domingo, 15 de enero de 2017

Desde las Escuelas de Negocio, redefinamos el management desde el liderazgo ético

Sincronicidades de la vida, ayer por la noche veía en televisión un documental sobre los jóvenes líderes con éxito empresarial y el papel que juegan las escuelas de negocio (despertando mi interés como docente y ex CEO), donde se ponía de relevancia principalmente dos características claves para ser una persona exitosa a nivel profesional: tener una sed insaciable de ambición (que premia la consecución del objetivo del status por encima de cualquier otra consideración en la vida), y contar con una excelente red de relaciones VIP (que posibilitan las Business School de élite, donde los más privilegiados se relacionan solo entre los de su misma clase social -efecto burbuja-). [Ver programa tv].

Y esta mañana, de vuelta de la calle tras realizar unas pequeñas gestiones, me encuentro en el buzón de casa la nueva revista de la Hermandad del Monasterio Cistercense de Santa María de Poblet, donde el Dr. Francesc Torralba, catedrático de la Universitat Ramón Llull y hermano laico, publica un excelente artículo sobre el liderazgo benedictino como modelo de management extraportable, destacando tres cualidades claves: la ética, la ejemplaridad y la justicia distributiva.

Dos modelos contrapuestos entre sí: el primero propio de la filosofía imperante del Mercado, el segundo propio de la filosofía Humanista. Dos modelos que si bien hoy en día nos parecen antagónicos, no son en absoluto incompatibles.

Si bien las características de la ética, la ejemplaridad y la justicia distributiva ya lo he tratado con anterioridad y con otros términos en el artículo “La Fórmula del Liderazgo” -de la serie de unidades de conocimiento independientes del Desarrollo Competencial que expongo bajo la marca de “Las Fórmulas de la Vida”-, poniendo de manifiesto que el Liderazgo (L) es igual a la suma de los productos de la Autoridad Moral (AM) por la Inteligencia Emocional (IE) multiplicado por el Pensamiento Positivo (P+) y la Motivación (M), dividido por el factor de la Estrategia (E) y elevado todos ellos al valor del Bien Común (BC), creo interesante hacer una mención especial al principio de Justicia Distributiva del que se hace eco el modelo de liderazgo benedictino -que no deja de ser una herramienta de gestión del Bien Común-, y que tanta necesidad del mismo tiene nuestro maltrecho Estado de Bienestar Social.

El principio de Justicia Distributiva benedicino viene, ni más ni menos, de la Regla monacal que San Benito, patrón de Europa, escribió para los monjes de su Órden. Regla que los monjes-guerreros Templarios hicieron suya, adoptando asimismo el hábito de los cistercenses pero con la inclusión de la cruz roja de ocho puntas -que representan ocho beatitudes, entre ellas la de amar la Justicia (quinta beatitud)-, aunque este es otro tema. Un concepto y una práctica de Justicia que, a la luz de una lectura actualizada de la Regla Benedictina por parte del Dr. Torralba, representa “una de las virtudes claves a la hora de liderar una comunidad”, pues “el abad no puede hacer excepciones, pero, a la vez, no puede tratar homogeneamente lo que es diverso” “(..) La virtud de la justicia (distributiva) juega un papel decisivo en el desarrollo del liderazgo ético”.

Así pues, hecha la breve referencia contextual socio-histórica como apoyo pedagógico, entendemos que la Justicia Distributiva no es repartir todo entre todos en partes iguales (como clama el Comunismo), pero tampoco significa repartir o concentrar todo o la mayoría de ese todo entre solo unos pocos (como sufrimos hoy en día con el Capitalismo), sino encontrar el punto medio en relación a las necesidades y las virtudes existentes entre las personas que conformamos la diversidad. In medio virtus

¿Y cómo conseguimos ese punto medio que busca la Justicia Distributiva? Sin ética ni ejemplaridad, imposible. Pues la ética comporta “hacer” siempre velando por el bienestar (psicológico y físico) de la comunidad (que está formada por personas a título individual, cosa que a veces se nos olvida), pero no hay ética sin una ejemplaridad previa de quien o quienes la imparten (lo que hoy entendemos como autoridad moral). Es por ello que no existe Liderazgo Ético o Humanista sin la combinación indisociabe de las tres cualidades claves: ética, ejemplaridad y justicia distributiva. Y aunque no voy a entrar en el tema, porque debe explicarse bien en forma y contenido, la Regla monacal ofrece la clave para encontrar el justo equilibrio en la práctica de la Justicia Distributiva por parte de quien ostenta el liderazgo del bien común: la caridad (que podemos traducir laicamente como empatía, sentimiento que impulsa a las personas a solidarizarse con sus semejantes).

En este sentido, podemos entender que cualquier planteamiento de un Estado de Bienestar Social -que no es más que la redistribución equitativa de los recursos públicos-, será una quimera si no se imponen los valores del liderazgo ético, lo que implica una actitud ejemplar entre los legisladores (lo que antaño se denominaba “Visión de Estado”). Y no hay mejor manera de revalorizar en positivo el modelo social de liderazgo público, que revalorizando en positivo el modelo social de liderazgo privado -pues es el Mercado quien marca el paso de nuestros tiempos- a través de Facultades, Escuelas de Negocios y Centros Formativos de management varios. Es decir, el Bienestar Social pasa irremediablemente porque al Mercado le instauremos un alma humanista.

Si queremos un mundo cada vez mejor, debemos comenzar a redefinir el modelo de líder y éxito social. Junto a las aptitudes necesarias para alcanzar objetivos empresariales para ser competitivos, debemos introducir en el rol del management habilidades irrenunciables de responsabilidad social como es la práctica de la Justicia Distributiva, lo que nos permitirá trascender el impulso humano de la ambición del ámbito exclusivamente personal al ámbito colectivo. Fiat Lux!


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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano