domingo, 22 de octubre de 2017

La Política Independentista es una falacia frente la Política Económica de Mercado

La política ideológica solo es posible cuando no entra en conflicto con la Política Económica, es por ello que el Independentismo, en plena era del Mercado global, nace muerto desde el instante incluso anterior a su concepción. Puesto que la Política de los sistemas democráticos modernos pivota sobre un eje vertebrador: el Estado de Bienestar, el cual es consustancialmente un sistema económico que busca un beneficio social para el conjunto de sus ciudadanos. En otras palabras, la Economía determina al Estado de Bienestar Social y, por ende, a los principios rectores de un buen Gobierno, como diría Aristóteles.

Es por ello que todo postulado político, como el Independentismo, si bien puede plantearse inicialmente como un conjunto de elementos, propiedades, funciones, relaciones y proposiciones ideológicas no demostradas a priori, al final deben someterse a la fuerza de la lógica formal, es decir, a la lógica social aplicada, que debe demostrar la veracidad del postulado inicial. Un examen de juicio de valores y factores donde el determinismo económico, en nuestra era contemporánea, representa una variable clave y esencial para la validez de dicho postulado político. En caso contrario, nos encontraríamos frente a un postulado político ilógico por irrealizable.

¿Se puede considerar, por tanto, buenos gobernantes a aquellos que aún conscientes de que su postulado político no es válido ni veraz en un Estado de Bienestar Social prosiguen en su empeño?. A todas luces, no.

Uno de los grandes errores del postulado político independentista es, justamente, su planteamiento de partida, ya que un determinado postulado es independiente en cualquier rama del saber si no puede demostrarse como consecuencia de los demás. Un axioma que si bien podía tener validez en el siglo XIX, es inconcebible -razones históricas a parte-, en un mercado político-económico común y global interconectado como es el siglo XXI.

Los verificadores de la Razón y el Principio de Realidad

La validación de todo postulado, ya sea político o no, viene dado por el contraste empírico de dos verificadores: la Razón, cuyas reglas define la Lógica y cuya naturaleza se caracteriza por el Principio de No Contradicción (temática que ya desarrollé en el artículo “El dilema filosófico de Cataluña: ¿Quién tiene razón y cómo afrontar la sinrazón?”); y el Principio de Realidad, cuya realidad objetiva con la que construimos una evidencia como sociedad -en este caso política y jurídica- nos permite afirmar que algo es verdadero frente a otras opciones consideradas como falsas (temática que ya desarrollé, a su vez, en el artículo “Cataluña independiente o la gestión de la frustración social ante el principio de la realidad”).

La Ética como acción justa correcta

Sea como fuera, aun siendo el postulado político independentista irrealizable por entrar en confrontación directa con el determinismo económico de un Estado de Bienestar Social, e invalidado por la Lógica de la Razón y el Principio de Realidad en el marco de un Estado de Derecho democrático, ¿podríamos considerarlo como un movimiento socialmente ético?. La respuesta también es nuevamente negativa, ya que la Ética determina cuando una acción es correcta y cuando no lo es. Y el postulado independentista, tanto desde un punto de vista político, como jurídico y social es incorrecto, tal y como ya desarrollé en el artículo “La Ética de la legitimidad democrática del Gobierno catalán no es correcta ni aplicable”.

Apología al empobrecimiento económico

Así pues, si en una sociedad compleja como la actual no existen políticas ideológicas posibles sino políticas económicas viables -sobre la premisa que cualquier sociedad moderna no desea renunciar a los beneficios de los derechos sociales que garantizan el buen desarrollo de la vida de sus ciudadanos a título individual-, toda política, como el Independentismo, que vaya en sentido contrario solo puede considerarse como antisistema. No obstante, es cierto que el actual sistema económico y social de mercado, que configura las Democracias modernas, es altamente susceptible de grandes mejoras aun por desarrollar, pero no es menos cierto que aun con sus defectos representa el mejor de los sistemas de organización socio-política desarrollado por el ser humano a lo largo de la Historia. Por lo que cualquier posición antisistema no es solo irresponsable, sino retrógrada y moralmente censurable a nivel social. (Temática que ya desarrollé de manera más amplia en el artículo “Pulso de la república catalana: cuando la política abandona la economía”).

La apología al empobrecimiento social en favor de un sentimiento identitario nacional (más o menos ficticio), del que triste y pasmadamente estamos siendo espectadores en múltiples escenarios independentistas con formato de cabaret de salón (que posteriormente se promocionan a través de vídeos en las redes sociales), más allá de ser fruto ya no de un analfabetismo cultural grave sino de una patología antidemocrática preocupante, aun sin ser una figura contemplada en nuestro ordenamiento jurídico debería ser objeto de penalización económica. A aquellos políticos, agentes sociales y ciudadanos que activamente han sido actores o colaboradores necesarios en el actual empobrecimiento real, con indudables efectos a futuro, de la economía productiva y del mercado laboral catalán deberían rendir cuentas de responsabilidad civil al conjunto de la sociedad catalana y del resto de España. Que la irresponsabilidad enajenada de unos en detrimento del Bienestar Social de todos, estado sacrosanto de una Democracia moderna, no quede impune. Y que el delirio romántico de Independencia por parte de una comunidad de cualquier Estado democrático en un mercado económico-político moderno común, como es la zona euro del siglo XXI, quede relegado al lugar natural que le corresponde: los libros de historia, engrosando así el temario destinado a otros tantos sistemas de organización política fallidos de la humanidad. Pues no hay más política factible, desde el ejercicio de la Ética Política del Bien Común, que la que se ajusta a la Razón y al Principio de Realidad del conjunto de la sociedad democrática en un sistema económico de Mercado.

En resumidas cuentas: El postulado político de la independencia, en plena Cuarta Era de la Revolución Industrial, es una falacia. Se puede decir más alto, pero no más claro. Fiat Lux!



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano