miércoles, 13 de junio de 2018

La Neurociencia no define lo que es el Ser Humano


Es cierto que los avances en neurociencia son claves para el conocimiento del funcionamiento cerebral humano. Hasta tal punto es así que la ciencia neurológica, tecnología mediante, pone luz sobre los problemas biológicos que rigen los trastornos cerebrales, conocimiento que indudablemente nos ayuda a determinar el grado de culpabilidad de una persona con dicha afección. O, dicho en otras palabras, el Juicio Moral está siendo redefinido por la neurociencia a la par que nos obliga a replantear el concepto de responsabilidad que afecta, de manera directa, el ámbito de la culpabilidad y de su consiguiente castigo. De hecho, la jurisprudencia occidental ya recoge diversos tipos de eximición penal en función de su concurren causas de cualquier anomalía o alteración psíquica en la persona, tal como estados de intoxicación por consumo de bebidas alcohólicas, drogas tóxicas, estupefacientes, sustancias psicotrópicas u otras de efectos análogos, o alteraciones en la percepción de nacimiento o por accidente posterior que alteren gravemente la conciencia de la realidad, entre otros; ya que se considera que dichas causas que afectan la naturaleza biológica de la mente humana coartan la capacidad del libre albedrío individual.

Hasta aquí, nada que objetar. De hecho, aun recuerdo con placer intelectual mi joven alumbramiento y despertar en esta materia de la mano de la lectura del libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, del neurólogo británico Oliver Sacks, hace más de tres décadas. Pero de aquí a afirmar taxativamente por parte de la neurociencia que el comportamiento humano es en última instancia mecanicista, ya que según su doctrina científica el funcionamiento automático del cerebro subyuga la voluntad de la persona hasta el punto de convertir el libre albedrío en un delirio ilusorio, como recientemente he visto desarrollado en el documental televisivo titulado “Mi cerebro me obligó”, es una barbaridad intelectual que atenta a toda evidencia lógica sobre el ser humano como materia de observación.

Es cierto que el libre albedrío es una doctrina filosófica, pero no es menos cierto que negar el libre albedrío es negar el hecho que las personas podamos ser responsables de nuestros propios actos desde un enfoque ético -lo cual comportaría la plena impunidad jurídica-, así como negar el hecho que de manera consciente podemos controlar algunas acciones de nuestro cuerpo mediante el control de la mente desde un enfoque psicológico -lo cual, asimismo, comportaría la plena incapacidad de superación personal alguna-.

Por contra, asentarse en la creencia de un determinismo biológico absoluto, como es la tendencia doctrinal de la neurociencia contemporánea, es reafirmarse en el ya superado Demonio de Laplace de principios del siglo XIX que creía que todo era predecible sobre el conocimiento último y causística de las cosas. Una idea determinista que no hace más que resucitar la trasnochada filosofía de Schopenhauer, quien afirmaba que “todos creemos a priori que somos perfectamente libres, aun en nuestras acciones individuales, y pensamos que a cada instante podemos comenzar otro capítulo de nuestra vida... Pero a posteriori, por la experiencia, nos damos cuenta -para nuestro asombro- que no somos libres, sino sujetos a la necesidad; nuestra conducta no cambia a pesar de todas las resoluciones y reflexiones que podamos llegar a tener. Desde el principio de nuestras vidas al final de ellas, debemos soportar el mismo carácter...”. Una máxima que, a día de hoy, va en contra del principio de crecimiento y desarrollo personal, así como de los modernos preceptos rectores de la Inteligencia Emocional.

El libre albedrío es la capacidad que tenemos las personas de elegir y tomar nuestras propias decisiones por encima de determinismos biológicos y culturales como resultado de un proceso cognitivo personal. La pregunta del millón, por tanto, no es otra que formularse un interrogante doble: ¿Soy Yo el resultado directo derivado de un proceso cognitivo personal?, o ¿Soy Yo una entidad independiente que trasciende mi propio proceso cognitivo personal? (con independencia, en ambos casos, si el proceso cognitivo es meramente mecanicista o no).

Dependiendo del postulado que elijamos desarrollaremos una doctrina filosófica u otra antagónica respecto a la idea del libre albedrío. De hecho, al final, todas las ramas filosóficas de la humanidad se reducen a dos grandes escuelas de pensamiento: los monistas (aquellos que creen que solo existe la materia), y los dualistas (aquellos que asientan su creencia en la coexistencia de materia y espíritu). Personalmente considero las escuelas monistas como paradojas filosóficas propias del cubo imposible, el triángulo de Reutersvärd, la escalera de Penrose, o el Blivet, pues si solo existe la materia, ¿cómo se autocreó?; y en caso que fuera por creación espontánea, ¿cómo es capaz de crear el denominado aliento de vida que otorga un espíritu individual y singular para cada ser?.

En estos tiempos a las puertas del cuarto de siglo XXI en que la hegemonía de la conciencia científica nubla peligrosamente el pensamiento crítico, la intuición lógica de profundo carácter metafísico me decanta a pensar sobre la existencia de un Yo que trasciende la forma o materia, sin entrar al detalle sobre la naturaleza de éste, pues he decidido creer que soy mucho más que el resultado de una compleja maquinaria biológica predeterminada y, por extensión, predecible. Por lo que a la luz del axioma de corte dualista la pregunta no es si existe el libre albedrío o no, sino si cada uno de nosotros, desde el libre ejercicio de nuestra consciencia, actuamos desde el libre albedrío o no. He aquí el quid de la cuestión.


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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano