domingo, 29 de julio de 2018

Leda y el cisne: una reflexión sobre sexualidad y debilidad humana

Gif del fotógrafo Derrick Santini

Me entusiasma que la vida me sorprenda hasta el punto de observar, con la alegre excitación propia de un inquieto niño curioso, lo ignorante que soy. Pues entre las muchas cosas que no sé, no sabía hasta hoy – en mi entrada madurez- de la simbología del cisne como animal representativo del mítico Zeus todopoderoso. Y eso que he devorado libros sobre la antigua Grecia Clásica, ya sean de mitología, cultura o filosofía. ¡Pero por Zeus que necesito más vidas para completar mi nivel de cultura general! (siempre en lucha continua con una mente olvidadiza).

Lo apasionante de la circunstancia, que renueva mi esperanza en la vida como una experiencia continua llena de sorpresas, es el hecho de haber llegado a dicho conocimiento de manera indirecta y a través de una concatenación de singularidades. Estaba leyendo por la mañana una novela de intriga que me tiene absorto y que recomiendo (“El Enigma del Cuatro”, de Ian Caldwell y Dustin Thomason), cuyo hilo conductor de la trama es el libro Hypnerotomachia Poliphili del siglo XV en una de cuyas xilografías se encuentra la reina mitológica Leda, sobre un carruaje y en medio de una corte, entre medio de cuyas piernas se haya un Zeus que le está haciendo el amor bajo la forma de cisne. Es entonces que he recordado el bello lienzo de cabecera de cama de mi pareja Teresa donde aparecen dos hermosas damas desnudas junto a un cisne. Tras indagar con curiosidad un poco en la gran biblioteca de internet me percato que el mito de Leda y el cisne es extensamente conocido en el ámbito del arte, contando con múltiples obras pictóricas y esculturas de artistas de la talla de Leornardo da Vinci, Dalí, Bernini o Botero, entre otros muchos. Pero todas las representaciones cuentan con dos personajes, Leda y el cisne. Tan solo un artista francés del rococó, François Boucher, aborda el mito introduciendo dos figuras femeninas, siendo la reina de Esparta Leda la protagonista y restando simbología sexual a la representación animal de Zeus (a diferencia de sus obras anteriores de explícita intencionalidad fálica). Una obra maestra de 1742, de tamaño reducido, cuyo autor hizo dos copias exactas con la única diferencia de los paisajes. Y es justamente de la segunda copia de Boucher que un artista posterior (seguramente del XIX) realiza una copia fiel a tamaño mucho más grande, con licencias propias sobre los colores de los tejidos donde reposan las damas y el peinado de estilo victoriano, cuyo lienzo preside la intimidad de nuestro lecho de cohabitación.

La zoofílica histórica de Leda y el cisne gozó de gran popularidad entre los intelectuales del renacimiento y del barroco, y aún en nuestros días podemos encontrar ejemplos inspirados en el mito como el vestido de cisne que lució la cantante contemporánea Björk en los Premios Óscar del 2000. Intervención divina (del Olimpo) a parte, quizás la seducción atemporal del mito reside en la sensualidad erótica que despierta la combinación de la elegante imagen del blanco inmaculado del cisne -que evoca una mezcla de arquetipos entre delicadeza, pasión salvaje y poderío sexual-, y la inocencia impoluta de una joven doncella.

El instinto primario de supervivencia de la especie, manifestado a través del impulso sexual y muchas veces camuflado bajo el ropaje cultural del concepto de amor propio de cada época, es un tema recurrente a lo largo y ancho de la historia del arte de la humanidad. La sexualidad y el amor son temas tan trascendentales para el hombre como la muerte o el propio sentido de la vida. Y la manifestación estética del mito de Leda y el cisne no es más que una representación, con connotaciones teológicas, de la trascendencia de la sexualidad. De hecho, dos de los hijos nacidos de Leda (presuntos descendientes del mismo Zeus) son inmortales. Pero si algún significado se le puede encontrar a la alegoría sensual de Leda y el cisne, mitología a un lado, es el relato causístico de un tema tan antiguo como la propia humanidad: las pasiones y debilidades humanas.

Volviendo al cuadro de François Boucher, bajo la observancia de cuya réplica engrandecida me acuesto en múltiples ocasiones, la representación de Leda con una segunda figura femenina y el cisne conforman un excelente cuerpo triangular. Una trinidad formada por tres vértices esenciales de la existencia: aliento divino, sexualidad y vida, y todo ello enmarcado en un bodegón de exuberante carne caduca que exuda un fuerte aroma de pasión y debilidad humana que nos anuncia el misterio, no exento de placer, de la creación de la vida. Al fin y al cabo, con independencia del dilema del huevo y la gallina, o en el caso que nos ocupa del recién nacido y la mujer, la vida no puede resolverse sin sexualidad mediante.

Resulta curioso como el sexo ha sido devaluado e incluso menospreciado a lo largo de la historia ya no por las religiones, sino por la propia filosofía (a excepción de casos destacados como Michel Foucault), cuando es el instrumento alquímico por excelencia de la vida. Aunque no es menos cierto que se trata de una energía tan poderosa que, mal gestionada, puede socavar en la debilidad de la voluntad de las personas hasta destruir la dignidad de la condición humana como seres racionales que aspiramos a trascender nuestra dimensión animal. Dejemos, pues, la zoofilía relegada a los mitos y leyendas sobre la creación de la humanidad. Ya que la grandeza de nuestra especie radica, justamente, en el reino de la razón sobre los instintos, o como decían los antiguos griegos, en la enkrateia: la capacidad necesaria para dominar los sentidos. Pero no en el sentido de la moral cristiana que prohíbe absolutamente la práctica sexual fuera de la intencionalidad de la procreación, sino en el sentido de la chresis aphrodision de la moral platónica o aristotélica de usar debidamente los placeres en su justa y adecuada medida para la salubridad mental tanto individual como del conjunto de la sociedad (un principio que se debería aplicar el actual hedonismo consumista), ya que todo extremo por exceso (adictos) o defecto (puritanos) es nocivo per se.

La sexualidad está muy vinculada al deseo y al placer en la cultura contemporánea, pero si anhelamos trascendernos como seres racionales no podemos desvincularla de valores superiores como el amor y el respeto. In medio virtus. Y con esta reflexión me vuelvo a la cama a descansar junto a Teresa, bajo la atenta mirada de Leda y la indiferencia del Zeus-cisne, a la espera que mañana la vida me sorprenda con una nueva muestra de mi bendita ignorancia.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano