lunes, 28 de agosto de 2017

Vivimos muchas vidas pasadas en una sola vida

Este verano me he leído la novela “El Converso” del granadino José Manuel Fajardo, libro de lectura recomendable, que trata de las aventuras y desventuras de dos hombres del siglo XVII cuyas vidas se entrelazan hasta sus últimos días de existencia teniendo el océano Atlántico y la piratería como hilo conductor entre Cartagena de Indias, Marruecos e Inglaterra. Argumento novelístico a parte, lo que me ha atraído de la novela son los múltiples cambios de vida, al capricho del destino aireado por la fuerza picaresca de la supervivencia, que protagonizan los personajes a lo largo de sus vidas. Un tema, el de las muchas vidas que una persona puede experimentar en una sola vida, que hace tiempo me atrae como objeto de reflexión.

Y es que, cuando la ocasión se tercia, al hablar de mis ya alejadas andaduras profesionales siempre comienzo o acabo con la coletilla: “...en otra vida pasada”. Sí, en un mundo en continuo cambio y transformación que transcurre a una velocidad vertiginosa, todas aquellas experiencias vitales de las que nos distancia un tiempo prudencial parecen ser fruto de una vida pasada. Y a cada nueva vida que transcurrimos, no hay lugar a dudas que cambiamos un poco más. De ahí que las palabras del escritor y filósofo español Miguel de Unamuno como respuesta a una periodista tomen mayor luz de entendimiento, si cabe: -No se estrañe si ayer le dije una cosa, pues seguramente mañana opinaré de manera diferente (recreación libre de autor).

Pero está claro que para tener varias vidas se necesita tiempo de vivirlas, por lo que su percepción solo es posible desde la distancia del observador que viene dada por la madurez de la edad. Así, cuando era mucho más joven (y por tanto con menos experiencias en mi saldo personal) -recuerdo que en aquel entonces tenía mi primera experiencia de dirección empresarial como gerente-, descubrí “las vidas pasadas” de la mano del psiquiatra estadounidense Brian Weiss a través de su libro “Lazos de amor” (libro que me apasionó tanto que compré varios ejemplares para regalarlos entre las amistades), fundamentado en historias clínicas reales de pacientes que a través de la hipnosis conectaban con reencarnaciones pasadas (Reconozco que posteriormente no pude dejar de comprarme el resto de sus libros, los cuales devoré como náufrago hambriento). Entonces, aún con un joven cuerpo casi impoluto de cicatrices vitales, quedé prendado frente a la puerta que se me abría a la dimensión de vidas pasadas y a la creencia del determinismo kármico de éstas en nuestra vida actual, pensamiento que sustenta la filosofía budista (así como en su momento los primeros cristianos), y que aún persiste hoy en día en occidente de manera remasterizada en técnicas terapéuticas de corte new age como las populares Constelaciones Famliares. Así pues, entendí entonces que el hombre no solo es fruto de su determinismo biológico (genética), de su determinismo ambiental (entorno socio-cultural), y de su determinismo psicológico (capacidad de descodificar y gestionar sus experiencias), sino que también viene determinado por una herencia pasada -de manejo misterioso- denominada karma. Aunque este es trigo de otro costal. No obstante, al paso de los años, uno se percata que el concepto de vidas de encarnaciones pasadas (con independencia de si nos lo creemos o no), pierde relevancia frente a la sucesión de varias vidas que vivimos en una. ¿Para qué recrearnos en vidas anteriores si ya tenemos más que suficiente con las propias vidas diferentes que vivimos en cuerpo y alma en ésta, verdad?

Sí, en esta vida computo -como muchas otras personas- varias vidas pasadas ya, a falta de realizar el recuento final cuando llegue la hora de partir. Todo un misterio de nuestra mortal naturaleza. Los que tenemos una cierta edad, y no se nos ha otorgado el privilegio (o no) de una historia vital de confort con encefalograma existencial plano, llevamos en nuestra cuenta muchas vidas pasadas en vida, más si cabe en un tiempo donde la máxima es la Reinvención personal y profesional en una sociedad que demanda un esfuerzo de adaptación continuo. Tantas vidas pasadas llevamos a cuestas que, al final, para saber quiénes somos en realidad no hay más camino que reencontrarse en la intimidad de uno mismo, más allá de los largos currículums fruto de tantas aventuras que no provocan más que confusión para observadores ajenos (todo un handicap, especialmente, para reclutadores laborales). Aunque al final, todo hay que decirlo a modo reivindicativo, la experencia es condición sine qua non en el camino de la sabiduría personal (algo que solo se entiende con la edad), cuya laureación se viste con canas.

Así pues, desde esta vida presente, que en el futuro preveo será otra vida pasada en el árbol de mi historia personal, continuo empecinado en disfrutar del camino de esta maravillosa vida siempre impredecible que no deja de sorprenderme a cada nuevo paso. Yo soy yo, y mis vidas pasadas y venideras (reinventando a Gasset). Todo lo demás, con sus luces y sus sombras, forma parte de la aventura de vivir; a la espera que en la balanza del juicio de los difuntos mi corazón sea tan ligero como la pluma de la Verdad y la Justicia Universal (según el antiguo rito egipcio). Mientras tanto, fallor ergo sum, a cada nueva vida pasada. Y a cada nueva vida vivida, aunque a veces el recuerdo del camino se empañe, me percibo más humano y más comprometido con ser, sin más apego, quien Soy. Pues al final no nos llevaremos más que los que somos, con independencia de las muchas vidas pasadas vividas en una sola vida.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano