lunes, 27 de noviembre de 2017

La Vergüenza de la pobreza: el lastre de la reinvención profesional

Hace una década atrás conocíamos en España, y en la mayoría de sociedades latinas, la vergüenza al fracaso, ya que la experiencia del fracaso se ha considerado históricamente bajo una concepción cultural negativa e incluso reprobable y estigmatizadora. Lo cual, el miedo a la vergüenza al fracaso ha representado una de las principales causas inhibidoras del emprendimiento. Un tema que he afrontado en cruzada personal desde hace años en pos de revalorizar la experiencia del fracaso con mi obra “El Poder Transformador del Fracaso”,Ed. Silva, 2011. (Dejo enlace vídeo de una de las conferencias realizadas en la UOC años atrás, por si es de interés).

Pero ahora, tras una década de crisis socio-económica que ha generado grandes brechas de desigualdad social, la vergüenza se presenta bajo una nueva apariencia de problema social al devenir una de las principales causas que afectan el sentimiento de dignidad y autoestima para aquellas personas que buscan salir de una situación de pobreza sobrevenida, tal y como pone de relieve un reciente estudio de la Universidad de Oxford divulgado este mes de noviembre por el Foro Económico Mundial.

La vergüenza es un sentimiento tan antiguo como la humanidad, que en muchos casos se ha utilizado como estrategia socializadora -y aun en plena actualidad, como tácticas de ley marcial en diversos países-, representando deshonor, desgracia y condenación. Un sentimiento humano, de naturaleza social, que afecta de manera directa a la concepción de dignidad y autoestima que una persona tiene sobre sí misma. Y ya sabemos todos que cualquier persona con un sentimiento de baja autoestima presenta un cuadro de devaluación perceptiva de sus propias capacidades como individuo que le impide relacionarse y enfrentarse adecuadamente a los retos que le depara, ya no el mundo, sino su realidad más inmediata. En otras palabras, no hay posibilidad de reinvención personal y profesional, que permita salir de un estadio de pobreza económica, sin un estado emocional con una autoestima sana.

De hecho, cabe remarcar que la autoestima forma parte de las cuatro Habilidades Básicas de una persona, es decir, aquellas que dependen todas las demás (como actitud, liderazgo, engagement, creatividad, pensamiento positivo, inteligencia emocional, etc) y que nos permiten relacionarnos con nuestro entorno personal, social y profesional. Por lo que podemos considerar a las Habilidades Básicas, como la autoestima, la naturaleza última o primogénita de todas las competencias profesionales. (Tema que desarrollo ampliamente en mi obra “Habilidología de las Competencias Profesionales”, Ed. Bubok,2017).

Es por ello que en en plena Cuarta Era de la Revolución Industrial, donde el activo de los profesionales no es otro que su capacidad de adaptación continua a los cambios constantes de un Mercado en continua transformación, el Management debe introducir en sus planes formativos materias de Desarrollo Competencial como el aprendizaje y gestión de la autoestima, entre otras habilidades básicas y secundarias inter e intrapersonales, más allá de los clásicos grados y masters en Dirección de Empresas, RRHH, Innovación, Big Data y otros al uso. (Ver Filosofía del Talento de la Academia del Filósofo Efímero). Pues formar en emprendedoría, sin formar en gestión emocional -como diría un reinventado Aristóteles-, no es formar en los tiempos que corren.

Pero las acciones dirigidas a paliar los efectos de la vergüenza de la pobreza, como la depreciación de la dignidad y la autoestima personal, no pueden limitarse al ámbito educativo como mera estrategia de mejora de la competitividad entre la futura masa productiva estudiantil, sino que debe extenderse al ámbito de las políticas sociales de un país, más si cabe cuando el 28% de la población española se sitúa en riesgo de pobreza o exclusión social (según datos de “El estado de la pobreza en España 2017” de la EAPN), y se requiere con urgencia para bien del conjunto de la sociedad española que la población activa vuelva a ser económicamente productiva dentro de los estándares europeos en tasa de ocupación y riqueza. Es aquí donde el Estado de Bienestar Social debe reconocer y afrontar de cara la variante psicosocial de la pobreza (interacción entre las fuerzas sociales y el comportamiento individual) con políticas activas de reinserción -que nada tienen que ver con la caridad-, como pueda ser la Renta Básica Universal. Una iniciativa ésta de éxito ya demostrado en Finlandia, como manifiesta su agencia estatal de supervisión del bienestar, donde en este 2017 se ha registrado un claro recobro del optimismo por parte de sus ciudadanos beneficiarios, así como una diversificación de los ingresos al calor de la prestación estatal y un aumento de la tasa de emprendimiento por parte de éstos.

Políticas públicas económicas a parte, que dejamos en manos de legisladores -Dios mediante, para mayor tranquilidad-, lo que es evidente es que con una Economía Humanista ganamos todos. Entendiendo humanizar la economía como la integración de variables emocionales que ayuden a dignificar a la persona en la ecuación de la economía productiva de una sociedad, como pudiera ser una Tasa de Vergüenza de la Pobreza. Y para aquellos burócratas, políticos y agentes sociales que se opongan, que recaiga sobre ellos ya no la vergüenza social, sino la ignominia, borrando así sus nombres de nuestra Historia a semejanza de la damnatio memoriae de la Antigua Roma. Pues no hay mayor vergüenza a la pobreza económica que la pobreza de espíritu y servicio público.


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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano