miércoles, 20 de diciembre de 2017

El Filósofo, un homo innovador que se trasciende para Saber

“El filósofo, aunque percibe algo más que humano, que es divino, sigue siendo un hombre, de modo que el conflicto entre la filosofía y los asuntos de los hombres es en último término un conflicto dentro del propio filósofo”, extracto de la obra “La promesa de la política”, de la teórica política alemana de origen judio Hannah Arendt (1906-1975). No podía expresarse mejor, aunque personalmente creo que lo que percibimos los filósofos, más que divino, es una porción del Saber. Un Saber tan vasto que, aun juntando las innumerables porciones de pensamientos de todos los filósofos habidos y existentes a lo largo de la historia de la humanidad, no abarcamos más que una pequeña sección de la totalidad. Si no fuera así, sin duda seríamos dioses.

(Entiéndase filósofo como homo pensante, no al filósofo como docto en la historia bibliográfica de la filosofía).

Sí, en definitiva el pensamiento de un filósofo no es más que el intento de dar respuesta existencial a los temas que le generan conflicto en su particular vida humana, por lo que al final el filosofar no es más que una autoterapia que a veces, solo a veces, produce respuestas útiles para el resto de las personas (si no se circunscribe a la gestión de un objetivo práctico concreto). Y como el filósofo, como persona que es, nunca es siempre el mismo en su desarrollo evolutivo como persona, pues todo en la vida está en continuo cambio y evolución (principio de impermanencia), sus temas de reflexión y enfoques filosóficos también cambian y evolucionan. De lo contrario tendríamos pensamientos reflexivos estáticos y replicativos. De ahí que un filósofo puede transcurrir por diversas etapas de pensamiento, al igual que un pintor pasa por diversas etapas pictóricas. Pues las personas, como parte intrínseca de la Vida, estamos sujetas a la acción imperativa del movimiento continuo.

Si la filosofía, por tanto, es el resultado del conflicto interno del filósofo como humano (mundo interior) con los asuntos humanos (mundo exterior), parece evidente que los límites de la filosofía es la propia orbe humana. No obstante, e incumpliendo la ecuación, la filosofía ha conseguido traspasar la atmósfera gravitacional humana gracias a dos cualidades naturales del filósofo: el pensamiento crítico (de carácter lógico/racional), y la intuición (de carácter no-logico/no-racional). Ambas cualidades, el pensamiento crítico y la intuición, ya sean por separado o en combinación, son capaces de conjugar nuevas relaciones aparentemente inconexas de ideas y conceptos allí donde antes no existían generando el proceso que denominamos como creatividad, el cual puede derivar en un estadio de innovación de pensamiento, si así se intenciona, sobre una materia concreta de estudio. (Por cierto, ¡cuánto se echa de menos el pensamiento crítico y la intuición en los equipos de trabajo que desarrollan -como si siguieran un manual de instrucciones en modo autómata- los procesos metodológicos de creación de innovación en el ámbito del management, y aun más en el sector público!, aunque este es otro tema).

Así pues, si bien el filósofo busca dar respuesta a los conflictos que como persona tiene en el interior del espacio de su caja humana de cristal donde habita como ser pensante, es capaz de trascenderse a si mismo por encima de su propia caja mediante las palancas liberadoras del pensamiento crítico y la intuición, en su propósito por percibir una porción del Saber. Un propósito de acariciar el Saber que, más que un reto, es una necesidad vital para la naturaleza esencial del filósofo como el aire que respira. Es por ello que en su necesidad de Saber, el filósofo tanto puede reflexionar sobre los grandes aspectos de la Vida, como sobre temas más o menos relevantes socio-económicos y políticos de su contexto espacio-temporal, así como sobre aquellos aspectos menos trascendentes pero más prácticos y de utilidad diaria para el desarrollo personal, social y profesional del ser humano. Pues, ¿qué es el Saber?, sino un todo objeto del conocimiento compuesto por múltiples partes unitarias de éste. Estando el interés individual del filósofo en saber condicionado a las diversas y cambiantes necesidades vitales que como persona humana, profundamente humana, va sintiendo en el fuero interno a lo largo de su vida mortal. Por lo que el filósofo no se hace, sino Es. Y frente a esa singular naturaleza de Ser, es la sociedad la que decide en cada momento de la historia de la humanidad si lo capitaliza como un activo de valor clave de productividad social y empresarial o, por el contrario, lo devalúa hasta el punto de exterminarlo de los planes educativos de una sociedad. Dime cuánto de pensamiento crítico e intuitivo tienes en tu masa productiva, y te diré qué tipo de sociedad crítica e “innovadora” estás creando y, lo más relevante, hacia dónde se dirige.

Sólo me cabe finalizar la presente breve reflexión rememorando a Descartes, consciente que mi pensamiento, y por tanto mi propia existencia, es indudable, algo absolutamente cierto y a partir de lo cual puedo establecer nuevas certezas (y nuevos vuelos), por lo que tengo la certeza como persona que pienso, luego existo (cogito ergo sum). Pero, como bien decretó el maestro Sócrates en pluma del gran Platón, en ese existir pensando solo sé que no sé nada (scio me nihil).


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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano