viernes, 28 de diciembre de 2018

Solo fuera de la pereza hay vida


De entre todos los vicios, la pereza es el más perjudicial para el ser humano por su pasividad, por encima incluso de la indiferencia y la apatía (el resto de vicios requieren de una actitud activa). Con el agravante que todo vicio es voluntario, como bien defendía Aristóteles contradiciendo a su propio maestro Platón. Es decir, que la pereza es una no-acción plenamente consciente.

Si hay alguna época del año por excelencia en que nos debemos enfrentar de cara y de manera casi irremediable con la pereza es, justamente, los días inmediatamente anteriores y posteriores a fin de año. Pues son en estas fechas cuando las personas se ven empujadas a practicar el examen de conciencia sobre aquello que no les gusta de su vida, con la esperanza de poder decantar su balanza vital hacia experiencias a cuenta mucho más gratificantes a lo largo del transcurso del nuevo año que van a iniciar. Pero como todos sabemos, del dicho, la intención, o los deseos, al hecho, hay un gran trecho. No existe mayor peligro de inanición de la esperanza que la pereza. Que no es más que convertir una virtud (la esperanza) en un vicio (la pereza).

Los vicios son desviaciones, malos hábitos, e incluso fallos o defectos como bien señala su etimología latina. Pero aún en ésta relación de características definitorias se requiere de una acción previa, por pequeña que sea. No siendo así en el caso de la pereza, pues éste vicio se caracteriza por la total y nula actividad. Por lo que podemos decir que la pereza representa la inacción ya no solo de cualquier virtud, sino incluso del conjunto de todos los vicios susceptibles de ser cometidos.

La distancia que separa la virtud de la esperanza al vicio de la pereza no es otra que el esfuerzo que conlleva toda acción consciente. Pues para que se manifieste una acción en el mundo de las formas se requiere de un esfuerzo personal como energía motriz necesaria para generar dicha acción o movimiento de una circunstancia, hecho, o situación concreta en la vida de una persona. Un esfuerzo personal que no debe ser exclusivamente inicial, sino sostenible en el tiempo para poder desarrollar dicha acción virtuosa en su plena concepción, pues en caso contrario nos encontraremos frente al episodio común, por generalizado, de esas grandes listas llenas de buenos propósitos de inicio de año que acaban siendo abandonados en las primeras semanas del año nuevo. Lo cual nos conduce, por deducción directa, al hecho de observar que no hay esfuerzo sostenible en el tiempo sin la capacidad de una actitud persistente en dicho esfuerzo durante el tiempo necesario para concluir la acción que nos hemos propuesto inicialmente. Todo requiere su tiempo de evolución y madurez.

Como podemos ver, la esperanza por alcanzar una meta, que nos aporte una nueva y mejorada condición de vida personal, requiere de una acción consciente. Pero no hay acción sin esfuerzo, ni esfuerzo que llegue a buen puerto sin persistencia. De igual manera que, para ser persistentes, debemos de ser disciplinados en nuestro hábito de comportamiento para alcanzar tal fin. Un desgaste de energías, por otro lado, imposible de soportar sin una motivación personal fuertemente focalizada en conseguir el objeto de nuestras esperanzas. Ergo, el vicio de la pereza es la no-acción, derivada de una falta de esfuerzo, producida por una carencia de persistencia, fruto de la inexistencia de un hábito de conducta disciplinado, que denota un nivel de motivación personal insuficiente.

Dicho lo cual, es una evidencia empírica el hecho que vivimos en una sociedad en que los deseos que alimentan la virtud de la esperanza por alcanzar una vida personal mejor son sustituidos por el vicio de la pereza. Las razones sociológicas de dicha tendencia debemos encontrarlas, en primera instancia, en la cultura imperante del mínimo esfuerzo (donde ni la persistencia ni la disciplina tienen cabida); y en segunda instancia, en un estado de mentalidad colectiva generalizada de enajenación de las vidas propias mediante la distracción absorbente de un consumismo ocioso. Cuadros de comportamiento en ambos casos agudizados por la sustitución consciente de la vida personal real por la vida personal virtual, mediante la conectividad del ser humano las 24 horas del día con el mundo irreal que ofrece las nuevas tecnologías, las cuales son capaces de suministrar experiencias personales que superan en intensidad y variedad las propias de la vida real sin moverse de casa.

A las puertas del fin de año, los listados de buenas intenciones para el año entrante se multiplican, en un rito social de inicio de nuevo ciclo vital lleno de esperanza. Pues la esperanza no solo es el último reducto existencial del hombre, aun en sus peores condiciones de calidad de vida, sino que es la virtud por la cual una persona adquiere el derecho natural de reinventarse para mejorar. Al menos en el mundo real. Para aquellos que optan conscientemente por el vicio de la pereza, siempre les queda poder disfrutar de una segunda vida irreal en el mundo virtual, donde las leyes de la física no existen y los vicios se transmutan en virtudes. Aunque, ¿qué vida es aquella que se vive de manera irreal?. Cuando el hombre convierta las virtudes en vicios, y los vicios en virtudes, dejará de ser hombre. Pues el orden natural de las cosas, por reales, es justamente lo que nos permite manifestarnos como humanos. Más allá del mundo real solo existe el mundo de lo no-real, en que lo artificial suplanta a lo natural.

Que el vicio de la pereza no se imponga, en este nuevo ciclo de vida que iniciamos con la entrada de año, a la esperanza por alcanzar nuestros deseos de disfrutar una vida real plenamente mejorada. Puesto que solo fuera de la pereza hay vida, ya que vivir con esperanza la vida es en si mismo una virtud que nos dignifica como seres humanos.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 27 de diciembre de 2018

La triple disonancia de Jesús de Nazaret


En plenos días de celebración de las fiestas navideñas, donde se adora por igual a dos dioses antagónicos y en continuo litigio en los tiempos que corren (Jesús, el dios cristiano de la humildad y la solidaridad; y Don Dinero, el dios capitalista de la soberbia y del egoísmo), debo reconocer que personalmente convivo, desde hace años, con tres figuras de Jesús de Nazaret diferentes y en clara contradicción entre sí: el Jesús humano, el Jesús religioso, y el Jesús arquetipo.

Hacer referencia al Jesús humano es aludir a mi dimensión ilustrada-racional, donde la figura de Jesús se circunscribe a un personaje humano, profundamente humano y datado históricamente, de nombre Yeshua ben Yosef y ciudadano de la Galilea del siglo I, que profesó una rama de la religión judía, y cuya personalidad tan delirante como rebelde si bien le llevó a ser condenado a la pena de muerte por sedición contra el poder imperante de la Roma de la época, ni se consideraba hijo de Dios -aunque en sus últimos días jugó burda y peligrosamente a la política haciéndose llamar Rey de los Judíos-, ni tenía intención alguna de fundar ninguna religión nueva.

Hacer referencia al Jesús religioso, por su parte, es aludir a mi dimensión cultural irracional, donde el Jesús humano es (re)inventado en un ser de naturaleza divina mediante un corte y pega de pedazos al uso cogidos y adaptados de diversas tradiciones religiosas multiculturales, amplificado por una gran dosis de imaginación creativa -y de oportunismo político- por parte de los propios evangelistas y posteriores padres de la Iglesia, que da origen a un cuento tan fantasioso como dogmático que siembra la semilla de un pensamiento fundamentalista. Personalmente me produce un pavor escalofriante cuando un creyente, profeso de cualquier religión pero en este caso particular cristiano católico, protestante, ortodoxo o evangelista, entre otros, levanta la Biblia y justifica su discurso a la vez que grita taxativamente: -¡porque lo pone en éstos textos sagrados!.

Mientras que hacer referencia al Jesús arquetipo, es aludir a mi dimensión espiritual y filosófica, pues el Jesús que describe el Nuevo Testamento, así como los evangelios apócrifos que conocemos, es la personalización de la idea arquetípica del amor, ya descrita conceptualmente siglos atrás por Platón. Un amor esencial en su manifestación que, por ser arquetípico, es a su vez trascendental. Una idea de amor universal germen del humanismo sobre el que se ha desarrollado, a lo largo de siglos de evolución, el actual sistema de organización socio-política de la civilización occidental.

Sí, reconozco que en mi madurez convivo con las diferentes facetas de Jesús de Nazaret en continua contradicción, pues si bien el hombre es contradictorio por naturaleza, vive en el pulso de una búsqueda perpetua por armonizar sus opuestos. Y sobre la base que el ser humano es un producto cultural desde el momento incluso anterior a su propia concepción, me considero culturalmente de tradición cristiana, lo que significa que trascendentalmente busco la espiritualidad a través del amor como arquetipo de valor superior, y mundanamente discierno la filosofía de vida a través del humanismo como sistema de organización social. En todo caso, lo que sí que no me considero a estas alturas de la vida es un creyente religioso, pero sí un creyente cultural. La diferencia radica en que si bien el primero participa de los dogmas de fe, el segundo tan solo participa de sus tradiciones culturales como elemento identitario diferenciador frente a terceras culturas.

Por todo ello, puedo concluir que el Jesús humano me aporta la tranquilidad de una mente racional inquieta que busca la verdad del mundo en su origen, el Jesús religioso me aporta el sentimiento de pertenencia a una cultura propia, y el Jesús espiritual me aporta una guía de crecimiento personal y la base de unos valores filosóficos sobre los que construir la realidad humana. Una triple aportación de luces no exenta de sombras en un mundo que, por esencia, es dual. Y todo ello desde la ironía de llamarme Jesús :-)

Así pues, desde un personal Jesús tetradimensional, solo me cabe finalizar esta reflexión declarativa deseando felices fiestas a todas las personas de buena voluntad. A las de mala voluntad, que no esperen la otra mejilla.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

sábado, 22 de diciembre de 2018

¿Por qué existe la violencia?


La mayoría de las personas desean una vida en paz, como contraste opuesto en un mundo dual a una vida de violencia. Respecto de la violencia, muchas son las ocasiones que reflexionamos sobre el por qué de sus causas, las diferencias de tipologías y percepciones de la misma, e incluso las razones de su adicción en consumibles de ocio como puedan ser películas o libros. Pero, ¿por qué existe la violencia?.

La respuesta sencilla es por nuestra condición de seres animales, ya que observamos la presencia de conductas violentas en todos los animales del planeta, con independencia de la amplia clasificación de grupos existentes según su biología y morfología. Y si algo nos caracteriza a los seres animales es nuestra necesidad de comer (más allá del hábito alimentario), en primera instancia, y de reproducirnos, en segunda instancia, como instintos básicos de supervivencia individual y de especie.

Imaginemos por un instante que los animales, ser humano incluido, no necesitásemos comer para sobrevivir, sino tan sólo nutrirnos de la energía del planeta en formato elemental como es la luz, el agua, el nitrógeno, el potasio, el calcio, el manganeso, o el hierro, entre otros, al igual que hacen los seres vegetales. Entonces las diversas familias animales seguramente conviviríamos armónicamente en un ambiente lo más parecido al Edén, y por extensión viviríamos exentos de violencia. Pero como todos sabemos, no es el caso. Para vivir los seres animales debemos comer, que no es más que la actividad de ingerir alimentos, comunmente otros animales y plantas, para transformarlos en nutrientes mediante la digestión. Esta necesidad biológica de transferencia de sustancias nutritivas a través de las diferentes especies animales, en el que cada uno se alimenta del precedente y es alimento del siguiente, a excepción del caso del ser humano por situarse en lo alto de la pirámide, es la razón esencial de la naturaleza de la cadena alimenticia. Una cadena interrelacionada que por ser limitada en recursos, pues el número de especies ni es infinito ni está repartido equitativamente por todo el globo terráqueo, genera competitividad entre los diversos miembros que participan de la misma. Y la carrera de la competitividad por conseguir los recursos para alimentarse se posibilita, entre otros medios, a través del uso individual o en grupo de la acción violenta. Ergo, podemos afirmar que la razón de la existencia de la violencia del ser humano en particular, y del resto de seres animales en general, parte de nuestra necesidad de comer.

La necesidad de comer es tan primitiva en su acción, como ancestral en su origen. Por lo que la violencia, emanada de éste instinto básico -por biológico- de supervivencia, la tenemos instaurada en lo más profundo de nuestra estructura neurológica como seres humanos. No obstante, por evolución natural del hombre como ser social en su complejidad, distanciados millones de años de la famosa australopiteca Lucy como ancestro de nuestra especie de homo sapiens, resulta evidente que tanto el concepto y la manifestación de la acción por conseguir el alimento necesario para comer, como el propio concepto derivado de la violencia, han evolucionado a la par con el consiguiente desarrollo de la psiqué humana. Pero al final, es justamente la competitividad animal por conseguir recursos (ya sean tangibles o intangibles, intelectuales o emocionales, racionales o irracionales), el nexo de unión entre los conceptos interrelacionados entre sí del comer y de la violencia.

Hoy en día, por ejemplo, comer significa tener un buen trabajo o gozar de una adecuada posición social, lo cual implica una competitividad con el entorno ejerciendo una mayor o menor violencia, según las circunstancias y el perfil psicológico de cada persona. Un rasgo común que podemos extrapolar tanto a otros ámbitos de la vida humana, como pueda ser la política o la economía, como a otros ámbitos de la dimensión privada y pública de una persona, como pueda ser la sexualidad o las relaciones sociales, entre otros supuestos.

Que la violencia forma parte intrínseca de la naturaleza humana, por condición animal, está meridianamente claro; cuadros patológicos excepcionales de manifestación violenta a parte, cuyas anomalías mentales estudia la neurología y que son objeto del escarnio público. No obstante, el hombre tiene la capacidad de trascender, en circunstancias normales, su naturaleza violenta a través de una adecuada y sana gestión emocional. Para la cual tanto la educación, en el ámbito personal, como la legalidad, en el ámbito social, resultan imprescindibles. Pues aunque el ser humano consiga prescindir de la competitividad para comer, e incluso de la necesidad de comer en substitución de una capacidad superior de nutrirse sin ingerir alimentos, harían falta siglos de evolución cerebral para neutralizar las estructuras neuronales propias de la violencia animal que se remonta al origen de los tiempos. Aunque, quién sabe, la ciencia avanza a velocidad de ficción en materia biónica y epigenética. Pero quizás, entonces, estemos hablando de otra especie de ser humano.



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¿Normalizar la violencia política es Democracia?


Vivo un tiempo en que las formas y el respeto se están perdiendo. Pero no solo en el ámbito de las relaciones sociales cotidianas (hoy en día te piden la hora por la calle como si te fueran a atracar, sin un buenos días o un por favor de cortesía de entrada, en modo prácticamente imperativo), sino también en el ámbito ciudadano de la manifestación política. Hasta el punto que ya hay demasiados jóvenes (y algún que otro adulto al que le falta un hervor) que crecen en el seno de nuestra sociedad entendiendo la política como una imposición. O, peor aun, que entienden la política como el uso del ejercicio de un derecho de imposición (sobre los que no piensan igual, claro está).

Está claro que toda imposición es un acto de violencia, pues supone un tipo de acto coercitivo sobre la libre voluntad de una persona. Y que toda violencia puede ser legítima o ilegítima, dependiendo de si se encuadra dentro o fuera del marco de la ley, respectivamente. Así pues, resulta obvio deducir que cualquier sociedad democrática que se precie, se encuentra en serios apuros desde el momento que normaliza la violencia ilegítima como manifestación política. Caso que acontece, para preocupación de muchos, en mi tierra natal de Cataluña.

El ejemplo por antonomasia de la violencia ilegítima contemporánea es la ocupación a la fuerza de la vía pública, como sabotaje que afecta al desarrollo normal de la vida cotidiana del conjunto de ciudadanos, con destrucción de mobiliario urbano y enfrentamiento a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado -que tienen el deber de hacer preservar el orden público-, incluidos. No obstante hay quienes, desde una postura tibia y en un manifiesto aunque disimulado guiño ideológico hacia las formas de la revuelta callejera, consideran -para mi absoluta perplejidad, a no ser que se trate de puro cinismo- que esta particularidad de manifestación política no debe considerarse como violencia sino tan solo como un acto normal de disidencia política. Una vuelta al peligroso eslogan marxista, adecuadamente tuneado al discurso político vigente, de conseguir por la fuerza en las calles aquello que no se consigue democráticamente por las urnas.

Cuando la violencia política substituye al diálogo político, la Democracia se ve deteriorada. Pues la batalla entre violencia y diálogo no es más que la eterna batalla entre intolerancia y tolerancia, por mucho que los simpatizantes ideológicos de aquellos que practican actos de vandalismo callejero lo denominen, por complicidad, violencia de baja intensidad. Pero, ¿qué demonios es eso de violencia de baja intensidad? La violencia siempre es violencia, y atenta contra la libertad personal del prójimo, y desde el momento que es ilegítima es reprochable socialmente con independencia de su grado de manifestación. Pues el derecho fundamental de manifestación, en un estado democrático de Derecho, no equivale a hacer lo que uno quiera en la vía pública, y menos provocar altercados a antojo contra el orden público.

Benditos sean nuestros jóvenes que tienen inquietudes políticas, sabedores que la discrepancia de ideas es tanto un rasgo natural de la juventud como un reactivo necesario en la evolución de toda sociedad, pero a los cuales -por responsabilidad social- debemos formarlos adecuadamente respecto a las pautas de comportamiento en materia de derechos fundamentales y de las libertades públicas (clara y sencillamente descritos en el puñado de párrafos del artículo 21 de la Constitución). Aunque, sin caer en la ingenuidad, soy consciente que la violencia ilegítima actual como manifestación política tiene mayor calado que una simple revisión del sistema educativo, pues el fondo de las radicales reivindicaciones juveniles no es otra que la subversión del propio orden constitucional. Y aquí, los adultos, y particularmente los movimientos políticos democráticos independentistas catalanes que expresan públicamente su voluntad de derogar lo que denominan el “régimen del 78”, es decir el marco constitucional vigente, son plenamente corresponsables. De aquellos polvos vienen estos lodos, como reza el refranero español.

No señores, no se puede normalizar la violencia ilegítima, que busca la imposición ideológica, como manifestación política. Quien juega con fuego acaba quemándose. Que vivamos en un estado democrático no significa que muchos jóvenes sepan lo que significa y representa la Democracia, ni asegura su propia continuidad como modelo de organización social, por lo que desde los resortes de un Estado democrático (educación incluida) debemos esforzarnos para que el caos que buscan unos pocos no acabe con el orden y la paz social que anhelamos la gran mayoría. Si hemos llegado a estos extremos, aun de largo recorrido potencial (que nos traen ecos de episodios históricos sombríos de la humanidad), seguramente es debido a la falta de valor y temple por defender aquello que es correcto, aunque resulte difícil. La Democracia en Cataluña está en juego, para ceguera de unos y regocijo de otros, y no se trata de ningún juego.



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jueves, 20 de diciembre de 2018

Diccionario del Alma (Chabacanada / chuzo) XXVª Entrega

Nueva entrega del "Diccionario del Alma" allí donde lo dejé con la misma paciencia y motivación de quien tiene un macro puzzle inacabado, sabedor que lo divertido está en el viaje del proceso (que inicié a finales del 2013, y que no sé cuando lo acabaré). Para quienes lo conocen, saben que éste no es un diccionario al uso, sino que describe el eco que cada palabra resuena en mi alma (en un momento concreto y determinado de mi vida, lo que son susceptibles de continua revisión, pues yo -como todos-, no soy nunca siempre igual), por lo que no están todas las palabras sino tan solo aquellas que siguen este criterio.


Chabacanada: La mayoría de obras de arte modernas.
Chabacanería: Estética musical comercial.
Chabacano, -no: Manifestación externa de una mente precintada.
Chacal: Un lobo sin valor.
Chacolí: El espíritu en modo relax y festivo.
Chacolotear: Ruido de tertulianos de cabeza dura.
Chacota: Sonoridad ambiental de fin de año.
Chacotear: Alegría desinhibida.
Chacha: La mano invisible del orden.
Cháchara: Los diálogos de sociedad.
Chafar: Privar de dimensiones espaciales.
Chafarrinar: Los graffitis urbanos.
Chaflán: Un triángulo decapitado.
Chaira: Peeling de filos.
Chal: La capa de la belleza sutil.
Chalado,-da: Cualquiera de los dirigentes independentistas catalanes.
Chalán,-na: Manager ecuestre.
Chalana: El toque de color de las playas de antaño.
Chaleco: La liberación de los brazos.
Chalet: Biografía estival.
Chalina: El pose distinguido de la bufanda.
Chalote: El alma del sofrito.
Chalupa: La motocicleta de los navíos.
Chamba: La oportunidad pintada calva.
Chambelán: El mayordomo real.
Chambergo: El sombrero de los valientes.
Chambra: La feminidad resaltada.
Chamizo: El recurso de la carencia.
Champán: El elixir de la distinción.
Champú: La pareja tan inseparable, como confundible, del gel.
Chamuscar: Acción producida por la multitud concentrada en un espacio sobre la patina de la tranquilidad personal.
Chamusquina: La paciencia en los políticos.
Chancleta: 1. La liberación del pie. 2. El suelo corredizo de la playa.
Chanclo: El triunfo sobre el barro.
Chanchullo: Los quehaceres de las personas turbias.
Chanfaina: Popularización cultural.
Chantaje: El sentir sobre el pensar. El deber sobre el querer.
Chantre: El ordenamiento de la voz colectiva de la divinidad.
Chanza: El verbo de la mente aguda.
Chapa: La fina línea divisoria.
Chapado, -da: La ilusión del continente.
Chapear: Proteger con inocencia.
Chapitel: El dedo que toca a Dios.
Chapó: El ocio de los estudiantes pretecnológicos.
Chapodar: Culturalizar un árbol.
Chapotear: Baile ancestral de la infancia.
Chapucear: Dinámica política.
Chapucería: Ciertos planes educativos.
Chapucero, -ra: Primo de la impaciencia.
Chapurrear: 1. Yo, más allá del español. 2. El idioma de la pureza.
Chapuzar: La irresistible llamada del mar.
Chapuzón: La liberación de la corporeidad.
Chaqué: El pose de la distinción.
Chaqueta: 1. Cuerpo desvestible. 2.El substituto del pelo.
Charada: La diversión en la palabra.
Charanga: Marcha de las tribus urbanas.
Charca: El misterio de la vida.
Charco: 1. Delirio infantil. 2. El eco aun tierno del origen acuoso de la vida.
Charla: Asignatura excesivamente pendiente de la sociedad actual.
Charlar: Habilidad social atrofiada.
Charlatán: Un intruso del respeto personal.
Charlatanería: Tertulia televisiva.
Charlatanismo: Sintomatología del desequilibrio volumétrico entre boca y cerebro.
Charnela: El don de la oportunidad.
Charol: Un embellecedor detallista.
Charrán: La ley de la estadística social.
Charranada: Hábito de comportamiento bancario.
Charretera: La iconografía de la jerarquía.
Chascar: Incontinencia personal al bailar.
Chascarrillo: Diálogo de copas.
Chasco: Las expectativas.
Chasis: La importancia de lo superficial.
Chasquear: El sonido de las neuronas emergiendo una nueva idea.
Chasquido: Choque de densidades.
Chatarra: Relativismo perceptivo.
Chato, -ta: La discreción del volumen.
Chaval,-la: La soberbia hormonal del ser humano sobre el mundo.
Chaveta: La intransigente inmovilidad.
Che: Un dios cubano.
Checoslovaquia: La foto movida de la vieja Europa.
Chelín: Identidad inglesa de museo.
Cheque: El valor monetario de la firma.
Chico, -ca: La carga discriminatoria del género.
Chicoria: El falso café.
Chicha: La sustancia del hueso.
Chicharra: Insufrible egocentrista.
Chicharrón: El último estado material de la grasa.
Chichón: 1. El trofeo de la imprudencia. 2. La conciencia relajada.
Chichonera: La fragilidad consciente.
Chifla: La sombra alargada del silvido.
Chiflado, -da: Todo aquel que no prevé los efectos de sus consecuencias.
Chifladura: Ciertos estados de exaltación emocional colectiva.
Chiflar: El gusto al cubo.
Chile: Las vértebras cervicales de Latinoamérica.
Chillar: El desahogo de la emoción.
Chillido: El hombre de Munch.
Chillón, -na: Los niños malcriados.
Chimenea: 1. La magia del hogar. 2. El fuego como mascota.
Chimpancé: El hermano pequeño.
China: El general de la dictadura del Mercado.
Chinchar: Fuerza de tracción.
Chinche: Comensal sanguíneo.
Chinchilla: Un fotocronista de mi ciudad natal.
Chinela: El aparcapies.
Chino, -na: Los nuevos colonizadores.
Chipirón: Fritos, una delicia del paladar.
Chipre: El límite difuminado de la civilización.
Chiquero: Ciudad porcina.
Chiquillada: Actitud de demasiados adultos.
Chiquillería: Guerra de cosquillas.
Chiquillo,-lla: Persona inmadura emocionalmente.
Chiquitín: La aceptación de ser comido a besos.
Chiquito,-ta: La grandeza de lo pequeño.
Chirimoyo: Árbol tropical de alcachofas frutales.
Chiripa: La suerte del mal hacer.
Chirivía: Humanoide subterráneo.
Chirlo: La marca de los malos.
Chirriar: La inencajabilidad de una situación.
Chirrido: Forzar lo inaceptable.
Chisguete: No merece la pena.
Chisme: La palabra envenenada.
Chismear: Entretenimiento ancestral.
Chismoso,-sa: Persona hueca en su interior.
Chispa: La motivación por levantarse cada día.
Chispazo: El génesis de una idea.
Chispear: El secreto de toda relación.
Chisporrotear: Estado natural del enamoramiento.
Chistar: Inaceptable.
Chiste: La vida misma.
Chistera: La madriguera del conejo.
Chistoso,-sa: Reflejo de una autoestima saludable.
Chita: La amiga de Tarzán.
Chivato: Moral dependiente del observador.
Chivo: La descarga de responsabilidades sobre terceros.
Chocante: La sinrazón humana.
Chocar: Desencuentro entre lógica y emoción.
Chocarrería: La imputabilidad del dinero.
Chocarrero, -ra: La soberbia del estatus.
Chocolate:
La terapia dulce.
Chocolatería: La puerta del cielo al infierno.
Chocolatero,-ra: Especialista en necesidades humanas.
Chochear: Volver a la infancia.
Chochez: El desgaste del tiempo.
Chocho: 1. El placer de la comida carnal. 2. La muerte súbita de la razón del hombre.
Chófer: La responsabilidad de una supervivencia digna.
Chopo: La savia de agua.
Choque: La intersección de dos espacios sin cesión por parte de ninguno de ambos.
Chorizo: 1. Si es ibérico, y acompañado con una buena copa de vino tinto, mejor. 2. Profesión de rufianes.
Chorrear: Desbordamiento del júbilo.
Chorreo: Las redes sociales.
Chorrillo: Las segundas oportunidades.
Chorro: Exposición deliberada.
Chota: La singularidad destacable de la normalidad.
Choza: Un techo precario.
Chubasco: El aliento de la tierra.
Chubasquero: Un hábito laico
Chuchería: La droga de los niños.
Chucho: De pastelería, mi perdición.
Chufa: La crisálida de la horchata.
Chulada: Experiencia sensorial.
Chulería: Síndrome de falta de respeto.
Chuleta: A la brasa o rebozadas.
Chulo,-la: Con distancia de seguridad, por favor.
Chumbera: Parte del paisaje natal.
Chumbo, -ba: El doloroso aprendizaje infantil de la prudencia.
Chungo: La salud del Estado del Bienestar.
Chupa: Empoderamiento juvenil.
Chupada: Las palomitas compartidas.
Chupado, -da: La dificultad con retrospectiva.
Chupador,-ra: Los políticos.
Chupar: Alargar el gusto.
Chupatintas: Carente de espíritu.
Chupete: Mi pipa.
Chupetón: El certificado de la pasión.
Chupón, -na: Los bebés.
Churrería: El negocio del caracol.
Churro: 1. El sabor de las ferias. 2. Las letras de las músicas comerciales.
Chusco: El capicúa del pan.
Chusma: Todo aquel que prodiga la libertad sin respeto por el prójimo.
Chutar: Impulso automático de reordenar el espacio.
Chuzo: Aguijón humano.

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miércoles, 19 de diciembre de 2018

El Arte es contenido, o no es Arte

Selfie de Teresa, mi pareja, frente a una de las obras de Plensa

Un cuasi octogenario pintor reconocido en vida, de cuyo nombre no quiero desvelar, con las más altas condecoraciones locales sobre su cuello, me reconocía una noche no muy lejana, copa en mano y puro en boca, que sus obras pictóricas nunca habían partido de ningún planteamiento conceptual alguno, aunque fuera pseudofilosófico. Sino que sus cuadros eran el resultado de una continua experimentación, siempre partiendo de cero a cada nueva creación, sobre la combinación de colores, texturas y el uso de materiales diversos en algunos casos. Y que su única motivación como pintor no era trascendental, ni mucho menos respondía a la necesidad de cubrir una inquietud interior, sino que simplemente le impulsaba el acto de pintar el hecho de explotar comercialmente una habilidad innata que descubrió de bien pequeño y que le había permitido vivir a lo largo de todos sus años. En definitiva, para el viejo pintor, el único cuadro bueno era el cuadro vendido.

Con independencia del respeto que merece la amplia trayectoria creativa de un hombre trabajador, con más de 6.000 obras en su haber y comprometido con el ideal de disfrutar de una vida digna, la pregunta obligada que uno se plantea es ¿qué es el Arte?. Para la ortodoxia social contemporánea, el Arte se reduce a una obra -en su multiplicidad de géneros artísticos posibles- realizada con una finalidad estética que despierta una emoción en el espectador. Aunque bajo esta definición también tiene cabida la antiestética, cuya manifestación artística rechazo profundamente. Pues la estética hace referencia al estudio de la belleza, y no hay nada bello, al menos para una mente sana y equilibrada, en lo horrendo, grotesco, e hiriente emocionalmente de la manifestación antiestética. En este punto, resulta necesario situar cada concepto en su justo lugar para no desvariar y acabar malentendiendo que todo es Arte.

Así pues, el Arte tiene una finalidad estética, y la estética persigue la belleza. (Aquí recomiendo la lectura sobre “La Belleza es la percepción, la estética y el placer del equilibrio geométrico de la Vida”). Pero profundicemos un poco más. ¿Podemos considerar como Arte aquella obra que exclusivamente tiene una finalidad estética?. Para el laxo criterio generalista de la sociedad de nuestro tiempo, así es, aunque ello no representa que sea cierto. Pues la estética es la rama de la filosofía que estudia la esencia de las cosas, y dicha esencia es tanto manifestada previamente como percibida posteriormente mediante un proceso lógico-reflexivo capaz de enunciar, a través del intelecto, aquello que es como identidad singular. Es decir, no se puede sustraer la percepción de la esencia de algo sin un contenido previo que presente un discurso sobre el que se basa un pensamiento o razonamiento.

En este sentido, el Arte tiene una finalidad estética, sí, pero para que esa finalidad estética se pueda considerar Arte requiere de un contenido de partida, como materia reflexiva previa, para su posterior desarrollo. En caso contrario, una obra que exclusivamente persigue una finalidad estética, sin un discurso que sostenga la esencia que manifiesta, es solo eso: una obra estética. O, siendo generosos, podríamos calificarlo como arte vacuo. (Que el arte vacuo sea muy comercial no significa que sea Arte).

Personalmente, considero que un claro exponente de artista contemporáneo que crea Arte es, sin lugar a dudas, el español Jaume Plensa, cuya obra recientemente conocí en una exposición individual presentada en el MACBA de Barcelona de la mano de mi pareja Teresa, una gran admiradora de su obra desde hace años. Plensa cumple con todos los cánones necesarios para la creación de Arte, pues sus obras tienen una finalidad estética desde un discurso reflexivo previo, que mediante la búsqueda de la belleza sobre la esencia de su pensamiento creativo provoca no solo una emoción en el observador, sino que a su vez comunica una idea abierta al diálogo.

Sí, el Arte es contenido, o no es Arte. Para que una obra artística pueda considerarse Arte éste debe tener una finalidad estética, la cual debe partir del discurso personal del artista alrededor de la esencia de la identidad de una idea concreta, y ejecutarla mediante el anhelo de la búsqueda de la manifestación de la belleza. Lo demás es pura creación decorativa o simples bienes objeto de transacción comercial para mayor o menor especulación económica en una sociedad de mercado. No olvidemos que, a parte del ser humano, también existen animales pintores. Y por muy bonitos que apreciemos los cuadros que pintan los animales, y por mucha simpatía que les podamos prodigar, no podemos considerarlo Arte. Como decía el refrán de Marcelino, al pan, pan, y al vino, vino. Y al Arte, Arte.


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martes, 18 de diciembre de 2018

El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura mundial


Los Estados ya no gobiernan el mundo. Y en muchos casos, ni sus propios países. Por lo que no importa si los gobiernos se estructuran en una de las dos formas genéricas de organización política contemporánea: la dictadura o la democracia constitucional. Ya sean éstas dictaduras militares, de partidos únicos, personalistas, monárquicas, híbridas, o sean democracias indirectas o representativas, semidirectas o participativas, o directas. No, el mundo ya no está en manos de los Estados, sino de un nuevo modelo de dictadura de naturaleza económica que denominamos Mercado. Por lo que el mundo ya no rige su destino desde parámetros geoestratégicos, como sucedía al menos hasta mediados del siglo XX, sino desde principios macroeconómicos.

Pero veamos, mediante el desglose de sus cuatro características principales, por qué el Mercado es el nuevo modelo de dictadura que gobierna el mundo del siglo XXI:

1.-Concentración de poder en personas no electas
El 80 por ciento de los recursos y del consumo mundial está en manos de 10 grandes grupos empresariales, los cuales están dirigidos por unos 700 accionistas, que representan el 0,000010 por ciento de personas frente a los 7.300 millones de habitantes que existimos en el planeta. Dirigentes mundiales que, aun no haciendo falta decirlo es importante remarcar, no han sido elegidas por sufragio universal.

2.-Forma autoritaria de gobierno
Ésta decena de grupos empresariales multinacionales se financian a través de los diversos grandes bancos mundiales que son controlados -Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Reserva Federal Americana, y Banco Central Europeo, incluidos- por un puñado de grandes empresas que representan a una decena de familias mutimillonarias de diversos continentes, las cuales no se someten a ningún tipo de limitaciones y ostentan la facultad de promover la promulgación y la modificación de leyes nacionales e internacionales a voluntad. Es decir, el máximo exponente de un gobierno totalitario, aunque permanezca en la sombra.

3.-Uso de propaganda para contrarrestar sistemas de gobierno alternativos
Dicha decena de grandes grupos empresariales cuentan, a su vez, con compañías cuyo volumen de facturación superan los presupuestos generales de muchos países desarrollados (BP supera a Suiza, Microsoft o Amazon a Portugal, Samsung a Dinamarca, Banco Santander a Colombia, Walmart a España, Alphabet a Nueva Zelanda, Apple a Bélgica, por poner algunos ejemplos), cuya propaganda partidista a través de sus múltiples divisiones de negocio y omnipotentes canales de marketing -por superioridad de recursos en sociedades de “libre” economía- influye de manera directa sobre los sistemas de gobierno y de partidos políticos de los diversos países en los que operan. En resumidas cuentas, la disidencia política se controla y, llegado el caso, se contrarresta.

4.-Supresión de la libertad personal y el discurso de masas
Y por último, éstas decenas de grandes grupos empresariales, mediante el control mayoritario del consumo mundial y del marketing de masas (publicidad en sus diferentes formatos) diseñan artificialmente estados de opinión paquetizados para el adecuado consumo, en tiempo y forma, del conjunto de la ciudadanía. Hasta el punto de interferir en la intención de voto de procesos electorales democráticos. Facultad la cual les cualifica para ejercer un vasto control sobre el medido margen de maniobra de lo que entendemos como libertad personal de los ciudadanos, así como sobre el discurso de masas que pueda generarse en el seno de las sociedades intervenidas, influenciando además sobre el propio esquema de valores morales imperantes en un país y una cultura concreta.

Sí, los Estados ya no gobiernan el mundo, sino que es el Mercado quien lo gobierna. Y además, bajo un régimen político dictatorial, en el que las reglas democráticas son neutralizadas de facto. Expuesta la evidencia, de la que el ciudadano de a pie debe tener conocimiento para mayor conciencia del estado de la situación, la pregunta del millón no es otra que plantearse hasta dónde va a llegar el pulso en alza actual -que propiamente se inició a partir de la segunda guerra mundial-, entre el gobierno mundial de la dictadura económica y los gobiernos de los estados democráticos. ¿Hasta dónde será capaz la dictadura económica mundial de devaluar las democracias de los estados? ¿Cuánto cederán, o en el mejor de los casos resistirán por oposición, los estados democráticos frente la batalla de expropiación de soberanía que le presenta la dictadura económica mundial?. Como reza la canción de Dylan, la respuesta está en el viento. Y el tiempo lo contará.

De momento, solo podemos confirmar, por simple constatación empírica, del amansamiento de las democracias constitucionales respecto al sibilino e implacable gobierno de la dictadura económica mundial, lo que se traduce en un recorte progresivo de los derechos sociales universales y en un aumento de la brecha de injusticia y desigualdad social. El destino de la humanidad está a merced de los designios totalitarios de un grupo exclusivo de personas invisibles a los ojos de todos. Y mientras tanto, la verborrea de los políticos locales ocupan la mayor parte del espacio de los informativos radiotelevisivos y de rotativos, intentando hacernos creer que son ellos los que controlan y gobiernan nuestros países. Y lo triste es que, como sociedad, aun nos lo creemos.

Como versaba Unamuno, más o menos, ¡bendita tú piedra, que pesas, existes, y no piensas!.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 17 de diciembre de 2018

Hay que refundar la Democracia (para corregir sus siete pecados capitales)


Que la Democracia occidental no pasa por sus mejores momentos, es un hecho constatable a ambos lados del Atlántico, si bien en la vieja Europa -cuna de la cultura democrática- es donde mayormente se evidencia mediante la manifestación de dos síntomas sociológicos en progresivo radicalismo: las revueltas sociales y el populismo. Pero la cuestión fundamental es observar si dicha fenomenología social, más allá de su sobreexposición circunstancial, es de naturaleza endógena o exógena a la propia Democracia, por lo que debemos analizar si nuestras sociedades democráticas están incurriendo en los pecados capitales propios de la Democracia.

Siete son los pecados capitales de la Democracia, entendiendo como pecados capitales aquellas acciones que son contrarios a los principios rectores del espíritu democrático, los cuales son -por orden alfabético- los que siguen:

1.-Analfabetismo Democrático
Una sociedad democrática incurre en el pecado capital del Analfabetismo Democrático cuando sus ciudadanos, en el ejercicio del uso de sus derechos y obligaciones, distorsionan el significado originario de los mismos pudiendo adoptar comportamientos antidemocráticos, por desconocimiento real (derivado de la dejación de funciones del Estado) de los valores morales emanados por el espíritu de la cultura democrática.

2.-Cesión de la Soberanía
Una sociedad democrática incurre en el pecado capital de la Cesión de la Soberanía cuando la autoridad en la que reside el poder del Estado deja de estar en manos de sus ciudadanos, para pasar a ostentarla un ente externo supraestatal con un poder económico-político superior (dígase Mercado).

3.-Corrupción Pública
Una sociedad democrática incurre en el pecado capital de la Corrupción Pública cuando existe un vicio estructural de abuso de poder, como efecto directo de una depravación moral sobre la gestión pública, por parte del poder político para beneficio partidista.

4.-Mediocridad Política
Una sociedad democrática incurre en el pecado capital de la Mediocridad Política cuando la clase dirigente política no está a la altura de las responsabilidades de Estado, mostrándose indiligente frente a las necesidades sociales de sus ciudadanos, por un manifiesto abaratamiento de los perfiles ideológicos de los gestores de las res publica.

5.-Neutralización de los Derechos Fundamentales
Una sociedad democrática incurre en el pecado capital de la Neutralización de los Derechos Fundamentales cuando, dichos derechos sociales amparados constitucionalmente (como puedan ser el derecho al trabajo y a una vivienda digna), son contrarrestados a favor de otro derecho no fundamental como es la protección de la economía de libre mercado.

6.-Pérdida de División de Poderes
Una sociedad democrática incurre en el pecado capital de la Pérdida de División de Poderes cuando los ciudadanos perciben que, por norma general, los poderes ejecutivo y legislativo coartan la independencia del poder judicial, poniendo en tela de juicio la salubridad de un Estado Democrático de Derecho fundamentado en la división independiente de sus tres poderes.

7.-Refutación de los Valores Humanistas
Una sociedad democrática incurre en el pecado capital de la Refutación de los Valores Humanistas cuando, los valores morales propios del humanismo -filosofía de cultivo de siglos de evolución para la cultura democrática contemporánea-, que se caracteriza por situar el bienestar de la persona como ciudadano en el epicentro de las políticas públicas de una Democracia por idiosincrasia, es substituido por otros contravalores moralmente opuestos como puedan ser los propios del mercantilismo.

Si vistos los siete pecados capitales de la Democracia, llegamos a la conclusión que vivimos en una sociedad que incurre en el pecado de prácticamente la totalidad de los mismos, en mayor o menor medida, lo que nos conduce a concluir que la sintomatología social de las revueltas sociales y el populismo que azotan la vieja Europa de principios de siglo XXI es de carácter endógeno a nuestro devaluado modelo democrático, resulta evidente la necesidad de refundar la Democracia. En caso contrario lloraremos como niños -emulando al último sultán de Granada-, lo que no supimos defender como hombres (humanistas, profundamente humanistas y por ende democráticos). Es tiempo,por tanto, de refundar la Democracia con el objetivo de fortalecerla.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

viernes, 14 de diciembre de 2018

La moral sobre el bien y el mal es patrimonio de la sociedad, no lo cedamos a terceros


A veces me da la sensación que vivimos en una sociedad excesivamente relativista, tanto que al final no sabemos lo que está bien y lo que está mal, hasta el punto de acabar tan confundidos que alteramos el orden de los valores morales que priorizan nuestra vida diaria. Y las películas comerciales de moda realmente no ayudan. Pero previo a un posible reordenamiento de la escala natural de los valores (desordenada artificial e interesadamente, no seamos ingenuos), primero debemos saber qué entendemos por los valores morales del bien y del mal.

En este sentido, yo diría que podemos entender el concepto del bien como la virtud que predispone una buena voluntad, cuya acción es digna de alabanza por su bondad, y que representa el contravalor del mal. Mientras que el concepto del mal, por su parte, podemos entenderlo como el vicio opuesto a la virtud que predispone una buena voluntad, cuya acción es digna de repudio por su maldad, y que representa el contravalor del bien. Y una vez aclarado los conceptos sin mayor profundidad, la siguiente pregunta obligada es si ¿todo es bueno o malo o, como nos susurra la lógica, existe una gradación de valores entre dichos opuestos?. Y, siendo el bien y el mal un comportamiento del ser humano, ya sea manifestado como virtud o vicio, ¿existen diversos tipos de personas buenas y malas?.

Personalmente considero que si agrupásemos las personas según su talla moral, podríamos dividirlas en siete grandes familias: Bondadosas, Buenas, las que Hacen el Bien, Amorales, las que Hacen el Mal, Malas, y Malvadas. Veamos sus características a grandes rasgos, según el orden que seguirían según su posición predeterminada en una coordenada al uso, otorgando al grupo familiar denominado como Amoral un valor igual a cero.

0) Personas Amorales:
Son aquellas personas que tanto pueden hacer el bien como el mal, ya sea de manera consciente o inconsciente, pero que en todo caso se caracterizan por enfrentarse a una circunstancia o situación concreta desde la omisión de la acción.

Se trata de individuos con un perfil de personalidad bajo, mayoritariamente temerosos de la vida, de fácil docilidad frente a un estado de opinión ambiental imperante, y que hacen como suyos los principios de terceros.

1) Personas que Hacen el Bien:
Son aquellas personas que practican el bien en su cotidianidad, de manera consciente, y desde un posicionamiento activo frente a una circunstancia o situación concreta.

Se trata de individuos con un perfil de personalidad medio-alto, con una concepción intelectual clara de los valores morales de la sociedad, que actúan en consecuencia en pos del bien colectivo con independencia de la tendencia ambiental imperante.

-1) Personas que Hacen el Mal:
Son aquellas personas que practican el mal en su cotidianidad, de manera consciente, y desde un posicionamiento activo frente a una circunstancia o situación concreta.

Se trata de individuos con un perfil de personalidad medio-alto, con una concepción intelectual clara de los valores inmorales de la sociedad, que actúan en consecuencia en pos de un bien exclusivamente personal con independencia de la tendencia ambiental imperante.

2) Personas Buenas:
Son aquellas personas que practican el bien mundano, de manera tanto consciente como inconsciente, y desde un posicionamiento tanto activo como pasivo frente a una circunstancia o situación concreta.

Se trata de individuos con un perfil de personalidad discreto, con una doble concepción intelectual y apriorística preclara de los valores morales universales, y que actúan en consecuencia de manera natural en pos del bien del prójimo con independencia de la tendencia ambiental imperante.

-2) Personas Malas:
Son aquellas personas que practican el mal mundano, de manera tanto consciente como inconsciente, y desde un posicionamiento tanto activo como pasivo frente a una circunstancia o situación concreta.

Se trata de individuos con un perfil de personalidad que tanto puede ser discreto como medio y alto, con una doble concepción intelectual y apriorística preclara de los valores que son contrarios a la moral universal, y que actúan en consecuencia de manera natural en pos del beneficio exclusivamente propio con independencia de la tendencia ambiental imperante.

3) Personas Bondadosas
Son aquellas personas que practican el bien trascendental (summum bonum), de manera consciente, y desde un posicionamiento claramente activo y comprometido frente a una circunstancia o situación concreta.

Se trata de individuos con un perfil de personalidad alto, por manifestarse desde la fuerza que emana su autoridad interna, con una concepción apriorística por naturaleza preclara de los valores morales universales, y que actúan en consecuencia de manera natural en pos del bien global con independencia de la tendencia ambiental imperante.

-3) Personas Malvadas
Son aquellas personas que practican el mal trascendental, de manera consciente, y desde un posicionamiento claramente activo y comprometido frente a una circunstancia o situación concreta.

Se trata de individuos con un perfil de personalidad alto, por manifestarse desde la fuerza que emana su autoridad interna, con una concepción apriorística por naturaleza preclara de los valores inmorales universales, y que actúan en consecuencia de manera natural en pos del mal global con independencia de la tendencia ambiental imperante.

Este sencillo diagrama que nos representa -a modo de pequeño ejercicio teórico- la gradación de los valores morales del Bien y del Mal según el grupo de familias de personas, nos permite reflexionar sobre dos aspectos relevantes. En primer lugar, nos invita a preguntarnos sobré cuál de los grupos de familia descritos es porcentualmente mayor en nuestra sociedad actual o, en todo caso, cuál de ellos ejerce una posición destacada sobre la totalidad del conjunto. Pues de la respuesta que obtengamos podremos deducir la concatenación de valores morales afines (solidaridad/egoísmo, nobleza/envidia, etc) que están influyendo sobre el modelo de sociedad que estamos construyendo.Y en segundo lugar, nos ayuda a ser conscientes de la evidencia de la existencia en nuestro mundo de los extremos opuestos que conforman la naturaleza dual del valor moral objeto de reflexión: la bondad y la maldad en estado puro. ¡Sí, existe entre nosotros tanto el bien como el mal absolutos!. Conocimiento a partir del cual nos permite observar el mundo, a sus líderes y sus políticas de desarrollo, en una actitud de conciencia despierta y actuar consecuentemente desde la diligencia humanista.

No cabe decir que la razón de ser de los diversos grupos de familias de personas referenciados va íntimamente relacionado con la propia naturaleza humana, fuente de origen de la más luminosa y constructiva bondad, y de la más oscura y destructiva maldad. Sí, a los buenistas hay que recordarles por enésima vez que el bien y el mal existen. Pero que en todo caso, con independencia de la materia prima con la que nace una persona -cuyo entendimiento escapa hoy en día a la ciencia de la neurobiología humana (quien sabe si incluso la trasciende)-, lo cierto es que el hombre es un ser social, y en este punto la estructura organizativa de la propia sociedad, instrumentos educativos mediante, es un factor clave determinante para la buena evolución del conjunto de la humanidad.

Es por ello que la sociedad, ahora más que nunca, no puede hacer dejación de funciones frente a terceros entes, como es el Mercado, en lo que respecta a qué se debe entender por bueno y por malo. Pues la Moral, esa disciplina filosófica que estudia el comportamiento humano en cuanto a los valores del bien y del mal, es patrimonio de la sociedad en su conjunto, y no de un grupo de personas con intereses partidistas que ostentan una peligrosa -por incontrolable y opaca- influencia sobre todos los mortales. Pues si existen dioses, de haberlos, no son de este mundo. El resto somos humanos, profundamente humanos. Y ya sabemos cuan frágil es la rectitud del espíritu humano.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano