lunes, 31 de julio de 2017

Vaciémonos, cuando estemos bloqueados, para volver a llenarnos

Que dos cuerpos con masa propia no pueden ocupar un mismo espacio a la vez, es de lógica empírica. Para que uno de ambos cuerpos pueda ocupar dicho espacio, el otro debe haberlo desalojado previamente. Así, a la luz de este principio de física elemental de ocupación del espacio, si en un tarro lleno de arroz queremos guardar macarrones, primero deberemos hacer un vaciado del tarro para poder cambiar el contenido. De igual manera, para desatascar un estado mental y emocional de bloqueo -que no es más que la saturación de ideas y sentimientos, memoria de experiencias y expectativas estancadas-, debemos vaciarnos para poder volver a llenarnos de una nueva y renovada perspectiva mental y emocional frente a la vida.

Sí, para llenarse de nuevo, primero hay que vaciarse. Pero el proceso de vaciarse no resulta sencillo, en primer lugar porque no sabemos estar sin dejar de hacer, pues procuramos ocuparnos cada día en llenarnos de actividades que solo provocan la sobresaturación de nuestro estado de bloqueo. Somos animales de costumbres, y continuamos haciendo lo mismo que hemos hecho hasta el momento, aunque no nos lleve a ninguna parte. Y en segundo lugar porque no sabemos resolver situaciones sin dejar de avanzar (o huir) hacia adelante, lo que solo provoca agudizar y prolongar la vida de nuestro estado de bloqueo. Somos animales de costumbres, y además, de terca naturaleza, quizás en gran medida a causa de que reafirmamos nuestra identidad personal, aquello que sentimos que somos, en base a aquello que hacemos.

Pero contrariamente, el proceso de vaciarse requiere, justamente y en primera instancia, en dejar de hacer, en dejar de llenarse. Y en segunda instancia, y una vez hemos tomado la decisión de dejar de continuar llenarnos, de iniciar el proceso de vaciado interior. Un proceso de decantación que requiere su tiempo, cuyo ritmo suele ser lento, y que se inicia en el mismo instante en que cesa la desaceleración progresiva que se experimenta tras el freno dado a la actividad del hacer, tal como coche revolucionado de carreras que requiere su espacio y su tiempo para acabar de detenerse tras el fin de la carrera. En otras palabras, para vaciarse hay que dejar de hacer, y tanto el dejar de hacer como el acto consiguiente de vaciado necesitan de un tiempo propio.

Y no, no debemos percibir la necesidad imperiosa de vaciarnos como algo negativo, pues no es más que un proceso natural y necesario para poder continuar generando, en momentos singulares de nuestra vida, el movimiento necesario para poder seguir avanzando y desarrollándonos como personas. Esta acción dual cíclica y continua de vaciarnos-llenarnos, que permite generar el movimiento en nuestras vidas, emula la tercera ley de Newton llamada de Acción-Reacción que nos describe que toda acción ejercida por una fuerza en un sentido recibe por parte de una segunda fuerza una reacción igual y de sentido contrario. Un principio de física básica cotidiana que podemos observar tanto en los ciclos de las estaciones, como en el movimiento del pedalear de un ciclista, por poner algunos ejemplos aparentemente inconexos entre sí, pero que nos permite, en lo que personalmente me interesa sobre el tema de reflexión a tratar, el poder vaciarnos de una visión caduca de la vida que nos bloquea y nos impide avanzar, para poder volver a llenarnos de una ilusión renovada por alcanzar nuevos horizontes vitales.

No obstante, cada persona es un mundo -condicionada por determinismos genéticos, ambientales, psicológicos y espirituales-, y es cierto que los ritmos de los ciclos del movimiento pendular de vaciado y llenado es diferente para cada cual. Así encontramos personas cuyos ciclos de renovación son cortos en el tiempo y de ejecución rápida, mientras que otras personas manifiestan un ciclo de renovación tan laxo en el tiempo y de ejecución tan pausada que parece que les lleve toda la vida. Ambos ritmos de ciclos son perfectos, pues responden a las necesidades íntimas e intrínsecas de renovación del movimiento de la naturaleza de cada persona. Y cada persona, dentro del engranaje del mundo (o sistema referencial humano) tiene una función concreta. Mientras un tipo de ciclo de renovación impulsa los cambios, el otro consolida estadios estáticos. Dos tipos de naturaleza de ritmos de ciclos de vaciado-llenado que, a su vez y por la ley del contraste de opuestos, permiten el movimiento del conjunto de la especie humana como pulsación vital en medio del Universo.

Así pues, amig@, si sientes la necesidad imperiosa de vaciarte para poder volverte a llenar de una renovada visión de la vida, no te preocupes demasiado ya que es una reacción normal y natural. Para poder volverte a llenar de algo nuevo, primero debes vaciarte de lo viejo, ya que no hay viaje sin partida. Y para poder vaciarse, no hay más que dejar de Hacer para -una vez más- comenzar solo a Ser.

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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 



viernes, 28 de julio de 2017

Frente a los juicios de valor categóricos de quienes nos atacan: Reductio ad Absurdum

¿Quién no se ha sentido atacado alguna vez frente a alguien que le enjuicia peyorativamente, sin siquiera conocerle? Una experiencia que no deja de ser anecdótica a no ser que debamos vernos obligados a convivir habitualmente con el o la “enjuiciador/a”. En tal caso, queda claro que la relación interpersonal continuada puede afectar, en primera instancia y de manera directa, a nuestro nivel de salubridad de autoestima, pues los juicios de valor negativos siempre buscan establecer una relación de poder donde el enjuiciado, por ser desvalorizado, queda relegado a los niveles inferiores de la estructura jerárquica moral y/o social establecida. Y, en segunda instancia y por efecto casuístico, dicha relación interpersonal puede llegar a quebrarse tras la fuerza de fricción continuada que se aplica, para disfrute del enjuiciador y consecuente agravio del enjuiciado.

Argumentaciones a favor o en contra de carencia de estados de empatía o de simples habilidades sociales de respeto al prójimo a parte -entre otras posibles patologías emocionales-, que pueden suscitar los diferentes escenarios de juicios de valor categóricos negativos, la cuestión es cómo gestionamos estas situaciones que agreden de manera continua nuestra personalidad y, por tanto, ponen en peligro una relación interpersonal, sin que ni nuestra autoestima ni la relación se vean afectadas.

Una manera de gestionarlo es intrapersonalmente. Es decir, reforzar nuestra Autoestima a nivel personal (Autoridad Interna), interactuando lo justo y necesario con el enjuiciador sin buscar el enfrentamiento, para no retroalimentar su necesidad de desvalorizar nuestra persona como reafirmación a su identidad dominante, y asimismo, minimizar el riesgo de salir heridos emocionalmente. Una táctica que, si bien parece la más acertada -junto al acto reflejo de mantener la distancia-, tiene un efecto secundario negativo, pues la muestra de educación se percibe como debilidad, reforzando de esta manera la actitud de enjuiciamiento peyorativo por parte del enjuiciador contra nuestra persona.

Mientras que otra manera de gestionarlo adecuadamente es interpersonamente. Es decir, gestionar la situación desde una acción directa y decidida desde la dialéctica con el enjuiciador con el objetivo de forzarle a ver el absurdo de su alegre y gratuito juicio de valor negativo, quizás una de las pocas maneras, ya no tan solo de salvaguardar nuestra autoestima y la relación personal, sino de reeducar a nuestro interlocutor en la práctica de la higiene verbal y, por extensión, mental. Pues la crítica sistemática no es más que un mal hábito, y no un rasgo de personalidad, que podemos modificar.

Pero, ¿cómo hacemos ver al enjuiciador el absurdo de su juicio de valor?. Pues mediante la técnica lógico-dialéctica de la Reducción al Absurdo (Reductio ad Absurdum) de un método tan antiguo como la propia humanidad: el Método Socrático, que nos fue descrito por Platón. No obstante, si bien este método indaga o busca nuevas ideas mediante una serie de preguntas alrededor de un tema central para evidenciar el acierto de un “punto de visa” a través de hacer que el interlocutor se contradiga a si mismo y de alguna forma apruebe el “punto de vista” en cuestión, nuestra técnica de Reductio ad Absurdum es mucho más simple y sencilla: se basa única y exclusivamente en responder de manera pausada y tranquila, frente a cada nuevo juicio de valor categórico, con la secuencia interrogativa del “¿Por Qué?”. Fórmula que utilizaremos tantas veces como haga falta hasta que el enjuiciador se vea reducido al absurdo de su categorización, estado al que llegará tras pasar por varios registros emocionales, pues a los enjuiciadores no les gusta que les contradigan en sus juicios de valor, y mucho menos dar explicaciones, pues no tienen argumentos sólidos para ello.

Ejemplo:

Enjuiciador/a: - (Imperativo) A ti no te gusta tomar el sol
Enjuiciado: -¿Por Qué dices que no me gusta tomar el sol?
Enjuiciador/a: - (Defensivo) Ay!, no sé, como vas a la playa y no te estiras a tomar el sol
Enjuiciado: -¿Por Qué si no me estiro significa que no me gusta tomar el sol?
Enjuiciador/a: - (Ofendido) Ah!, no, no, tranquilo, haz lo que quieras...

Así pues, frente a los juicios de valor categóricos de quienes nos atacan, porque se creen superiores en uno u otro sentido: Reductio ad Absurdum. Seguramente uno de los mejores métodos para restablecer el equilibrio de una relación interpersonal basada en el respeto, cuando uno de los dos interlocutores sea un enjuiciador/a compulsivo con el que debamos relacionarnos con cierta asiduidad. Fiat Lux!


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano


martes, 4 de julio de 2017

Toda razón es relativa en la singularidad de la Vida

Todos y todo somos centripetados por la Existencia, tal cuales residuos más o menos sólidos son engullidos en remolino por el desagüe de un lavadero. Y como en cualquier efecto de remolino, si bien los diferentes elementos a engullir mantenemos una distancia entre sí en un principio, éstos acaban por solaparse y mezclarse en un centro común al que somos atraídos y engullidos por el movimiento veloz de tipo giratorio que ejerce la Existencia sobre sí misma. Un centro común que no es más que la singularidad de la Vida de donde todo parte y hacia donde todo se dirige, cumpliendo así una de las leyes más fundamentales de nuestra realidad conocida: la Ley de la Conservación de la Materia, la cual reza la famosa leyenda de que “la energía ni se crea, ni se destruye, solo se transforma “.

Es por ello que la distancia entre los cuerpos, dentro del viaje del remolino de la Existencia, no es más que una ilusión temporal. Y en esa ilusión, el delirio de los hombres -medio animales, medio dioses en nuestro mundo material, y por tanto finito-, intentamos conceptualizar la singularidad de la Vida con definiciones y neoredefiniciones. Así, en la historia conocida de nuestro remolino existencial observamos cómo de la conceptualización de la Vida según Platón en la época Ática pasamos al Neoplatonismo en la época Helenística en la Antigüedad Clásica, o de la visión de Aristóteles de la misma época pasamos al Aristotelismo Cristiano con Santo Tomás de Aquino ya en la época de la Edad Media, y de ésta concepción Escolástica nos reconceptualizamos al ritmo del Racionalismo, el Empirismo y la Ilustración que no son más que NeoEscolástica y NeoPresocrática-Ática con Descartes, Hobbes, Kant o Shopenhauer, por poner algunos ejemplos de la era ya Moderna; y cogiendo su testigo, ya en plena era Contemporánea, saltamos a un amplia paleta de neoactualizaciones más o menos pintorescas que suman y siguen con el Neokantismo, el Neoaristotelismo, la Neoescolástica, o el Neoexistencialismo, entre otros. Diferentes versiones de una misma conceptualización de la Vida dependiendo de las coordenadas de nuestra posición como individuos en relación a la estructura cónica centrípeta del remolino de la Existencia.

Así pues, si la distancia entre los cuerpos es una ilusión temporal humana -profundamente humana, como diría Nietzsche-, las diferencias entre concepciones de la Vida también lo son, y asimismo sus postulados y credos. Pues las diferencias, en sí mismas, son una ilusión temporal propia de nuestra dimensión humana en el flujo centripéto de la Existencia.

Ahora bien, la razón de la ilusión de las diferencias se debe justamente a la distancia (posición) entre los cuerpos dentro del remolino de la Existencia. La ilusión de la diferencia social encuentra su casuística en la ilusión de la distancia cultural, y viceversa; y asimismo, la ilusión de la diferencia de concepción individual de la vida (en minúsculas), encuentra su casuística en la ilusión de la distancia genética, ambiental y psicológica entre individuos. Diferencias que se definen, redefinen y neoconceptualizan dependiendo de la distancia entre los cuerpos respecto a la singulariad de la Vida (en mayúsculas) que todo lo centripeta. Pues la Vida, si bien fluye y refluye desde una singularidad, se manifiesta y retroalimenta su continuo movimiento centrípeto desde la diversidad como fuerza motriz de su propia naturaleza (mediante el principio de la fuerza de opuestos).

Así pues, todo el mundo tiene razón subjetiva respecto a la vida (en minúsculas) y su concepción de la misma desde su posición espacio-temporal -en continuo movimiento- en el remolino de la Existencia, pero nadie tiene Razón objetiva respecto a la Vida (en mayúsculas) y su concepción de la misma respecto a la esencia y naturaleza de la Existencia misma. Pues todo aquello que definimos, redefinimos y neoconceptualizamos como humanos, ya sean aspectos cotidianos o trascendentes de la Vida, lo hacemos siempre desde la limitación de ser cuerpos espacio-temporales que forman parte del remolino de la Existencia, lo que nos impide objetivizarnos sobre el foco en el que fijamos nuestra atención.

En otras palabras, toda razón o verdad humana no es absoluta, sino relativa en referencia a su posición en el remolino de la Vida. Por lo que podemos entender las razones ajenas sobre la vida (en minúsculas) dentro de su espacio-temporal siempre en continuo movimiento, pero ello no implica que debamos compartirlas y/o aceptarlas, pues no existen dos cuerpos en un mismo punto espacio-temporal dentro de la estructura centrípeta de la Existencia hasta el momento justo de fusión en la singularidad de la Vida.

Mientras tanto, en nuestro personal e intrasferible viaje por el remolino de la Existencia como ilusoria manifestación de la diversidad de la singularidad de la Vida, depende de nosotros – a título individual y como sociedad- el cómo transitamos por nuestras vidas temporales. Sabedores que tenemos cuatro grandes opciones de vida (en minúscula) a las que abrazarnos: la Represiva o Competitiva (someto mi razón a los demás), la Evitativa (me someto a la razón de otros), la Acomodativa (adapto mi razón a la de terceros), o la Colaborativa (me enriquezco en el encuentro de espacios comunes entre mi razón y la de los demás). Conscientes, a nivel individual, que toda razón o verdad es relativa; y conscientes, a nivel social, que la elección por una u otra opción genera un modelo de sociedad más o menos beneficioso para el conjunto de sus integrantes y para la propia comunidad como estructura orgánica en continuo desarrollo evolutivo e involutivo. Aunque, al final, todo depende de las coordenadas de nuestra posición espacio-temporal (que conlleva una carga contextual), en relación a las coordenadas de posición de quienes nos relacionamos, dentro del complejo sistema de referencias del remolino de la Existencia.

Así pues, hasta el momento de nuestra centripetación por parte de la Existencia, que cada cual viva su ilusoria diferencia desde la inteligencia activa de su sistema de coordenadas de vida (en minúsculas) lo mejor que sepa y pueda, pues no somos más que el latido de la singularidad de la Vida (en mayúsculas).

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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano