martes, 22 de mayo de 2018

¿Y si el ser humano solo fuera una unidad de transporte de información de la Energía?


En una sociedad donde reina el imperio de la ciencia empírica, y más concretamente de la física (ya sea relativista o cuántica), se habla mucho de la energía como capacidad para realizar un trabajo, de sus diversas manifestaciones, unidades y magnitudes de medida, modos de transporte y potencialidad de transformación. De hecho, de energía está constituido todo el universo de vida y antivida conocido, incluido los seres humanos. Pero poco se hace mención a su capacidad de transportar información, más allá de la información física que contiene el tipo característico de energía al que nos estemos refiriendo.

No obstante, sabemos que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma, y asimismo también sabemos que la energía contiene información, ergo podemos concluir en un primer axioma que la energía es una fuerza de acción que transporta información. Pero, ¿qué tipo de información transporta?, nos preguntaremos. La respuesta, como es obvio, difiere dependiendo de si nos estamos refiriendo a la energía de un haz de luz, la energía de una montaña, la de un átomo o la de un organismo complejo multicelular como es el ser humano.

En este sentido, en lo que respecta al ser humano, hasta la fecha nos creíamos transportadores de dos tipos de información bien diferenciadas, específicas y hasta cierto punto inocuas para el individuo: una de carácter endógena como es la biología (la herencia genética familiar), y otra de carácter exógena como es el conocimiento. No obstante, los continuos avances científicos de rabiosa actualidad ponen de manifiesto la amplitud del alcance de nuestra memoria genética hasta el punto de conocer, a día de hoy, que el adn es capaz de transmitirnos la memoria emocional de nuestros antepasados como pueden ser experiencias de miedo o de estrés, entre otros. Es decir, si no teníamos suficiente con lidiar con nuestras propias carencias para afrontar los retos del mundo de una manera óptima y sana emocionalmente, además debemos resolver cargas emocionales pendientes de nuestros antepasados que seguro condicionan nuestras vidas presentes.

Pero, dependencias psicológicas a parte, retomemos el hilo argumental central. Si todo es energía, y la energía no es más que una fuerza de acción que transporta información, el segundo postulado de esta breve reflexión nos señala que el ser humano es una unidad de acción que transporta información. Por lo que la pregunta trascendental ya no es cuestionarse sobre ¿qué tipo de información transportamos?, sino interpelarse sobre ¿cuál es la finalidad de transportar dicha información?.

La respuesta nos abre las puertas de acceso directo a la metafísica, con tantas variables como teorías y creencias existan sobre la faz de la tierra, por lo que su conclusión no es más que hipotética y, por tanto, ciertamente indeterminable que dejo al mejor criterio de cada lector. Ya que personalmente no me interesa tanto enzarzarme en un inútil debate acalorado de razonamientos por conocer la finalidad trascendental del transporte de información por parte del ser humano (cada cual que crea lo que ha decidido creer), como ser consciente que la esencia de la existencia de la energía en el Universo es transportar información en el espacio-tiempo a lo largo de sus múltiples transformaciones impermanentes (lo que nosotros denominamos como los ciclos de la vida, ya sea a nivel micro o macrocósmico).

Así pues, a modo de conclusión de este fugaz pensamiento y a la luz de la argumentación expuesta, podemos observar al ser humano como una unidad de transporte de información más de la fuerza de acción en continua transformación conocida como energía, la cual configura el Universo más allá de cualquier lógica espacio-temporal percibida por nuestra mente. Quizás, la información que el hombre como organismo vivo se transmite de generación tras generación se reduce a una pulsación vital de la propia naturaleza de la energía que se manifiesta como ente cósmico en su dualidad de creación-destrucción. Y en medio de este omnipotente baile, nosotros -como organismos que formamos parte del todo energético- vivimos la vida con la misma intensidad dramática al igual que una de las cualquiera 48 billones de bacterias que viven en el universo de nuestro frágil cuerpo. Y es que el Universo es un multiflujo de datos de información de energía en continua transformación en búsqueda de su propia existencia, donde parece ser que lo de menos es la forma y la razón de ser.

Como dice mi pareja Teresa a raíz de leer el artículo: -No somos más que “pendrives” con patas (para la Energía).

El debate está servido: ¿qué fue primero, la Energía o la Información?



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano