martes, 30 de octubre de 2018

Geometría de la letra


La letra es la representación gráfica de un sonido. Es, sintéticamente, un sonido escrito. Algo que en sí mismo ya es extraordinario. Pues el sonido es un conjunto de vibraciones que se propagan por el aire, lo que significa que al ser una vibración está en movimiento (repetitivo alrededor de una posición de equilibrio), y al estar en el aire se encuentra en un medio gaseoso (y por tanto poco denso) mayormente transparente. Mientras que la escritura es la plasmación geométrica de dicho sonido sobre un soporte en no-movimiento y con densidad propia de un cuerpo físico. Así pues, ¿cómo conjugamos una naturaleza en movimiento y poco densa con otra naturaleza en estado de no-movimiento y más densa?. El nodo conector de ambas realidades -como ya se avanza en la primera frase de la reflexión- es el signum, capaz de representar simbólicamente una realidad en otra diferente.

No obstante, sin entrar en las características propias de un signo de carácter lingüístico desde un enfoque de significación (como parte de una comunicación compartida por una comunidad de personas), lo que me interesa de la letra por fascinante es su geometría; es decir, la figura del signo en el plano espacial. Puesto que una letra no es más que una conjunción predeterminada de puntos que describen una posición en el espacio determinada respecto a un sistema de coordenadas preestablecidas. Sabedores que los puntos espaciales -como unidad irreductiblemente mínima de la comunicación visual- son figuras geométricas sin dimensión, y por tanto sin longitud, área, volumen, ni otro ángulo dimensional (lo que significa que no pertenecen al mundo físico). Y que por el hecho de ser entidades fundamentales de la geometría tan solo podemos describirlos en relación a otros elementos similares.

Sí, el punto que conforma la letra como signo es un concepto apriorístico, lo cual le otorga una dimensión trascendental a la propia letra, más propio del mundo de las ideas de Platón que del mundo humano de las formas. Por lo que uno no puede dejar de preguntarse si las letras, en su diversidad de expresión simbólica en un mundo multicultural, nos fueron dadas o son una creación propia del ser humano. Metafísica a parte, pues entrar en materia de metafísica es entrar en un universo teórico donde todos los discursos son válidos hasta que empíricamente no se demuestre lo contrario, la belleza de los puntos es que nos señalan una posición espacio-temporal cierta en el vasto Universo dentro de un sistema de coordenadas concreto, permitiéndonos percibir la geometría simbólica de las letras.

Personalmente me gusta imaginar la geometría plana de una letra suspendida en medio del espacio, con la que fantaseo modificando a voluntad la posición espacio-temporal de sus puntos hasta lograr cambiar de signo significativo su propia semiología con el fin de transformarla en otra letra tan perceptible como reconocible. Pero no así puedo modificar su sistema referencial de coordenadas, pues yo como interpretante o significante formo parte del mismo. Aún sustituyendo el sistema de coordenadas semiótico (por ejemplo por otra cultura diferente a la propia), como sujeto cognoscente que interpreta la realidad que representa la letra en su nuevo contexto continuo formando parte del nuevo sistema de coordenadas. Pues la letra, si bien es apriorística como esencia geométrica, es indisociable del significante (el hombre), el significado (la cultura del hombre), y el referente (el contexto dentro de la cultura del hombre).

Luego continuo imaginando que dicho signo geométrico plano suspendido en el espacio se adhiere a otras letras por el principio de atracción de opuestos (ley física de cargas), mediante un proceso de enlace con los puntos espaciales de otros cuerpos geométricos del mismo sistema de coordenadas con significación, para formar -mediante la concatenación de palabras sucesivas- un significado más complejo que concluye en un libro. Por lo que podemos decir que un libro es una compleja estructura -u organismo, según se aprecie- geométrica de la representación gráfica de un concierto de sonidos con significado propio.

Es por ello que cuando miro un libro no veo tan solo un conjunto de hojas de papel escritas, debidamente encuadernadas y protegidas por una cubierta más o menos atractiva. Sino que al mirar un libro veo una compleja obra geométrica de puntos espacio-temporales que conforman signos sonoros, dotada con musicalidad y relato singular, propio de un maestro arquitecto de las letras. Y cuando el libro forma parte de una biblioteca, con independencia de su dimensión, no puedo más que percibirla como una ciudad -muchas veces abandonada- a la espera que una mente significante y preclara desee redescubrirla deambulando por sus geométricas calles impregnadas de conocimiento.

Y la apriorística geometría espacial se hizo letra, para divulgar el sonido del conocimiento entre los hombres pensantes.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 29 de octubre de 2018

La falacia inversamente verdadera del “todo pasa por algo ”


Estamos imbuidos en la filosofía positivista del “todo pasa por algo”, como aceptación proactiva ante los revés de la vida. Un recurso de gestión psicoemocional que si bien puede ser beneficioso para la salubridad mental de una persona que experimenta un proceso de cambio, nada tiene que ver con el cumplimiento de ninguna expectativa futura más o menos profética. Es decir, el sentido tácito de esperanza por alcanzar un estadio de vida mejor que destila la muletilla “todo pasa por algo” no tiene más correlación con la realidad de un escenario futuro próximo que la puramente estadística, siendo conscientes que ésta es el resultado de un cálculo de probabilidades de la que participan innumerables variables, muchas de las cuales escapan a nuestro control.

La única certeza de la filosofía positivista del “todo pasa por algo” es, justamente, la temporalidad de ese algo que, desde el momento que temporalmente ya es pasado, es de naturaleza circunstancial en nuestras vidas. Una circunstancia pasajera que nos descubre tres dimensiones bien definidas, a su vez que descriptivas del fenómeno:

La primera, la asombrante capacidad humana por establecer patrones singulares de relaciones de hechos aparentemente inconexos entre sí sucedidos en tiempo pasado mediante una subjetiva y analítica mirada retrospectiva. Lo que significa que el hombre, por un lado, tiene la imperiosa necesidad de justificarlo todo desde su particular nivel de capacidad perceptiva y de raciocinio personal e intransferible (Cada cual en su grado de madurez intelectual). Y, por otro lado, que el hombre da sentido a su vida presente desde el marco referencial de su pasado.

La segunda, la paradoja capacidad predictiva del hombre por entender que tras el final de un episodio existencial le sucede uno nuevo, tras el insalvable duelo que debe transitar del desapego a la aceptación y de éste a la reinvención, a la vez que manifiesta su terca capacidad de resistencia al principio de impermanencia de la vida misma.

Y la tercera, la inagotable capacidad de esperanza que tiene el ser humano de alcanzar, siempre en un horizonte no muy lejano (por más que éste se distancie a cada nuevo paso), un futuro mejor. Un impulso de las personas por levantarse de nuevo tantas veces como haga falta, tras reponerse de una caída, ad hoc a la fuerza propia emanada por el aliento vital personal (del individuo) o como respuesta a una obligación emocional contraída con y para terceros (los seres queridos más allegados).

Pero con independencia de la expuesta trilogía dimensional que caracteriza el recurso psicoemocional del “todo pasa por algo”, el resultado pragmático solo da opción a dos escenarios factibles: a un nuevo estadio sostenible en el tiempo, o a la sucesión de nuevos estadios intermitentes en el tiempo. En otras palabras, hay personas (las menos) cuyas vidas transcurren como si de una línea continua de carretera se tratase; y las hay (las más) cuyas vidas transitan en un continuo salto entre las diferentes líneas discontinuas consecutivas de su carretera particular.

Por otra parte, cabe apuntar de manera complementaria que la fenomenología del “todo pasa por algo” tanto puede ser percibido como el preludio de una singularidad anunciada, como la reafirmación de dicha singularidad ya consumada. Entendiendo singularidad en su dimensión de punto y final de una circunstancia o hecho. En tal caso, la capacidad del ser humano de pronosticar el fin a corto, medio o largo plazo del estado concreto de una situación, o de comprender las circunstancias a posteriori respecto a un final sobrevenido de la misma, vine determinado por el grado de conocimiento que las personas podemos llegar a tener sobre la sucesión de acontecimientos que desde la lógica abocan irremediablemente al fin de dicha singularidad. Por lo que podemos afirmar que cuando usamos el recurso de “todo pasa por algo” como anuncio del desenlace de un acontecimiento, no estamos más que expresándonos desde la lógica de la ecuación de una suma de historias interrelacionadas entre sí y con un resultado común racionalmente posible. Es por todo ello que podemos concluir que el fenómeno del recurso “todo pasa por algo” tanto es una falacia en sí misma como, a su vez, es una verdad en sí misma. Todo depende del punto de referencia del observador respecto al sistema de referencias de la singularidad observada.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

domingo, 28 de octubre de 2018

La Sociedad (de Mercado) como problema reflexivo de la Filosofía actual


Si tuviéramos que definir cuál es el problema principal que aborda la Filosofía en la actualidad, entendiendo problema como materia objeto de estudio, deberíamos hacer un acopio de las reflexiones de los filósofos -u hombres pensantes- de hoy y extraer una línea de pensamiento como denominador común. Proceso analítico al cual me planto, por lo que solo definiré el problema principal de la Filosofía latente desde mi personal y subjetiva percepción.

No obstante, para situarnos, cabe recordar previamente que a lo largo de la historia de la Filosofía los hombres pensantes han abarcado cuatro grandes temas de reflexión existencial, en nuestro universo occidental, en orden cronológico: el Mundo, Dios, el Hombre, y el Individuo. El Mundo fue el problema por excelencia a resolver para la Filosofía Antigua (siglos V a.c. a IV d.c.), enfocándose en el estudio de la estructura de la realidad por parte de presocráticos, filósofos clásicos y filósofos helenistas. Dios, por su parte, fue el tema preferido de la Filosofía Medieval (del IV d.c. al XV), en un intento de resolver la relación entre fe y razón a cargo de la patrística y el escolasticismo. El Hombre, asimismo, fue la reflexión central de la Filosofía Moderna (siglos XV a XVIII), poniendo el énfasis en el conocimiento como un problema esencial para escuelas del renacimiento, de la revolución científica, el racionalismo, el empirismo, la ilustración, y el idealismo trascendental. Y finalmente, el Individuo ha sido hasta la fecha la materia de estudio predominante de la Filosofía Contemporánea (del siglo XVIII al XXI), manifestando la imposibilidad de un saber absoluto, a cargo de filósofos participantes del positivismo, del materialismo histórico, el existencialismo, el neopositivismo, y la hermenéutica, entre otros y a grandes rasgos.

A nadie se le escapa, no obstante, que si existe algún periodo en la historia de la humanidad de mayor cambio y transformación en los paradigmas de la vida del hombre es, justamente, el periodo comprendido entre el siglo XX y el XXI, protagonizando ya cuatro eras de revoluciones industriales que han afectado profundamente (en continua y vigente redefinición) al concepto que tenemos como sociedad y, por extensión, la propia relación del hombre con la existencia. Por lo que más allá del Mundo, Dios, el Hombre y el Individuo, el problema central de la Filosofía actual es la Sociedad en sí misma, y más concretamente el encaje de la lógica de la Filosofía -como conjunto de reflexiones sobre la esencia, propiedades, causas y efectos del hombre y su naturaleza con el Universo perceptible- en una sociedad de Mercado.

Sí, la Sociedad (de Mercado) ha trascendido en la actualidad, como objeto de estudio filosófico central, al estudio de la estructura de la realidad, al establecimiento de la relación entre fe y razón, al conocimiento como problema esencial, y a la imposibilidad de un saber absoluto. Y en su trascendencia reflexiva, integra a su vez la suma de éstos grandes problemas filosóficos que han marcado la línea temporal del pensamiento anterior, para dar continuidad -desde la inevitable actualización de los tiempos- al proceso evolutivo del pensamiento crítico del hombre. Pues la Sociedad como problema filosófico actual afrenta tanto el problema de la Realidad y el Ser, como el problema del Conocimiento, el problema del Hombre, el problema de Dios, el problema del fundamento de la Moralidad, el problema del fundamento Político de la Sociedad, y el mismo problema sobre el papel de la Filosofía en el conjunto del Saber. Una Filosofía poliédrica pues poliédrica son nuestras actuales sociedades en su complejidad. Y tan poliédrica, a su vez, como efímera, pues la vida del hombre estructurada en un sistema social de referencias vertiginosamente cambiantes -capaz incluso de redefinir la propia esencia de la naturaleza humana- es efímera por definición. (Ver: Filosofía Efímera).

El hecho que la Sociedad devenga la materia central de estudio de la Filosofía actual es un claro indicador de hasta qué punto la actual organización sociopolítica de Mercado fogatiza el sentido mismo de la realidad, de la idea de Dios, y del concepto del hombre como especie e individuo. Pues la Sociedad actual como organismo estructural, con potencialidad de generar inteligencia propia sobre el ecosistema en el que se desarrolla, se ha convertido en un gran acelerador y colisionador de partículas de nuestra realidad humana capaz de examinar la validez y límites de la propia existencia tal y como la concebimos. Y sobre esta premisa, de veracidad empírica, la Filosofía no puede más que situar al modelo de Sociedad actual en el eje gravitacional del sistema de relaciones crítico-reflexivas del que participamos tanto el hombre a nivel individual como el propio Universo del que formamos parte. Ya que la fuerza de curvatura espacio-temporal de nuestra Sociedad, en la creación de nuevas dimensiones de la realidad, comienza a tener un efecto directo sobre las características y propiedades de la naturaleza de todo lo conocido por perceptible, incluido el ser humano y su cosmología.

Por todo ello, si hay que definir cuál es el problema principal que aborda la Filosofía en la actualidad, la respuesta no puede ser otra que nuestra Sociedad, pues en su complejidad como organismo biotecnosocial se concentran todos los grandes temas filosóficos tanto habidos en la antigüedad como futuros por venir. Un problema principal de la Filosofía de hoy en el que todos los hombres pensantes, filósofos efímeros incluidos, estamos invitados a reflexionar, sabedores que solo mediante la suma conjunta de los pensamientos de todos podremos realizar una teoría filosófica aproximada y consistente de una Sociedad tan fractal como expansivamente reflectante en continua multiramificación evolutiva de sus partes. He aquí más que un reto (solo apto para ingenuos), un apasionante campo de estudio para gozo intelectual de los solitarios hombres pensantes en el viaje de su caduca vida mortal. Pues cada cual se entretiene como quiere, sabe, y puede.



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viernes, 26 de octubre de 2018

La Bandera, símbolo de la identidad cultural del hombre social

Unidad de Música de la IGE. Palacio de Capitanía Barcelona

Tengo que reconocer que de bien pequeño he escuchado a mi padre cantar “Las Corsarias” cada vez que viajábamos en coche, junto a otras canciones castrenses, y eso que su formación y carrera profesional fue en ingeniería. Pero el contexto educacional de una época histórica concreta -en la que España aún mantenía su antiguo protectorado de Marruecos: Rif, Ifni y Tarfaya- deja su huella, y más si pedagógicamente con sangre la letra entra (sin dramatizar, eso sí). Por lo que personalmente ha sido un placer el poder disfrutar ayer noche del 175 aniversario de la institucionalización de la bandera española en el claustro del Palacio de Capitanía de Barcelona -pues uno, como todos, somos productos culturales desde el momento incluso anterior a nuestra propia concepción-, en una velada amenada por el concierto a cargo de la Unidad de Música de Inspección General del Ejército. Un acto en rememoración del 13 de octubre de 1843 en que la reina Isabel II unificó, en la actual bandera española rojigualda, las banderas, estandartes y escarapelas reglamentarias establecidas por el rey Carlos III en 1785 para las Marinas de Guerra y Mercante.

Qué decir que como ciudadano del mundo de nacionalidad española el acto me ha emocionado, y como filósofo humanista me ha invitado a reflexionar sobre la bandera como conceptualización de una idea social participada por un grupo de personas de una misma colectividad. En este sentido, es por todos sabido que el hombre, como animal social -como diría el ilustrado Rousseau-, se estructura y relaciona mediante Estados a nivel global, siendo los Estados una organización política común, sobre el territorio concreto de una comunidad social de personas, que ostenta unos órganos de gobierno propios de naturaleza soberana e independiente políticamente a otras comunidades sociales. Y dichos Estados, desde una causística antropológica, podemos decir que son producto de una narrativa histórica singular que se sintetiza (por decantación de un proceso de destilación social a lo largo del tiempo) en una identidad cultural propia. (No vamos a entrar aquí a dirimir qué es y qué no es cultura desde un punto de vista de identidad social). Así pues, la pregunta que cabe hacerse llegados a este punto, no es otra que, ¿cómo los Estados manifiestan su identidad cultural diferencial respecto a otros Estados como comunidades sociales diferentes?. La respuesta la tenemos recogida en las Constituciones -unas más democráticas que otras- de todos los Estados existentes: sus símbolos identitarios. Los cuales se definen a su vez, siempre y como denominador común en todos los Estados, como tres: la bandera, el escudo y el himno nacional.

Así pues, la bandera es un símbolo identitario cultural diferenciador. Pero vayamos por partes. Cuando hablamos de símbolo nos estamos refiriendo a la representación perceptible o formal de una idea, con rasgos asociados por una convención socialmente aceptada. Cuando hablamos de identidad, nos referimos a un conjunto de rasgos o características de una comunidad de personas que permiten distinguirlas de otras en un sistema compartido de referencias, como pueda ser el planeta Tierra. Mientras que cuando hablamos de cultura, especificamos, dentro del contexto identitario, la suma de valores, tradiciones, creencias y modos de comportamiento que se relacionan como elemento cohesionador dentro de una comunidad social, y que hace que los individuos que forman parte de la misma desarrollen un sentimiento de pertenencia y, por extensión, de arraigo psicoemocional.

Es por ello que aquellas personas que se manifiestan contrarios a la bandera de su propio Estado se están manifestando, en definitiva, en contra de la percepción simbólica de la identidad y la cultura que representa, lo que significa que no se sienten identificados con la misma, y por tanto no se sienten parte de la comunidad social de la que participan. Por lo que tienen todo el derecho a salir de la misma en busca de otra comunidad social externa más acorde a su concepto de identidad cultural. ¡Solo faltaría!. De hecho, nadie se lo va a impedir. Como de igual manera nadie obliga a nadie a compartir mesa y compañía contra su voluntad.

Pero otra cosa bien distinta es combatir la bandera desde el seno de la misma comunidad y sin voluntad de querer marcharse en busca de otras organizaciones socioculturales más afines, pues al ser la bandera un símbolo de Estado recogido constitucionalmente, están atacando de facto los cimientos de la propia Constitución como ley fundamental sobre la que se organiza cualquier Estado del planeta. Lo cual puede llegar a ser un acto deliberadamente antidemocrático (debidamente tipificado en el ordenamiento jurídico), y por tanto conscientemente totalitario, si no se aceptan las reglas democráticas que permiten modificar de sentido una convención socialmente aceptada por parte de una mayoría cualificada de los ciudadanos que conforman ese mismo Estado. En tal caso, como la bandera representa los valores superiores expresados en la Constitución, siendo un signo de soberanía, independencia, unidad e integridad del Estado, éste tiene la obligación de defenderse mediante los poderes democráticamente constituidos (legislativo, ejecutivo y judicial) en el cumplimiento de los derechos, obligaciones y libertades reglados para todos sus ciudadanos. Fuera de este marco es vivir en el mundo ficticio de los yupis, enajenados a la realidad de la idiosincrasia de la naturaleza humana.

El hombre que ataca su propia bandera reniega de su identidad cultural, puede acabar convirtiéndose en un antidemócrata y, en casos extremos, renunciar a su naturaleza social. Así pues, si un hombre deja de ser social, por definición es un antisocial. Si ataca la Democracia, por opuesto defiende el totalitarismo. Y si pierde su identidad cultural, ¿cómo va a saber quién es?.

La única carga política que tiene una bandera es justamente el modelo de organización política de Estado que representa: democrático o no democrático (simplificando), y no el color de turno del partido político que gobierna (propio de mentes cortas en raciocinio). El resto de cargas perceptibles de una bandera son exclusivamente simbólicas tanto de la naturaleza cultural del hombre como identidad individual, como de la naturaleza social del hombre como miembro de una comunidad. Por lo que no existe hombre sin bandera, al igual que no existe hombre sin su dimensión esencial cultural y social. Pues lo primero, la bandera, es una manifestación simbólica diferencial de lo segundo, la identidad cultural y social. Ya que es una certeza el hecho que si bien el hombre vive en el mundo de las formas, éstas requieren para su conceptualización de la interrelación con el mundo simbólico de las ideas. Puesto que todas las ideas, antes de ser formas, son símbolos en el universo cognoscente del ser humano. Y no entender esto es deambular erráticamente por la vida como una hormiga apátrida sin antenas.

Como el vino de Jerez, y el vinillo de Rioja, son los colores que tiene el símbolo de mi rica identidad cultural. Pues yo, como ser pensante y sintiente, sé perfectamente cual es la comunidad social a la que pertenezco -con sus luces y sus sombras- dentro del collage multicultural que es este mundo que compartimos todos los miembros de la raza humana. Y sobre este conocimiento sé dónde nací, cuáles son mis raíces culturales, cómo me llamo, quién es mi familia y dónde vivo. Al igual que sé, sin prejuicios ni complejos, que mi identidad cultural es un derecho natural inalienable por nacimiento, cuyo símbolo frente al resto del mundo es la bandera de mi país.


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martes, 23 de octubre de 2018

La vida en venta


En un sistema de organización social de libre Mercado, la vida de las personas que se desarrollan dentro de él están sometidos a los principios de éste. El cual, si por algo se caracteriza, es que absolutamente todo aquello que forma parte y lo constituye es objeto de transacción comercial, incluido los derechos sociales, pues solo tiene cabida en el sistema aquello que puede medirse económicamente y por tanto cuenta con una valorización -fluctuante, eso sí- de Mercado. Ergo, la vida de las personas que viven y se desarrollan como individuos en una sociedad de Mercado, por el hecho de estar integradas en el mismo, también están a la venta en el contexto de un parquet especulativo.

Tanto es así que objetivamente no existe libertad individual si esta no puede comprarse. Y he aquí una de las grandes trampas maestras de las sociedades de Mercado, pues la búsqueda de la libertad individual aboca al esclavismo inconsciente del individuo dentro del laberíntico juego del Mercado por intentar alcanzar la libertad anhelada. La persona se puede llegar a creer libre, pero realmente es un esclavo que busca azarosamente -mediante las rentas del trabajo o de capital- poder llegar a comprar algún día su propia libertad. Y si bien la libertad es relativa y nunca absoluta en el mundo de los humanos, no es menos cierto que existen personas que obtienen el privilegio de conmutar parcialmente su condición de esclavo con el disfrute del beneficio de una pequeña parcela de libertad individual adquirida, previa relación contractual mediante.

Mientras que para aquellos (demasiados en la actualidad) que no pueden acceder al mundo laboral o que permanecen en él en status precarium, y por tanto quedan excluidos de la capacidad de comprar su libertad y por extensión su propia vida, solo les queda -como bien exponía plásticamente un cartel sarcástico divulgado recientemente en redes sociales por la Sociedad de Filosofía Aplicada- apuntarse a un Curso de Fotosíntesis con el objetivo de aprender a generar su propio alimento a partir de filosofar bajo el sol.

No obstante, cierto es que en la vida de toda persona existen elementos que -voluntariamente y a la luz de la consciencia de la persona o personas implicadas-, pueden quedar apartados de la lógica mercantilista de la oferta y la demanda, como puede ser el amor de pareja o el rico mundo de las ideas a título individual, por poner unos ejemplos. Sí, una persona puede alcanzar un estado íntimo de libertad individual, ajeno a la fogacidad y control económico-patológico del Mercado, mediante el uso adecuado exclusivamente de sus pensamientos personales (a modo de kit domestico de pantalla aislante) frente al resto del mundo exterior. Pues no solo de pan vive el hombre. Pero esta libertad individual, por muy argumentada que esté sobre los cimientos de la mismidad de una persona, si no está alienada con los principios del Mercado, poco pan va a proveer. Pues aunque el hombre pueda dar sentido de libertad a su vida a través de sus pensamientos, los cuales son un magnífico nutriente para el alma, el hombre también necesita sustentar al cuerpo con un alimento mucho más denso y corpóreo tan solo suministrado por la sociedad de consumo en la que se desarrolla como persona. Ya que no solo de pensamientos vive el hombre.

Así es, la vida de toda persona está en venta. Por lo que la ecuación a resolver no es cómo vivimos, ni tan solo qué sentido le damos a nuestra caduca vida mortal (que solo tiente importancia en la intimidad de nuestro personal examen existencial), sino por cuánto acabamos vendiéndonos. Pues en la venta resultante queda reflejado el balance entre el haber de libertad y el deber de esclavitud de cada uno de nosotros como individuos. He aquí donde se demuestra la maestría del saber vivir. Ya que todo ser humano anhela trascender sus propias cadenas que nos limitan y condicionan en el espacio y el tiempo que nos toca vivir. El hombre es un producto cultural de su contexto desde el momento incluso anterior a su nacimiento, y el nuestro, como contemporáneos, viene determinado por la fuerte influencia del valor monetario sobre la máxima de que tanto vales cuánto tanto tienes en una sociedad profundamente mercantilista.

Me vendo. Te vendes. Se vende. Nos vendemos. Os vendéis. Se venden. Y en esta incansable transacción económica que puede sobrepasarnos a la misma muerte, pues hasta los muertos son moneda más o menos revalorizada de cambio, tozudamente los filósofos continuamos alimentando nuestro mundo de los ideas como alas que pueden llegar a liberar -quién sabe si eternamente- nuestras frágiles almas humanas. Cogito ergo sum, entre comidas.



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domingo, 21 de octubre de 2018

Los Zoos deben erradicarse por no ser ni éticos ni pedagógicos en pleno siglo XXI

Gorila y cría, Uganda 2018. (c)Teresa Mas de Roda

El hecho que a estas alturas de la historia del errático y egoísta ser humano seamos capaces de ver un reflejo de apariencia de los animales en nosotros mismos, a través de los millones de vídeos sobre fauna tanto salvaje como doméstica que corren por las redes sociales, es una evidencia de que el resto de seres vivos con los que compartimos el mismo planeta tienen sentimientos. Una afirmación tan evidente como irrefutable. Otra cuestión es poder calibrar, desde nuestro limitado etnocentrismo -o mejor dicho especientrismo-, el nivel de desarrollo de los sentimientos animales. Pero lo que es indiscutible es que sentimientos como alegría, tristeza, solidaridad, rabia, malestar, compasión, miedo, o amor, e incluso estados emocionales como la depresión, entre otros, nos son perceptibles ahora quizás más que nunca por parte del mundo animal observable. Además de capacidades antaño consideras exclusivamente humanas como la inteligencia animal en su justa medida, como por ejemplo el caso de la inteligencia del cerdo -superior a la de un chimpancé o un perro-, y que se equipara científicamente a un niño humano de tres años capaz incluso de resolver un problema de rompecabezas o laberintos, manipular un control remoto y reconocerse en un espejo.

Esta evidencia, fruto por un lado del nivel de evolución y desarrollo psicoemocional del ser humano con su entorno y de la globalización de la información en la era del conocimiento y de la tecnología por otra parte, nos fuerza a que nos planteemos seriamente la relación que tenemos con los animales. Si los animales, con independencia de su grado de inteligencia, tienen sentimientos, ¿podemos continuar tratándolos como seres no sensibles? La respuesta obviamente es que no, teología del alma de los seres vivos a parte, pues la teología no es más que un dogma de fe, y por tanto una disciplina no empírica de creación humana, profunda y exclusivamente humana.

Si aceptamos que los animales tienen sentimientos, debemos poner en revisión ciertos comportamientos que los humanos tenemos aun hoy en día con ellos, como por ejemplo la existencia de los zoos. Puesto que desde un punto de vista ético, ¿podemos condenar a un ser vivo con sentimientos al cautiverio de por vida en unas instalaciones pequeñas, por bien acondicionadas que sean, sujeto a la estresante exposición continua frente a un público extraño?. ¿Practicaríamos el mismo grado de cautiverio a un niño de tres años, y en muchos casos sin el calor emocional de la compañía de un semejante?. Y desde un punto de vista pedagógico, ¿tiene sentido la existencia de recintos de exposición de animales en un tiempo en que las tecnologías de la comunicación y la información (TIC) nos permiten acceder al conocimiento global de todas las especies vivas existentes en el planeta a través de nuestros dispositivos móviles domésticos, prácticamente en tempo real, y sin abducirlos de sus hábitats naturales?. Un alegato de defensa que antaño, cuando popularmente no se podía acceder al mundo de la fauna exótica, aún podía entenderse desde un enfoque divulgativo, pero que en la actualidad cae por su propio peso. Es por ello que los zoos contemporáneos ni son éticos ni pedagógicos y, por tanto, han quedado obsoletos en el tiempo. Siendo tan solo admisibles los recintos de animales virtuales mediante la tecnología de los hologramas (como es el caso del zoo de Japón), que además de poder conocer la vida y costumbres de los animales en su entorno natural recreado nos permite interactuar con ellos sin intromisión nociva alguna por nuestra parte. Lo contrario es, simple y llanamente, maltrato de seres sintientes.

Los animales, como seres sintientes, deben vivir en su hábitat natural del que el ser humano no solo debe respetar sino también proteger. Pues solo el hombre es el causante del posible maltrato animal y de la posible extinción de ciertas especies y de su medio ambiental, ya que la naturaleza por sí misma ya establece los principios de equilibrio básicos entre los diversos ecosistemas interrelacionados en el mundo animal sin la fatídica mano humana.

Pero a nadie se le escapa que otro aspecto espinoso de nuestra relación con los animales es el trato al que les sometemos como objeto de nuestra dieta carnívora, en el contexto de un mercado de consumo de masas. Hay que tener mucho estómago para poder presenciar, ya sea en directo o en diferido, los programas generalizados de crianza y engorde de los animales de granja, así como los procesos industriales de su posterior sacrificio para la elaboración de paquetes cárnicos consumibles. Toda una cadena de horrores, en la mayoría de los casos, maquillado por la estética marquetiniana de los puntos de venta de tiendas y supermercados bajo la máxima de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Una filosofía de vida de desconocimiento consciente colectivo convertido en credo en el mundo occidental de Mercado. Una realidad, no obstante, que en un futuro no muy lejano será resuelto mediante el consumo de carne elaborada por laboratorio sin necesidad del sacrificio animal, y con máximas garantías sanitarias y alimentarias, dando solución a su vez al serio problema medioambiental global de consumo de agua, deforestación del mundo vegetal, y emisiones de dióxido de carbono que conlleva la práctica ganadera.

El hombre, como ser sintiente en la cúspide de la inteligencia animal del planeta, debe hacerse responsable de su relación con el resto de animales, ampliando su concepto humanista al conjunto de animales que, como seres vivos, son seres sintientes al igual que nosotros. La buena noticia es que, aunque de manera lenta pero progresiva, vamos avanzando en la protección y respeto animal como lo evidencia la normativa legal existente sobre maltrato animal que penaliza al ser humano maltratador por acción u omisión. Pero aún queda mucho camino que recorrer, y una de las medidas a tomar a corto plazo es, sin lugar a dudas, la erradicación de las cárceles animales a las que eufenísticamente denominamos como zoológicos. Pues los zoos no tienen cabida en un sistema educativo avanzado en valores respetuosos medioambientalmente, siendo contrarios a los principios rectores de la ética y la docencia propia del ser humano del siglo XXI.


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sábado, 20 de octubre de 2018

ReconoceR, disertación sobre el ser pensante y el ser rumiante


Me gusta la palabra ReconoceR no solo porque es un palíndromo que puede leerse en ambos sentidos, sino por su profundo significado existencial. Ya que conocer (del latín cognoscere) es un acto sin duda intelectual de aprehensión de información, pero ReconoceR es poner en juicio de valor dicha información. Una valorización de la información aprehendida que, como buen palíndromo, puede producirse del enjuiciador a lo enjuiciado o, viceversa, de lo enjuiciado al enjuiciador. Es decir, que el acto de ReconoceR tanto puede venir derivado de un juicio de valor realizado por una persona cognoscente respecto al mundo percibido por observable, como puede venir derivado de un juicio de valor realizado por el mundo percibido por observable respecto a una persona cognoscente por racionalizada: tanto la persona reconoce (y por tanto enjuicia) la realidad, como ésta reconoce (y asimismo enjuicia) la persona. Pues si bien la realidad existe en tanto y cuanto es creada (por observada y percibida) por el hombre, el hombre igualmente existe en tanto y cuanto es creado (por observado y percibido) por la realidad, ya que hombre y realidad forman parte de una misma naturaleza indisociable al menos a escala humana.

Pero asimismo el acto de ReconoceR, como juicio de valor, tanto puede ser producto de un estereotipo social como producto de un pensamiento crítico reflexivo más o menos disruptivo, con independencia de si parte de la persona hacia la sociedad o de ésta hacia la persona. Personalmente me interesan más los juicios de valor a partir del pensamiento crítico, pues la acción de conocer se trasciende a sí misma pasando de un acto simple de aprehensión de información directa, y por tanto sin filtros, a un acto elaborado de aprehensión de información entendida como saber. El hombre que reconoce desde el estereotipo social se limita a ser un ser rumiante, mientras que el hombre que reconoce desde el pensamiento crítico deviene un ser pensante. Sin el acto de ReconoceR desde el pensamiento crítico no hay posibilidad para la transformación social.

Por otro lado, si bien el acto de ReconoceR es un acto intelectual, su metodología es diversa, ya que puede ser creado a partir de un procedimiento teórico, de un procedimiento experimental, o bien de una conjunción entre ambos. Cuando el acto de ReconoceR surge mediante un proceso teórico, el juicio de valor resultante puede llegar a ser puro en el sentido disruptivo, pues el enjuiciamiento está libre de cargas culturales dando lugar a estados que entendemos como creativos o de innovación. Un proceso intelectual propio de mentes despiertas y abiertas capaces de traspasar los límites de su caja de pensamientos referenciales. Un acto lógico-reflexivo tan hermoso de observar como escaso de encontrar. Pues la mayoría de las personas racionalizan no desde un planteamiento teórico puro, sino como resultado de una experiencia previa, es decir, requieren del método de un caso experimental para poder ReconoceR y, por tanto, el juicio de valor resultante está comprometido por su entorno cultural que lo determina. En este sentido, el acto de ReconoceR se fundamenta sobre un juicio de valor impuro en el sentido de continuista o inmutable respecto a los parámetros referenciales de un pensamiento colectivo o social.

Si alguna fuerza de la naturaleza humana caracteriza al acto de ReconoceR en sentido puro ésta es, sin lugar a dudas, la curiosidad. Una conducta impulsiva innata del ser humano que las personas desplegamos ya en nuestra tierna infancia y que, debidamente racionalizada por nuestra capacidad como seres pensantes, nos ofrece toda una infinita posibilidad de juicios de valor disruptivos. Es por ello que niños y genios tienen soluciones alternativas para los problemas que atañen a la vida mundana del conjunto de los mortales, pues su ámbito de ReconoceR está fuera de la caja pensante limitadora. Triste es el sistema educativo y los principios rectores de una sociedad de Mercado que restringen el acto de ReconoceR, mediante un férreo sistema sociabilizador (que busca la homogeneización de respuestas válidas a problemas multisolucionables), al interior de una caja de pensamientos referenciales estandar. Pues dentro de los límites de la caja todo es más controlable, incluida la capacidad natural de ReconoceR -y por tanto de enjuiciar- de las personas que viven dentro de ella. Y cuando se controla el acto individual de ReconoceR, los juicios de valores de las personas, así como sus conversaciones sociales como manifestación resultante, se convierten en superficiales por rumiantes. Las personas mastican una y otra vez los pensamientos, tranquilamente sentadas sobre sus conversaciones amanidas, que vuelven de manera reiterada desde las cavidades del estómago de la caja que solo engulle aquello que valida en su ReconoceR.

Por el bien de la libertad del alma humana, como personas a título individual sabedoras que nadie puede vivir la vida por nadie, recuperemos colectivamente la curiosidad infantil que nos permite ReconoceR la Vida más allá del pensamiento de la caja social, con el objetivo de poder regocijarnos a cada nuevo día en la intimidad de una existencia renovada de ilusión ante la posibilidad real de un nuevo horizonte que explorar. Pues solo desde el verdadero ReconoceR podemos trascendernos a lo que somos.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 17 de octubre de 2018

¿Está en peligro el pensamiento individual?


Las personas somos seres cognoscentes, es decir que somos seres pensantes con capacidad de conocer la realidad en la que vivimos. Otra cosa es si la realidad que conocemos, por percibida, es la verdadera realidad o un imaginario autoconstruido por el hombre, lo que contemporáneamente entendemos por la tesis de Matrix, y que la metafísica lleva siglos indagando a través del mundo de las ideas de Platón, el noúmeno y el fenómeno de Kant, o la autopoiesis de Maturana, entre otros. Pero con independencia de la naturaleza de la realidad de la que participamos, como seres pensantes creamos pensamientos individuales, fruto de una conciencia racional personal, que nos reafirman como seres independientes en la esencia de nuestra singular mismidad versus al resto del conjunto de personas.

Es evidente que en un mundo social por humano (pues el hombre es un ser social), el pensamiento es profundamente cultural por influencia de usos y costumbres familiares y colectivos, por el proceso de homogeneización del sistema educativo, y obviamente por la fuerza impositiva del pensamiento único del Mercado a través de las tendencias de consumo y el influjo de los medios de comunicación en su diversidad de canales. Un efecto rodillo apisonador del determinismo cultural respecto al pensamiento colectivo que, no obstante, permite el flujo del pensamiento individual desde el ejercicio personal de una razón crítica. De ahí la importancia de desarrollar el pensamiento crítico en una sociedad incisivamente marketiniana.

En definitiva, nuestras sociedades desarrolladas se asemejan a un enjambre en que cada individuo tiene libertad de pensamiento y, en consecuencia, de movimiento. Pero, ¿qué sucedería si las personas perdiéramos la capacidad del pensamiento individual? Pues seguramente que el enjambre se comportaría como una colmena obediente y ordenada, cuya lógica de entender, juzgar y actuar en la vida vendría dado por alguien que controlaría los flujos de pensamientos tanto colectivos como individuales. Un sueño, sin lugar a dudas, en antaño para dictadores y en la actualidad para titiriteros avariciosos que mueven los hilos de lo que llamamos Mercado, ese ente (in)tangible que controla y redefine a antojo nuestra sociedad bajo la máxima del beneficio económico privado.

La reflexión sobre la posibilidad de la pérdida del pensamiento individual viene derivada de la noticia que he leído recientemente en el boletín mensual del MIT Technology Review: “La primera 'red cerebral' conecta la mente de tres personas”. Un sistema de comunicación directa entre cerebros que envía pensamientos de unas a otras personas en tiempo real para la resolución de una tarea conjunta concreta. En otras palabras, que el hombre acaba de crear el internet neuronal con potencialidad para conectarnos a todos en una misma red de transmisión de información. ¡Qué miedo!, pues el ser humano justamente no se caracteriza por su impecabilidad moral, y más aun cuando hay gestión de poder por medio. Si ya el pensamiento crítico se ha convertido en un fenómeno extraño en nuestros tiempos, por difícil de encontrar, más propio de la resistencia lógico-reflexiva de unos pocos; todo apunta que el pensamiento crítico puede quedar extinto en un contexto donde el control y manipulación del pensamiento colectivo ya no se dará solo por técnicas externas de consumo sino mediante técnicas internas de intromisión cerebral sobre el pensamiento individual de cada persona. Y puestos a divagar en esta línea argumental, qué más cool que evolucionar de los dispositivos tecnológicos de información y comunicación (TIC) móviles actuales, a unos dispositivos TIC implantados directamente en nuestros cerebros con conexión wifi. Y voilà!, ya tenemos la colmena.

Qué decir que sin pensamiento crítico no hay posibilidad para el pensamiento individual sino es dentro de la lógica argumental del pensamiento colectivo predefinido y, por tanto, manipulado ex professo. Habrá quienes defiendan las benevolencias de una red cerebral en pos de la manoseada innovación, que no es más que la sombra alargada de la productividad bajo criterios de Mercado. Pues innovación, sin beneficio económico, no es innovación para una sociedad altamente mercantilizada (y si no que se lo pregunten a los investigadores).

Cuánto me gustaría que el futuro de la red cerebral pudiera aportar una mejora cualitativa en el bienestar social del hombre desde un enfoque humanista, pero para ello se requiere que su desarrollo parta de valores humanistas, los cuales se contradicen frontalmente con los principios rectores de una economía de libre mercado (que cada vez genera mayores desequilibrios sociales, por desprecio a la misma dignidad de la vida de las personas). Lo que no me cabe duda es que la red cerebral acabará por imponerse -con independencia de su forma, tiempos y procesos-, y para cuando esto ocurra ya no habrá que preocuparse por los valores humanistas, pues nunca nadie ha anhelado aquello que desconoce. Pensamiento individual que no ve, pensamiento colectivo que no siente.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

sábado, 13 de octubre de 2018

La Belleza es la percepción, la estética y el placer del equilibrio geométrico de la Vida

Ensalada de los Hermanos Torres. Foto: Teresa Mas de Roda

La Belleza, que nos produce placer sensorial, intelectual o espiritual, es la manifestación de la estética perceptible en el mundo de las formas y las ideas. Por lo que podemos decir que la Belleza es percepción, estética y placer. Pero, ¿qué es aquello que percibimos, que consideramos estético, y que nos hace sentir placer, como algo bello?. La respuesta está en la esencia geométrica de las formas tangibles e intangibles, y más concretamente su característica idiosincrática: el equilibrio o armonía de dicha geometría.

Sí, la Belleza es geometría, y ésta a su vez es equilibrio. El equilibrio geométrico podemos encontrarlo tanto concentrado en una sola forma o idea, o en el patrón resultante de la combinación de una multiplicidad de estas. Así podemos percibir y sentir el placer estético en una sola pieza, como puede ser una cuchara o una escultura, o en la combinación armoniosa de un conjunto de elementos interrelacionados entre sí, como puede ser un elaborado plato gastronómico, una obra musical, una creación pictórica, la decoración ambiental de una estancia, la composición natural de un paisaje o el desarrollo argumental de una ponencia, un libro o una película, entre otros muchos ejemplos de nuestra vida cotidiana.

No obstante, como la Vida se manifiesta geométricamente, la relación de patrones inteconectados en un sistema multigeométrico que anhela la Belleza manifestada en el equilibrio del conjunto es tanto infinita en sí misma, pues infinita es la Vida, como limitada espacio-temporalmente a la capacidad perceptiva humana. Por lo que solo encontraremos Belleza en el mundo exterior, tanto en los pequeños como en los grandes placeres de la existencia, si su patrón de equilibrio está contemplado asimismo en la capacidad descodificadora de éste en el mundo interior y personal del hombre que como ser racional lo percibe. Ya que la Belleza, a parte de perceptible es estética, y la estética tanto es sensibilidad -en gran medida innata y por ende trascendental en el ser humano- como cultural, por lo que la estética se enseña y se aprehende. De ahí la razón de ser de los críticos gastronómicos, musicales, de arte y tantos otros (aunque abundan más los críticos de personas, que nada tienen que ver con la Belleza), y los educadores como garantes del conocimiento de lo estéticamente bello conforme a unos cánones que, por ser sociales, son temporales y profundamente humanos.

Llegados a este punto, ¿podemos decir que la percepción del equilibrio que eleva algo a la categoría de bello, y que por tanto nos produce placer, viene dado por el determinismo cultural? En el sentido estrictamente humano, sí. Entendiendo ampliamente el determinismo cultural como condicionante psicológico, intelectual y espiritual de una persona. Pues no todos los seres humanos comparten el mismo sentido de la estética, pues cada cual es hijo de su propia cultura que, además, es heterogénea en el seno de una misma comunidad por las disfunciones reales en la aplicación social del principio de igualdad de oportunidades. Pero no así en el sentido amplio y apriorístico de la Belleza como entidad independiente a la percepción humana (estética transcendental kantiana como eco de los arquetipos platónicos). Como es el caso, por ejemplo, del Caos, que si bien resulta antagónico al principio de equilibrio y armonía conceptualizado por el hombre, ello no significa que dentro del sistema de patrones interrelacionados de una Vida tan impermanente como indefinible no exista equilibrio y, por extensión, Belleza per se.

Aunque también es interesante observar como la Belleza a veces surge como resultado de una compensación de equilibrios en el que el hombre, como ser perceptible, acaba formando parte del patrón del sistema geométrico percibido, donde el punto de equilibrio del que emerge la Belleza y el consiguiente placer es codependiente y retroalimentado por las necesidades de cubrir las carencias bidireccionales del perceptible y lo percibido. Lo cual explica el sentido de Belleza y placer socialmente anómalos en comportamientos de disfunción psicoemocional e incluso patológicas. Pues, al final, el hombre no es más que un punto espacio-temporal interrelacionado con otros puntos espacio-temporales dentro de un sistema de patrones geométricos de la Vida misma en continuo movimiento, cambio y transformación.

Pero volviendo al mundo de las personas en plena y sana facultad de sus capacidades cognitivas, diremos que una persona a la que le gusta el placer busca la Belleza en la Vida, y a quien le gusta la Belleza persigue el placer en la Vida (cada cual a su justa medida), y que ambas consiguen su objetivo mediante la percepción del equilibrio en un mundo de contrastes geométricos (pues hasta el aroma o el sonido es geometría manifestada de la Vida).

Y tras esta breve reflexión sobre la Belleza, me vuelvo a sumergir en el deleite del placer sensitivo de un magnífico plato del menú degustación de los chefs Torres, en la burbuja dimensional de su restaurante Cocina Hermanos Torres, con la inmejorable compañía de mi bella intelectual, emocional y física mujer Teresa.

Gracias, amor, por compartir la Belleza de la Vida con este filósofo efímero.



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miércoles, 10 de octubre de 2018

El gato que ladra, y no pierde su identidad


Si ponemos a un gato entre perros, al cabo del tiempo quizás el gato se crea un perro hasta el punto de adaptar diversos hábitos caninos e incluso, quien sabe, puede que llegue a aprender a ladrar. Pero por mucho que el gato quiera ser como un perro, el gato no dejará de moverse, anhelar, intuir y soñar como un felino. Y si bien el resto de perros podrá acabar aceptándolo en su jauría, esto no significa que dejen de verlo como un gato. Pues un perro es un perro y un gato es un gato.

En el caso que el gato se adapte al mundo de los perros, diremos del gato que tiene un alto nivel de inteligencia emocional, pues ha sabido resolver óptimamente su coyuntura existencial para beneficio propio y en relación al nuevo entorno a priori extraño. Y aún más, determinaremos que entre sus capacidades destaca la competencia profesional canina. Un punto en el currículum a su favor en un contexto de y para perros. Pero aunque el felino tenga el don natural de la inteligencia emocional suficiente para adaptarse frente a nuevos retos en un mundo de podencos, así como una competencia profesional canina aprehendida y progresivamente perfeccionada, el gato no dejará de ser gato en la intimidad de su vida privada.

De esta pequeña pseudofábula introductoria, y continuando con el juego de símiles, podemos deducir que tanto un gato continua siendo un gato aunque ejerza de perro, como que un gato, en un mundo de perros, tiene difícil su supervivencia si no acaba por adaptarse al entorno canino. Dos axiomas que si bien son obvios para el entendimiento de todos, paradógicamente no se contemplan como reglas normalizadas y menos aún estandarizadas en el mercado laboral. Puesto que nos hayamos inmersos en la rueda productiva de una sociedad que exige, para poder subsistir, competencias profesionales homogeneizadoras y una exigente capacidad de adaptación personal a éstas como reflejo de un entorno laboral con efecto embudo, con independencia del perfil ocupacional y de la singular conjugación de inteligencias múltiples que definan el talento individual de cada persona.

Así pues, el gato, aun sin quererlo, se ve abocado a aprender a comportarse y ladrar como un perro. Pero no le sucede solo al gato, sino también al resto del bestiario que no procede de la familia canina. Ya que tocan tiempos donde impera el ladrido, y tan importante como ser un perro es aparentarlo. Un dilema existencial para los no-perros que no solo nos enfrenta a un problema de conciencia individual que pone a examen de pragmatismo nuestro libre albedrío, sino que afecta de lleno a la ética de la coherencia del comportamiento humano con su propia naturaleza como ser individual. ¿Hasta dónde deben llegar los límites del gato por actuar como un perro sin traicionarse a sí mismo? ¿Y si los límites no los marca el gato, sino el entorno canino que por definición ya extramilitan el umbral de la ética felina?. Está claro que ante esta tesitura el horizonte del planteamiento -como metáfora de la realidad social- no es si comportarse o no como un perro, problema de fácil resolución desde un punto de vista ético, sino el hecho que optar por una u otra opción equivale a integrarse (y por extensión beneficiarse materialmente) del sistema o exiliarse del mismo. Y ya sabemos todos que el gato gusta de comer al menos tres veces al día, y no cualquier comida (pues es por naturaleza sibarita), y de disfrutar de la calidez de un hogar que le proporcione una existencia cómoda.

La buena noticia es que en la vida no todo es blanco y negro, pues nuestra capacidad racional nos permite desarrollar intelectualmente, desde la lógica más convincente (al menos para nosotros mismos), el concepto del gris en su justa y extensa gama manifestable entre los opuestos cromáticos. Tanto es así que, como en la paradoja física de Schrödinger, el gato tanto puede ser un perro como no serlo a la vez. Una vía existencial que resuelve el problema de la ética del gato en un mundo de perros, pero cuyo estado de conciencia -que no físico- depende del trabajo de madurez y crecimiento personal de cada gato en su individualidad.

Y así, el gato dejó de ladrar al finalizar su jornada laboral para volver a maullar una vez traspasó la puerta de su casa. Y subido a la repisa de la ventana, tras relamerse orejas y ocio, fijó como cada atardecer la mirada en la calle para filosofar felinamente, pipa en boca, sobre la vida y sus misterios.


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domingo, 7 de octubre de 2018

Respuesta del hombre a la reflexión de Dios sobre la humanidad

Foto de Joycelyn Loh

El ser humano, en respuesta a la Reflexión de Dios sobre la humanidad, es el ser más inteligente del Universo hasta la fecha conocido, y nuestra naturaleza, como ser cognoscente dotado de conciencia y raciocinio, no puede equipararse a una partícula cósmica. Nuestro nivel de trascendencia sobre la Creación es tal que ya no evolucionamos biológicamente por adaptación al medio como el resto de seres vivos, sino que desde nuestra alta capacidad de gestión del conocimiento evolucionamos culturalmente adaptando el medio a nuestras necesidades como especie. Y llegados a éste punto, si bien aún nos queda mucho por avanzar en la mejora y actualización científico-tecnológica de nuestra propia estirpe como organismos dotados de inteligencia, ¿quién necesita a Dios?.

La concepción de Dios para la humanidad es tan diversa y heterogénea como personas y sociedades existen con un amplio espectro de madurez individual y colectiva. Es cierto que para unos es un ser al que hay que temer (y por tanto exige obligada obediencia ciega), para algunos es una entidad de amor sublime (como un padre bondadoso que nos redime de cualquier pecado cometido desde el arrepentimiento sincero), para otros Dios ha muerto (al menos desde Hegel y popularizado por Nietzsche), e incluso los hay quienes viven desde la indiferencia a su posible existencia (substituyéndolo por otra divinidad más terrenal como es el Dinero). Pero lo que realmente nos importa a los humanos, por encima de la idea metafísica de Dios, son los episodios cotidianos de justicia o injusticia en los que debemos vivir, los cuales suelen ser un efecto directo de nuestras imperfectas sociedades reflejo de la naturaleza dual del hombre -como criaturas que siempre nos debatimos entre el bien y el mal-, pero que en otras ocasiones son producidos por una fuerza mayor que escapa a nuestro control y que por tanto presumimos como divina. En este caso, ¿cómo puede Dios desentenderse de circunstancias de injusticia que claman a gritos una respuesta que como hombres no llegamos a alcanzar por inteligible?. ¿Cómo podría decir Dios que las condiciones de justicia e injusticia humanas no son más que juicios de valor a imagen y semejanza del modelo de vida que hemos creado, cuando en el mundo se producen injusticias que no dependen de nosotros?. ¿A caso nuestra idea de Justicia no es un arquetipo de idea apriorístico a nuestra naturaleza que emana de una fuente superior?. ¿Es que Dios no atiende a las necesidades humanas?. O, ¿es que, en definitiva, Dios no existe?.

Como hombres somos conscientes que participamos de un Todo, el cual anhelamos comprender y deseamos controlar para nuestro beneficio, y si bien somos seres espirituales con potencial para participar en comunión con ese Todo que nos trasciende como parte del mismo, nuestra naturaleza es imperantemente lógico-empírica, y por tanto pragmática (pues de pan vive el hombre), en una dimensión material en la que existimos, nos desarrollamos y evolucionamos como individuos, como sociedad y como especie. Una densa dimensión fenomenológica, propia del mundo de las formas, finita por los extremos del nacimiento y la muerte dentro de una tiempo limitado en el espacio, que si por un lado nos lleva a preguntarnos de la existencia e idiosincrasia de Dios más allá de nuestra propia singularidad -especialmente cuando estamos próximos a la muerte-, por otro lado podemos perfectamente vivir nuestras existencias mortales sin necesidad de la idea preconcebida de Dios.

Sí, categóricamente el hombre no necesita a Dios para vivir, y menos aún un imaginario de Dios creado por hombres -y sus miserias- en un juego secular por jerarquizar los niveles de poder dentro de una sociedad (otra cosa es que el hombre no necesite de sociedades jerárquicas como homo social que es, aunque esta es harina de otro costal), con independencia que Dios como entidad creadora pueda o no existir. Cada persona, desde su libre albedrío, decide en la intimidad de su conciencia si acoge en su vida la idea de Dios o por contra la descarta, de acuerdo a las necesidades personales y sus determinismos psicológicos y culturales, pero no es menos cierto que tanto en uno como en otro caso la Vida prosigue indiferentemente como agua que fluye por un río sin fin. Por lo que si Dios existe, el hombre puede vivir sin él. Y aun si Dios no existe, el hombre igual y paradógicamente puede vivir con él. Tan solo encontraremos la certeza tras la muerte, pero ya entonces poco importará si hemos vivido desde la creencia de la existencia o no de Dios. Pues nadie ha regresado para explicarnos si trascendemos a una nueva dimensión o, por el contrario, nos fundimos en la no-existencia.

Lo único que nos queda como especie es la guía de inspiración en nuestras existencias cotidianas de unos valores universales insertados en nuestro adn, que desde nuestra naturaleza racional nos permiten transcendernos en vida para mejorar socialmente como personas. Sabedores que cada uno de nosotros somos responsables de nuestros actos tanto a nivel individual como colectivo, a falta que Dios, si existe, nos demuestre de manera patente su intervención en asuntos humanos. Mientras tanto, carentes de onus probandi, continuaremos trabajando por nuestro concepto de Justicia dentro del Universo percibido en el que existimos. Que Dios en su indefinible existencia siga mirándonos, si es el caso, que los hombres continuaremos viviendo indiferentemente según nuestro particular credo.


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sábado, 6 de octubre de 2018

El troglodita urbano

"Civismo, por favor". Foto de Inés Baucells
En nuestras ciudades existe el troglodita urbano, una especie de homo sapiens no evolucionado que impone sus necesidades primarias, por antisociales que sean, al respeto de la convivencia armoniosa de sus vecinos. El troglodita urbano se caracteriza por su personalidad energúmena que se autojustifica públicamente al amparo de ideales pseudopolíticos, mediante el exceso y transgresión de los límites que contemplan el uso del derecho de libertad de expresión en la vía pública que, por definición, es de todos. Un troglodita urbano que, en el ejercicio legítimo del derecho de reunión y asociación (Dios los crea y ellos se juntan), encuentra en la celebración de las fiestas populares de barrios y ciudades su hábitat natural para manifestar su bárbara naturaleza reivindicativa, ruidosa e incívica respeto a los más mínimos modales de decoro exigibles en la calle, reinventando y capitalizando el trasnochado lema de “la calle es mía”.

El troglodita urbano, que enarbola la bandera del progresismo aun siendo -sin ser consciente de ello- un analfabeto en los principios rectores de la Libertad y la Democracia en un Estado Social y de Derecho, no atiende al respeto ni por la propiedad privada (que desprecia) ni por la propiedad pública (que en su corta inteligencia cree que por ser la administración el proveedor del mobiliario público no nos cuesta dinero al conjunto de los ciudadanos). Un troglodita urbano que, asimismo, siente hastío por el descanso vecinal, mientras él se regocija en sus jaleosos ritos trivales callejeros en un intento de emular el espíritu cavernícola.

Pero si algo le gusta en especial al troglodita urbano, más allá de su algarabía vida nocturna (propia de quien no tiene oficio ni beneficio) y de la jarana que le proporciona el bullicio “legal” de las fiestas populares (donde exalza sin pudor su retrógado legado identitario), son las concentraciones de corte político donde puede manifestar la esencia de su naturaleza en su máxima expresión, y más aun si cabe al burladero (*) de algún dirigente político tan irresponsable como intelectualmente tarado.

Otra de las características comunes del troglodita urbano es que no razona, sino que desprecia, necesitando de una bandera o un símbolo para canalizar sus confusos argumentos exaltados en un sentimiento disfuncional. Y ello sin que tenga necesidad existencial alguna por conocer el significado real de la bandera o símbolo que abraza, aunque éstos contradigan su propio dogma autoinventado en un imaginario ficticio.

Pero lo más preocupante no es solo que el troglodita urbano campe a sus anchas entre nuestras ciudades, con el beneficio de una especie de halo de completa impunidad, sino que esta especie involutiva del homo sapiens contemporáneo se multiplica, lo cual nos debe poner en alerta sobre nuestro sistema educativo y sobre un modelo político que, en el desarrollo de su actividad, antepone unos intereses partidistas a la luz de la propia Razón.

A falta que la cordura se imponga entre nuestros representantes públicos, que parecen haber perdido de vista su misión como garantes de las res publica, los trogloditas urbanos aun siendo minoría se han hecho con las calles imponiendo su ley para desesperación de los pacientes, contenidos y resignados (al menos hasta la fecha) cívicos ciudadanos de bien. Pero como dice el refranero, tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe.

No nos dejemos engañar por los trogloditas urbanos que se camuflan bajo el ropaje de actividades culturales, más o menos de tradición popular, o de hábitos de comportamiento “progresistas” que tienen más de libertinaje que de libre manifestación del uso de la libertad personal. Son pocos, sí, pero los necesarios para hacer el suficiente estruendo callejero -música, petardos, tambores, cazuelas, alborotos y voceríos reivindicativos mediante-, y por ende con consentimiento institucional incluido, para impedir el descanso exigible de una vida tranquila por derecho adquirido de todo ciudadano tanto en la calle como en el interior de las propias casas.

Que devuelvan a los trogloditas urbanos a sus cuevas, por favor.

Reflexión consumada en plenas fiestas del barrio de Sarrià de Barcelona.


(*)Valla en la que se refugian los toreros.


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¿Dónde van los pensamientos que desechamos?


Cierto es que hay pensamientos que podemos desechar de nuestra mente para que no produzcan ningún tipo de influjo en nuestras vidas. De hecho, los pensamientos pueden substituirse a voluntad, pero lo que no podemos es eliminarlos, pues una vez que el pensamiento se ha manifestado no puede dejar de existir. Y si no podemos eliminar los pensamientos, ¿a dónde van aquellos que desechamos en beneficio de otros nuevos?. Ante este dilema tenemos cuatro opciones posibles (pongámosle un poco de imaginación):

1.-Los pensamientos desechados van a parar a un mundo intermedio de las ideas donde vagan hasta consumirse por inanición.

2.-Los pensamientos desechados se centripitan hacia un nodo concentrador de energía en nuestra dimensión que, alcanzada la masa crítica necesaria, dan forma a un ser inanimado e independiente que se proyecta sobre el mundo de las sombras humanas.

3.-Los pensamientos desechados acaban almacenados en el interior de una caja estanca de naturaleza invisible, en una dimensión paralela, de donde no pueden volver a salir.

4.-Los pensamientos desechados, por ser una manifestación de la energía, se transforman en otro tipo de energía (pues la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma) que tiene un impacto directo en nuestra realidad.

De los diferentes escenarios posibles (entre otros muchos imaginables), fantasías a parte, considero que la opción cuarta es la que más se ajusta a nuestra realidad. Así pues, si los pensamientos desechados, que son energía, se transforman en otra fuerza de acción que como tal tiene capacidad de obrar, surgir, transformar o poner en movimiento -en la justa medida de su escala-, ¿dónde van a parar o en qué se convierten los pensamientos desechables?. En este punto solo podemos encontrar respuesta echando mano del efecto mariposa propia de la teoría del caos, el cual nos dice que si en un sistema se produce una pequeña perturbación inicial, como pueda ser un pensamiento que desechamos, mediante un proceso de amplificación, éste podrá generar un efecto considerablemente mayor a corto o medio plazo, al igual que las ondas expansivas generadas por una piedra lanzada sobre las aguas de un lago.

Si bien la física de sistemas complejos y dinámicos como es la propia Vida nos ayuda a entender el principio de causalidad, en el que por pequeñas que sean las causas iniciales éstas pueden comportar grandes efectos futuros diferentes entre sí y respecto a su causa originaria que per se son impredecibles a largo plazo (toda causa tiene un efecto multiplicador en un contexto interrelacionado e impermanente), lo relevante de la presente reflexión es evidenciar que los pensamientos desechables -actividad propia de la naturaleza humana- tienen de facto algún tipo de incidencia más o menos destacable en nuestra realidad percibida.

Frente a la pregunta de ¿a dónde van los pensamientos que desechamos?, la respuesta no puede ser otra que: a transformar nuestra realidad que, por ser humana, es pensante. Es por ello que debemos ser conscientes del hecho que cuando una persona como individuo desecha un pensamiento, éste puede aumentar a escala social en cualquier parte del planeta, a corto o medio plazo, hasta alcanzar el punto de inflexión suficiente para generar un movimiento colectivo en uno u otro sentido que transforme el concepto que tenemos actualmente de sociedad. El juicio de valor sobre la positividad o negatividad de dicho efecto para el conjunto de la sociedad ya irá a cargo del nivel de madurez y entendimiento de cada tiempo presente o futuro que lo estudie. Siendo sabedores que la humanidad avanza -lo cual no es sinónimo de evolución-, por la transformación continua de pensamientos desechables que periódicamente remueven y redefinen los equilibrios de los statu quo de las sociedades.

¿Dónde van los pensamientos que desechamos?: A cambiar el mundo, comenzando por nosotros mismos. Y ante este principio natural de la existencia humana solo espero, aunque peque de iluso, que tengamos la luz de la Razón suficiente para no desechar aquellos pensamientos que más nos convienen por su alta carga de beneficio social. Aunque viendo los tiempos que corren, faltos vamos de lucidez racional. Tempus narrabo!



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