompañado de otros retos éticos colaterales a afrontar como podría llegar a ser, entre otros, el control de natalidad de la humanidad para una especie que ha alcanzado la potencialidad de la eternidad. Profundos dilemas éticos que vislumbran una nueva y disruptiva moral humana, tanto a nivel individual como social.

Sí, el horizonte de la resurrección cerebral transgrede los conceptos que tenemos de la Vida, la Muerte y la Conciencia.Ya que desciende hasta el reino de los mortales una idea hasta ahora reservada en exclusiva a los dioses: la “inmortalidad”. Pues al hombre se le ha concedido su particular cáliz del Santo Grial, que en vez de contener la sangre del hijo de Dios contiene el milagroso BrainEX. Por lo que ahora más que nunca en la historia de nuestra especie humana se presenta de manera verosímil, por potencialmente factible, una pregunta hasta la fecha imposible: ¿y si la inmortalidad se pudiera comprar?. En caso afirmativo, ¿de qué seremos capaces los seres humanos por adquirirla? Y, lo más relevante: ¿qué uso personal haremos de la inmortalidad?.

Tomad y bebed de él todos los que podáis comprarlo, porque este es el cáliz de mi resurrección, la resurrección de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para la inviolabilidad de vuestros pecados. Haced esto en conmemoración de la nueva tecnosociedad inmortal”.

Plegaria Eucarística I: “Canon PostRomano”
S. I d. BrainEx




Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 23 de mayo de 2019

Todos vivimos atados por un Nudo Gordiano

Alejandro Magno cortando el Nudo Gordiano (F. Fischetti, 1770)

Hay vidas, la gran mayoría por no decir todas, que son verdaderos nudos gordianos. Es decir, que sus protagonistas (nosotros), como pobres mortales, nos encontramos ante situaciones existenciales personales cuyos problemas o condicionantes tienen un nivel de dificultad prácticamente insalvable, ya sea por determinismos sociales, psicológicos o incluso biológicos, o por la suma de todos ellos en su conjunto. Es decir, que todo San Benito nace con su particular Nudo Gordiano, el cual se enreda, aprieta y endurece cada vez más a medida que lo sometemos a mayor número de experiencias vitales con el avanzar de la edad. Lo cual produce un exasperante estado de inmovilidad individual frente al vasto espectro de historias posibles que nos ofrece una vida rica en horizontes.

En este sentido, podemos decir que la vida es potencia -en la lógica aristotélica-, por el conjunto de posibilidades que nos ofrece para llegar a ser alguien distinto al que somos actualmente. Y que nosotros, como individuos, somos la sustancia de la vida en potencia, por ser tal y como somos y nos reconocemos en este justo momento. Ergo, como personas a título individual todos somos otros Yo potencialmente nuevos, diferentes y actualizables para mejor, si no fuera por la parálisis que nos provoca nuestro Nudo Gordiano personal e intransferible.

Así pues, ¿podemos desprendernos del Nudo Gordiano que nos mantiene en el cautiverio de la inmovilidad vital?. En teoría sí. Es por ello que el primer impulso de todo mortal pasa por intentar deshacerlo. Tarea ardua complicada a la práctica teniendo en cuenta que los cabos se esconden en el interior del nudo, ya de por sí compactado tras haber sido sometido a las inclemencias de las vicisitudes de la vida que le otorgan una forma material casi uniforme. Por lo que el impulso consiguiente que se nos pasa por la cabeza ya no es desatarlo sino cortarlo, como no podría ser de otra manera.

Pero no nos llevemos a engaños, no “es lo mismo cortarlo que desatarlo”, como dijo Alejandro Magno frente al reto de Frigia. O el “tanto monta cortar como desatar”, como rezaba el lema personal de Fernando el Católico -que por cierto recuerda la máxima de “el fin justifica los medios” de Maquiavelo-. Pues si bien es cierto que cortar un Nudo Gordiano significa popularmente resolver tajantemente y sin contemplaciones un problema, para la dimensión privada de una persona ello no equivale ni a que sea irrelevante el cómo se haga mientras se consiga, ni que con ello podamos revelar todas sus implicaciones. Que las hay, y no son pocas.

Pues cuando nos referimos a cortar el Nudo Gordiano en el ámbito de la vida privada de un individuo, nos referimos a cortarnos metafóricamente a nosotros mismos en pedazos o, al menos, por la mitad. Pues si bien un Nudo Gordiano es un problema o condicionante vital de una persona de compleja y, en la mayoría de casos, de irresoluble solución, el uno existe por el otro y viceversa. Es decir, el Nudo Gordiano es una unidad con el individuo, de manera tan simbiótica por el desarrollo en coexistencia a lo largo de los años de vida de la persona, que el mismo Nudo Gordiano acaba definiendo las dimensiones interna y externa de su portador. Hasta que llega un punto de la historia común en que huésped y portador se confunden por ambigüedad de definición.

No, no es lo mismo cortarlo que desatarlo. Desatar un Nudo Gordiano personal es volver a recorrer el camino recorrido para deshacer lo que no se puede deshacer: el pasado. Es por ello que es un problema de imposible solución práctica. [Ver: Las matemáticas no son perfectas, al menos en nuestro mundo (conjetura de Collatz)].

Mientras que cortar un Nudo Gordiano personal es lo mismo que dinamitar la realidad conocida, y ya se sabe que en el ejercicio de tierra quemada siempre hay daños colaterales, no solo de carácter material, sino también humanos, profundamente humanos, en cuya onda expansiva es presumible que incluso los seres queridos más allegados queden afectados. Cortar un Nudo Gordiano personal es redefinir la realidad de uno mismo de manera radical, y como todo hombre es parte indisociable de su realidad, éste mismo resulta redefinido. Aunque de manera inconclusa e incompleta, porque no existe operación matemática que divida un todo que dé como resultado una suma mayor que la de sus partes fraccionadas.

Es por ello que solo existen dos tipos de personas que optan por cortar un Nudo Gordiano personal: los inconscientes (de los efectos dañinos que provoca su acción en su realidad más inmediata conocida), y los desesperados (que sienten que no tienen mucho más que perder, pues no les queda nada más por perder).

Todo ser humano, en algún momento de su historia personal, ha sentido el arrebatador deseo de cortar su particular Nudo Gordiano (pues la vida de los mortales no suele ser un camino de rosas). Pero en la mayoría de los casos siempre acaba imponiéndose una conciencia de responsabilidad, no tanto por uno mismo, sino por aquellos seres queridos que, marcados por un destino caprichoso, participan de una intersección común con susodicho Nudo Gordiano (Teoría de conjuntos).

Sí, la vida tiene sus propios recursos. Y de igual manera que todos los seres vivos han desarrollado mecanismos de defensa ante posibles depredadores o ante un posible instinto de autodestrucción, de igual manera sucede con los Nudos Gordianos personales, pues nudo e individuo al ser una unidad participan de la misma conciencia. Y ya se sabe que no hay mayor defensa orgánica que la interrelación entre los sujetos que forman una misma comunidad (intersección de conjuntos), donde lo que le sucede a uno como fracción de una cadena tiene efectos sobre el conjunto de la secuencia de la cadena (Efecto Doppler).

Que todo mortal viene al mundo con un patrón apriorístico para desarrollar su particular Nudo Gordiano es una realidad. Que éste puede tomar diferentes formas según la singular vida de cada individuo es una evidencia. Por lo que a los inconscientes que desean cortar su Nudo Gordiano recetarles paciencia para madurar en conciencia, y a los desesperados esperanza por un nuevo mañana. Pues no en vano el sol renace a cada nuevo día. Al resto, Inteligencia Emocional y Autoridad Interna para que el nudo no apriete tanto como para asfixiarnos en vida.

-Entonces, ¿no podemos deshacernos de nuestro Nudo Gordiano?
-No, pero sí que podemos transmutarlo en una nueva naturaleza
-¿Cómo?
-Mediante la Conciencia personal.

Y es que, como apuntaban ya los romanos: nihil novum sub sole, por lo que no hace falta inventar lo inventado.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 22 de mayo de 2019

¿Por qué nos atrae el lujo?

Clip sirio de oro, cabeza de ave, para la bolsa de las flechas.

Ayer por la tarde me quedé fascinado de la muestra de objetos de lujo expuestos en CaixaForum de Barcelona, cedidos por The British Museum, originarios de los antiguos imperios asirio, babilónico, fenicio y persa, así como del protectorado de Alejandro Magno, el famoso joven conquistador rey de Macedonia. Piezas de marfiles, joyas, relieves, vidrio, oro y metales del antiguo Oriente Próximo que datan del 900 al 300 a.C. ¡Qué sublime ejecución!. ¡Qué formas más delicadas!. ¡Qué belleza para los sentidos!. ¡Qué caricia para el alma!. Unas verdaderas obras de arte atemporales que, además de atesorar historia, reafirma la firme convicción de que el lujo como idea arquetípica es un valor universal para el ser humano.

Pero, ¿por qué nos atrae el lujo?. En primer lugar, sin duda, porque representan objetos de excepcional talla estética, lo cual tiene la capacidad de provocar en el hombre una gran excitación psicoemocional personal. Tanto, que casi podemos decir que el lujo genera una alteración fisiológica en nuestra especie, equiparable a lo que siente un perro frente a un charco enfangado, a lo que experimenta el dragón Smaug con el oro en la película El Hobbit -de la serie El Señor de los Anillos-, o al impulso irrefrenable de deseo de un pato cuando a pleno vuelo divisa un estanque. (Exonero de esta relación a las urracas y su supuesta cleptomanía por los objetos brillantes, puesto que la ciencia ha demostrado que se trata de un prejuicio humano sin valor real). Y en segundo lugar, claro está, porque el lujo representa una exhibición de riqueza material personal y, por tanto, de pertenencia a un alto estatus social (como elemento diferenciador frente a los demás en una estructura social jerarquizada). Una manifestación derivada de la exaltación del egocentrismo y del orgullo del hombre, cuya actitud conductual se traduce mayoritariamente en la prepotencia y la ambición. Así pues, ante la pregunta del por qué nos atrae el lujo, la respuesta cabe reducirla a los factores fisiológico y sociológico.

No obstante, fisiología y sociología no son dos caras de una misma moneda, ya que puede existir la primera sin la segunda de manera disociada, sin que esta regla sirva a la inversa. El elemento bisagra que posibilita que fisiología y sociología existan de manera independiente la una de la otra o que coexistan simbióticamente en una misma persona no es otra que la conciencia individual.

Si bien es cierto que el factor de atracción fisiológico del lujo en una persona requiere, para su mayor gozo sensitivo, de una sensibilidad culturalizada en los cánones estéticos del Arte, la conciencia cultural sobre lo observado no es una condición sine qua non para que el observador se sienta atraído por el lujo. Pues con independencia del nivel cultural del observador, éste siempre sentirá una poderosa atracción por el lujo como objeto perceptible aun desprovisto de todo contexto y condicionamiento cultural; ya que, como hemos apuntado al principio, una de las características principales del lujo es su categoría de valor universal. Lo que significa que nos encontramos frente a una idea de belleza que por ser arquetípica, es apriorística al determinismo cultural del ser humano. Es decir, que el hombre aun exento de conciencia individual específica sobre el lujo se sentirá igual e irremediablemente atraído psicoemocionalmente hacia él.

Entonces, podríamos preguntarnos, ¿porqué hay personas que destruyen el lujo en forma de obras de arte?, como pueda ser el triste caso de los incalculables tesoros arqueológicos sirios (Nínive, Nimrud, etc) borrados de la faz de la Tierra en manos de los yihadistas. Justamente porque tienen conciencia de lo que son y representan y, desde un determinismo cultural en este caso fundamentalista y por ende delirante, transmutan concientemente el sentimiento del gozo por el lujo estético en una de las emociones humanas más destructivas y deplorables: el odio. Una de las capacidades naturales que posee el hombre en el ejercicio de su libre albedrío -que es mucho decir-. (Ver: Y tú, ¿tienes libre albedrío?).

Mientras que en lo que se refiere al factor sociológico del lujo, la persona debe tener plena conciencia de la relación de identidad que sustenta el lujo respecto a una realidad social y espacio-temporal concreta. Una relación en la que se establece, por convención contextual aceptada, un significado cultural de prestigio, rango social y/o de grado de riqueza del poseedor del lujo por transferencia del significado simbólico del objeto de lujo poseído. Es por ello que el lujo, desde su factor sociológico, se caracteriza tanto por su grado de prescindibilidad para la sostenibilidad de la vida humana, como por su elevado coste económico y/o de tiempo para su obtención. Dos parámetros de un mismo sistema de coordenadas que convierten al lujo en una adquirible exclusivo por su doble selección natural y artificial.

Pero si bien el conjunto de personas que conforman una sociedad participan de la misma conciencia identitaria, simbólica y significativa del lujo -más si cabe en un Mercado marketiniano, global e interconectado con los ciudadanos/consumidores a tiempo real-, otra cosa bien distinta es la relación consciente que cada persona a título individual decide mantener con el lujo, tanto a nivel abstracto o genérico como a nivel concreto o singular. Por lo que en materia del factor sociológico del lujo debemos distinguir entre conciencia social (relación de identidad social del lujo) y conciencia individual (relación personal con el lujo).

Y es justamente en el ámbito de la conciencia individual que una persona decide, en principio desde el pensamiento libre por crítico (je!), qué tipo de relación desea establecer con el lujo. Si su actitud relacional con el lujo se alinea con la conciencia social, individuo y sociedad participarán presumiblemente de la misma escala de valores vitales, en la que el lujo se sitúa en lo alto de la pirámide de necesidades humanas como máxima de la autorrealización personal. En este caso, los factores fisiológico y sociológico del lujo coexistirán simbióticamente en la idea existencial de la persona. Mientras que si, por contra, la actitud relacional con el lujo se desalinea de la conciencia social, individuo y sociedad participarán de escalas de valores vitales diferentes, en la que dentro del ámbito de la conciencia individual el lujo como valor se verá resituado en un nivel de prioridad a discreción personal. En este caso, donde el factor fisiológico del lujo existe de espaldas al factor sociológico, la conciencia individual transgrede, desde el libre pensamiento, la cultura como conciencia social.

He aquí que aunque no haya persona que no se maraville ante el lujo, sí que los hay que tanto enferman por poseerlo como quienes conscientemente viven ignorándolo. Y es que, al fin y al cabo, aunque el lujo representa una idea arquetípica de belleza y éxito por apriorística, el hombre tiene plena capacidad para reinventar el concepto del lujo a nivel personal, conciencia individual mediante, y de forma a posteriori a la propia cultura en la que se desenvuelve como ciudadano. En otras palabras, existe el lujo universal por atemporal, y el lujo individual por profundamente temporal. Y en esta tesitura, aunque reconozco que he visto una pieza de lujo en la exposición de “Los asirios a Alejandro Magno” que me ha deslumbrado, debo sincerarme que me decanto más por el lujo de fumarme una pipa en la terraza mientras finalizo estas líneas en una tarde soleada de primavera. Esto sí que es un lujo.



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lunes, 20 de mayo de 2019

La apariencia, un recurso de supervivencia de la sociedad contemporánea


Estos días he priorizado, entre los diversos libros que tengo en la mesita de noche, la última novela acabada de hornear de mi viejo amigo Gustavo Hernández: “El mal de Penélope”, cuya narrativa me recuerda a “Cinco horas con Mario” de Miguel Delibes y que no puedo dejar de recomendar por su magistral ejecución literaria cargada de una tensión trágica que rememora a los clásicos. Pero sin entrar a desgranar la novela, pues no quisiera hacer ningún spoiler a posibles lectores, debo apuntar que me ha enganchado poderosamente la atención un concepto que Gustavo desarrolla en su obra: el gen del infortunio, un determinismo biológico y ambiental de transmisión intergeneracional por parte de ciertas clases sociales. Que como se puede imaginar es la antítesis de un supuesto gen de la fortuna.

Teorías aparte sobre dichos genes metafóricos, éstas alusiones me han evocado el concepto de la apariencia como objeto de reflexión. Pues en ambos casos, y con independencia del presunto gen del que pueda participar una persona, la apariencia se presenta como el factor nuclear sobre el que se vertebra la relación que el ser humano tiene con el no-yo; es decir, con el resto de personas a título individual y con el conjunto de la sociedad como colectividad.

Como todos sabemos, aunque sea intuitivamente, la apariencia va íntimamente ligada con un significado socialmente consensuado de un conjunto de caracteres que una forma, ya sea sujeto u objeto, transmite simbólicamente para el entendimiento del observador. Por lo que podemos decir que toda apariencia es vacua sin un significado predeterminado. Pero no así que la apariencia es la cualidad de lo que se muestra, pues aquello que se muestra puede ser tanto verdadero como falso a la esencia de la misma forma emisora. Por tanto, aquí nos encontramos con dos dimensiones bien diferenciadas de la apariencia: su utilidad social y su valor como conocimiento.

La apariencia como utilitario social es una proposición ampliamente explotada por una sociedad contemporánea que rinde culto a la imagen. Tanto es así, que la apariencia se ha convertido en un recurso de supervivencia para las personas, de manera transversal entre los diferentes estratos sociales, en su búsqueda por alcanzar el anhelado estadio de ciudadanos con valor comunitario. Un rango equivalente al prestigio social -cada cual en su particular medida- y que, mayormente, conlleva recompensas sociales varias para el bienestar individual. No obstante, éste hábito conductual, agudizado si cabe aún más por un entorno altamente competitivo, ha acabado por superar la máxima romana del “no solo hay que serlo, sino parecerlo”, para elevarse a la categoría del “no hay que serlo, sino solo parecerlo”. Lo cual, cabe subrayar por si a alguien se le pasa por alto, afecta de manera directa a la redefinición de la escala de valores morales del conjunto de individuos que conforman una misma sociedad.

Una dimensión social de la apariencia que contrasta con su valor como conocimiento, es decir como aprehensión cognitiva de la forma en su estado real. En este sentido debe diferenciarse la apariencia enmarcada en un contexo social, de la apariencia desenmarcada de cualquier contexto social. Solo así podremos conocer la realidad de la forma del sujeto u objeto que proyecta una apariencia concreta, la cual es determinada por el contexto social que actúa tanto de receptor como de retroalimentador del significado aparente.

No obstante, llegados a este punto nos encontramos con un problema a resolver. Si entendemos que el conocimiento se define por la realidad, y entendemos que la realidad es la forma verdadera exenta de apariencia. Debemos entender, asimismo, que en un universo relativo existen múltiples verdades. Por lo que a la hora de definir la verdad como realidad, estaremos obligados a diferenciar entre verdad primera o sustancial (lo que Es) y verdades secundarias o esenciales (aquello por lo que conocemos lo que Es). Una categorización de la verdad, y por extensión de la realidad, que por ser humana no dejará de resultar subjetiva y, paradójicamente, relativa (por limitada) a todo nivel de conocimiento. Lo cual somete a juicio de valor negativo el aforismo platónico de que “solo el conocimiento verdadero es verdadero conocimiento”.

Sí, a todas luces la apariencia no es más que una pátina de superficialidad aceptada socialmente. Que es lo mismo que decir que vivimos unos tiempos en que tiene más valor colectivo una mentira creída que una verdad descreída. Y que no se nos ocurra llevar la contraria, pues aunque la caja esté vacía hay que saber ver en ella lo que muchos han creído ver. Pues toda mirada parte de un significado predeterminado consensuado mayoritariamente, y de manera incluso anterior a la caja misma. (Ver los conceptos de Forma e Imagen en el glosario de términos de El Vademécum del Ser Humano).

Y en este juego actual de apariencias, el pobre con el gen del infortunio se esfuerza por no aparentar ser pobre, y el rico con el gen de la fortuna se esfuerza por aparentar ser culto. Ya que uno es frente al espejo de la sociedad aquello que aparenta ser, o al menos hasta que la verdad sustancial se conozca.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

sábado, 18 de mayo de 2019

Diccionario del Alma (Delator, -ra / derivar) XXVIIª Entrega

Nueva entrega del "Diccionario del Alma" allí donde lo dejé con la misma paciencia y motivación de quien tiene un macro puzzle inacabado, sabedor que lo divertido está en el viaje del proceso (que inicié a finales del 2013, y que no sé cuando lo acabaré). Para quienes lo conocen, saben que éste no es un diccionario al uso, sino que describe el eco que cada palabra resuena en mi alma (en un momento concreto y determinado de mi vida, lo que son susceptibles de continua revisión, pues yo -como todos-, no soy nunca siempre igual), por lo que no están todas las palabras sino tan solo aquellas que siguen este criterio.


Delator, -ra: Un dado de tres caras: Integridad, miedo y codicia.
Deleble: La historia de toda una vida de un hombre.
Delectación: Estar en compañía de quien uno quiere.
Delegación: Un control incontrolable.
Delegado, -da: Un súbdito leal.
Delegar: Soltar cuerda.
Deleitable: Una muestra de respeto mutuo.
Deleitar: El arte de la sociabilidad.
Deleite: Mi mujer y mis hijas.
Deletéreo,-ra: La productividad y el poder.
Deletrear: Hablar bajo revoluciones.
Deletreo: Diseccionamiento de las palabras.
Deleznable: El traidor a la confianza y el mal agradecido
Delfín: El relaciones públicas del mar.
Delgadez: Una obsesión moderna.
Delgado, -da: La antítesis del buen gourmet.
Delgaducho,-cha: Una triste vida.
Deliberación: Una reflexión reflexiva.
Deliberar: El punto medio de la justicia.
Delicadeza: El gesto de un cachorro.
Delicado,-da: La paz social.
Delicia: Dormir sin despertador.
Delicioso, -sa: Un buen pedazo de gorgonzola con una exquisita copa de vino.
Delictivo,-va: La cesión de gobierno de los Estados a los Mercados.
Delicuescente: La moral trasnochada.
Delimitación: La frontera de la diferencia.
Delimitar: Cribar.
Delincuencia: La necesidad proactiva.
Delincuente: El usurero legal.
Delineante: Un dibujante espacial.
Delinear: Expropiar el vacío.
Delinquir: Profanar el respeto.
Deliquio: Un desempleado de larga duración.
Delirante: La brecha de prioridades entre política y ciudadanos.
Delirar: El comportamiento del ambicioso.
Delirio: Llegar a final de mes por parte de millones de personas.
Delito: Ser padres sin consciencia.
Delta: El pubis del río.
Deltoides: La polea del brazo.
Demacrado,-da: El maquillaje del infortunio.
Demagogia: La cultura del éxito de la sociedad.
Demagogo: Los ricos por rentas.
Demanda: Exigencia con rango de ley.
Demandar: 1. El ocio de los incultos. 2. La justicia reglada.
Demarcación: Una parte divisoria de un total.
Demarcar: El celo por los límites de la propiedad.
Demás: Todo lo otro.
Demasía: La tontería humana.
Demasiado, -da: La relatividad de lo insuficiente.
Demencia: Un mal común.
Demente: La velocidad con la que cambia y se transforma la sociedad.
Demérito: La mayoría de concejales.
Demiurgo: La man que mece el Big Bang.
Democracia: Una casa eternamente en obras.
Demócrata: El que respeta la Democracia, que ya es mucho decir.
Democrático, -ca: La voluntad instruida.
Democratizar: El sentido de libertad de las nuevas generaciones.
Demografía: El factor intangible de la riqueza de un país.
Demográfico,-ca: Un estado de consciencia colectiva.
Demoledor,-ra: 1. La ausencia de la gestión del fracaso en las Facultades. 2. Una sociedad sin educación en gestión emocional.
Demoler: 1. La intolerancia. 2. Un sistema sin equidad social.
Demolición: Reinventar el contexto.
Demoníaco,-ca: El egoísmo ultraliberal.
Demonio: Una estampita del mal humano.
Demontre: Un trabajador sin trabajo.
Demora: Falta de previsión.
Demorar: Un hábito censurable.
Demostrable: La estupidez humana.
Demostración: Verificar la realidad.
Demostrar: Un método de enseñanza en desuso.
Demostrativo, -va: Una señal discursiva.
Demudar: Empujar a alguien por la fuerza de su zona de confort.
Denario: La arqueología del dinero.
Denegación: Manifestación de poder.
Denegar: Cuando el no es no.
Denigrante: La falta de dignidad personal.
Denigrar: El arma preferida de los mediocres.
Denodado,-da: El ratón frente al gato.
Denominación: Carnet de identificación.
Denominador,-ra: Una profesión, si existiese, divertida.
Denominar: Etiquetar.
Denostar: El proceder de los despreciables.
Denotar: Señal indicativa luminiscente.
Densidad: El peso del volumen.
Denso,-sa: Un acto social sobresaturado de superficialidad.
Dentado, -da: El sueño de los ancianos.
Dentadura: La estética de la sonrisa.
Dentar: El anuncio infantil de la naturaleza de la vida.
Dentellada: Resquicios del instinto animal.
Dentera: El chirrido atacando los dientes.
Dentrífico,-ca: La crema de masaje de la dentadura.
Dentista: 1. Cuanto más lejos, mejor. 2. La usura de la necesidad.
Dentro: Ocupar un espacio.
Denudar: La Filosofía.
Denuedo: Ducharse con agua fría.
Denuesto: Incontinencia de los trogloditas contemporáneos.
Denuncia: La atención sobre una incorrección.
Denunciador,-ra: Un subrayador de hechos.
Denunciar: Comprometerse con lo señalado.
Deparar: No apto para los carentes de atención.
Departamento: Un piso con edad juvenil.
Departir: La cortesía de la conversación.
Depauperar: El estado fisiológico de la clase media en época de crisis.
Dependencia: En según que grados, una tomadura de pelo.
Depender: Los unos de los otros.
Dependiente: Relación natural del hombre social.
Depilación: Desnudar la piel.
Depilar: Aparentar menos animal.
Deplorable: La falta de coraje de muchas personas.
Deplorar: La discriminación laboral de los mayores de 40 años.
Deponente: El que pone, porque tiene.
Deponer: De discutir con un tonto.
Deportación: Flujo poblacional forzado contra voluntad.
Deportado,-da: Persona privada de movimientos propios.
Deportar: Aislar.
Deporte: Sobrevalorado.
Deportividad: Un valor social a promover.
Deportivo,-va: En muchos casos, un adicto al culto al cuerpo.
Deposición: 1. El omega de la comida. 2. La humanización de príncipes y princesas.
Depositar: Reserva de un espacio con fecha de caducidad.
Depositario, -ria: La responsabilidad del guardián.
Depósito: 1. Todo aquello que se ahoga. 2. Un atrapa bajodensidades. 3. La cárcel de las cosas.
Depravación: La antinatura manifiesta.
Depravado,-da: Un ser que no tiene cabida en la sociedad.
Depravar: La cultura del sexo mal entendido.
Deprecación: Arrodillarse.
Depreciar: Acción continua que ejerce el Mercado contra la vida digna de los más desfavorecidos.
Depredación: El primer mundo sobre el segundo y tercer mundo.
Depredador,-ra: Un capitalista ultraliberal.
Depredar: Método de enriquecimiento.
Depresión: La fiebre de la impotencia.
Depresivo,-va: Malfuncionamiento del cerebro.
Deprimente: Tantas conductas humanas...
Deprimir: Trabajar sin poder subsistir.
Depuración: Necesaria en múltiples niveles de la sociedad.
Depurar: Sanear lo aun salvable.
Depurativo,-va: El amor.
Derecha: 1. En política, no saben dónde están. 2. Inclinación natural de la escritura occidental.
Derecho,-cha: 1. Siempre va detrás de las necesidades sociales. 2. Corporeidad del orgullo.
Deriva: Los pensamientos sin dirección. El argumento de un parlanchín.
Derivación: Una singularidad en el infinito de la causalidad.
Derivada: 1. La tendencia al límite de las matemáticas. 2. Que es engendrado.
Derivar: La respuesta del efecto.


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viernes, 17 de mayo de 2019

Syn61, la puerta a otras formas de vida


Dentro de unos años el nombre de Syn61 será tan o más famoso que el nombre de Lucy, el primer homínido que caminó erguido hace más de tres millones de años de antigüedad. Y es que Syn61 es el primer ser vivo artificial con el ADN rediseñado y el código genético alterado creado por el ser humano, según ha hecho público esta semana un grupo investigador de Cambridge (Reino Unido). Es decir, Syn61 es el primer organismo con un ADN artificial. O dicho en otras palabras, es el primer ser vivo de nuestro planeta con un código genético editado artificialmente, aunque se trate de una bacteria (la primera forma de vida y la más abundante de nuestro mundo) como es el caso. Lo cual abre potencialmente la puerta a la creación futura de seres vivos creados artificialmente por el hombre.

Pero este hito, ya de por sí asombroso, debe complementarse con otro gran avance científico que tuvo lugar ahora hace ya unos 5 años en un instituto de biología molecular y química sintética de San Diego (USA), donde crearon un organismo semisintético con dos letras genéticas de ADN más (X e Y) -creadas en laboratorio y que no existen en la naturaleza-, que las cuatro letras genéticas (G, C, A y T) con que cuenta la forma típica de doble hélice del ADN de la que participa toda la rica diversidad orgánica del planeta, incluido el ser humano. Sintetizando: que los investigadores californianos crearon una nueva forma de vida.

Estos dos avances científicos reabren la gran pregunta filosófica de la historia de la humanidad: ¿qué es la Vida?. Desarrollémoslo, a la luz de los hechos expuestos, mediante un trilema:

1.-La Vida es el producto de la evolución biológica por selección natural a lo largo de milenios de historia, con o sin intervención divina, pero sin la injerencia artificial del hombre.

2.-La Vida es tanto el producto de la evolución biológica por selección natural, como de la creación mediante la injerencia artificial del hombre prescindiendo de dicha evolución biológica, pero desde la base de un ADN común arquetípico.

3.-La Vida es el producto tanto de la biológica por selección natural, como de la creación por injerencia artificial, pero desde la premisa de múltiples formas diferentes de ADN existentes.

Si optamos por la primera opción, defendemos la posición clásica sobre el concepto de la Vida hasta la fecha imperante, con independencia de si se afronta desde una escuela de pensamiento materialista o espiritual, siendo conscientes que a su vez se invalida los descubrimientos científicos de Cambridge y San Diego por pura contradicción argumental. Lo que nos lleva a un reductio ad absurdum por evidencia del contraste empírico. Esta premisa es tanto válida para los evolucionistas como para los teólogos (más allá de los credos culturales).

Si optamos por la segunda opción aceptamos de manera explícita una doble premisa: que el hombre puede crear Vida, y que la Vida solo se manifiesta mediante la estructura molecular del ADN común a todos los seres vivos del planeta. Lo cual, asimismo, también nos lleva a un reducto ad absurdum por evidencia del contraste empírico con el experimento científico de San Diego.

En este punto, sin embargo se abren nuevas cuestiones filosóficas como efecto cascada: ¿Debe el ser humano crear Vida artificialmente?, pregunta propia para la Ética. Y, ¿quién o qué es el ser humano en su categoría de creador de Vida?, pregunta propia para la Ontología. A mi personal parecer, respecto a la primera pregunta: sí que debe, siempre y cuando cumpla el principio de moralidad propio de la defensa y promoción del estado de bienestar social para el conjunto de la humanidad (avances en materia de salud). Mientras que respecto a la segunda pregunta: el hombre como creador de Vida es -por elevación de categoría- un semidios entre dioses conocidos y por conocer.

Si optamos, en cambio, por la tercera opción aceptamos de facto tres premisas disruptivas: 1) Que la Vida ha podido evolucionar en el inmensurable Universo a partir de estructuras de ADN radicalmente diferentes a la terrestre por conocida. 2) Que por no ser el ADN natural terrestre la base única para la manifestación de la Vida, tampoco tiene que representar la mejor opción evolutiva para el desarrollo de la Vida. Y, 3) Que existen nuevas y diferentes formas de Vida antagónicas a la naturaleza orgánica de nuestro planeta. Lo cual nos alinea con las tesis intelectuales de los experimentos de Cambridge y de San Diego.

Como podemos observar, el trilema da cobertura para todos los gustos y creencias. Si bien tan solo la tercera premisa encaja, por coherente, dentro de los parámetros racionales del pensamiento lógico. Por lo que no es de extrañar que, en un futuro no muy lejano en el que el hombre pueda ampliar su horizonte en el Universo gracias a los avances tecnológicos, nuestra especie llegue a relacionarse con especies orgánicas, semisintéticas, sintéticas o tecnoartificiales tan curiosas como las que estamos acostumbrados a ver en las películas de ciencia ficción. Aunque, ya se sabe, la realidad siempre acaba superando a la ficción. Pues a estas alturas afirmar que estamos solos o que somos la única vida “inteligente” en el Universo es equivalente a afirmar que la Tierra es plana.

Así pues, ¿qué es la Vida?. Ante esta gran pregunta tan solo podemos responder que solo sabemos que no sabemos nada, parafraseando a Sócrates. Y que, en todo caso, deberemos acostumbrarnos a diferenciar entre la Vida natural terrestre y otras catalogaciones de Vida por diferentes. E, incluso, el hecho que pueda existir una tipología de Vida que, por su naturaleza genética-molecular, no podamos llegar ni ha percibirla. Intentar buscar Vida fuera de la Tierra bajo los limitados parámetros orgánicos de nuestra concepción genética (estructura ADN y sus condicionantes biológicos) es, a la luz de los descubrimientos, como buscar Vida dentro de nuestros propios bolsillos.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano