viernes, 10 de noviembre de 2017

Intramuros, un espacio de paz interior donde no sobra ni falta una sola palabra

Monjes benedictinos de Poblet. Fuente: losviajeros.com
¿Te imaginas un lugar donde no existan los murmullos, los chismorreos, las habladurías, las quejas, las críticas, las descalificaciones, las salidas de tono, los insultos, o las conversaciones banales e insulsas? ¿Te imaginas un lugar donde no sobre ni falte ni una sola coma ni una sola palabra, y en donde todo aquello que se dice tiene un sentido práctico y un propósito trascendental de mejora personal? Pues por imposible que parezca, ese lugar existe en los Intramuros del Monasterio de Poblet, donde el voto de silencio impera como ley generosa, y donde las personas -de vocación monacal benedictina- solo abren la boca para pronunciar, con sus tiempos y sus pausas marcadas, un número concreto de palabras justas y precisas que emanan de los libros santos. Aunque, para ser precisos, más que leer cantan, convirtiendo el diálogo en una bella y armoniosa conversación a la luz de la métrica musical gregoriana, cuya elegancia, sutileza y amor por los detalles de la ejecución de sus actos nada tiene que envidiar a los admirados ceremoniales japoneses.

Conciencia como aptitud y Presencia como actitud

Así es, en los Intramuros de Poblet no falta ni sobra una sola palabra, pues prácticamente solo se pronuncia vocablo para rezar, estando la persona plenamente focalizada en el sentido e intencionalidad de sus palabras, que más allá de transmitir, decretan. Es pues que la persona se haya en plena conciencia de la palabra a articular (no en vano el Verbo se hizo carne), que transmitida a través de las diversas ondas de frecuencia que permite el canto monofónico gregoriano, ejercen un efecto sanador -racional, emocional y espiritual- tanto para quien la transmite como para aquel que la recibe, y todo ello en el entorno de una bella arquitectura milenaria diseñada maestralmente para la trascendencia del hombre.

Pero toda aptitud de conciencia requiere de una actitud de presencia, pues solo desde el presente se puede ser consciente de algo. Y ese estado ambiental de anclaje continuo en el aquí y el ahora se convierte en categoría de naturaleza en los Intramuros del Monasterio, como realidad antagónica a la sociedad contemporánea consumista-compulsiva de futuros inminentes, mediante la integración de tres dimensiones clave:

1.-El Imperio del Silencio
Que hace de los Intramuros una campana de cristal al vacío de ruido, creando un espacio íntimo de reposo y serenidad para la persona.

2.-El Imperio de las Campanas
Que hace del Silencio oración y reflexión sobre el instante presente, marcando la secuencia de quehaceres en un día de trabajo pautado.

3.-El Imperio de la Naturaleza
Que hace del Silencio y de las Campanas elementos naturales de la vida, alineando nuevamente al hombre con el ritmo sanador de los ciclos de las estaciones.

Paz interior: Silencio, Sencillez y Orden

Es cierto, como reza el refranero español, que el hábito (entiéndase como vestidura) no hace al monje, pero no es menos cierto que un entorno apropiado resulta imprescindible. Puesto que no hay hábito (entiéndase aquí como conducta integrada en el comportamiento de una persona), sin disciplina, ni disciplina sin voluntad, y toda voluntad humana necesita de la ayuda inestimable de un entorno óptimo y adecuado. De hecho, un joven monje leída, a la tenue luz de una pequeña lamparita de atril en la Sala Capitular en penumbra, que según el padre impulsor de la orden benedictina del Císter, San Bernardo de Claraval, uno de los objetivos principales de la vida monacal es hayar la paz interior, para la cual es fundamental llevar una vida sencilla y ordenada. Un mensaje que otro fraile lector subrayaba -desde su púlpito elevado en el Refectorio mientras comíamos en silencio-, invitando a la búsqueda de la paz interior mediante la práctica de la conciencia del momento presente y la simplicidad de la vida como filosofía proclamada por los Monjes del Desierto (anacoretas de los primeros cristianos del siglo IV), cuya influencia y línea de pensamiento de la época es equiparable -aunque nada envidiable- a gurús de la actualidad más comerciales como Eckhart Tolle con “El Poder del Ahora” o Deepak Chopra con “La Paz es el Camino”, entre otras obras.

En un mundo hiperactivo e hiperconectado las 24 horas del día, produciendo un ruido ambiental de fondo (sonoro y de pensamiento) en nuestras vidas cotidianas que enajena al más centrado y crispa al más sereno, la existencia de una realidad paralela a la nuestra en los Intramuros de los monasterios es un lujo por pocos valorado por desconocimiento de causa. Es por ello que entrar en el espacio de los Intramuros puede llegar a producir efectos secundarios como la potencial tentación de no quererse marchar, pues pasado el periodo de mono (síndrome de abstinencia) de la adicción propia a las distracciones varias del estresante mundanal ruido, la vida monacal acaba gustando hasta el punto de no (querer) necesitar nada más que el ambiente ordenado de paz y trascendencia en las pequeñas y sencillas cosas que te ofrece el lugar. Sí, uno tiene la tentación de quedarse, pero como bien apuntó el fraile en el Refectorio: la tentación es el don de la posibilidad, por lo que la pregunta no es tanto si queremos quedarnos en los Intramuros, sino si tenemos la posibilidad de hacerlo (cada cual a examen de conciencia de sus circunstancias personales). Para aquellos que optamos por regresar a los extramuros de donde procedemos, nos llevamos un preciado regalo como herramienta de desarrollo personal en un mundo vertiginoso, muchas veces delirante, en continuo cambio y transformación: para alcanzar una existencia en un estado lo más cercano a la paz interior necesitamos integrar una vida con mayor silencio (para descansar y tener espacio con nosotros mismos), una vida con mayor sencillez y simplicidad (para liberarnos de cargas perturbadoras muchas de ellas autoimpuestas e innecesarias), y una vida lo más ordenada posible (para sentirnos seguros y tranquilos, y rentabilizar nuestro tiempo y energías). A partir de aquí, como reza la máxima benedictina, ora et labora.

Nihil novum sub sole
Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano