jueves, 5 de octubre de 2017

El Talento, víctima en la contienda de conceptos diferentes de D(d)emocracia en Cataluña

Si algo queda patente en la situación de crisis institucional y social por la que pasa Cataluña, por encima del posicionamiento político de cada ciudadano a título individual, es que existe una contienda entre dos conceptos diferentes de Democracia. Los unos, entre los que me encuentro, entendemos la Democracia dentro de los principios rectores del Estado de Derecho a la luz del marco jurídico democrático europeo donde se circunscribe el ordenamiento jurídico constitucional español; mientras que los otros entienden la democracia como un sistema de organización política donde el principio de Desobediencia Civil prima por encima del principio de Legalidad, siendo el primero un claro acto de desacato al segundo para forzar cambios a nivel político y social con el fin de conseguir sus objetivos (la autodeterminación), y siendo (quiero suponer) conscientes asimismo que la transgresión a la legalidad vigente -vulnerando los principios de un Estado de Derecho- puede acarrear inevitablemente un castigo por parte de los diferentes poderes del Estado. Simplificándolo, nos encontramos frente a una concepción de Democracia europea por parte de los constitucionalistas de tradición milenaria greco-romana, versus una democracia proindependentista catalana que tiene su origen en postulados originados en mediados del siglo XIX por parte del filósofo anarquista estadounidense Henry David Thoreau, y del que bebieron ideológicamente personajes históricos como León Tolstoy, Gandhi y Martin Luther King. Aunque, si somos rigurosos en los términos, de concepto de Democracia solo hay uno (Permítanme ser generoso en este artículo bajo la singularidad sociológica de que la consigna y estandarte principal de los independentistas es, justamente, el reclamo de más “Democracia”).

Esta contienda socio-política y jurídica entre Democracia y pseudodemocracia en Cataluña, tiene un segundo aspecto interesante a destacar: el uso de la simbología. Es decir, tanto los partidos políticos, como los colectivos sociales y los mismos ciudadanos a título individual de ambos posicionamientos enfrentados hacen uso de símbolos elevados a la categoría de iconos culturales para la reafirmación de una identidad propia.

En el caso particular de los defensores del concepto de “democracia a la nacionalcatalana”, el uso de la iconografía ideológica como elemento distintivo es, claramente, un instrumento de estrategia clave para la contienda entre las partes que, en gran medida, se está librando en las calles (para desafío mayor de la Democracia ortodoxa). Esta tendencia no solo ya es natural (e incluso coherente) por parte de aquellos catalanes nacionalistas descendientes de familiares que perdieron en la aún rememorada fratricida guerra civil, sino que se nos aparece como relevante, por excepcional, en aquellos hijos y nietos de inmigrantes de otras zonas de España que hoy son independentistas. La particularidad del caso de éstos últimos cabe entenderla como parte de una generación nacida en Cataluña que, si bien son hijos de otras culturas españolas, por desconexión geográfica no acaban de sentirse culturalmente ligados al lugar de origen de sus padres, y han encontrado en la simbología nacionalista catalana -fuertemente promovida (y manipulada) por las instituciones de Cataluña a lo largo de las últimas décadas- el espacio de refugio y de retroalimentación óptimo para el desarrollo de una identidad social y personal propia (al amparo del olvido de la historia de sus ancestros y ganando un terreno identitario de zona de nadie). Lo mismo sucede con inmigrantes latinoamericanos ahora independentistas (de tradición político-reivindicativa, sea dicho de paso). Otro tema son los inmigrantes musulmanes que su motivación no es tanto identitaria y cultural, sino de interés por mantener los beneficios derivados de las prestaciones sociales de las que gozan (aunque este es trigo de otro costal). Sea como fuera el proceso y capacidad de adhesión que tienen los nacionalistas catalanes a su causa, lo cierto es que el movimiento secesionista plantea un serio reto al futuro de la convivencia social en Cataluña por el amplio espectro de jóvenes independentistas “de nueva generación” con los que cuenta, -solo hay que ver las manifestaciones repletas de estudiantes de instituto y universitarios-. Una nueva generación a la que se puede reculturalizar en conceptos tan básicos como lo que es y lo que no es la Democracia, pero a los que no se les podrá sustraer su identidad nacionalista (reforzada por los acontecimientos recientes), pues en ella se enraiza su identidad cultural como persona.

Como vemos, nos encotramos frente a un escenario con dos conceptos de Democracia enfrentados, donde la iconografía nacionalista catalana no es solo simbología política sino expresión identitaria cultural de cientos de miles de personas, muchos de ellos jóvenes. Y aquí llegamos al tercer y último punto de esta pequeña reflexión: la exclusión social por identificación identitaria. Uno de los efectos secundarios, pero sólidamente tangibles, de la reafirmación de una identidad cultural propia es, justamente, la contraposición a otras identidades culturales que se perciben como ajenas (El Yo/Nosotros versus los otros). Una característica sociológica que cuando no se siente amenazada -ya sea objetiva o subjetivamente- deriva en un ambiente de concordia y de buena convivencia social, pero cuando se percibe como hostigada (como es el caso) genera un ambiente de exclusión a todo aquello y aquellos que no participen de su mismo ideario socio-cultural. En otras palabras, triste y previsiblemente en Cataluña vamos a asistir en los próximos tiempos a una pérdida de activo humano, por parte de una u otra parte de la contienda, por el rechazo sistemático de personas a las que se les va a valorar por su perfil identitario por encima de su talento, a causa de la grave fractura social ya existente. Y no se trata de una teoría alarmista infundada, sino de una realidad plausible en una sociedad que deplorablemente ya señala a niños en la escuela, comercios de la calle y personas en las redes sociales según su identificación identitaria.

Si el talento representa el 80% del valor intangible de una empresa, y éstas son los engranajes operativos que mueven el Mercado, siendo el Mercado quien posibilita el buen desarrollo de las sociedades y su grado de estado de bienestar, o la sociedad catalana -en complicidad real de sus instituciones- se implica en serio para estar a la altura de las circunstancias que requiere el recuperar la convivencia ciudadana tras una grave fractura social, o Cataluña se verá abocada a un empobrecimiento de talento para afrontar los retos de una sociedad moderna en pleno siglo XXI. Puesto que sin talento no hay innovación y, por ende, competitividad. Ante la pregunta de si ¿Cataluña va hacia un saldo positivo o negativo en materia de gestión del talento propio?, el tiempo lo dirá y la Historia valorará nuestra madurez como sociedad autodenominada como moderna, pero serán los indicadores de Mercado quienes reflejarán de manera objetiva y a corto plazo la rentabilidad de nuestro capital intelectual. El balance, al final del ejercicio.

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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano