lunes, 28 de agosto de 2017

Todos buscamos pasar al otro lado del espejo

Todo espejo no solo refleja nuestra realidad más inmediata, sino que también lo limita aunque nos de la ilusión de ampliar nuestro propio espacio. Y en esa ilusión solemos dar vueltas sobre nuestra realidad reflejada sin traspasar el límite de sus barreras, con independencia que dicho espacio sea más o menos holgado, condicionados por un determinismo ambiental concreto (socio-cultural) que prefigura nuestra percepción psicológica en relación a nosotros mismos y frente al mundo. Y sin percatarnos que, al otro lado del espejo, existen otras realidades diferentes a las nuestras.

Pero a veces, algunas personas encuentran un paso interdimensional a través del espejo, como la madriguera del conejo en Alicia en el País de las Maravillas o el portal de Stargate, que les permite traspasar de su realidad a otra nueva por descubrir. Una puerta interdimensional que a veces se haya por azar y otras como fruto de una búsqueda concienzuda, a veces temporal y otras permanente, pero que una vez encontrado el paso hacia esa otra realidad -siempre emocionalmente mejor que la de origen-, todo el mundo se resiste a regresar al otro lado del espejo del que proviene. De hecho, cuando más tiempo permanece una persona en la nueva realidad tras el espejo que le separa de su propia realidad, más le invade la emoción del miedo por regresar, aunque no sea consciente de ello. Emoción primaria que determinará sus pensamientos y éstos, por causalidad, sus actos consiguientes por intentar convertirse en miembro de pleno derecho del nuevo dorado. (Como les sucede a los protagonistas cinematográficos de “La Isla”).

Lo interesante de nuestro tiempo es observar, como algo ya normalizado de nuestro paisaje cotidiano, que el espejo puede ser tanto de naturaleza física como virtual. De hecho, a falta de pasos interdimensionales de nuevas y mejores realidades físicas disponibles, lo que abundan son pases de libre acceso al otro lado del espejo de naturaleza digital. Así, vemos como millones de personas viven la mayor parte de su existencia al otro lado de sus dispositivos móviles, formando un conjunto de ceros y unos de estética personalizada en una nueva y propia realidad creada a la carta, de la que solo regresan al lado del espejo de origen para dormir (limitaciones de las especies biológicas). Una realidad virtual de ensoñación donde las leyes físicas del mundo han sido substituidas por las leyes de los algoritmos matemáticos de un multiuniverso paralelo, donde el espacio-tiempo es, por esencia, relativo por excelencia y plástico a voluntad.

Que el otro lado del espejo sea de naturaleza virtual genera un espacio de hábitat para el ser humano como especie donde lo real y lo irreal coexisten en el desarrollo cotidiano de la vida de las personas, un hecho digno para estudiosos de la antroplogía y de la sociología, que sin duda determina el tipo de realidades que estamos creando (y que como individuos experimentamos en carne propia). Una puerta a mundo irreales que sin duda fue abierta ahora ya hace (solo) 29 años por el físico-teórico Stephen Wawking cuando popularizó el concepto del tiempo imaginario en su libro “Breve Historia del Tiempo”, y que servidor -humildemente- hice mi pequeña aportación ampliando con el concepto de la velocidad imaginaria en mi libro “La Velocidad, señora del espacio-tiempo”, allá por la década de los noventa (del siglo pasado, buf!). Pero lo relevante ya no es que podamos transitar de un lado a otro del espejo pasando de una realidad real a otra ficticia y viceversa a antojo, sino que la dimensión irreal que hemos creado como especie está influenciando en un punto de no retorno a nuestra dimensión real. En otras palabras, lo irreal o virtual está condicionando y dando forma a lo real, redefiniendo así el concepto clásico que teníamos sobre la realidad.

Sea como fuera, y a diferencia de nuestros ancestros que rehusaban aventurarse más allá del fin del mundo (donde les aguardaban monstruos mitológicos), el hombre contemporáneo anhela pasar al otro lado del reflejo de su espejo, ya sea este real o virtual. Personalmente -y permítaseme esta confidencia de autor- prefiero el tránsito real al otro lado del espejo, y sí, debo reconocer que encontré mi propio portal interdimensional por los designios azarosos de la vida mediante intermediación de los dioses. Mi portal se llama Teresa, y reconozco que cada día me cuesta más regresar al lado del espejo del que provengo, pues ¿quién no quiere vivir el sueño de una nueva y maravillosa vida sin despertarse?. Pues, como sabiamente cantó el poeta Calderón de la Barca: “¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” “A reinar, fortuna, vamos; no me despiertes, si duermo; y si es verdad, no me duermas.”


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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano