martes, 8 de agosto de 2017

Hemos creado una sociedad marcada por la Inteligencia Intuitiva-Compulsiva

¿Quién se lee el prospecto de instrucciones de un aparato doméstico que acaba de comprar antes de ponerlo en marcha? Prácticamente casi nadie, y entre los pocos rara habilis seguro que se encuentran nuestros padres. Recuerdo cuando era pequeño el momento en que entró en casa el primer ordenador de mesa, para lo que mi padre -de formación ingeniero, y por tanto de mente cartesiana-, adquirió varios libros de informática que devoró junto al amplio manual de uso que acompañaba al nuevo aparato doméstico. Mientras que yo, un mocoso de primera generación televisiva que a falta del hambre de la gran biblioteca de internet (aún inexistente) me conformaba con las limitadas y obsoletas enciclopedias a papel que decoraban las estanterías de toda las casas, utilizaba el ordenador doméstico sin más conocimiento que el que me aportaba el método prueba-error, cosa que desesperaba a mi padre. Un método carente de toda secuencia lógica de comprensión del uso del aparato que repiten, con mayor maestría y destreza, mis hijas ya desde su tierna infancia con dispositivos tecnológicos varios. ¡Cuántas veces no he tenido que echar mano de mis hijas para que me enseñen cómo utilizar cierta función del móvil!.

Este hecho, tan anecdótico como cotidiano, fue objeto de una reflexión ociosa compartida con mi padre en una reciente calurosa noche pasada. Él sostenía que toda educación debe basarse en la formación de los fundamentos de toda materia de estudio, mientras que yo, sin quitarle la razón, le exponía la realidad en la que vivimos: las nuevas generaciones basan el desarrollo de sus conocimientos a partir ya no del encuentro con los fundamentos últimos de las cosas, sino de premisas muy posteriores de las que parten como verdades aceptables, sin necesidad de profundizar en su origen. En otras palabras, en nuestra sociedad impera la inteligencia intuitiva-compulsiva, frente a la inteligencia lógico-reflexiva en la que ha vivido la humanidad prácticamente hasta la Segunda Revolución Industrial (previa a las Tecnologías de la Información y la Comunicación de mediados del XX), que es en la que se educaron nuestros padres hace cincuenta años atrás, un tiempo donde -aunque nos cueste creerlo- no existían ni los bolígrafos.

La diferencia entre la inteligencia lógico-reflexiva y la intuitiva-compulsiva, es que en la primera el conocimiento se aprehende a través de un razonamiento en el que las ideas o sucesión de hechos se manifiestan o se desarrollan de forma coherente y sin que haya contradicciones entre ellas; mientras que en la segunda se adquiere el conocimiento, comprensión o percepción inmediata de algo sin la intervención de la razón. En la primera existe la reflexión, mientras que en la segunda, a falta de tiempo y espacio para reflexionar, prima la actitud compulsiva. Una diferencia de metodología que está directamente relacionado con el tipo de sociedad en que se ha desarrollado cada tipo de inteligencia, ya que si bien la inteligencia lógica-reflexiva pertenece a una sociedad donde los cambios se producían de manera lenta y progresiva, y donde el trabajo se basaba en la especialización profesional para toda la vida, la inteligencia intuitiva-compulsiva se ha desarrollado -por imperiosa necesidad- en una sociedad actual en continuo cambio y transformación donde el único paradigma laboral válido es la capacidad de adaptabilidad a la transformación social imperante.

Tal es la velocidad de cambio en nuestra sociedad, que vemos en la actualidad como en tan solo una década aparecen y desaparecen no solo perfiles de puestos de trabajo, sino incluso carreras universitarias, llegando a crearse carreras de doble titulación con menos años de estudio que en el pasado, o nuevas carreras tan complejas como la biotecnología que, en un tiempo reducido de estudio de tan solo 4 años, estudian al unísono diversas materias complejas que en antaño cada una de ellas eran objeto de formación por separado. Un nuevo mundo influido por las nuevas tecnologías y la información a tiempo real en un mundo global interconectado donde la maquinaria económica, el Mercado, que sostiene la viabilidad financiera de los pilares de todo Estado de Bienestar Social (un hito en la Humanidad), requiere de un alto nivel de competitividad -que se traduce en una constante innovación de bienes de consumo y servicios nuevos- para no colapsar el sistema en su conjunto. Un escenario delirante donde las Eras de las Revoluciones Industriales -actualmente estamos ya en la Cuarta desde 2011-, se suceden a una velocidad de vértigo, produciendo profundos cambios sociales y de modo de vida en el día a día de las personas a cada nueva etapa, donde la Inteligencia Colectiva ha tenido que transformarse de lógica a intuitiva, y de reflexiva en compulsiva, y donde los fundamentos últimos de las cosas han perdido valor pues están en continua revisión y reactualización a cada nuevo avance. Pues la Inteligencia Intuitiva-Compulsiva no se basa en el entendimiento de la realidad, sino que se focaliza en la cocreación de una nueva realidad imaginable, transgrediendo las barreras incluso de la lógica (que a veces puede ser limitante) desde la fuerza arrolladora de la innovación como motor evolutivo.

Y mientras yo reflexiono sobre este tema, a pausadas bocanadas de pipa en boca como viejo marinero que ensueña mirando el horizonte desde su insignificante atalaya flotante en medio del inmenso océano, nuestros hijos se desarrollan como personas de nueva era interactuando con cientos de ímputs televisivos por minuto mientras juegan intuitivamente con sus dispositivos móviles sobresaturados de mega datos. Por lo que sus pequeños y plásticos cerebros aprenden a funcionar e interrelacionarse con el mundo de manera diferente a los de sus padres, como dicta -nos guste o no- los preceptos de toda adaptación biológica a nuevos y diferentes ambientes. La intuición compulsiva se impone a la lógica reflexiva en la evolución de la especie humana, en un tiempo donde hay de todo menos tiempo. Alea jacta est!

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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano