martes, 24 de julio de 2018

¿Por qué nos atraen las películas de violencia, intriga y sexo? Y, ¿cómo nos afectan?


Érase una persona a una televisión pegada, como diría Quevedo si viviera en la actualidad parodiando al homo televisivo contemporáneo. Pues lo cierto es que protagonizamos una sociedad (de acólitos) que existe pegada al televisor, el cual tiene la capacidad de hipnotizarnos hasta el punto de producir un estado de encefalograma plano. Pero, ¿cuál es la fuente de su poder de abducción?. La respuesta la encontramos, por pura observación, en los innumerables contenidos de éxito de relato violento, de intriga y de sexo. Así, pues, la pregunta pertinente que debemos hacernos es ¿por qué nos atrae y engancha la violencia, la intriga y el sexo?.

La respuesta más simple la podemos resumir en que dichas palancas de experiencia están íntimamente relacionadas con los instintos más esenciales de supervivencia del ser humano como especie animal, lo cual conlleva aparcar a un lado nuestra capacidad más racional.

Una segunda respuesta más elaborada podríamos relacionarla directamente con las emociones básicas (nuestra primera descodificación emocional del mundo externo -y por tanto, experiencia primigenia de sentirnos vivos- captado por los sentidos físicos), sin que ello sea condición sine qua non para una posterior elaboración de carácter intelectual. En este sentido, la violencia activa las emociones del miedo y la rabia, la intriga la emoción del miedo y la tristeza, y el sexo, por su parte, activa la emoción básica de la alegría.

Mientras que una tercera respuesta de mayor complejidad podemos encontrarla en el hecho que la violencia, la intriga y el sexo exaltan un individualismo cohibido por las normas sociales por un lado, pero potenciado por la cultura hedonista de libre consumo, por otro lado. Un individualismo, como reflejo de un ego personal propio de la naturaleza humana, que se regocija y expande en la intimidad del mundo del relato de ficción tan maestralmente desarrollado por el arte cinematográfico y el mundo virtual de los videojuegos, así como por la manipulación televisiva de series documentales amarillentas y de reality shows, e incluso en las técnicas marketinianas de captación de audiencia por parte de informativos reconvertidos a cronistas de sucesos.

Llegados a este punto, la segunda gran pregunta que debemos realizarnos es, si ¿el consumo continuado de experiencias televisivas de violencia, intriga y sexo, afecta al comportamiento habitual de las personas y, por extensión, a los valores del conjunto de la sociedad?.

Afirmar que el comportamiento humano no tiene relación alguno con su entorno ambiental es igual a afirmar que la Tierra es plana. Los valores sociales no son más que una representación de las cualidades y las virtudes que posee y representa a una persona. Por tanto, si promocionamos iconos mediáticos -ya sean de ficción o no, amparados por la defensa del bien del consumismo- caracterizados por la promiscuidad, el uso de la fuerza o la manipulación de la verdad como instrumentos de éxito social, es evidente que no solo estamos definiendo valores sociales en dicha dirección, sino que en consecuencia estamos promoviendo hábitos conductuales parejos a título individual. Dime qué valores sociales estás alimentando, y te diré qué generación de individuos estás gestando.

La línea que separa un valor social de una conducta es muy fina.Y cuando dicha conducta se convierte en un hábito, por la carga impositiva reiterada del valor social, el hábito se convierte en un uso y costumbre de dimensiones colectivas, lo cual afecta de manera directa al concepto de Ética que tenemos de la realidad más inmediata (redefiniendo toda la escala de valores de una civilización). Un asunto nada baladí.

El reto que nos ocupa, por consiguiente, es acotar el campo de actuación de los valores individuales derivados de la promoción ilimitada de la violencia, la intriga y el sexo de consumo mediante un valor social de rango superior como es el Respeto, eje vertebrador de la filosofía humanista en la que se fundamentan nuestras sociedades europeas del Derecho y el Bienestar. Un reto que requiere de una implicación activa por parte de los diversos poderes del sector público en formación de valores socialmente positivos, con el objetivo de evitar posibles brotes de disfunción de personalidad en una nueva generación que coexiste entre los valores sociales de convivencia real y los fuertes valores de consumo ficticios.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano