jueves, 3 de mayo de 2018

El pez al que se le juzga por escalar árboles


Cuando hablo de talento a mis alumnos de Administración y Dirección de Empresas (ADE) siempre les inculco que existen tantos talentos como personas, pero que no hay talento desarrollable si su habilidad competencial no está alineada con la actividad productiva adecuada. Y es aquí cuando les recuerdo la famosa sentencia categórica de Einstein: “Si se juzga a un pez por su capacidad de escalar un árbol, el pez creerá toda su vida que es un inútil”. Es por ello que siempre les insto a que descubran su propio talento, con independencia de las habilidades y competencias que deban aprender para completarse, pues al descubrir su talento redescubren asimismo su hábitat natural de desarrollo personal y profesional, así como su fuente de energía para la motivación individual imprescindible para una buena actitud activa frente a los retos de la vida.

No obstante, soy consciente que mal lo tienen los peces en una sociedad que solo busca, premia e integra a talentos que sepan escalar árboles. Pero, ¿quién soy yo para reprogamar un talento en función de la utilidad productiva social? (E aquí el debate abierto entre autorrealización personal y cobertura de las necesidades básicas). Por un lado, esta sociedad que solo prioriza un tipo concreto de talento, conforme a los dictámenes del Mercado (siempre en continuo cambio y transformación), es incongruente con el fomento de la innovación como factor clave para la competitividad, puesto que la piedra angular de la innovación no es otra que la gestión de la diversidad de talentos (lo que hace posible la riqueza de la Inteligencia Colectiva). Mientras que, por otro lado, me niego a aceptar que caminamos hacia una sociedad donde el ser humano esté predeterminado (hoy por la formación, mañana por la genética prenatal) para la realización de una actividad concreta predefinida en la sociedad, a imagen y semejanza de los ciudadanos de Krypton (el planeta de origen ficticio de Superman) o los ciudadanos de las facciones de la famosa trilogía cinematográfica de ciencia ficción Divergente. Un deprimente horizonte para nuestra especie, que no solo es un ataque mortal a la esencia del humanismo, sino que nos devolvería a la era medieval (pero con tecnología) de la organización social propia de las castas gremiales del feudalismo.

Mientras tanto, a día de hoy, continuamos contando con extraordinarios talentos diversos que, como el pez, no son aptos para escalar árboles en una sociedad donde se premia dicha competencia profesional. La consecuencia resulta obvia (y de rabiosa actualidad): el pez no encuentra trabajo en un mercado laboral de entrada selectiva por su alto grado de demanda priorizadamente especializada, y la perdurabilidad en el tiempo de esta situación -agravado por un Mercado que penaliza la edad- puede llegar a condenar al pez a un estadio de marginación social.

-Lo que tienes que hacer, visto que no vas a conseguir trabajo, es conseguir una prestación de subsidio del Estado para que puedas vivir de las ridículas ayudas públicas hasta que te mueras, -le dicen al pez algunos pragmáticos iluminados que son premiados socialmente por su capacidad de escalar árboles. Y se quedan tan anchos. No hay mayor irresponsabilidad individual y social que empujar a una persona hacia la resignación de vivir una vida que, por ser de mínimos de subsistencia en la mayoría de los casos (por las limitaciones del propio Estado de Bienestar Social), resulta indigna humanamente. Por no decir que se trata de una situación carente de Ética Social. Con independencia del desperdicio de talento que se genera con dicha actitud. Y sin tener en cuenta, además, del ataque directo que se provoca para la autoestima de la persona, línea de flotación de toda esperanza humana.

En una sociedad altamente judicializada como la actual, el ordenamiento jurídico debería contemplar una nueva tipificación delictiva: el de dejar de soñar. Pues solo soñando podemos transgredir la realidad conocida que nos permite construir una nueva, mejor y actualizada versión de la misma. Pero no somos capaces de soñar sin motivación, ni existe motivación (que conlleva creatividad y pensamiento positivo) sin la fuerza interior que nos arrastra a realizarnos como personas mediante el desarrollo de los talentos propios. Ya no solo no debemos de juzgar al pez por su falta de capacidad por escalar árboles, sino que debemos de ser conscientes de su talento diferencial como valor añadido necesario para el desarrollo del conjunto de la sociedad. En nuestras manos está el decidir si apostamos por el crecimiento de una sociedad basada en la gestión de las inteligencias múltiples -y de la salubridad emocional de las personas-, o si apostamos por una sociedad monointeligente (cuya decisión tiene de todo menos de inteligente). Alea iacta est.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano