viernes, 1 de diciembre de 2017

El amor no es un valor universal

La gravedad es un valor que podemos considerar universal porque se trata de una fuerza constante e inmutable cuyo efecto es siempre replicable en todos los objetos con masa, de ahí que su descubridor, el físico Newton, la denominó como Ley de la Gravitación Universal. Si bien es cierto que la teoría, más que ley, de la gravedad no funciona en las cercanías de los agujeros negros ni a escalas microscópicas, donde los electrones campan a capricho bajo otras fuerzas conductuales diferentes. Es por ello que, aún y todo, podemos afirmar que la gravedad es un valor universal a escala humana.

El amor humano, en cambio, no podemos considerarlo universal ni a escala humana. No solo porque los valores universales ya son conceptualmente de por sí relativos, puesto que el “valor” viene determinado por un tipo de consenso colectivo en un momento concreto de la historia del hombre, y la caracterización de “universal” va íntimamente ligada a la percepción ética y moral de cada sociedad. Sino, principalmente, porque el amor humano está condicionado a dos variables fundamentales:

1.-La capacidad emocional-cognitiva de cada persona,

y, 2.-El contexto cultural en el que se desarrolla dicha persona.

Así, podemos encontrarnos con casos en que existan madres que no quieren a sus hijos, o personas cuyo amor por los perros o gatos, por poner un ejemplo, es puramente gastronómico.

Es por ello que si el amor humano es cultural, profundamente cultural, y asimismo condicionado a la volatilidad impermanente psicoemocional de la propia naturaleza del ser humano, ¿existe un amor de valor universal? Ante esta pregunta es fácil recurrir a la idea del amor transcendental. Un concepto que si bien podemos racionalizar intelectualmente, tal si estuviéramos teorizando sobre el Mundo de las Ideas de Platón, pocos son los privilegiados que pueden experimentarlo. Y si no puede ser experimentado comúnmente, ¿cómo podemos llegar a la conclusión empírica de que el amor transcendental, es decir aquel que nos acerca a la idea de plenitud de un amor de naturaleza propia de una divinidad concreta o abstracta, es un valor universal? Así pues, aun a pesar de poder parecer desagradables o irrespetuosos, podemos atrevernos a afirmar que el ideal del amor transcendental tampoco no es un valor universal, ya que no solo no es genérico y depende de determinismos humanos, sino que encuentra su opuesto en la naturaleza del mismo amor humano.

Si entendemos valor universal como una causa de efectos inmutables a los diversos contextos a los que se pueda exponer, y sin un valor igual o superior que lo invalide como manifestación opuesta a su misma naturaleza, definiríamos un valor universal como aquella causa manifestada en el mundo humano con una misma naturaleza y de polaridad única y exclusiva, por lo que no hallaríamos dualidad en su manifestación. Es decir, un valor universal, para poderlo considerar como tal, no puede responder al principio de polaridad que nos indica que un sujeto -ya sea mental, emocional o material-, tiene una misma naturaleza pero con doble polaridad diferente y opuesta, permitiendo de este modo poder transmutar dicho sujeto de una polaridad a otra. Lo que más comúnmente conocemos como realidad dual y que se manifiesta en conceptos como arriba-abajo, derecha-izquierda, frío-calor, triste-alegre. De hecho, nunca se nos ocurriría plantear como valores universales estos ejemplos expuestos.

Aún más, al referirnos al amor humano, podemos definirlo en tres estados de polarización diferentes: amor / no-amor / odio, dependiendo de las variables biológicas, ambientales y spicológicas de cada persona frente a un objeto o sujeto de amor potencial. Variables que, por su parte, están exentos en valores universales propiamente considerados como tal como la gravedad o la muerte en el plano humano.

Así pues, si el amor humano no es un valor  universal, podemos afirmar que es humano, profundamente humano (como diría Nietzsche), y no puro (en términos kantianos). Sí, el amor humano es relativo y condicionado a los parámetros referenciales tanto de los condicionantes de la propia persona (emisora o receptora de amor), como de sus determinismos histórico culturales y sociales. Por lo que, al final, el amor humano no podemos más que definirlo como una experiencia personal, íntima y subjetiva de la que pueden participar -con suerte- una o más personas.

En resumidas cuentas, no sé si mi amor humano es universal -a todas luces racionales seguro que no-, pero desde el aquí y el ahora, y en mi realidad personal, manifiesto mi amor verdadero, desde lo más profundo de lo que considero mi ser, a mis hijas Carlota y Ariadna y a mi compañera de viaje Teresa. Todo y esperando que, en el día del juicio final, la naturaleza de este amor sea suficiente, al menos, para no condenarme al infierno de Dante.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano