lunes, 6 de febrero de 2017

Ante la Incertidumbre de la vida: Actitud, Adaptabilidad y Gestión Emocional

Que toda acción tiene una reacción de igual magnitud y dirección pero en sentido opuesta a la primera, como anunció Newton hace ya más de tres siglos, solo existe en una realidad constante y determinada propia de los libros de la física clásica. En nuestra realidad cotidiana multidimensional, propia de un mundo globalizado en la suma de microrealidades a velocidades diferentes que interactúan entre ellas sin consideraciones de espacio-tiempo, una acción puede tener una reacción de menor, igual o mayor magnitud y dirección y en cualquier sentido posible a la primera. En otras palabras, que si bien todo efecto tiene un causa, la dimensión de esta causa es, a todas luces, incierta frente a todo pronóstico. Y si no que se lo pregunten a los protagonistas de la caída del Muro de Berlín, a los sabios de la política de austeridad económica de la UE como fórmula anti-crisis, a los británicos con el juego electoral de mesa del Brexit, a las recientes elecciones norteamericanas y los mandatos ejecutivos de Trump, o al propio proceso del auge soberanista catalán en España. Un cúmulo de reacciones posibles inciertas frente a acciones muy concretas. Y es que, en un mundo complejo e impermanente con múltiples variables, la incertidumbre se impone (Un principio que los físicos ya conceptualizaron a principios del s.XX dentro de la lógica cuántica: Principio de Heisenberg).

Pero no nos vayamos a escalas socio-políticas o subatómicas, la incertidumbre determina nuestras vidas cotidianas con cada una de las acciones que realizamos en nuestras decisiones diarias (La vida es una continua decisión). A cada acción que protagonizamos, ya sea pasiva o activa, desde hacer una simple cosa u otra diferente en nuestra libre elección (ya sea en el seno de nuestra familia, con los amigos, o en lo que respecta a nuestro mundo profesional), desencadenamos un hilo de acontecimientos de reacción incierta que modifican nuestra realidad más inmediata para crear otra diferente en magnitud, dirección y sentido que determinan una nueva posición en nuestra vida presente. Y es así, a diferencia de otros posibles tiempos pasados más serenos y predecibles, porque el mundo de referencias del siglo XXI es volátilmente inconstante en su fugacidad de cambio y transformación, y complejo en su poliédrica estructura socio-económica.

Sí, es como si viviéramos en el interior de un juego de Tetris tridimensional o de un gran cubo de Rúbik cuyas piezas, que componen y determinan la forma de nuestra realidad, estuvieran en incesante movimiento. Y ante este hecho solo cabe la aceptación. Aceptar que el paradigma de vida que nos enseñaron (y no nos prepararon) en la escuela, y del que proceden nuestros padres, ha cambiado: De una previsión de vida certera hemos pasado a la experiencia de una vida incierta, donde las reglas de la lógica clásica ya no sirven y donde nada se puede dar ya por sentado. Una característica que los budistas denominan -y que toma mayor sentido si cabe en los tiempos actuales-, Principio de Impermanencia: nada es nunca siempre igual, todo está en continuo cambio y transformación. Un principio que solo los gurús del “Big Data” o de las “Machine learning” podrán controlar, y cuyo privilegio está claro (porque la información es poder) no es ni será accesible para el resto de los mortales.

Mientras tanto, para el resto de personas de a pié, queda claro que una mala gestión de la incertidumbre que genera la experiencia de la impermanencia en nuestra vida nos puede llevar a estados de ánimo agobiantes propios de un desequilibrio emocional. Pero bien gestionada podemos encontrar en la incertidumbre el redespertar de la curiosidad por observar, a veces con cierta diversión e incluso ilusión, cuál va a ser la siguiente novedad en nuestro impredecible mundo cambiante (lo que bien mirado, no nos va a permitir aburrirnos, haciendo de la vida misma una experiencia entretenida). Es por ello que más importante que el destino, al final donde debemos poner la atención de nuestra actitud vital es en la calidad personal de cómo afrontamos el viaje que, queramos o no, vamos a tener que recorrer en nuestra aventura singular e intransferible. Un viaje donde actitud, adaptabilidad y gestión emocional son elementos básicos para nuestro quid de supervivencia personal.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

A. Machado, 1875-1939



Nota 1: Sobre Actitud, Adaptabilidad y Gestión Emocional recomiendo los artículos recogidos en “Las Fórmulas de la Vida”, donde conceptualizo las unidades de conocimiento independientes de la materia de Desarrollo Competencial (Gestión de Habilidades)

Nota 2: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano