viernes, 30 de noviembre de 2018

Viene la era del hombre colmena, para lo que se trabaja en una atmósfera de H2iO a medida


La humanidad se está preparando, aun sin saberlo, para una nueva era evolutiva de la especie. Del homo sapiens vamos a pasar al hombre colmena. Y como en todo cambio psicomorfológico de la vida, se exige una readaptación del medio para la supervivencia del nuevo advenedizo. Y aquí no hay excepciones. Es por ello que, para preparar la metamorfosis del ser humano contemporáneo al nuevo estadio de hombre colmena, gobiernos y principalmente importantes empresas privadas están trabajando arduamente en modificar la estructura del aire de nuestro ecosistema. En breve, prácticamente en horas, el aire de la atmósfera terrestre ya no estará compuesto únicamente por nitrógeno, oxígeno, argón y otros gases, sino que se le añadirá un nuevo elemento químico-tecnológico de número subatómico infinito, con masa atómica de 5G y símbolo “i” conocido como internet, por lo que parte de la famosa fórmula molecular del aire, en lo que respecta a su porcentaje de vapor de agua, pasará a ser el H2iO [sarcasmo :-)].

Bromas a parte, el proceso de modificación de la estructura atmosférica terrestre, que se inició en la década de los 90 con el proyecto GlobalStar o Iridium y que el próximo día 2 de diciembre dará un salto cualitativo con el despliegue inicial de 64 nanosatélites del proyecto Astrocast, forma parte de un plan en el que miles de satélites -muchos de los cuales miden poco más que la palma de una mano, made in SpaceX, Telesat y LeoSat- están siendo puestos en órbita para ofrecer conexión de internet a cualquier dispositivo del planeta en cualquier parte del mundo. En otras palabras, nuestra atmósfera está siendo cubierta por una tupida malla de nanosatélites interconectados entre sí que están creando un verdadero enjambre de flujos de datos de internet que viajan por el aire.

El cambio de la estructura del aire, con la introducción del elemento internet en su composición, va a acarrear, sin lugar a dudas, varias implicaciones de corte profundo para el ser humano como especie. Desde un punto de vista psicológico, el acceso directo por conexión continua a una red omnipresente de infinitos datos virtuales las 24 horas del día, afectará a nuestra capacidad cognoscitiva tanto de la realidad como de la irrealidad, por artificial, perceptible del mundo. Lo que significará una afectación por alteración en nuestro nivel de consciencia como humanos. Circunstancia que, más pronto que tarde, conllevará cambios significativos en nuestra red neurológica. Lo cual, indiscutiblemente, nos hará más evolucionados, aunque la pregunta del millón es si dicho cambio evolutivo nos hará más o menos humanos. Una cuestión que, en todo caso, irá intimamente ligado a nuestro futuro esquema moral en relación con nosotros mismos y respecto a la relación con el planeta en el que vivimos.

Pero a parte de las implicaciones a nivel de la conciencia individual del ser humano, están las implicaciones a nivel de la conciencia colectiva como sociedad. En este sentido, desde un punto de vista sociológico, el hecho que una mente global como internet llegue a formar parte en nuestro día a día -ingenuidad a parte- de un proceso vital biológicamente equiparable al proceso metabólico de respirar (ya en fase incipiente en las nuevas generaciones), no solo va a redefinir el concepto que tenemos sobre la individualidad, sino también sobre el concepto actual que tenemos de sociedad. En esta línea, la idea de aldea global, término acuñado hace ya 50 años, tomará un nuevo y más propio significado. La sociedad, en plena era de un internet omnipresente, será global sí o sí. Y en este contexto, el hombre social se convertirá en un hombre colmena, pues su hábito se asemejará al de un comportamiento de colmena, caracterizado por vivir en colonias de economía de mercado constituidas por miles de individuos, en los que cada persona tendrá una función a realizar y un encaje social (previsiblemente no equitativo) bajo el dictamen del Mercado. Y, ¿quién dirigirá los designios de dicho Mercado?. La respuesta es obvia: las mismas corporaciones público-privadas que controlan la tupida malla de nanosatélites que envuelve nuestro planeta. Pues no nos confundamos, el poder hoy en día no está en la información del conocimiento, ni en su producción (pobres son los investigadores y los eruditos), sino en la capacidad de distribuir a discreción la misma.

Sí, el nuevo hombre colmena vivirá bajo el yugo de las grandes corporaciones mercantiles cuyos credos, inhalados a lo largo y ancho de todo el planeta a través del internet que respiraremos, regirá la lógica de la productividad y del consumo del Mercado de (su) libre competencia como modelo global de organización social. El ciudadano de a pié, como hombre colmena, actuará y dará sentido a su vida según mandato dogmático del Mercado, cuya obediencia no diferirá mucho a la que las abejas obreras profesan a su abeja reina. Y en este escenario, el Mercado -como mano invisible pseudodivina que mueve los destinos humanos en sociedad, desde las alturas orbitales más allá del Olimpo-, gozará de plena influencia sobre el concepto y los modelos de la cultura, la política, y la economía para el conjunto de los mortales.

La realidad supera a la ficción. Y en esta nueva era del hombre colmena la libertad individual se verá comprometida más que nunca. Aunque no hay lugar para el terror, pues el marketing de la postverdad -basado en la inteligencia artificial como instrumento de control de masas por parte del Mercado- ya se encargará de hacernos sentir, ilusoriamente, personas libres. Aunque, seamos sinceros, la peor forma de libertad humana es la libertad social simulada.

...y mientras tanto acabo de escribir la presente reflexión como pensador libre, la cuenta atrás para el cambio de la atmósfera terrestre de H2O a H2iO prosigue para su completa ejecución...


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 29 de noviembre de 2018

Violencia, la dicotomía entre Derecho y Sociedad


El concepto de violencia, que todos entendemos como el uso de la fuerza para conseguir un fin y especialmente para dominar a alguien o imponer algo, está de rabiosa actualidad en la opinión pública española. Pues si bien todos sabemos de manera apriorística y natural a lo que nos referimos cuando percibimos un acto de violencia, ésta queda difuminada jurídicamente dependiendo del contexto en el que se realiza, como se constata en procesos judiciales de actualidad mediática en ámbitos tan dispares como la violencia de género o la violencia política: casos de la manada y del conflicto independentista catalán, respectivamente, por poner un par de ejemplos. Por lo que la dicotomía entre los conceptos natural y jurídico de violencia resulta a día de hoy causa lógica de desencuentro reflexivo entre la Sociedad y el Derecho.

Dicho desencuentro de percepciones provoca, como he tenido ocasión de evidenciar en una cena reciente con un magistrado conocido, un estado de malestar general en el seno de la judicatura. Pues el colectivo de jueces, en una línea de defensa tan corporativista como inmovilista, en virtud de su deber de aplicar diligentemente los articulados legales que definen la tipificación de los diversos delitos penales, consideran que sus sentencias no deben ser objeto de crítica pública por desconocimiento jurídico del resto de los mortales. ¡Con la Institución de la Justicia hemos topado!.

El hecho que los jueces apliquen de manera recta y fidedigna la ley, fieles a la tradición del Derecho Romano, ciertamente es motivo de tranquilidad para el conjunto de ciudadanos que participamos de un Estado de Derecho. Si bien no es menos cierto que, como en todo ordenamiento jurídico, el articulado de las normas pueda interpretarse de manera más o menos restrictiva o extensiva dentro de un margen razonable, como ya recoge el propio ordenamiento sobre el concepto y alcance de la naturaleza interpretativa de las leyes donde se incluye la dimensión sociológica (Título Preliminar del Código Civil, artículo 3.1.). No obstante, sin entrar a debatir el margen interpretativo de las normas (jurídicas) -pues los penalistas nos dirán que el modus interpretandi difiere de si hablamos de código civil o penal-, es una verdad históricamente irrefutable que la ley siempre va por detrás de las necesidades sociales. Pues es la sociedad, con sus siempre nuevas necesidades creadas, quien engendra en forma y contenido las leyes.

Ello no significa que los magistrados, en el ejercicio de su facultad como funcionarios públicos de administrar Justicia, deban adecuar subjetivamente los articulados según el contexto social de cada momento y a merced de la presión mediática de turno, pues se generaría un ambiente de inseguridad jurídica que dinamitaría al propio Estado de Derecho. Ni mucho menos. Pero tampoco es de recibo que la judicatura no acepte la crítica social, la cual es un síntoma no solo de salud democrática a la que deben someterse los tres poderes independientes del Estado (aunque el poder judicial no esté acostumbrado hasta la fecha), sino que también es un síntoma de madurez democrática el hecho que los ciudadanos de a pié entiendan, más allá de tecnicismos jurídicos, que los articulados de las leyes tienen una implicación directa en sus vidas diarias y en el propio concepto colectivo que tienen como sociedad.

Por otro lado, la aparente percepción de injuria que siente como propia la judicatura cada vez que se ataca socialmente una sentencia judicial, es ridícula y ralla la megalomanía. Pues los jueces no son más que fedatarios públicos de la actividad judicial, cuyas leyes no las crean ellos sino los representantes del pueblo como políticos que, elegidos periódicamente, constituyen el poder legislativo. Un punto éste que requiere de pedagogía social tanto por parte del poder judicial como por parte de los poderes ejecutivo y legislativo, aunque a éstos últimos ya les va bien -como practican maestralmente- escurrir el bulto de su responsabilidad social.

Sin querer entrar en el nivel cultural de la opinión pública hacia las sentencias judiciales de resonancia mediática, el posible uso partidista que hace la política con artes manipuladoras mediante (en aguas revueltas ganancia de pescadores), y el factor agravante de la percepción social del descrédito de las instituciones públicas, lo cierto es que no se puede despreciar la crítica social como ejercicio de reflexión democrática de ciertas figuras jurídicas de interés general. Tal es el caso del debate sobre el concepto de violencia (y su ligada percepción a lo que se entiende como uso de la fuerza). Pues si bien el Derecho la interpreta desde un enfoque técnico jurídico, en el que el contexto puede llegar a distorsionar los vicios de la voluntad y del consentimiento en los que se fundamenta la figura jurídica de la violencia, la Sociedad la interpreta desde un enfoque moral. Y, ¿qué es una ley sino una prescripción que regula el comportamiento moral del ser humano?. Por lo que en definitiva, las leyes no son más que filosofía social reglada. Dime qué leyes aplicas y te diré qué filosofía de sociedad tienes.

Si la moral es una disciplina filosófica que reflexiona continuamente sobre el comportamiento humano en cuanto al bien y al mal, y las leyes beben del espíritu moral que pauta una sociedad, ergo las leyes requieren de una continua reflexión filosófica sobre moral. Por lo que si, en términos generales, existe una dicotomía entre los conceptos de una misma figura jurídica por parte de la Sociedad y del Derecho, dicha desintonía debe corregirse mediante una revisión y consiguiente actualización o bien de la calidad moral de la Sociedad, o bien de la calidad moral del Derecho. En el caso particular que nos ocupa, la dicotomía del concepto de violencia, la fuerza de la razón de la moral apunta a una corrección del articulado de ciertas tipificaciones en el Derecho.

No se nos enfaden, señores magistrados, pues antes que un Estado de Derecho, somos un Estado Democrático, cuya soberanía -como bien saben ustedes- reside en el pueblo del que emanan los poderes del Estado, entre ellos el poder judicial. Y fue justamente un filósofo como Platón, y no juristas ni políticos, quién creó primero la Democracia y posteriormente el Derecho.

Y, entonces, ¿cuándo se considera que hay violencia?. A lo que el maestro respondió: -Hay violencia siempre que la causa que obliga a los seres a hacer lo que hacen es exterior a ellos. (Aristóteles. La gran moral, libro primero, capítulo XIII)



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martes, 27 de noviembre de 2018

El mañana no existe, ni lo necesitamos para vivir


El mañana no existe y nunca ha existido, pues el mañana como futuro tan solo es una proyección mental de algo que no es, y si en tiempo y forma llega a ser solo puede ser presente. Paradógicamente, la mayoría de las personas solemos vivir en ese mañana inexistente -en muchos casos sin permitirnos vivir en el presente mismo-, lo que acarrea cuadros de angustia y de estrés mental, ¿pues, cómo se puede alcanzar un espejismo que tan solo es un reflejo en el camino cuya aproximación conduce a nuevos espejismos?.

Cuando hacemos alusión al mañana como futuro temporal, no nos estamos refiriendo a un espacio temporal de una o dos semanas vista (que es el presente inmediato), sino a un espacio futuro que comprende meses e incluso años por delante respecto a nuestro instante presente. Un mañana futurible que las personas somos capaces de crear en nuestro imaginario mental personal a través de dos métodos de raciocinio: la imaginación y el pronóstico. La diferencia entre ambos radica en el grado de cumplimiento de las posibilidades reales objeto de las expectativas creadas, es decir, en sus probabilidades estadísticas. Mientras la imaginación se fundamenta en una ensoñación fantástica que transgrede la lógica de la realidad, el pronóstico se cimienta en la predicción de la evolución de un proceso o de un hecho posible futuro a partir de criterios potenciales en su cumplimiento lógico.

Imaginación a parte, pues pertenece al mundo de los sueños (más propio de la juventud), el mañana como futuro basado en el pronóstico en un entorno altamente volátil e incierto por cambiante como es la sociedad actual, deja de ser una predicción lógica posible para convertirse en pura adivinación. Y si a ello le sumamos que dicha predicción se fundamenta sobre la evolución de procesos o hechos con bajo grado de probabilidad, por escasos o restrictivos -como sucede en un contexto de crisis socioeconómica-, hacer cualquier pronóstico sobre un mañana futurible resulta un ejercicio tan imposible como ingenuo. Por lo que, a la luz (o las sombras) de estas premisas, el mañana tampoco existe.

No obstante, si alguna virtud otorga la madurez por la gravedad de los años es, justamente, el conocimiento por percibido del Principio de Realidad. Y la realidad dictamina, en estos tiempos opacos que nos ha tocado vivir, que centrar nuestras energías vitales en un mañana inexistente solo conduce a estados psicoemocionales de ansiedad frente a la impotencia de no poder, desde la tranquilidad existencial que da la seguridad y que en antaño disfrutaron nuestros padres, planificar a medio y largo plazo nuestras propias vidas personales.

Pero la buena noticia es que siempre nos queda el presente, que es el tempus en el que transcurre la vida. Y la esperanza, como esencia motivacional que da sentido a la existencia humana, no requiere de futuros inexistentes, pues se despliega allí donde se manifiesta la vida, que no es otro que el tiempo presente. Siendo la característica mágica principal del tiempo presente su continuo fluir. Pues la naturaleza del presente no es estática y finita, sino móvil y perenne, pues impermanente y eterna es la vida en su continuo fluir desde el presente.

Sí, el mañana no existe. Pero tampoco lo necesitamos para vivir. Por lo cual, ¿qué sentido tiene obcecarse, hasta la extenuación personal, en proyectar la idea de una vida propia sobre un tiempo futuro inexistente y por tanto inplanificable?. Si la vida transcurre a través del viaje del presente continuo, que no es más que el resultado de la suma de “ahoras” infinitos, podemos perfectamente prescindir del adictivo ilusorio del mañana. Pues el presente contiene en sí mismo no solo la esperanza por la vida, sino todos los ingredientes necesarios para experimentar la curiosidad y la ilusión por la misma. Solo hace falta readaptar la mirada, reeducar el enfoque, y amansar una mente desbocada acostumbrada a correr fuera de tiempo.

Frente a un mañana inexistente, vivamos la vida a conciencia desde el momento presente existente. Ya que no encontraremos mayor estado de paz y felicidad personal que armonizándonos con el flujo continuo de la vida, que es lo mismo que desapegarse tanto de un pasado vivido como de un futuro por vivir. Respiro, luego existo.



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lunes, 26 de noviembre de 2018

El Superhombre de Nietzsche se está gestando en China


Esta mañana me he levantado con la noticia, mientras me tomaba el primer café del día, de la manipulación genética de bebés en China. La excusa, al menos la oficial, es la de crear una nueva generación de seres humanos inmunes al VIH, un problema sin duda de Estado para una nación -potencia mundial, no lo olvidemos- con férreas políticas de control de natalidad. No ha faltado tiempo para que parte de la comunidad científica internacional califique el experimento con seres humanos de “ni moral ni éticamente defendible”. Aunque, siendo honestos, tampoco es ni moral ni éticamente defendible la pobreza en el mundo o el asesinato institucional por causas culturales, políticas, religiosas o incluso comerciales, la cual cosa no quiere decir que no se produzca. Y más cuando, de manera específica, no existe una regulación internacional en materia de manipulación genética sobre seres humanos. De hecho, hace dos años el Reino Unido ya aprobó la manipulación genética de embriones humanos para crear “bebés sanos”, concretamente para aquellos casos que estuvieran potencialmente condenados a crecer con graves enfermedades heredadas por sus padres.

La manipulación genética de bebés en China, como seguramente va a suceder en otros países del mundo -pues no va haber nación con posibilidades que quiera ser menos, y sobre todo frente al hecho de tener ciudadanos biológicamente inferiores-, cumple con los dos requisitos idiosincráticamente imprescindibles para que el hombre se transforme en un Superhombre nietzscheriano: abandonar la moral tradicional y abandonar la idea de Dios. Una tendencia íntimamente ligada a la evolución cientificotécnica de nuestras sociedades modernas.

El concepto de Superhombre, que Nietzsche desarrolló en su obra “Así habló Zaratrusta” se caracteriza por cinco rasgos interesantes a recordar. En primer lugar, la Superioridad, pues el Superhombre cree que hay una jerarquía en las personas, por lo que no todos somos iguales. En segundo lugar, la Superación, pues el Superhombre considera, sobre la idea que hay que superar el concepto de Dios y la moral tradicional, de practicar la moral de los señores, que es aquella propia de los hombres superiores que dominan el mundo por la fuerza y la violencia. En tercer lugar, la Voluntad de Poder, que es la voluntad del Superhombre de dominar el mundo mediante la ley del más fuerte. En cuarto lugar, las Ansias de Vivir, pues el Superhombre, teniendo como virtudes la fuerza física, el poder y la rebeldía, valora sobremaneramente la vida corporal, donde entran en juego las pasiones, el placer y la violencia. Y en quinto lugar, la Fidelidad a lo Terrenal, pues el Superhombre, que no cree en Dios ni en el otro mundo, es fiel a lo terrenal, olvidándose así de cuestiones espirituales, y solo preocupándose por el mundo físico el cual vive con total intensidad.

Realmente, no hay que ser muy fino intelectualmente para que las características que Nietzsche describe en su Superhombre nos resuenen al arquetipo medio del ser humano actual que vive en lo que denominamos primer mundo, producto de una sociedad hedonista, materialista y egoísta por individualista.

Pero el hecho que podamos manipular genéticamente tanto la estructura biológica como por ende las capacidades cognitivas del ser humano, sin lugar a dudas superan las expectativas del propio Nietzsche en su idea de Superhombre. Pues su rasgo característico de Superioridad, por discriminación genética positiva, adquieren una nueva y elevada dimensión. A nadie se le escapa las implicaciones que puede llegar a tener la creación de una nueva generación de superhombres por superioridad genética en un mundo ya de por sí con grandes desequilibrios sociales, y en el que las prioridades de los Estados en la gestión política que afecta directamente a los grupos de ciudadanos categorizados en sus respectivos estratos sociales viene determinado por las pautas (de habilidades y competencias) que marca el Mercado. Es decir, la manipulación genética en seres humanos en un contexto de economía de Mercado global abre la puerta a la creación de una sociedad dividida en castas sociales, en la que los hombres que conforman la élite se transformarían en Superhombres por superioridad genética, puesto que -desde que la humanidad es humanidad- no hay mayor barrera de entrada artificial a las diferentes escalas de los estatus sociales que la que marca el dinero.

En este sentido, la actualización del Superhombre de Nietzsche gestado en China -con previsibles implicaciones en todo el planeta a medio plazo-, va a obligar a redefinir el concepto que actualmente tenemos de Democracia, puesto que la discriminación positiva de ciudadanos por manipulación genética afecta de lleno a uno de sus principios rectores: el derecho a la igualdad de oportunidades. Y no puede haber igualdad de oportunidades en una sociedad que pueda llegar a dividir a sus ciudadanos entre seres humanos naturales y seres humanos mejorados artificialmente.

Sí, nuestros modelos actuales de Democracia occidental pueden estar a punto de cambiar tal y como los conocemos por un modelo de organización política no democrática como es China, donde no existe la separación de poderes y todos los pilares del Estado, incluyendo el ejecutivo, el judicial y el militar, están bajo la autoridad del omnipotente Partido Comunista de China. Pero, ¿cómo puede China influenciarnos hasta el punto de modificar la naturaleza de nuestras propias Democracias? La respuesta se haya en el uso privilegiado de fuerza que ostenta sobre el Mercado global, talón de Aquiles de nuestras democracias al representar el cordón umbilical que alimenta nuestros frágiles modelos de Estado de Bienestar Social.

No obstante, quiero esperar que la mano de Zaratrusta, el profeta persa que históricamente fue el ordenador primario de los valores del bien y del mal, no acabe cerniéndose sobre occidente para destruir nuestra moral humanista y hacerla entrar en el ocaso y la caducidad definitiva, como auguró Nietzsche con su Superhombre. Frente a este peligro tan viable como inminente, ya estamos tardando en legislar internacionalmente sobre la manipulación genética en seres humanos, puesto que si alguna fortaleza tienen nuestras democracias de tradición greco-romana es que, justamente, se sustentan sobre el Estado de Derecho como escudo de la igualdad y los derechos sociales de todos los ciudadanos.

Tiempos difíciles y oscuros nos aguardan.
Pronto deberemos elegir entre lo que es correcto y lo que es fácil”.
Albus Dumbledore, en la película Harry Potter y el cáliz de fuego.



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viernes, 23 de noviembre de 2018

Tempus interrupto, el estado anacrónico de las personas desubicadas socialmente


A veces sucede que el tiempo se interrumpe. Pero no el tiempo en general, sino tan solo el propio de uno mismo. Tal es la sensación como si nos quedásemos inmovilizados por atrapados en un punto concreto del espacio-tiempo, mientras observamos que el resto del mundo sigue moviéndose a nuestro alrededor. Y ante esta experiencia, solo cabe esperar -no sin cierta impotencia- que la vida se digne a liberarnos del anclaje temporal. Un estado en el que aunque nos creemos caminando no llegamos a ninguna parte, y aun percibiéndonos estar pensando no logramos realmente llegar a pensar, al menos de manera resolutiva, dentro del sistema social de referencia al que se pertenece.

La singularidad del tempus interrupto parece producirse a causa de una disincronía entre el tiempo natural en el que transcurre el mundo exterior y el tiempo natural propio en el que se haya una persona, como si dicha persona se encontrase en un tiempo errado respecto al momento temporal al que le corresponde existir. En este contexto, resulta acertado decir que la persona deviene un anacronismo para su tiempo. Dicha alteración temporal es producida por la colisión de dos realidades bien diferentes entre sí, la de los mundos externo e interno en los que orbita la persona, siendo su naturaleza profundamente mental y cuya única restitución sincrónica radica, asimismo, en la propia naturaleza originaria del individuo.

En esta línea, cabe remarcar que en nuestra sociedad coexisten más personas que viven en un tempus interrupto de las que imaginamos, ya que el vertiginoso ritmo acelerado de la sociedad contemporánea en continuo cambio y transformación -derivado de la carrera por la competitividad en la que estamos inmersos que busca asegurar la sostenibilidad de una economía de consumo- provoca que muchas personas queden desfasadas a los tiempos que corren. Un claro ejemplo de ello lo tenemos en los humanistas, los cuales no solo no tienen cabida en las prioridades laborales dictadas por el Mercado, sino que son abocadas al anacronismo social. Un dato agravado por el hecho que en la España del 2018 el 57% de los universitarios (1,3 millones de matriculados) estudian carreras de Humanidades.

No hay que ser muy avispado para ver que el fenómeno sociológico del tempus interrupto tiene serias implicaciones en una sociedad, especialmente cuando alcanza un punto de inflexión crítico en la tasa de población activa de un país. Desde un punto de vista económico, reduce la masa de la economía productiva y aumenta el gasto en las partidas presupuestarias de servicios sociales. Desde un punto de vista social, agranda la brecha de desigualdad social y dispara los niveles de pobreza presentes y futuros. Desde un punto de vista cultural, empobrece los valores humanistas del conjunto de la sociedad. Y, desde un punto de vista político, aumenta el grado de crispación social y retroalimenta los populismos.

Realmente, visto lo expuesto, no parece muy inteligente la dinámica que llevamos como sociedad, semejante a la de una estampida colectiva que por inercia -y por falta de reflexión crítica, y de diligencia política- nos conduce irremediablemente al precipicio. Pero, ¿cuál es la causa determinante del efecto del fenómeno sociológico del tempus interrupto? La respuesta, con toda claridad, debemos buscarla en la propia disincronía entre Estado y Mercado, y más concretamente en la diferencia del concepto de bien común que tienen ambos. Puesto que mientras el Estado, a través de su sistema educativo, continua apostando por formar a humanistas; el Mercado, por su parte y a través del sistema laboral, rechaza por discriminación negativa a los perfiles humanistas. (Sin entrar en otras variables tipo barreras de entrada por edad, bases salariales, etc.) En otras palabras, vivimos en una sociedad protagonista de una sangrienta batalla entre el concepto del Bien Social propio del Estado versus el Bien Económico propio del Mercado. Una guerra sin tregua en que la balanza se decanta, como todos sabemos, a favor de los intereses del Mercado. Pues el dinero, más que poderoso caballero, se ha elevado a la categoría de divinidad omnipotente.

No obstante, y no debemos olvidarlo, el pulso entre Estado y Mercado no es más, en resumidas cuentas, que un pulso entre Democracia (el gobierno del pueblo) y Timocracia (el gobierno de los ricos), llegando ésta a convertirse en Tiranía (gobierno absolutista con abuso de la superioridad). Es por ello que el efecto del tempus interrupto, más allá de representar un fenómeno sociológico de nuestros tiempos que afecta a miles de ciudadanos, es un problema tan real como de fondo de Estado de las Democracias contemporáneas. Un problema que tarde o temprano los Estados, con políticos valientes a la cabeza, deberán afrontar por el bien de la calidad de nuestras democracias.

Mientras tanto, como fiel humanista que soy continúo, pipa en boca, mostrando descaradamente mi rebeldía frente a un Mercado excluyente aun en tempus interrupto. Pues el Mercado nos podrá retirar el pan, pero no así apagar la llama de pensar críticamente como hombres libres.


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miércoles, 21 de noviembre de 2018

Hay que redefinir el concepto del dinero y actualizar los políticos en términos de gestores públicos


Vivimos en un mundo rico en recursos, pero aun así caracterizado por grandes desequilibrios sociales, por lo que el problema no es si hay o no suficientes recursos para todos, que de haberlos haylos (como diríamos en español antiguo), sino en la distribución de dichos recursos. Ante esta situación, la mayoría de las personas se preguntan el por qué los gobiernos, como representantes de la soberanía popular, no hacen nada al respecto. La repuesta es doble, por un lado porque no pueden hacer nada, ya que los gobiernos están supeditados a un poder superior y de ámbito global que es el Mercado cuya ley es el dinero; y por otro lado, y derivado del primero, porque los señores diputados de las cortes generales de sus respectivos estados, en su inutilidad de poder generar ningún cambio sustancial al respecto, la única función verdadera a la que están entregados -porque en ella les va los privilegios del status quo- es la de mantener las estructuras de poder de la clase política dentro de la sociedad, mediante la técnica del despiste haciendo ver que hacen sin hacer nada, es decir, mareando la perdiz y a cuerpo de rey a costa del dinero del resto de los conciudadanos.

Respecto a la clase política, es evidente que en este contexto se requiere con urgencia de una profunda redefinición de su peso estructural en el conjunto de la sociedad. Porque ya me dirán ustedes, por ejemplo, por qué debemos mantener a cualquiera de esos 610 políticos entre senadores y diputados de las Cortes Generales que tenemos en España, la gran mayoría anónimos (escondidos) que no conoce prácticamente nadie ni en sus localidades de origen, cuyo sueldo es de 5.000€ de media (casi 4 veces superior a la media de un trabajador nacional), y cuya función generalista es apretar el botón del voto pertinente que el presidente de su grupo parlamentario le ha mandado apretar, por supuesto sin derecho de réplica puesto que va con el sueldo. Una sencilla tarea que bien la puede realizar el portero de un bloque de viviendas con apariencia de honorable tras una buena sesión de sastrería y peluquería, o un sistema íntegramente virtual basado en algoritmos de representación electoral. Mientras tanto, el puñado escaso de voceros visibles por mediáticos de los diversos partidos políticos se dedican cada día a fabricar humo -desde las plantas de producción de sus respectivas sedes centrales-, que dispersan como densas nubes de polución tóxica sobre las atmósferas de todas las ciudades del país mediante los conductos de ventilación de los medios de comunicación, para que los ciudadanos no tengan otra ocupación trascendental a lo largo de su jornada que intentar vislumbrar cierta visibilidad entre medio de la humareda, cuyo color, textura, olor y dirección será nuevamente modificado puntualmente al día siguiente por los mismos políticos expertos en producción de humo, en un ciclo tan bucleriano como inútil con el único objetivo de que el humo -por sí mismo carente de consistencia socioeconómica y política- no permita ni ver ni pensar al conjunto de la ciudadanía. En este sentido, la política ha pasado de ser el arte de lo posible a convertirse en el arte de la hipnosis de masas por inhalación de humos alucinógenos con edulcorantes artificiales, capaces de alterar el nivel de conciencia de las personas para un mayor control de las mismas.

Entretanto el poder político se resigna a concentrar sus energías en salvaguardar a toda costa su peso específico como clase social, aun prostituyendo el espíritu democrático de la soberanía popular (recordemos que Democracia significa el poder del pueblo) y renegando del ejercicio responsable sobre la res publica, por su parte el poder económico del Mercado gobierna el mundo mediante el gobierno efectivo sobre los Gobiernos. Y en este nuevo contexto el dinero, que es ley suprema del Mercado, ha dejado de ser un medio equitativo de intercambio para el pago de bienes y servicios (y por tanto para el desarrollo digno de la vida de las personas), para adoptar un rol discriminatorio de distribución de recursos. O dicho en otras palabras, el dinero representa hoy en día el máximo exponente del símbolo de la desigualdad social. Lo cual no solo tiene una afectación directa sobre el nivel de la calidad de vida de las personas, provocando la creación de sociedades con estratos colectivos cada vez más desequilibrados (en las que incluso se produce la extinción de ciertas clases sociales como en la actualidad ha sucedido con la ya desaparecida clase media trabajadora), sino que incluso tiene importantes implicaciones en la redefinición de los valores que constituyen la Moral de una sociedad y, por extensión, de las personas a título individual que la componen. Por lo que la Moral surgida de la filosofía humanista que dio luz a los Gobiernos de las Democracias como organización social, está siendo substituida -a marchas forzadas y sin reparos ni miramientos- por la Moral surgida de la filosofía capitalista que ha dado luz al Gobierno del Mercado como nueva organización social. El Gobierno ya no está en manos del pueblo, sino en manos del dinero. Y asimismo, la Moral ya no es creada por el humanismo, sino por el capitalismo.

Y aun así, muchas son las personas que se preguntan cómo es posible que, en un mundo con recursos suficientes para todos, estemos sumergidos en un estado de crisis económica que no tiene velos de solucionarse y que agrava, a cada nuevo día que pasa, la brecha de desigualdad y desequilibrio social. Si entendemos que el dinero, así como el marco de organización social global al que denominamos Mercado, no es de origen natural sino fruto de la creación artificial, por propia, del ser humano; entenderemos que es el mismo ser humano a quien no le interesa resolver la situación para bien común. Sabedores que al referirnos al ser humano en términos genéricos, nos estamos refiriendo tácitamente a esa pequeña colectividad de hombres que ostentan el poder económico en el actual orden mundial, y que bajo el credo del sancta sanctorum del neoliberalismo dan rienda suelta a pasiones y sentimientos de baja talla moral como son el egoísmo, la mezquindad, el desprecio, la avaricia, la falsedad, la codicia, la hipocresía, el cinismo, la traición, el engaño, la deshonestidad, la insolidaridad, o la injusticia, e incluso la maldad, entre otras características definitorias, todas ellas dirigidas al insaciable engorde de un beneficio exclusivamente personal. Y todo ello sin desengominarse.

Sí, la humanidad debe redefinir el contenido simbólico del dinero y su rol en la sociedad, para lo cual los Estados Democráticos deben recuperar prioritariamente el gobierno sobre el Mercado, lo que imperativamente requiere una profunda revisión y actualización de la clase política en términos de gestores públicos eficientes (capaces de lograr los fines sociales de la mejor manera posible), eficaces (capaces de lograr los efectos sociales esperados) y efectivos (capaces de cuantificar los logros sociales realizados), si es que queremos apostar por sociedades más equitativas para la construcción de un mundo cada vez más humano.

Y es que a estas alturas de la Historia como especie, hemos tenido tiempo holgado de recopilar los suficientes elementos para un juicio de valor crítico respecto a los polos opuestos, que siempre acaban tocándose, de modelos humanos posibles de organización social: el comunismo y el neoliberalismo. Es por ello que, por ultimátum improrrogable, nos ha llegado la hora de diseñar un nuevo modelo social que sea capaz de pivotar sobre el justo equilibrio entre desarrollo económico y bienestar colectivo, para protección de la vida digna de las personas. Pues como decían los romanos: In medio virtus, la virtud se haya en el punto medio.




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lunes, 19 de noviembre de 2018

La desmemoria son las alas de mi libertad


Bendita desmemoria,
que borras mi densa pesadez existencial,
y en mi periódica ligereza me permites volar,
para nuevamente ser libre de mi propia historia.

Esta es una reflexión que bien podría tratarla poéticamente, pero como puede evidenciarse mi ars poetica requiere de un proceso previo de desoxidación incluso en el verso libre. Y eso que antes que filosóficamente mi espíritu juvenil primero se expresó poéticamente, aunque realmente la poesía no es más que filosofía encorsetada en una estética musical. Pero no me pregunten sobre los contenidos de mis primeros libros, ni de los segundos o de los últimos, pues no los recuerdo sin un esfuerzo previo de repaso introspectivo (y de obligada relectura). De hecho, por no recordar no recuerdo a veces ni el último artículo publicado, y lo mismo me sucede con materias que he expuesto decenas de ocasiones en conferencias o impartiendo clases, las cuales al cabo de un tiempo de no tratarlas se desvanecen en mi mente como niebla que se disipa. Es por ello que de manera recurrente Teresa, mi pareja, me llama Dory(-to) en alusión al amable pez de dibujos animados de Disney Pixar caracterizado por su mala memoria a corto plazo.

Pero no hay motivo para alarmarse, la desmemoria no es amnesia. Es decir, el caldo de cultivo cultural aprehendido a lo largo de mi vida siempre está latente, por lo que si bien los conceptos concretos se me presentan como escurridizos entre el tupido bosque del conocimiento acumulado, no así su esencia, lo cual me permite realizar con plena normalidad un acurado proceso lógico-reflexivo propio del pensamiento crítico fruto de una rica interrelación de ideas, en el que mi espíritu de poietes (el que crea) se manifiesta ampliamente. Y respecto al etiquetaje de los conceptos, resulta muy fácil reencontrarlos cuando se sabe dónde buscar. Nada que no se pueda solucionar, con un poco de tiempo, eso sí. Además, ahora la neurociencia apunta que la mala memoria es signo de inteligencia, para tranquilidad del ego de los desmemorizados [:-)] frente a aquellas personas que son enciclopedias andantes, y más aun en una sociedad dada a elevar a categoría de inteligencia superior la habilidad memorística (un valor más propio de las culturas educativas de los siglos XII a XIX, en choque frontal con la evidencia empírica de las inteligencias múltiples del siglo XXI).

No obstante, soberbias a parte, la desmemoria tiene grandes ventajas, pues el reseteo periódico de recuerdos te permite afrontar la vida siempre de manera nueva, ya que no se parte de rígidas estructuras mentales que determinan de modo sine qua non el pensamiento y condicionan por contagio la acción vital. Lo que no solo representa una ventaja a la hora de reinventarse en un entorno actual altamente volátil por cambiante que exige adaptabilidad, o a la hora de afrontar creativamente el enfoque discursivo de un nuevo tema a desarrollar, sino que lo más relevante es que permite rellenar de refrescantes contenidos el sentido mismo de la vida a cada nuevo día desde un sentimiento de libertad personal. Lo cual no implica la inexistencia de un sistema de pensamientos perennes que persisten de manera sostenible a lo largo de la existencia singular de una persona, pero sí que éstos evolucionan gracias al efecto actualizador (por acción de reseteo mental) propio de la desmemoria. ¡Bendita desmemoria!.

Sí, la desmemoria son las alas de mi libertad. Y su campo de influencia abarca tanto la memoria perceptiva, aquella que nos permite conocer sin interferencias objetos percibidos en el pasado, como la memoria introspectiva, aquella que nos permite conocer sin interferencias emociones, sentimientos o estados de conciencia pasados a nivel personal. Por lo que la desmemoria es la interferencia misma que se crea tanto en la memoria perceptiva como en la introspectiva. Es por ello que siempre he creído que la desmemoria es una medicina beneficiosa para la salud psicoemocional -a la que también se puede denominar medicina del alma-, ya que permite liberarnos en el presente de recuerdos dolorosos del pasado, lo cual posibilita el desapego necesario (desde un cierto estadio de paz interior, aunque sea por agotamiento) para la aceptación como punto de partida de una nueva, actualizada y mejor versión reinventada de nosotros mismos. En este sentido, la desmemoria es la puerta que da acceso a un futuro individual como segunda o enésima oportunidad de ser mejores personas (desde la conciencia despierta y la práctica activa de la higiene emocional). Pues el pasado no se puede cambiar, pero sí el futuro desde el trabajo presente.

Quizás sea debido a la bendita desmemoria, que cada día me obliga a enfrentarme a un lienzo prácticamente en blanco roto de mi propia vida, de la necesidad existencial de escribir mis reflexiones de manera recurrente. Puesto que mediante el hábito de los artículos, no solo me reencuentro conmigo mismo en la reafirmación de una identidad de flujo tan discontinuo como evolutivo, sino que me permite renovar los votos de ilusión del propio sentido por la vida, lo cual creo que -aun a pesar de poder estar errado- yace aquí la razón de ser, junto a la curiosidad, de mi particular naturaleza polímata.

Bendita desmemoria,
que sin dilación limpias lo viejo
para dejar entrar lo nuevo,
pues entiendes que mi alma clama libertad
por disfrutar de un inexplorado horizonte en el que respirar.

Bendita desmemoria,
que cada día me obligas
-aun si ganas-
a una nueva vida reencarnatoria.




Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

domingo, 18 de noviembre de 2018

Sociedad anti Colón: Presentecentrismo, Odionalfabahistorismo y Populhisterismo


El hombre es un animal de costumbres, y la mía, de buena mañana, es ponerme al día de las noticias del mundo (al menos de las publicadas en los medios de comunicación) mientras me tomo el primer café del día, sin el cual no comienzo a transformarme nuevamente en persona. Y en ese repaso matutino de las noticias diarias más destacadas me informé, hace una semana escasa atrás, de la retirada de una estatua de Cristóbal Colón en California. El hecho, vendido como un spot publicitario de vanguardia progresista al redoble de cornetas mediáticas, es un claro acto de Presentecentrismo, Odionalfabahistorismo y Populhisterismo. Me explico.

1.- Presentecentrismo: dícese de la tendencia social de revisar el pasado desde el presente. Una línea de pensamiento tan irracional, endogámica y corta de luces como intentar explicar un asiento arqueológico de la era de los dinosaurios desde la lógica organizativa de una sociedad fundamentada en el Derecho. Es decir, nunca podremos entender el pasado sin un conocimiento explícito de los determinismos socioeconómicos y políticos de su contexto temporal, los cuales son imprescindibles para un análisis serio por objetivo que nos permita entender las causas de un hecho pasado que expliquen los efectos como resultado evolutivo del presente. Pretender reconstruir el pasado desde la mirada conceptual del presente es tanto de locos como de irresponsables, así como atenta contra el mismo proceso continuo del Principio de Realidad, un disparate semejante a reinventar -por desagrado de los volátiles cánones estéticos de moda- el origen carbono del diamante.

2.-Odionalfabahistorismo: dícese del sentimiento de odio por analfabetismo cultural hacia la Historia. Un estado de conciencia derivado del Presentecentrismo propio de un pobre nivel cultural e intelectual colectivo, en el que el sistema educativo actual -pautado bajo mandato político- tiene una gran responsabilidad al distorsionar conscientemente la propia Historia, al amparo de un ambiente general de progresismo tuerto y disfuncional cargado de complejos no resueltos. El Odionalfabahistorismo, en el caso californiano que nos ocupa, es capaz de despreciar el hito de un descubridor español como Cristóbal Colón que unió a más de 500 millones de personas en una lengua común, incitó el mestizaje racial y cultural entre continentes, y dejó como herencia centenares de universidades implantadas en toda sudamérica -con todas las sombras implícitas del colonialismo propio de la época-, a favor de otra cultura colonizadora como es la anglosajona que exterminó sin miramientos ni distinción a toda la población india de norteamérica de su territorio natural. En este caso, el Odionalfabahistorismo contra Colón es equiparable, por tanto, a un hipotético y ridículo ataque generalizado contra Albert Einstein por el hecho de haber descubierto la equivalencia entre masa e inercia (E=mc2) y de advertir sobre el potencial energético del uranio que, entre otras muchas consecuencias directas para la humanidad, fue causa determinante para el desarrollo de la fatídica bomba atómica de uso militar.

3.- Populhisterismo: dícese de un estado de mentalidad política populista de corte histérico. El Populhisterismo, derivado del Presentecentrismo y del Odionalfabahistorismo, es el resultado sociológico de masas generado por una clase política dirigente incapaz de estar a la altura frente a la Historia, y menos aún respecto a sus conciudadanos en el más stricto sensu de diligencia de Estado. La dejación de responsabilidades de la res publica histórico-cultural por parte de nuestros políticos, de triste y desesperante bajo porte intelectual, que han encontrado en los vientos populistas con poso socioeconómico el substituto perfecto a sus carencias ideológicas, airean un falso progresismo entre la ciudadanía con argumentos tan superficiales como vacuos de realidad, que alimentan un histerismo colectivo cuyo contagio ha calado incluso entre las propias instituciones públicas. Y es que los votos, hoy en día, pesan más que la Razón.Y no hay mejor opio para las sociedades desarrolladas contemporáneas que el Populhisterismo, en claro reflejo de una civilización occidental que avanza a golpe de eslóganes publicitarios de alta carga emocional, por irracionales que sean.

Frente a los detractores y activistas contra Cristóbal Colón, y todo lo que representa, más cultura y sentido amplio de la Historia de nuestra humanidad. Pues no hay peor humanidad que aquella que vive renegando, e incluso mintiéndose, sobre su propia Historia. Y respecto a los políticos que lo permiten, exijámosles que sobrepongan lo correcto frente a lo fácil, o en caso contrario enviémosles directos a galeras por malversación del patrimonio histórico común. En todo caso, esperemos que las nuevas generaciones muestren mayores luces, aun a contramarea de un sistema educativo cada vez menos exigente.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 


viernes, 16 de noviembre de 2018

No es nada inteligente deconstruir la realidad, desde la Realidad rota


La realidad se asemeja a una habitación alicatada, que en ocasiones se viene a bajo tras agrietarse las paredes y provocar la caída de los azulejos que acaban esparcidos en añicos al chocar contra el suelo. Sí, la realidad también se rompe. Como sucedió ahora hace poco más de una década en el mundo occidental con la crisis financiera producida por las hipotecas subprime que provocó la bancarrota de la americana Lehman Brothers, la primera ficha de un efecto dominó global cuyo viento de cola perdura hasta nuestros días. Y justo ahora que parecía que volvíamos a iniciar la reconstrucción del alicatado de nuestra realidad, todo apunta -según diversos indicadores económicos- a una recaída financiera para el 2020 con categoría de nueva crisis dentro de la crisis actual. Como se suele decir, llueve sobre mojado. La realidad aun no se ha reconstruido que vuelve a romperse.

En este contexto nos encontramos con dos realidades bien diferenciables: la realidad por perceptible de la habitación alicatada (el Mercado), y la realidad por perceptible de los inquilinos de la habitación alicatada (las personas como productores y consumidores beneficiarios del Mercado). Ambas, si bien pertenecen a la lógica del principio de realidad, pues representan una existencia verdadera y efectiva de un todo común interretroalimentado, son subjetivas por relativas respecto al observador que las percibe. No obstante, personalmente en la presente reflexión me interesa centrarme en la realidad por perceptible de la persona que habita dentro del habitáculo denominado Mercado, pues si bien el Mercado por ser continente se reconstruye, la persona por ser contenido se deconstruye, como materia líquida que adapta su forma al envase que lo contiene.

Pero, ¿qué significa que una persona deconstruye la realidad?. Veamos: Sobre la premisa de la existencia de una realidad como es el hombre, dentro de otra realidad mayor que lo integra como es el Mercado, cabe entender que con independencia de la forma y tiempo -ritmo- en que la realidad del Mercado se recompone, la persona en calidad de ser humano se ve obligada a revisar todos aquellos elementos de su vida diaria tanto que hayan quedado desfasados por obsoletos como que puedan continuar teniendo utilidad en el marco de un nuevo paradigma social, con el objetivo de volver a redefinir su propia realidad, más si cabe si la nueva estructura de organización social se haya en continua fase transitoria como es el caso (puesto que está sujeta al determinismo derivado de la redefinición reconstructiva indefinida del Mercado).

La revisión por utilidad pragmática de la propia realidad de las personas, en una narrativa deconstructiva, afecta de manera directa a tres dimensiones nucleares de los seres humanos: el concepto de identidad individual, el proceso productivo para la subsistencia, y el rol relacional con el resto de la sociedad. Para qué, cómo, y con quién. La trilogía vertebradora de la existencia humana que se condiciona y determina entre sí. Un proceso abierto y en perenne deconstrucción, en una sociedad de mercado medio fallido en continuo cambio y transformación (donde no hay manera de acabar las obras de alicatado de la habitación), capaz de provocar trastornos de personalidad disfuncional en las personas más cuerdas.

Sí, cuando la realidad contextual se rompe, el ser humano se ve obligado a deconstruir su propia realidad, que significa romperla para reconstruirla y volver a romperla para nuevamente reconstruirla tantas veces como sea necesario, por la irrenunciable finalidad de poder adaptarse a un entorno en interminable transitoriedad. Un ciclo tan cansino como delirante.

No obstante, aunque erróneamente se de por supuesto, el ser humano no tiene por qué deconstruir su realidad personal en el bucle sin fin del interior del habitáculo del Mercado, puesto que el Mercado no es un elemento apriorístico de la idiosincracia de la naturaleza humana, por importante creación del hombre que sea. Por lo que cualquier persona, a la luz de la conciencia y la razón lógico-reflexiva, puede liberarse de la tiranía del Mercado como única realidad marco posible. Pues nuestra es la capacidad, como humanos, de transcendernos conceptualmente hacia un mundo metafísico. Un camino de liberación individual, exentos de cargas superfluas, en el que lo único que debemos deconstruir es el sentido de nuestra propia identidad personal desde la reconexión con nuestro yo más esencial. Y a partir de aquí ya redefiniremos la nueva manera de cómo nos ganamos el pan de cada día y con quién nos relacionamos a nivel social.

Que no te lleven a engaño, tras los muros de la maltrecha habitación alicatada hay vida. La tuya. Y no hay nada inteligente en deconstruir la realidad si no es para construir una nueva mejor.




Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Lupus civitatem, el depredador de la venta directa en la economía de mercado


Si fijamos la atención en la serie del bestiario urbano, como así lo hemos hecho en reflexiones anteriores, destacaremos en esta ocasión al animal superviviente por excelencia, el lupus civitatem o lobo de ciudad. Un espécimen depredador, que en tiempos de carencia puede comportarse como un carroñero, situado en el nivel medio-alto de la cadena alimentaria de la economía productiva urbana. El lupus civitatem es un animal muy preciado en la fauna capitalista de la oferta y la demanda, puesto que hace posible la sostenibilidad de la rueda de la economía de mercado a través de su intervención directa en las operaciones de venta. Sí, así es, el lupus civitatem se manifiesta socialmente bajo la forma profesional que conocemos como vendedor a domicilio. Veamos algunas de sus características más destacables:

-Como vendedor, el lupus civitatem es un profesional en cerrar acuerdos comerciales, con independencia de su conocimiento exacto de lo que está vendiendo. Pues si solo se limitase a informar o a exponer los argumentos o características de venta de un producto o servicio de manera excelente entre clientes potenciales pero no consiguiera vender, obviamente no sería un vendedor; ergo no se trataría de un lupus civitatem sino que estaríamos refiriéndonos a otra especie animal diferente dentro de la fauna urbana. Por lo que la capacidad de vender representa una habilidad innata de su propia naturaleza.

-El sentido existencial del lupus civitatem no es otro que el dinero como medio de conseguir su anhelado bienestar material, por lo que es un animal altamente focalizado en la caza desde el momento incluso anterior a la acción propia de perseguir una presa, la cual una vez identificada acorrala mediante diversas técnicas persuasivas y de manipulación emocional para acabar dando el golpe de venta de gracia. Un proceso en el que la empatía es una herramienta de trabajo más y la ética queda sujeta a los valores y principios de la fría productividad, reduciendo la visión del cliente a un mero rédito económico a conseguir.

-El lupus civitatem celebra en manada y con exaltada excitación entre medio de aullidos de guerra el éxito de sus cacerías diarias, y es con la manada que se congrega periódicamente tanto para realizar ritos de motivación comunales en un ambiente de corte formal, como para reafirmarse mútuamente en su identidad depredadora al calor desenfadado de espacios más ociosos. Puesto que si bien su modus operandi de caza es en solitario, es un animal social como especie dentro de un mismo territorio compartido, no dudando en sacrificar a alguno de sus miembros por el bien del balance de resultados comerciales común de la manada.

-El perfil del lupus civitatem es heterogéneo, incluso los hay con apariencia de ovejas hasta que no revelan sus colmillos justo antes de lanzarse al cuello de la presa, de ademán más o menos refinado, semblantes pulcros en su estética ex profeso, de nivel cultural medio-bajo pero con grandes dotes de inteligencia emocional y de locución, amantes de la vida en libertad y de trabajar en un entorno callejero, y como buenos depredadores gustan de relacionarse con personas del resto de la fauna urbana a quienes perciben, sin distinción, como presas potenciales.

-Socialmente el lupus civitatem está situado en un estatus de bienestar social medio-alto, por la protección y prebendas económicas que gozan como pago a sus servicios por parte de los depredadores más allegados a la cúspide de la cadena alimentaria de la economía productiva, pues realizan una inestimable función comercial de cadena de transmisión directa de flujos de bienes y servicios de mercado para beneficio de los cuadros de explotación de los productores.

Sí, el lupus civitatem, más conocido como vendedor profesional, es un animal de la fauna urbana indispensable en los procesos de venta directa en un ecosistema de economía de libre mercado. Un animal comercial producto de la sociedad capitalista cuya capacidad de adaptabilidad a los cambios del mercado lo categorizan como un superviviente, capaz de superar cualquier escenario de crisis, siendo dotado de una habilidad natural altamente valorada -por escasa entre el común de los mortales- como es la capacidad de vender. Otra cosa es que la práctica estándar de dicha habilidad comercial, que representa un activo de valor en las sociedades capitalistas, suela apreciarse como contraria a los principios éticos fundamentales de una sociedad humanista. Aunque a estas alturas, para qué nos vamos a engañar, todos sabemos que el modelo de sociedad por el que tristemente estamos apostando se basa en la máxima del tanto tienes, tanto vales. Así pues, no nos extrañemos al constatar que, en la vida diaria de las ciudades, el animal rey es el lobo.


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domingo, 11 de noviembre de 2018

Declaración de principios de mi mismidad


Sobre el felpudo de la puerta que me adentra a los 47 años, se me antoja escribir la declaración de principios de mi mismidad por tres motivos bien definidos: porque tengo suficiente experiencia vital a estas alturas de la vida para saber quién y cómo soy, porque tengo suficiente experiencia vital para saber justamente lo que no quiero de la vida (en mi vida), y porque soy tan olvidadizo que necesito escribirlo para poder recordármelo a cada nuevo día. Y con la mente preclara, rezo así en mi mismidad:

1.-No traicionar mi propia consciencia por irresistible que sea el premio, pues al hacerlo dejo de ser yo mismo para convertirme en un alter ego que siempre acaba generándome tensión psicoemocional y me aleja del inestimable estado de paz interior.

2.-No ser infiel a mis propias habilidades innatas en favor de habilidades socialmente de moda más valoradas, pues a través de ellas me reafirmo en la singular identitaria de mi personalidad, y sin ellas vago sin rumbo ni dirección dando tumbos en un viaje errático y agotador que siempre finaliza en el punto de partida.

3.-No hipotecar las energías de mi vida en una actividad productiva que no me autorrealiza espiritualmente, aunque de ello dependa la calidad de mi bienestar material, pues al hacerlo pierdo el sentido personal de la ilusión por la vida, la enriquecedora y creativa chispa de la fuerza vital, y comienzo a marchitarme como planta privada de agua y luz.

4.-No renunciar a disfrutar de la intensidad de los momentos presentes de la vida, tanto solo como en compañía de los seres queridos, pues la vida no es más que el cómputo de la suma de pequeños instantes vividos conscientemente.

5.-No aguantar ni personas, ni ambientes, o circunstancias de manera forzada o por obligación, pues el tiempo de vida que se me ha dado es un bien que desde la madurez considero tan preciado como caduco.

6.-No dejarme encarcelar en el dramatismo de una vida percibida como seria, pues el reino de los cielos en la tierra es para las personas de espíritu jovial que saben desdramatizar la rígida vida de los adultos.

7.-No vivir la cotidianidad sin la sólida estructura de unos valores sociales fundamentados sobre los pensamientos lógico-reflexivos de mi propia individualidad, puesto que no consumo por indigestión ideas paquetizadas apriorísticamente y menos si están vacías de contenido o son edulcoradas con argumentos superficiales, ya que es el aliento natural de mi sentido de libertad personal.

8.-No desistir de una vida vivida desde la sensibilidad y la estética, pues en la sensibilidad encuentro la lucidez que me da acceso a la Razón de la Moral y mediante la estética puedo adentrame en el radiante secreto de la belleza de la vida, sin las cuales no podría trascender mi densa naturaleza humana.

9.-No abjurar de la promesa de un futuro siempre mejor, pues no hay suficientes vidas para descubrir los infinitos horizontes prometedores que existen, en cuya mirada alimento la esperanza que me hace permanecer fuerte en el continuo presente.

10.-Y no abandonar por nunca jamás el amor de pareja, padre, e hijo, como estado de conciencia, pues el amor es el alfa y el omega de todo ser humano, es la fuente de vida que todo lo puede y desde donde todo es posible, incluido lo aparentemente imposible.

Tarragona, a 28 días de mi 47 aniversario



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sábado, 10 de noviembre de 2018

Casus belli probable del siglo XXI

Manifestación en Barcelona, 10/11/18

Quiero creer en la fortaleza del Estado Democrático de Derecho, pero me preocupa la frágil línea que separa la paz del pretexto que desencadena una acción bélica, sobre todo cuando percibo la larga agonía de la gente trabajadora que malvive en un mercado laboral precario en el contexto de una crisis interminable.

Quiero creer en la fortaleza del Estado Democrático de Derecho, pero me preocupa la frágil línea que separa la paz del pretexto que desencadena una acción bélica, sobre todo cuando percibo que la dignidad humana se mide y valora por una economía productiva fortalecida en el aumento progresivo de la desigualdad social.

Quiero creer en la fortaleza del Estado Democrático de Derecho, pero me preocupa la frágil línea que separa la paz del pretexto que desencadena una acción bélica, sobre todo cuando percibo que el poder económico del Mercado determina y se impone a los tres poderes constitucionales en los que se fundamenta la soberanía del pueblo.

Quiero creer en la fortaleza del Estado Democrático de Derecho, pero me preocupa la frágil línea que separa la paz del pretexto que desencadena una acción bélica, sobre todo cuando percibo el descrédito e incluso el rechazo hacia la clase política por parte de los ciudadanos de a pié en medio de un ambiente cargado de crispación social.

Quiero creer en la fortaleza del Estado Democrático de Derecho, pero me preocupa la frágil línea que separa la paz del pretexto que desencadena una acción bélica, sobre todo cuando percibo una sociedad suicidada en valores que afronta el futuro con desaliento y desazón.

Quiero creer en la fortaleza del Estado Democrático de Derecho, pero me preocupa la frágil línea que separa la paz del pretexto que desencadena una acción bélica, sobre todo cuando percibo que la Democracia cada vez es menos democrática y el Derecho cada vez menos equitativo, justo e imparcial.

Quiero creer en la fortaleza del Estado Democrático de Derecho, pero me preocupa la frágil línea que separa la paz del pretexto que desencadena una acción bélica, sobre todo cuando percibo que la congoja social resucita nacionalismos locales que se transforman en estados populistas de enajenada mentalidad colectiva.

Quiero creer en la fortaleza del Estado Democrático de Derecho, pero me preocupa la frágil línea que separa la paz del pretexto que desencadena una acción bélica, sobre todo cuando percibo que en un mundo global de recursos compartidos los países rehuyen de la lógica de la fuerza común para focalizarse en sus ombligos.

Quiero creer en la fortaleza del Estado Democrático de Derecho, pero me preocupa la frágil línea que separa la paz del pretexto que desencadena una acción bélica, sobre todo cuando percibo que la sociedad contemporánea padece de alzheimer sobre la Historia y ha desaprendido sobre el comportamiento de la propia naturaleza humana.

Quiero creer en la fortaleza del Estado Democrático de Derecho, pero me preocupa la frágil línea que separa la paz del pretexto que desencadena una acción bélica, sobre todo cuando percibo que la Razón y la Moral humanista es substituida por la Razón y la Moral mercantilista.

Quiero creer en la fortaleza del Estado Democrático de Derecho, pero me preocupa la frágil línea que separa la paz del pretexto que desencadena una acción bélica, sobre todo cuando percibo que cada vez hay menos lógica y más discurso irracional.

Quiero creer, como ciudadano de un Estado Democrático de Derecho, que no existe casus belli probable en pleno siglo XXI. Quiero creer que el ser humano occidental es suficiente inteligente y evolucionado para no tener ningún pretexto que le lleve a desencadenar una acción bélica local o global.

Quiero creer, aunque no me lo crea. Pues sé que existen muchas formas de violencia bélica, además de la militar. Y en las prácticas ius in bello de cualquier tipo de guerra, las personas más desprotegidas (el 90% de la población) siempre somos las más perjudicadas.

Quiero creer, ¡por Dios que intento forzarme en creer!, en la fortaleza de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho.


Tarragona, a 11 de noviembre de 2018
Día del centenario del armisticio que puso fin a la I Guerra Mundial
Día después del 80 aniversario de la Noche de los Cristales Rotos en la Alemania Nazi


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