sábado, 26 de enero de 2019

La dependencia material no es reprobable moralmente, pero sí lo es la dependencia emocional


Hay diversos tipos de dependencias en la vida de los hombres. Hay dependencias materiales, propias de un mundo desigual y en muchas ocasiones injusto, pues existen personas que carecen de los recursos necesarios para disfrutar de una vida digna, mientras los hay quienes viven en la abundancia e incluso la sobreabundancia. La dependencia material de un ser humano respecto a otro no es reprobable moralmente (aunque sí en política de equidad social y/o de igualdad de oportunidades), pues manifiesta generosidad y solidaridad por parte del que comparte, y humildad por parte del que recibe. Siendo conscientes que la humildad no es una actitud de debilidad, sino de fortaleza de espíritu propio de personas que se han trabajado en la actitud de la aceptación del principio de realidad de una circunstancia, situación o hecho, como resultado de una lucha íntima previa con el orgullo propio y natural de un ego alimentado por los prejuicios sociales estándares (más si cabe en el caso de los hombres como género de estereotipo ancestral de provisión y cobertura de las necesidades familiares). Una aceptación real manifestada como humildad que, elevada a la categoría de gratitud sincera, engrandece al individuo como ser humano, pues lo libera de sentimientos autocorrosivos y ambientalmente tóxicos como son la rabia, el resentimiento, la culpa o la envidia, permitiéndole continuar el camino de su crecimiento personal de manera positiva y constructiva desde el punto de partida existencial en el que se encuentra dentro de la cronohistoria de su vida.

Hay, asimismo y por otro lado, dependencias emocionales, propias de un mundo sembrado de personas llenas de carencias psicoemocionales. La dependencia emocional de un ser humano respecto a otro sí que es objeto de reprobación moral y social.

Moralmente, porque el individuo atenta en primera persona contra uno de los valores morales más importantes: el respeto por sí mismo. Un ser humano que no se respeta, es una persona que cede su poder personal a terceros, lo que implica que la reafirmación de su propia identidad como individuo dependiente del estado de opinión y enjuiciamiento ajeno. Lo cual equivale a que su debilidad como ser pensante y sintiente, derivado de un cuadro psicológico de carencia emocional, representa la fortaleza del prójimo. Una falta de capacidad de respetarse a sí mismo cuyas consecuencias directas son el autosabotaje de su libertad personal, y por extensión de su libre albedrío -pues su consciencia está condicionada por la conciencia de la mentalidad externa de la que es dependiente-; y por una clara manifestación de carencia en materia de Autoridad Interna, que no es más que la valentía personal de mostrarse consigo mismo y ante el mundo tal y como Es, pues dicha autoridad ha sido cedida a terceros. Es decir, la persona no vive la vida por sí misma, sino que contrariamente la vive los demás en su lugar. Un postulado absolutamente inaceptable para la dignidad de la vida humana.

Y, socialmente, porque el hombre es un ser social por naturaleza, y como tal es asimismo un producto cultural desde el momento incluso anterior a su concepción. Por lo que un sistema social, educación mediante, es autor, partícipe y cómplice necesario a la vez del acto moralmente reprobable de permitir la existencia de personas con dependencia emocional. Lo cual es un efecto directo de atentar contra uno de los valores sociales más importantes: el respeto por el prójimo, que a su vez no es más que la culminación de la violación social del resto del paquete moral que constituyen los valores sociales básicos como son la tolerancia, la generosidad, la solidaridad, la lealtad, la sensibilidad, la honestidad, la prudencia o la bondad, principalmente. Puesto que toda sociedad tiene la responsabilidad, como valor social fundamental, de educar a sus miembros en la libertad y la dignidad personal, objetivo que solo puede alcanzarse mediante una diligente formación sociológica transversal en materia de gestión emocional.

Es por ello que podemos afirmar que la dependencia material no es reprobable desde el enfoque de la moral individual, pero no así la dependencia emocional, que tanto es reprobable desde la moral personal como desde la moral social. Asimismo, no podemos caer en el reduccionismo de la dependencia emocional como una consecuencia directa de la dependencia material, pues la una no es condición sine qua non para la otra. Desde la dependencia material puede existir la libertad individual y el respeto por uno mismo, pero no así desde la dependencia emocional. Ya que si bien la dependencia material afecta al mundo exterior de la persona, con todas las limitaciones que ello puede representar, la dependencia emocional afecta a su mundo interior.

En un mundo desigual por antonomasia, no hay mayor vida digna que aquella que se vive desde la libertad y el respeto individual de la Autoridad Interna.

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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano