martes, 12 de diciembre de 2017

Conectados al móvil para sentirse existente (en un cerebro digital global)

Era de noche y regresaba de vuelta a Barcelona en tren. En esta ocasión me tocó sentarme al lado del pasillo, desde donde podía observar a mis jóvenes acompañantes de trayecto. Parecían cansados tras un supuesto día lleno de emociones, sin más actividad que la de revisar y compartir las fotografías captadas por sus teléfonos sin levantar cabeza prácticamente de dichos dispositivos móviles, con la apariencia de estar, si no abducidos, al menos en un estado similar al trance. Mismo cuadro con el que, minutos atrás, me había encontrado en la estación con un grupo de mujeres, esta vez mayores en edad y de origen extranjero, con las que esperaba casi codo con codo la llegada de nuestros trenes respectivos. Y una imagen que, por experiencia, volvería a revivir posteriormente en el metro aunque con diversidad de rostros multiculturales reflejados en infinidad de pantallas táctiles.

Lo cierto es que, desde la observación externa, da la sensación de que el aparato móvil, conectado a una red global, parece cubrir la necesidad psicoemocional del ser humano del siglo XXI de sentirse existente. No solo como si la persona, como individuo, es y existe en tanto en cuanto es percibido como existente por los demás en un ciberespacio interconectado, sino que además la persona parece estar necesitada en verse inmortalizada en las redes sociales para sentirse y creerse vivo. Un efecto, probablemente, producido por una vida vivida hacia afuera en una sucesión continua y veloz de estímulos sensoriales que no cubren la necesidad existencial del tiempo y el espacio que requiere el reencontrarse con uno mismo. Y si vivimos sin estar con nosotros mismos, resulta de obligado cumplimiento el preguntase ¿desde dónde estamos viviendo?.

Con independencia de si la respuesta de cada cual es que uno vive en si o vive fuera de si (lo que significa que cedemos nuestro Yo a terceros, con todas las patologías dependientes que ello genera), resulta evidente el hecho de que hemos creado una sociedad en la que estamos más preocupados en aparentar que en ser, y en disfrutar compulsivamente que en reflexionar. Una dinámica de movimiento cuya inercia tiende de manera natural, casi gravitacional, hacia un aumento progresivo en la velocidad del ritmo de la vida cotidiana de las personas por minuto. No en vano el estado natural de una sociedad basada en la aritmética de un sobre saturado mercado competitivo -como el occidental- es la velocidad sostenida en un futuro sin horizonte, cuya fuerza motriz depende de la generación de nuevas y continuas ofertas para nuevos, reinventados y continuos demandantes sobrexcitados en una carrera sinfín, pues lo contrario significaría el colapso del sistema. Y nadie quiere que se pare la rueda (del ratón).

Sea como fuese, el desequilibrio creado por una vida llena de formas, gustos, sabores, olores y texturas volátiles, pero vacía en contenidos, ha abocado al hombre contemporáneo a crear una realidad alternativa para dar respuesta a su necesidad trascendental -aunque en muchos casos inconsciente- de sentirse existente (por percibido) mediante la autocreación de un relato propio y singular lleno de contenido, aunque éste sea ficticio. Y es en este punto donde los límites de lo real y lo irreal se confunden e intercambian, llegando a convertir el mundo vivido en las redes sociales como real y la vida real como un vaporoso sueño que transcurre entre los intervalos de desconexión con la realidad digital, donde el Yo se construye como Ser en un flujo continuo de intercambio de datos.

Pero lo más interesante es el hecho de observar que las millones de personas -muchas de ellas jóvenes- que viven en la nueva realidad, se han convertido en partes de un cerebro digital global que crea nuevas formas de entender, concebir e interpretar los diferentes mundos al margen de su naturaleza real (en el sentido más estricto del concepto), reduciendo al ser humano en neuronas con altos niveles de nutrientes que alimentan la compleja red de sinapsis del nuevo organismo. Y ya sabemos que todo cerebro, ya sea biológico o de inteligencia artificial, tiende a crear su propia conciencia. Así pues, la pregunta del millón que cabe hacerse, en un mundo donde las personas construyen su identidad existencial dentro de un cerebro digital global, no puede ser otra que si dichas personas tienen una conciencia propia como seres humanos en el sentido antropológico, o si sus conciencias vienen sobrevenidas y desarrolladas por la conciencia de un organismo artificial que los trasciende. En todo caso, se abre un apasionante terreno de estudio digno para la Ética.

Asimismo, si bien hace tiempo que somos conscientes que el hombre ha dejado de evolucionar biológicamente, a diferencia del resto de especies sobre el planeta, para evolucionar tecnológicamente mediante la gestión del conocimiento, lo que sí que parece nuevo es la idea de percibir que podamos dejar de evolucionar como personas mediante el desarrollo de una propia conciencia individual e intransferible en beneficio de una conciencia global, transferible y superior de naturaleza artificial. Y si bien la respuesta la tienen las generaciones venideras, uno no deja de inquietarse ante la posibilidad de la pérdida del libre albedrío (prerrogativa de la conciencia individual humana) por parte de quienes controlen el gran cerebro digital.

Mientras tanto, y con permiso del lector, doy por acabada aquí la presente reflexión -consciente de los interrogantes que quedan en el aire sin resolver, pues no es el propósito- desconectándome de la red digital para perseverar mi mismidad, pipa humeante en boca, antes de dedicarme a otros quehaceres humanos, profunda y realmente humanos.

Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano