martes, 14 de noviembre de 2017

Declaro mi condición de Filósofo Efímero

La Filosofía es efímera, porque la vida del hombre es efímera, y con ella sus pensamientos: el sistema racional vertebrador sobre el que se construye -mediante la metodología del análisis conceptual del conocimiento de la existencia humana- la misma Filosofía, es decir, nuestro saber no empírico.

Sí, toda Filosofía es pasajera, porque pasajero y cambiante es el hombre. Si no fuera así, la historia de la Filosofía de la humanidad no estaría sembrada de un reglero sinfín de pensadores que se suceden de manera continua, en muchos casos contradiciéndose, oponiéndose e imponiéndose entre sí a cada nueva generación. Axioma del cual podemos deducir dos proposiciones relevantes:

1.-No existe una verdad única, porque no existe un pensamiento único inalterable a la evolución humana como especie, ni a la evolución existencial del individuo a lo largo de su propia vida personal, siendo lo contrario ya no Filosofía sino Religión.

y, 2.-Si la Filosofía es la búsqueda de la sabiduría (etimológica y conceptualmente hablando), siendo la Filosofía alterable por efímera, no existe para la humanidad una sola, única y verdadera sabiduría.

De hecho, la sabiduría es una aptitud que adquiere el ser humano mediante la aplicación de la inteligencia sobre la experiencia propia (inteligencia sin experiencia solo es conocimiento, ya sea éste certero o no), por lo que nos hayamos frente a dos grandes determinismos: la capacidad cognitiva de la persona y el condicionante ambiental donde se enmarca el desarrollo de dicha experiencia. De ahí, por ejemplo, que la sabiduría sobre la moral de Kant (filósofo alemán del XVIII) difiera de la sabiduría de la moral de Nietzsche (filósofo alemán del XIX). Divergencias de sabiduría que no solo vienen marcadas por contextos históricos diferentes, sino también geoculturales y de clases sociales, sin olvidar los psicológicos que son propios de la capacidad íntima de descodificar y gestionar la realidad más inmediata por parte de una persona.

Así pues, ¿cuál es la Filosofía correcta?. Aquí ya debemos de hacer una doble distinción: a nivel individual, aquella que le sirva a la persona para dar sentido a su propia existencia; mientras que a nivel social, aquella que sirva a una colectividad humana para desarrollarse óptimamente como estructura orgánica organizada mediante unas reglas comunes consensuadas. Una doble dimensión de la Filosofía que puede generar una situación de alineación o desalineación entre la Filosofía individual y la social, estadios potencialmente posibles no solo como consecuencia directa de la capacidad de libre pensamiento de las personas a título individual (a pesar de los tiempos de escaso pensamiento crítico que corren), sino también del continuo y vertiginoso cambio y transformación que protagoniza la sociedad contemporánea. Escenarios posibles que en el caso de una desalineación entre Filosofía individual y social viene resuelto por la relación de niveles de poder entre ambos (cuyo objeto de reflexión se merece un apunte a parte).

Sí, la Filosofía, por ser una creación humana, es efímera por naturaleza. Por lo que en el día de hoy, y con plenas facultades mentales, me reivindico y declaro como Filósofo Efímero. Y desde mi impermanencia condicionada a mi contexto existencial (el pequeño teatro de mi vida donde a veces, más que de actor principal, me da la sensación de interpretar un papel secundario como extra), reflexiono sobre los divinos y mundanos misterios de la existencia humana con intensa efimirez. Pues efímeros e intensos son mis pensamientos plasmados en efímeras e intensas líneas reflexivas como estas. De la efimirez existencial provengo, y tras esforzarme por sentirme vivo, a la efimirez de la existencia regresaré. Pulvis es et in puverum reverteris


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viernes, 10 de noviembre de 2017

Intramuros, un espacio de paz interior donde no sobra ni falta una sola palabra

Monjes benedictinos de Poblet. Fuente: losviajeros.com
¿Te imaginas un lugar donde no existan los murmullos, los chismorreos, las habladurías, las quejas, las críticas, las descalificaciones, las salidas de tono, los insultos, o las conversaciones banales e insulsas? ¿Te imaginas un lugar donde no sobre ni falte ni una sola coma ni una sola palabra, y en donde todo aquello que se dice tiene un sentido práctico y un propósito trascendental de mejora personal? Pues por imposible que parezca, ese lugar existe en los Intramuros del Monasterio de Poblet, donde el voto de silencio impera como ley generosa, y donde las personas -de vocación monacal benedictina- solo abren la boca para pronunciar, con sus tiempos y sus pausas marcadas, un número concreto de palabras justas y precisas que emanan de los libros santos. Aunque, para ser precisos, más que leer cantan, convirtiendo el diálogo en una bella y armoniosa conversación a la luz de la métrica musical gregoriana, cuya elegancia, sutileza y amor por los detalles de la ejecución de sus actos nada tiene que envidiar a los admirados ceremoniales japoneses.

Conciencia como aptitud y Presencia como actitud

Así es, en los Intramuros de Poblet no falta ni sobra una sola palabra, pues prácticamente solo se pronuncia vocablo para rezar, estando la persona plenamente focalizada en el sentido e intencionalidad de sus palabras, que más allá de transmitir, decretan. Es pues que la persona se haya en plena conciencia de la palabra a articular (no en vano el Verbo se hizo carne), que transmitida a través de las diversas ondas de frecuencia que permite el canto monofónico gregoriano, ejercen un efecto sanador -racional, emocional y espiritual- tanto para quien la transmite como para aquel que la recibe, y todo ello en el entorno de una bella arquitectura milenaria diseñada maestralmente para la trascendencia del hombre.

Pero toda aptitud de conciencia requiere de una actitud de presencia, pues solo desde el presente se puede ser consciente de algo. Y ese estado ambiental de anclaje continuo en el aquí y el ahora se convierte en categoría de naturaleza en los Intramuros del Monasterio, como realidad antagónica a la sociedad contemporánea consumista-compulsiva de futuros inminentes, mediante la integración de tres dimensiones clave:

1.-El Imperio del Silencio
Que hace de los Intramuros una campana de cristal al vacío de ruido, creando un espacio íntimo de reposo y serenidad para la persona.

2.-El Imperio de las Campanas
Que hace del Silencio oración y reflexión sobre el instante presente, marcando la secuencia de quehaceres en un día de trabajo pautado.

3.-El Imperio de la Naturaleza
Que hace del Silencio y de las Campanas elementos naturales de la vida, alineando nuevamente al hombre con el ritmo sanador de los ciclos de las estaciones.

Paz interior: Silencio, Sencillez y Orden

Es cierto, como reza el refranero español, que el hábito (entiéndase como vestidura) no hace al monje, pero no es menos cierto que un entorno apropiado resulta imprescindible. Puesto que no hay hábito (entiéndase aquí como conducta integrada en el comportamiento de una persona), sin disciplina, ni disciplina sin voluntad, y toda voluntad humana necesita de la ayuda inestimable de un entorno óptimo y adecuado. De hecho, un joven monje leída, a la tenue luz de una pequeña lamparita de atril en la Sala Capitular en penumbra, que según el padre impulsor de la orden benedictina del Císter, San Bernardo de Claraval, uno de los objetivos principales de la vida monacal es hayar la paz interior, para la cual es fundamental llevar una vida sencilla y ordenada. Un mensaje que otro fraile lector subrayaba -desde su púlpito elevado en el Refectorio mientras comíamos en silencio-, invitando a la búsqueda de la paz interior mediante la práctica de la conciencia del momento presente y la simplicidad de la vida como filosofía proclamada por los Monjes del Desierto (anacoretas de los primeros cristianos del siglo IV), cuya influencia y línea de pensamiento de la época es equiparable -aunque nada envidiable- a gurús de la actualidad más comerciales como Eckhart Tolle con “El Poder del Ahora” o Deepak Chopra con “La Paz es el Camino”, entre otras obras.

En un mundo hiperactivo e hiperconectado las 24 horas del día, produciendo un ruido ambiental de fondo (sonoro y de pensamiento) en nuestras vidas cotidianas que enajena al más centrado y crispa al más sereno, la existencia de una realidad paralela a la nuestra en los Intramuros de los monasterios es un lujo por pocos valorado por desconocimiento de causa. Es por ello que entrar en el espacio de los Intramuros puede llegar a producir efectos secundarios como la potencial tentación de no quererse marchar, pues pasado el periodo de mono (síndrome de abstinencia) de la adicción propia a las distracciones varias del estresante mundanal ruido, la vida monacal acaba gustando hasta el punto de no (querer) necesitar nada más que el ambiente ordenado de paz y trascendencia en las pequeñas y sencillas cosas que te ofrece el lugar. Sí, uno tiene la tentación de quedarse, pero como bien apuntó el fraile en el Refectorio: la tentación es el don de la posibilidad, por lo que la pregunta no es tanto si queremos quedarnos en los Intramuros, sino si tenemos la posibilidad de hacerlo (cada cual a examen de conciencia de sus circunstancias personales). Para aquellos que optamos por regresar a los extramuros de donde procedemos, nos llevamos un preciado regalo como herramienta de desarrollo personal en un mundo vertiginoso, muchas veces delirante, en continuo cambio y transformación: para alcanzar una existencia en un estado lo más cercano a la paz interior necesitamos integrar una vida con mayor silencio (para descansar y tener espacio con nosotros mismos), una vida con mayor sencillez y simplicidad (para liberarnos de cargas perturbadoras muchas de ellas autoimpuestas e innecesarias), y una vida lo más ordenada posible (para sentirnos seguros y tranquilos, y rentabilizar nuestro tiempo y energías). A partir de aquí, como reza la máxima benedictina, ora et labora.

Nihil novum sub sole
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lunes, 6 de noviembre de 2017

Reivindico el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal

Frida Kahlo se inmortalizó en diversos autorretratos
Desde el momento que el hombre como individuo tiene conciencia de su Yo frente al no-Yo (los otros), surge el ego. Pues el ego no es más que la manifestación de la mismidad, de la conciencia de una identidad personal, íntima e intransferible de la existencia continua de la personalidad a lo largo de la vida de un individuo, con independencia de los cambios fisiológicos y psicológicos que se experimenten. Por tanto, se puede afirmar sin rubor alguno que el ego forma parte del instinto básico de identidad y supervivencia del hombre como ser vivo.

Mucho se ha demonizado sobre el ego en estos últimos tiempos por influencia del pensamiento new age de claras reminiscencias orientales, equiparando el ego a una individualismo perjudicial tanto para la persona en sí misma como para su entorno, y hay que remarcar que el ego no es peyorativo per se, ya que no es ni más ni menos que el Yo concebido y reconocido por nuestra propia introspección directa como seres sintientes y racionales. A partir de aquí, cualquier extremo no es bueno. Y a extremos me refiero tanto a un ego hedonista que solo busca satisfacer su felicidad personal por encima de los demás, comportamiento que calificamos como egoísmo e individualismo en sentido negativo, como a un ego que reniega o busca la anulación de su conciencia de identidad personal en pos de participar de una identidad mental colectiva que le trasciende como individuo. El primer extremo del ego está claro que es contrario a los fundamentos de una sociedad humanista, mientras que el segundo extremo del ego puede ir en contra del propio instinto básico que por ser de identidad personal es, a su vez, de supervivencia individual.

De hecho, todo instinto de supervivencia, que en filosofía se conceptualiza como conato, no es solo un esfuerzo del individuo hacia la autoconservación, sino que parafraseando a Spinoza es el esfuerzo de un individuo en perseverar en su ser. Pero no en un ser como manifestación de una entelequia de uno mismo, sino que dicho esfuerzo de perseverancia de la conciencia de un Yo singular va íntimamente unido -y por tanto estructurado- a sus propio mundo emocional, como ya apuntó Aristóteles hace más de dos milenios. Por lo que el ego, como instinto básico de sentido de existencia y supervivencia es por esencia de naturaleza compleja, pues ya sabemos que el universo de las emociones y sentimientos del ser humano viene condicionado por determinismos biológicos (herencia genética), ambientales (entorno de desarrollo) y psicológicos (capacidad personal de descodificar y gestionar la realidad más inmediata), por lo que el concepto de ego -con independencia de ser un instinto- está relacionado tanto con la consciencia como con la cognición.

Sí, el ego es un instinto básico del ser humano, y como instinto posee una finalidad adaptativa, pero además al estar conectado con la conciencia puede ser observado y reculturalizado por ésta. Lo cual no significa que el ego en si mismo -como idea mal preconcebida- sea una cualidad negativa de la persona, sino una característica esencial del individuo como ser cognitivo que reafirma su existencia en el mundo. Es por ello que en estos tiempos en los que impera la filosofía del buenismo y del relativismo, fruto de una mal integrada espiritualidad unificadora bajo el mantra “todos somos uno”, cabe revindicar el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal a la luz del humanismo que prioriza los derechos y cualidades esenciales del ser humano.

Sí, por tanto que tengo ego, yo soy, más allá que mi ego sea una sustancia o una subjetividad de mi consciencia, tratados de filosofía a parte. Y con independencia que junto con mi ego pueda coexistir un alter ego. Puesto que sin ego, ¿qué soy yo?: no más que una gota de agua insustancial en la linea del horizonte del océano. Por lo que desde mi ego, me declaro defensor de mi singularidad frente al mundo (los no-Yo); aunque eso sí, sin soberbia, pero tampoco sin sumisión. Vivo, ergo sum!


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La realidad humana es plástica a cada nueva elección

La realidad creada por el hombre, que difiere de la realidad en sí misma (pues existe independientemente al hombre) y de la realidad observada por el hombre (aquella percibida por el hombre bajo el tamiz de sus determinismos biológicos, ambientales y psicológicos), es de naturaleza plástica. Es decir, que es susceptible de moldearse y, por tanto, de cambiar de forma y contenido, siendo el hombre con sus acciones quien la reconfigura permanentemente.

Las acciones que dan forma y contenido a la realidad creada por el hombre pueden ser, indistintamente, lógicas o ilógicas, conscientes e inconscientes, impulsivas o reflexivas, ordenadas o caóticas, constructivas o destructivas, de ámbito de influencia personal o de ámbito de influencia social, pero en todo caso son el resultado de un efecto a una causa previa (ya sea exógena o endógena). Y este proceso de causalidad viene motivado por el principio de constrastes entre el hombre como individuo o el hombre masa que participa de una mente colectiva, y el resto de hombres a nivel individual o a escala colectiva. El principio de contrastes, como fuente motriz de toda causalidad, no solo pone en relieve la diferencia entre dos parámetros espacio-temporales humanos distintos, sino que forma parte de la naturaleza misma del hombre en su imperiosa necesidad por reafirmar una identidad propia y diferenciada frente al resto (La conciencia de un Yo diferenciado de los Otros: el ego). Una cualidad que, más allá de cualquier discernimiento intelectual, es una manifestación del instinto básico de supervivencia del ser humano en su reivindicación por vivir y defender el derecho a su propia existencia. Y como de conceptos de existencia existen tantos como gustos y colores existen y personas respiran, he aquí el encuentro pacífico (por acomodativo, evitativo o colaborativo) o el desencuentro violento (por competitivo e impositivo) entre realidades creadas por el hombre.

No obstante, si bien son las acciones de los hombres quienes dan forma y contenido a la realidad humana (en una decisión constante y continua frente a las múltiples variables que presenta la vida a cada instante), mediante un proceso de causa-efecto fundamentado sobre el principio de contrastes como manifestación del instinto básico de consciencia existencial individual del ser humano, en medio de ese enjambre de polielecciones de historias posibles que marcan caminos con múltiples variables se puede observar que la realidad creada por el hombre tiene un patrón bien definido: el movimiento pendular. Entendiendo éste movimiento como la acción mecánica de alternar la polaridad de la realidad humana creada. Es decir, de una realidad humana caótica se pasa a una ordenada y, tras un período determinado de tiempo, a la inversa en un proceso de continua rotación. Y así sucede lo mismo con una realidad lógica/ilógica, constructiva/destructiva, pacífica/violenta, etc.

Pero si bien es cierto que la realidad creada por el hombre es de naturaleza plástica, por las acciones de éste, con un comportamiento pendular entre sus opuestos, dicho movimiento de la realidad humana pivota sobre un eje gravitacional impertérrito: la moral. Es pues la moral el punto de posición de referencia en relación a los diferentes polos opuestos en constante expansión y contracción de la realidad humana. Entendiendo la moral como el valor humanista universal que define, por encima de determinismos culturales, qué es el bien y el mal y dónde se sitúa su franja divisoria.

Sí, la realidad del hombre, y con él la realidad del conjunto de la sociedad, es fruto del efecto de sus acciones incluso en el momento anterior al de la causa que lo genera. Y muchas veces el hombre, en su ilusorio libre albedrío, no va sino que sus acciones reactivas le empujan hacia senderos inimaginables donde la realidad ordenada se puede llegar a transmutar en caótica (ya sea a nivel individual o social). Es entonces que es necesario volver la mirada al punto gravitacional de la realidad humana, la moral, para tomar conciencia de las acciones a tomar en un futuro inminente que, como causas de una nueva cadena de efectos, redefinan una mejor y actualizada realidad. El problema, así como la solución, se haya en la siguiente elección.


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sábado, 28 de octubre de 2017

27-10: La Enajenación Colectiva al Poder. Proceso, estado y tipos de alienados

Ayer hacía un caluroso día primaveral, me decía para mi mismo mientras el sol del mediodía entraba por la ventana del tren al paso de un paisaje costero y mediterráneo. Nada resultaba extraño, salvo que ayer era pleno otoño y que el Parlamento de Cataluña estaba proclamando la independencia del resto de España como un Estado soberano propio más. Sentimientos de congoja, desazón y zozobra a parte -no lo voy a negar-, me resulta curioso el observar el nivel de enajenación colectiva al que se ha llegado hasta el punto de generar una crisis política de dimensiones históricas, materia digna para esta pequeña reflexión.

La enajenación no es más que la pérdida, transitoria o permanente, de la Razón. Y como ya he desarrollado en artículos anteriores, de los tres principios fundamentales de la Lógica que caracterizan La Razón, el principal (del que se derivan los otros dos) es el Principio de No Contradicción, del que a su vez se desprende el Principio de Realidad. Así pues, la enajenación, ya sea individual o colectiva, podemos definirla como una patología mental de la idealización de un concepto, un sujeto o una situación. Por lo que toda enajenación solo es perceptible por un observador externo, en tanto que la persona individual o colectiva enajenada en su pensamiento desconoce su estado de enajenación.

De hecho, la enajenación -que propiamente es una terminología de origen jurídico-, en Filosofía se desarrolla bajo el concepto de la alienación y es sinónimo de enfermedad mental para pensadores de la talla de Foucault (filósofo y teórico social francés), caracterización que encuentra sus primeras referencias en el Contrato Social de Rousseau como consecuencia de las contradicciones sociales (aunque este es otro tema). Reflexión que posteriormente desarrollan otros pensadores.

Características de la Alienación Social

Enajenaciones individuales a parte, lo que personalmente me interesa es el proceso y estado de la alienación social que vivimos en estos días políticamente convulsos en Cataluña. Sin intención de escribir ningún tratado, considero que el proceso de la alineación social se produce por dos factores básicos bien definidos:

1.-La falta de pensamiento crítico-reflexivo por parte de la ciudadanía, la cual es proclive a consumir pensamientos paquetizados por terceros, y con mayor predisposición si cabe si éstos conllevan una alta carga emocional (aunque sean contrarios a la Razón). Puesto que nos encontramos en una sociedad de consumo y de confort, y los pensamientos de otros también los consumimos haciéndolos como propios desde la comodidad que representa no tener que hacer el esfuerzo de pensar por nosotros mismos.

Y, 2.-La voluntad de una fuerza alienante ajena, que siempre se impone desde una posición de poder (con mayor o menor manipulación o adoctrinamiento, ya sea express o a fuego lento), de controlar y dirigir la mente colectiva.

Dos factores que en perfecta combinación letal (para el libre albedrío individual) provocan un estado de alienación social definido por las siguientes características sociológicas;

1.-La persona está inmersa en un sistema de pensamiento colectivo que le impide pensar libremente con plenas facultades lógico-críticas.

2.-La persona integra un discurso ajeno que piensa por él, decide por él, define y da sentido a su propia identidad del yo más íntimo en una reafirmación personal dentro de un colectivo, y le impone sus ideales y consecuente escala de valores sociales en nombre de una “buena causa”.

3.-La persona atribuye a la fuerza alienante el poder de dirimir la Verdad sobre la “buena causa” y a establecer la lectura “correcta” de los acontecimientos que se desarrollan en la realidad, por lo que la persona reniega de cualquier interpretación personal de la realidad a favor del “buen discernimiento” de la fuerza alienante. Es decir, la persona evita pensar en la realidad, atribuyendo el valor de la certeza de la misma al relato de la fuerza alienadora.

Diferentes personas tipo enajenadas en estado de Alienación Social

Pero dentro del estado de alienación social, dependiendo del grado de enajenación personal, encontramos diferentes perfiles de personas en un simple análisis de observación del efecto secesionista:

1.-Personas Alienantes
Son aquellas que ostentan la fuerza alienadora y que conscientemente buscan la captación de personas alienadas para el buen desarrollo de su causa, con independencia que a su vez cumplan alguno de los requisitos del resto de personas tipo enajenadas.

2.-Personas Alienadas
Son aquellas que sustituyen la realidad vivida por el argumento, discurso o relato de las personas alienantes.

3.-Personas con Psicosis (que no psicóticas)
Son aquellas personas alienadas que sustituyen la realidad por una fantasía, con la consecuente pérdida temporal o permanente de contacto con la realidad objetiva (Principio de Realidad). Estas personas pueden exhibir cambios de personalidad, cambios de conducta social, etc.

y, 4.-Personas con Delirio
Son aquellas personas alienadas que viven con una profunda convicción de una creencia a pesar de que la evidencia demuestra lo contrario, a las que podríamos catalogar como fundamentalistas de la causa.

Si bien el grupo de las Personas Alienantes son los actores políticos y sociales de primera división, y las Personas Alienadas su círculo orbital más cercano que por intereses económico-políticos se hacen adeptos al nuevo régimen (los nuevos reconvertidos independentistas de generación 2.0), frente a las Personas con Delirio (grupo minoritario que siempre ha existido en el núcleo duro del independentismo republicano catalán, de pesadas mochilas emocionales histórico-familiares a sus espaldas), el grueso de la alienación social está en las Personas con Psicosis que si bien se han creído la idea de la Arcadia épica catalana en sustitución de la realidad -en gran medida por una falta de cultura general, por no denominarlo analfabetismo político, jurídico y económico- son susceptibles de despertar de su estado de alienación o zombificación por medio de la catarsis natural del propio Principio de Realidad, es decir, de la fuerza de la evidencia de los acontecimientos.

Toda alienación colectiva (fruto de la suma de enajenaciones individuales) es negativa, ya que supone la pérdida de las facultades de razonamiento crítico de las personas para convertirse en una mente colmena, tierra de cultivo para cualquier tipo de organización social fuera de la ortodoxia de una Democracia moderna europea. Y si algo caracteriza la Democracia es que está fundamentada por el pensamiento lógico-crítico. No en vano, fueron filósofos, los maestros de la Lógica y de la Razón crítica, quienes la concibieron. Fiat Lux!



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domingo, 22 de octubre de 2017

La Política Independentista es una falacia frente la Política Económica de Mercado

La política ideológica solo es posible cuando no entra en conflicto con la Política Económica, es por ello que el Independentismo, en plena era del Mercado global, nace muerto desde el instante incluso anterior a su concepción. Puesto que la Política de los sistemas democráticos modernos pivota sobre un eje vertebrador: el Estado de Bienestar, el cual es consustancialmente un sistema económico que busca un beneficio social para el conjunto de sus ciudadanos. En otras palabras, la Economía determina al Estado de Bienestar Social y, por ende, a los principios rectores de un buen Gobierno, como diría Aristóteles.

Es por ello que todo postulado político, como el Independentismo, si bien puede plantearse inicialmente como un conjunto de elementos, propiedades, funciones, relaciones y proposiciones ideológicas no demostradas a priori, al final deben someterse a la fuerza de la lógica formal, es decir, a la lógica social aplicada, que debe demostrar la veracidad del postulado inicial. Un examen de juicio de valores y factores donde el determinismo económico, en nuestra era contemporánea, representa una variable clave y esencial para la validez de dicho postulado político. En caso contrario, nos encontraríamos frente a un postulado político ilógico por irrealizable.

¿Se puede considerar, por tanto, buenos gobernantes a aquellos que aún conscientes de que su postulado político no es válido ni veraz en un Estado de Bienestar Social prosiguen en su empeño?. A todas luces, no.

Uno de los grandes errores del postulado político independentista es, justamente, su planteamiento de partida, ya que un determinado postulado es independiente en cualquier rama del saber si no puede demostrarse como consecuencia de los demás. Un axioma que si bien podía tener validez en el siglo XIX, es inconcebible -razones históricas a parte-, en un mercado político-económico común y global interconectado como es el siglo XXI.

Los verificadores de la Razón y el Principio de Realidad

La validación de todo postulado, ya sea político o no, viene dado por el contraste empírico de dos verificadores: la Razón, cuyas reglas define la Lógica y cuya naturaleza se caracteriza por el Principio de No Contradicción (temática que ya desarrollé en el artículo “El dilema filosófico de Cataluña: ¿Quién tiene razón y cómo afrontar la sinrazón?”); y el Principio de Realidad, cuya realidad objetiva con la que construimos una evidencia como sociedad -en este caso política y jurídica- nos permite afirmar que algo es verdadero frente a otras opciones consideradas como falsas (temática que ya desarrollé, a su vez, en el artículo “Cataluña independiente o la gestión de la frustración social ante el principio de la realidad”).

La Ética como acción justa correcta

Sea como fuera, aun siendo el postulado político independentista irrealizable por entrar en confrontación directa con el determinismo económico de un Estado de Bienestar Social, e invalidado por la Lógica de la Razón y el Principio de Realidad en el marco de un Estado de Derecho democrático, ¿podríamos considerarlo como un movimiento socialmente ético?. La respuesta también es nuevamente negativa, ya que la Ética determina cuando una acción es correcta y cuando no lo es. Y el postulado independentista, tanto desde un punto de vista político, como jurídico y social es incorrecto, tal y como ya desarrollé en el artículo “La Ética de la legitimidad democrática del Gobierno catalán no es correcta ni aplicable”.

Apología al empobrecimiento económico

Así pues, si en una sociedad compleja como la actual no existen políticas ideológicas posibles sino políticas económicas viables -sobre la premisa que cualquier sociedad moderna no desea renunciar a los beneficios de los derechos sociales que garantizan el buen desarrollo de la vida de sus ciudadanos a título individual-, toda política, como el Independentismo, que vaya en sentido contrario solo puede considerarse como antisistema. No obstante, es cierto que el actual sistema económico y social de mercado, que configura las Democracias modernas, es altamente susceptible de grandes mejoras aun por desarrollar, pero no es menos cierto que aun con sus defectos representa el mejor de los sistemas de organización socio-política desarrollado por el ser humano a lo largo de la Historia. Por lo que cualquier posición antisistema no es solo irresponsable, sino retrógrada y moralmente censurable a nivel social. (Temática que ya desarrollé de manera más amplia en el artículo “Pulso de la república catalana: cuando la política abandona la economía”).

La apología al empobrecimiento social en favor de un sentimiento identitario nacional (más o menos ficticio), del que triste y pasmadamente estamos siendo espectadores en múltiples escenarios independentistas con formato de cabaret de salón (que posteriormente se promocionan a través de vídeos en las redes sociales), más allá de ser fruto ya no de un analfabetismo cultural grave sino de una patología antidemocrática preocupante, aun sin ser una figura contemplada en nuestro ordenamiento jurídico debería ser objeto de penalización económica. A aquellos políticos, agentes sociales y ciudadanos que activamente han sido actores o colaboradores necesarios en el actual empobrecimiento real, con indudables efectos a futuro, de la economía productiva y del mercado laboral catalán deberían rendir cuentas de responsabilidad civil al conjunto de la sociedad catalana y del resto de España. Que la irresponsabilidad enajenada de unos en detrimento del Bienestar Social de todos, estado sacrosanto de una Democracia moderna, no quede impune. Y que el delirio romántico de Independencia por parte de una comunidad de cualquier Estado democrático en un mercado económico-político moderno común, como es la zona euro del siglo XXI, quede relegado al lugar natural que le corresponde: los libros de historia, engrosando así el temario destinado a otros tantos sistemas de organización política fallidos de la humanidad. Pues no hay más política factible, desde el ejercicio de la Ética Política del Bien Común, que la que se ajusta a la Razón y al Principio de Realidad del conjunto de la sociedad democrática en un sistema económico de Mercado.

En resumidas cuentas: El postulado político de la independencia, en plena Cuarta Era de la Revolución Industrial, es una falacia. Se puede decir más alto, pero no más claro. Fiat Lux!



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jueves, 12 de octubre de 2017

Diálogo, el nuevo eufemismo de la negociación catalana y su solución Harvardiana

Si algún término está cogiendo relevancia en el desarrollo de los acontecimientos de la crisis institucional española como efecto de la República Independiente de Cataluña declarada y autosuspendida, es justamente el diálogo. Un llamamiento al diálogo entre el Gobierno de España y el Govern de la Generalitat de Cataluña que se reclama tanto desde dentro como fuera del territorio español. No obstante, si bien el diálogo es conceptualmente un intercambio de información y conocimiento entre dos o más partes, el significado de diálogo tanto para el ámbito social como para las instituciones internacionales no es otro que el de la búsqueda de una solución al problema. Significado que, en cambio, difiere sustancialmente en el ámbito político donde diálogo no es más que un eufemismo de negociación política. Y aquí ya la acción ejecutiva de diálogo se complica un poco más, pues no es lo mismo mantener un diálogo amable, tensado o agresivo, que tener que negociar sobre algo.

Diálgo como diálogo

Desde la perspectiva básica de diálogo como acción de encuentro de dos partes para hallar una solución a un problema común, cabe apuntar que existen dos principios fundamentales del diálogo en general y político en particular que son altamente relevantes:

1.-En primer lugar, la definción del tema a dialogar.
Un punto nada baladí en el caso que nos ocupa del conflicto entre Gobierno Central y Generalitat de Cataluña, ya que la premisa de dialogar sobre un posible proceso de independencia de Cataluña del resto de España es un escollo, a día de hoy, insalvable para las partes. Para la una, porque no tiene competencias constitucionales para poder asumir el papel de interlocutor válido (Gobierno Central); y para la otra, porque no desea renunciar a su firme voluntad de convertirse en un Estado propio (Generalitat de Cataluña). Como decía el expresidente español, Adolfo Suárez: “El diálogo es, sin duda, el instrumento válido para todo acuerdo, pero en él hay una regla de oro que no se puede conculcar: no se debe pedir ni se puede ofrecer lo que no se puede entregar porque, en esa entrega, se juega la propia existencia de los interlocutores”. Un punto muerto de desencuentro que tan solo puede desbloquearse mediante la búsqueda de la definición de un tema alternativo para el diálogo político.

2.-Y en segundo lugar, la definición de los interlocutores y los procedimientos válidos para dialogar
Ya que si mucho se ha mencionado en los últimos días de la mediación de terceros, en cualquier Estado moderno europeo el diálogo político es el mecanismo básico de la Democracia Parlamentaria, la cual determina cuáles son los interlocutores emanados por normativa del poder del pueblo, que es soberano, y los procedimientos reglados para la validación de dicho diálogo político en un sistema parlamentario (lo que comporta establecer el diálogo dentro del marco de la Ley). Cualquier tipo de fórmula alternativa más o menos creativa de diálogo político sobre la base expuesta, al final deberá someterse a la ortodoxia de ésta dentro de un Estado de Derecho democrático. De ahí la relevancia del requerimiento del Gobierno Central a la Generalitat de Cataluña de que regrese al escenario normativo constitucional, pues fuera de él todo diálogo político y sus posibles interlocutores tienen la misma validez que una tertulia de barra de bar.

Diálogo como negociación

Mientras que desde la perspectiva del diálogo político, ya desde un planteamiento realista y pragmático, es decir, como negociación entre dos posturas políticas ya no diferentes, sino incluso antagónicas, es de suma importancia saber definir el modelo adecuado de negociación. Y aquí debemos remitirnos a la metodología de negociación y gestión de conflictos avalada internacionalmente como es el modelo de Harvard (ampliamente conocido en el ámbito del management). Un estilo de negociación no competitivo, sino de carácter colaborativo (win to win), que otorga un alto nivel de importancia tanto a la relación entre las partes, como al resultado que se obtiene de la negociación, y que se basa en siete principios rectores:

1.-Principio de Alternativa
Es la posibilidad de efectuar una negociación diferente a la que se plantea realizar, lo que solventaría el problema de la definición del tema a dialogar que hemos expuesto con anterioridad.

2.-Principio de Intereses
Representa ir más allá de la exploración de la negociación, lo que significa entender las motivaciones reales del interlocutor. Una clara asignatura pendiente del Estado por dejación de funciones tutelarias en su implicación socio-política con respecto a la realidad social catalana en los últimos años (Como español-catalán, doy fe).

3.-Principio de Opciones
Tras comprender y entender los intereses reales del interlocutor (¿cuál es la motivación verdadera?), cabe formularse opciones que sean de mutuo beneficio para las partes.

4.-Principio de Legitimidad
La legitimidad no solo tiene que ser procedimental, e incluso legal (que se da por hecho), sino que las soluciones que se planteen deben pasar por la evaluación de saber si son legítimas socialmente, puesto que el problema de desafección de una importante parte de la población catalana con el Estado es de carácter político-social. Si la solución es legítima legalmente, pero no para la percepción social, no vamos a ninguna parte.

5.-Principio de Relación
La relación es un factor clave que siempre está en constante riesgo en toda negociación, por lo que se requiere no solo de una especial atención por ambas partes, sino también del cuidado de manera importante de los gestos y las formas durante todo el proceso del diálogo político. Un gesto vale más que mil palabras.

6.-Principio de Compromiso
La toma de posición de un compromiso real y firme por parte de las partes para la viabilidad y seguridad del acuerdo alcanzado es fundamental para el éxito futuro de la negociación. El compromiso no solo debe ser real, sino también creíble y viable a escala social.

Y, 7.-Principio de Comunicación
No solo hay que creerse buenos comunicadores en una negociación, sino que se debe verificar la efectividad de dicha comunicación tanto con los interlocutores, como con el resto de la ciudadanía, ya que todo diálogo político tiene una clara dimensión social, y aún más si cabe en el caso concreto del conflicto secesionista catalán.

Una vez vista la propuesta del modelo harvardiano como apunte de negociación colaborativa (pues en las democracias del siglo XXI la imposición tiene las patas cortas), en el imprescindible diálogo político de Estado que requiere la situación debe pedirse a nuestros políticos que afronten toda negociación con altura de miras y con la consciente capacidad de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene (como diría Churchill), para el bien del conjunto de la sociedad. Un diálogo político que solo va ha ser factible, en la actual encrucijada histórica por la que pasa nuestra Democracia, a la luz de un actualizado espíritu de concordia del 78. Si el hombre es un animal político, como decía el maestro Aristóteles, y la política es el arte de hacer posible lo necesario, como apuntaba el filósofo germano Leibniz, la solución al conflicto catalán que está generando fractura social y desestabilidad económica está (tengamos fe) asegurada. Fiat Lux!

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miércoles, 11 de octubre de 2017

Pulso de la república catalana: cuando la política abandona la economía

Más allá del proceso kafkiano en el que se haya inmerso el pulso de la república catalana, lo cierto es que la situación ha generado un efecto que, al menos desde el análisis filosófico, es interesante de observar: el abandono de la economía por parte de la política. ¿Puede la política desarrollarse al margen de la economía? ¿Puede la economía prescindir de la política? ¿La divisibilidad del tándem política-economía es viable, responsable e incluso moral socialmente?.

Si entendemos que la política es la ciencia que trata de la organización de los bienes sociales, de la res publica, queda en evidencia que no hay organización posible de la actividad pública sin el instrumento de la economía, ya que ésta es la ciencia social en que las sociedades -y con ellas las personas-, sobrevivimos, prosperamos y funcionamos. O como decía Aristóteles: la economía es la ciencia que se ocupa de la manera en que se administran unos recursos o el empleo de los recursos existentes con el fin de satisfacer las necesidades que tienen las personas y las sociedades.

Así pues, podemos afirmar metafóricamente que en un estado democrático -dentro de la ortodoxia occidental- la política y la economía es como una biga (carreta romana tirada por dos caballos) que dirige un auriga (jinete) elegido por sufragio universal. En otras palabras, no hay política sin economía (ni economía sin política, aunque este punto merece una reflexión a parte en un contexto global), en un estado democrático de corte europeo, ya que nuestras Democracias se fundamentan sobre uno de los grandes hitos conseguidos por la humanidad: el Estado de Bienestar Social. Es decir, los derechos adquiridos como ciudadanos al libre acceso a los servicios sociales, los servicios sanitarios, los servicios educativos y las pensiones u otras prestaciones económicas de garantía de ingresos para la subsistencia, requieren de una financiación previa. Y para ello se requiere de la Economía (productiva, generada por el sector privado), sin la cual la Política no puede gestionar los recursos públicos para beneficio del conjunto de la sociedad.

Llegados a este punto, si hay Política sin Economía, podemos afirmar que el abandono de la Economía por parte de la Política que gestiona el proceso de la recién declarada y autosuspendida república catalana no es ni viable ni responsable a nivel social. Solo hay que observar el impacto negativo que el proceso secesionista está registrando, en el momento incluso anterior a su culminación, en los datos objetivos de los indicadores micro y macro económicos catalanes.

Como apuntaba ayer (día de la declaración de la república catalana) en tono un poco jocoso en las redes sociales, proyectando sobre una parte un mensaje crítico incisivo para el conjunto implicado, con el objetivo de poner en evidencia lo absurdo de la situación, publiqué la siguiente simulación de anuncio oficial: “Requerimiento a los payeses independentistas que en el día de hoy sacan sus tractores a la calle en apoyo a la DUI (Declaración Unilateral de Independencia): por favor, pasen por el departamento de Agricultura más cercano y firmen su baja voluntaria a las ayudas económicas que reciben de la UE. Gracias”.

Si bien queda evidenciado que Política sin Economía produce el mismo efecto social irresponsable que el de desprenderse de uno de los dos caballos que tiran de una biga romana, la última pregunta que nos cabe por hacernos es si dicha actuación es moral o no desde un punto de vista social.

Hablar de moral es enjuiciar la ética de una conducta, una materia tan amplia y diversa como pensadores han existido y existirán a lo largo de la historia de la humanidad. No obstante, de entre todas las dimensiones existentes, cabe que nos circunscribamos a la moral política que es la que nos ocupa. En este sentido, ya que la reflexión objeto del presente artículo es la relación entre Política y Economía, y la economía si por algo se caracteriza es por su fría faceta objetiva en su manifestación sobre la realidad (hay o no hay dinero), la evaluación de la moral política del proceso de la república catalana debe realizarse bajo el tamiz del objetivismo. Una postura filosófica que afirma que la única forma de alcanzar la moralidad es por medio de la razón y la aceptación de la realidad en forma objetiva, independiente de la percepción del ser humano. En este sentido, la moral política objetivista considera que es moral todo aquello que va en la dirección del sostenimiento, sustento y realización de la vida de una persona dentro de la sociedad, mientras que lo contrario es inmoral políticamente. Un concepto de moral que va íntimamente ligado al concepto tradicional de política como actividad que vela por el bien común.

Resumiendo, toda acción pública explícita o de facto de abandono de la Economía por parte de la Política es manifiestamente inviable, irresponsable e inmoral socialmente en un Estado moderno Social y de Derecho, que solo tiene un escenario posible: el empobrecimiento de los ciudadanos. Como se reza desde la antigüedad: “por sus frutos los conoceremos” (a los falsos profetas).

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martes, 10 de octubre de 2017

Cataluña independiente o la gestión de la frustración social ante el principio de la realidad

Tras la declaración de la República Independiente de Cataluña a la gallega por parte del presidente de la Generalitat, los independentistas catalanes abandonan el principio de la épica y la fantasía en beneficio de retomar el principio de la realidad. Y no, no me refiero a la realidad subjetiva fruto de una percepción sesgada de la experiencia más inmediata (con ayuda de efectos especiales de una burbuja creada artificialmente), sino de la realidad objetiva con la que como sociedad construimos una evidencia -en este caso política y jurídica- que nos permite afirmar que algo es verdadero frente a otras opciones consideradas como falsas.

Retomar de nuevo el principio de la realidad objetiva por parte del movimiento independentista catalán no es una tarea fácil en materia de psicología colectiva, pues más allá de las razones propias del intelecto entra en juego la gestión emocional, y más concretamente la gestión de una frustración social que no por ser anunciada se aprecia de menor gravedad. Puesto que con independencia de la fata de responsabilidad por parte de unos dirigentes que han enarbolado la creencia popular de alcanzar la Ítaca republicana catalana, la imposibilidad de sus troyanos de satisfacer el sueño secesionista conlleva un estado general de tristeza, una emoción básica de repliegue del ser humano que mal gestionada puede convertirse en una emoción básica expansiva como es la rabia social. Y la rabia, como bien sabemos, se manifiesta como un impulso emocional, de difícil control individual y aun más colectivo, que empuja a responder negativamente contra todo aquello que consideramos que nos hace daño, que es injusto o que percibimos como una amenaza.

Llegados a este punto, la pregunta que debemos hacernos para el bien común de la concordia y la convivencia social, es cómo gestiona la frustración una gran parte de la sociedad catalana que, como acérrimos guerreros (muchos de ellos de nueva generación), se sienten derrotados por la implacabilidad del principio de la realidad. Lo cierto es que no hay gestión de la frustración sin aceptación de la realidad, la cual pasa a su vez por renunciar a la tentación de adaptar un rol del victimismo. Pero también no es menos cierto que, en un ambiente constructivo de armonía social, no puede haber aceptación real de la situación y renuncia de un victimismo que retroalimenta la frustración, sin la capacidad de poder vislumbrar una posible solución al estado que ha generado el problema.Una solución que necesariamente debe venir propuesta por el establishment de la realidad que se impone, pues en toda contienda son los vencedores quienes tienen la capacidad y la responsabilidad de reconstruir los puentes que se hayan podido dinamitar en el fragor de la batalla.

El principio de la realidad siempre se impone por fuerza puramente gravitatoria, a pesar de los infructuosos intentos de unos pocos o unos muchos por mantenerse suspendidos en el aire de la ficción. Pero si algo caracteriza la realidad es que no es excluyente, sino incluyente, ya que por definición se compone del conjunto de todo aquello que, aun diverso y múltiple, fundamenta su propia naturaleza. Por lo que volver a la normalidad colectiva del principio de la realidad pasa indiscutiblemente por la integración de todas y cada una de sus partes, la cual cosa significa -en el marco de la situación del frustrado pulso secesionsta catalán-, por acoger a los independentistas en un reactualizado marco político y social integrador (A buen entendedor, pocas palabras; ya que la intencionalidad de esta reflexión es filosófica, no política). Lo contrario es temporizar la teoría del caos que, como el aleteo de la mariposa de Brasil que con el tiempo provocó un tornado en Tejas, podría transmutar el principio de la realidad ya no solo español, sino previsiblemente europeo. (Y a las orejas del lobo que han visto los dirigentes de la UE en estos días me remito).

Es hora pues, de curar las heridas de la fractura social en Cataluña, poniendo un especial énfasis en el cuidado de la gestión de la frustración de una parte importante de sus ciudadanos (mis vecinos). Una tarea solo apta para una política de Estado. Mientras tanto, en un Estado de Derecho democrático con división de poderes, que la Justicia depure responsabilidades sin dilaciones sobre aquellos que hayan sido irresponsables en sus funciones públicas y sociales.

10 de Octubre de 2017,
Noche de la V República de Cataluña Declarada 
y Suspendida temporalmente a la vez


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lunes, 9 de octubre de 2017

El dilema filosófico de Cataluña: ¿Quién tiene razón y cómo afrontar la sinrazón?

De razones hay tantas como personas existen, pero a escala social la razón colectiva guía el comportamiento de las personas a título individual dentro de un marco de entendimiento predeterminado para una buena convivencia en común. ¿Pero qué sucede -como es el caso de rabiosa actualidad en Cataluña-, cuando la sociedad se polariza en dos razones colectivas enfrentadas? En primera estancia, cabe señalar que el enfrentamiento tiene lugar desde el momento en que cada posición cree estar en posesión de la razón absoluta, lo cual significa que ambos consideran al posicionamiento enfrentado como una sinrazón a la que hay que contrarrestar. Así pues, ¿cuál de las dos posturas opuestas tiene razón?.

La razón no es sinónimo de racionalidad, pues ésta no es más que la elucubración intelectual para justificar una posición o comportamiento, ni tampoco es sinónimo de razonamiento, puesto que se refiere a la conexión de ideas de forma lógica para establecer un argumento determinado, y todos sabemos que podemos aparentar ser racionales o establecer razonamientos y no por ello tener razón sobre un tema objeto de reflexión. Así pues, cuando hablamos de tener razón sobre algo nos referimos a la capacidad humana de establecer un discernimiento racional desde el razonamiento lógico lo más cercano posible a la verdad del asunto que tratamos. Y para ello, como diría Leibniz (el mayor filósofo alemán del XVII), se requiere de un principio de razón suficiente, también denominado más tarde por Kant (de educación leibniziana en el XVIII) como principio de razón determinante, lo cuales son postulados opuestos al principio de contradicción.

Cabe apuntar que a la hora de tratar sobre la razón no tienen cabida los relativistas, pues se tiene o no se tiene razón, ya que en filosofía política no hay lugar para el milagro del gato de Schrödinger que estaba vivo y muerto a la vez.

La razón, que tiene la capacidad de establecer o descartar conceptos concluyentes en función de su coherencia con respecto de otros conceptos de partida, se fundamenta en un principio lógico fundamental (siendo la lógica la disciplina que descubre las reglas que rigen toda razón): El Principio de No Contradicción. Este principio evidencia que un mismo concepto no puede ser y no ser a la vez. Es decir, que una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido (Un principio clásico de la lógica y de la filosofía). Este Principio de No Contradicción -que recoge por primera vez Platón en su obra La República-, permite juzgar como falso todo aquello que implica una contradicción, pues las contradicciones acaban por construir razones argumentales que se reducen al absurdo.

Así pues, ¿cuál de las posiciones de razón política enfrentadas en Cataluña no cumplen con el Principio de No Contradicción?. ¿Cuál de las polarizaciones de la razón enfrentadas contradice su propio marco de referencia argumental sobre el que se sustenta?.

A la revisión objetiva de los relatos argumentales esgrimidos por las partes implicadas en el debate político catalán, y a la luz objetiva de la lógica, queda diafanamente claro que en Cataluña existe un posicionamiento social que ostenta la razón, mientras que otro se sitúa en el terreno de la sinrazón, siendo éste último el caso de los independentistas que llevan violentando de manera sistemática el principio de No Contradicción desde el inicio de su deriva secesionista (Véase los artículos: “Catalunya está fuera del Estado de Derecho en su golpe independentista inviable” y “La Ética de la legitimidad democrática del Gobierno catalán no es correcta ni aplicable”).

Una vez esclarecido qué posicionamiento ostenta la razón (sabedores que en los principios lógicos que rigen toda razón no hay cabida para medias tintas, lo que se denomina principio del tercero excluido), solo cabe preguntarse ¿cómo se afronta un debate político desde la posición de la razón frente a un posicionamiento social fundamentado en la sinrazón?. La respuesta, en el caso que nos ocupa de Cataluña, no puede ser otro que mediante la aplicación de la Razón de Estado, un concepto desarrollado tanto en filosofía política como en ciencia jurídica, que entiende que el ejercicio efectivo de dicha razón nunca excederá los limites de la legitimidad del propio Estado, en este caso, de un Estado de Derecho democrático. Es decir, que la razón del Estado de Derecho se impondrá frente a la sinrazón del posicionamiento social de los independentistas mediante el uso legítimo de la aplicación de la ley.

Pero la razón socio-política no solo se combate, en casos excepcionales como el actual, mediante la fuerza coercitiva de la Razón de Estado, sino que la sinrazón social también se debe combatir de manera imperativa mediante la razón cultural, la cual requiere de formación en materia de Democracia, Legitimidad democrática, principios del Estado de Derecho, e incluso, ¿por qué no?, sobre historia, derechos y responsabilidades del ejercicio de la desobediencia civil. Y, sobre todo, de Lógica y Filosofía Política. Puesto que si por algo destaca el movimiento social que defiende la sinrazón democrática de la que somos testigos en la actualidad es, justamente, por su analfabetismo político. Una carencia cultural de partida que no le invalida para crear un razonamiento político que, aunque falso, se cree en posesión de la fuerza de la razón. Y no hay nada más peligroso para la Democracia, y por extensión para la buena convivencia social, que una masa sinrazón que se cree poseedora de la (falsa) razón.


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jueves, 5 de octubre de 2017

El Talento, víctima en la contienda de conceptos diferentes de D(d)emocracia en Cataluña

Si algo queda patente en la situación de crisis institucional y social por la que pasa Cataluña, por encima del posicionamiento político de cada ciudadano a título individual, es que existe una contienda entre dos conceptos diferentes de Democracia. Los unos, entre los que me encuentro, entendemos la Democracia dentro de los principios rectores del Estado de Derecho a la luz del marco jurídico democrático europeo donde se circunscribe el ordenamiento jurídico constitucional español; mientras que los otros entienden la democracia como un sistema de organización política donde el principio de Desobediencia Civil prima por encima del principio de Legalidad, siendo el primero un claro acto de desacato al segundo para forzar cambios a nivel político y social con el fin de conseguir sus objetivos (la autodeterminación), y siendo (quiero suponer) conscientes asimismo que la transgresión a la legalidad vigente -vulnerando los principios de un Estado de Derecho- puede acarrear inevitablemente un castigo por parte de los diferentes poderes del Estado. Simplificándolo, nos encontramos frente a una concepción de Democracia europea por parte de los constitucionalistas de tradición milenaria greco-romana, versus una democracia proindependentista catalana que tiene su origen en postulados originados en mediados del siglo XIX por parte del filósofo anarquista estadounidense Henry David Thoreau, y del que bebieron ideológicamente personajes históricos como León Tolstoy, Gandhi y Martin Luther King. Aunque, si somos rigurosos en los términos, de concepto de Democracia solo hay uno (Permítanme ser generoso en este artículo bajo la singularidad sociológica de que la consigna y estandarte principal de los independentistas es, justamente, el reclamo de más “Democracia”).

Esta contienda socio-política y jurídica entre Democracia y pseudodemocracia en Cataluña, tiene un segundo aspecto interesante a destacar: el uso de la simbología. Es decir, tanto los partidos políticos, como los colectivos sociales y los mismos ciudadanos a título individual de ambos posicionamientos enfrentados hacen uso de símbolos elevados a la categoría de iconos culturales para la reafirmación de una identidad propia.

En el caso particular de los defensores del concepto de “democracia a la nacionalcatalana”, el uso de la iconografía ideológica como elemento distintivo es, claramente, un instrumento de estrategia clave para la contienda entre las partes que, en gran medida, se está librando en las calles (para desafío mayor de la Democracia ortodoxa). Esta tendencia no solo ya es natural (e incluso coherente) por parte de aquellos catalanes nacionalistas descendientes de familiares que perdieron en la aún rememorada fratricida guerra civil, sino que se nos aparece como relevante, por excepcional, en aquellos hijos y nietos de inmigrantes de otras zonas de España que hoy son independentistas. La particularidad del caso de éstos últimos cabe entenderla como parte de una generación nacida en Cataluña que, si bien son hijos de otras culturas españolas, por desconexión geográfica no acaban de sentirse culturalmente ligados al lugar de origen de sus padres, y han encontrado en la simbología nacionalista catalana -fuertemente promovida (y manipulada) por las instituciones de Cataluña a lo largo de las últimas décadas- el espacio de refugio y de retroalimentación óptimo para el desarrollo de una identidad social y personal propia (al amparo del olvido de la historia de sus ancestros y ganando un terreno identitario de zona de nadie). Lo mismo sucede con inmigrantes latinoamericanos ahora independentistas (de tradición político-reivindicativa, sea dicho de paso). Otro tema son los inmigrantes musulmanes que su motivación no es tanto identitaria y cultural, sino de interés por mantener los beneficios derivados de las prestaciones sociales de las que gozan (aunque este es trigo de otro costal). Sea como fuera el proceso y capacidad de adhesión que tienen los nacionalistas catalanes a su causa, lo cierto es que el movimiento secesionista plantea un serio reto al futuro de la convivencia social en Cataluña por el amplio espectro de jóvenes independentistas “de nueva generación” con los que cuenta, -solo hay que ver las manifestaciones repletas de estudiantes de instituto y universitarios-. Una nueva generación a la que se puede reculturalizar en conceptos tan básicos como lo que es y lo que no es la Democracia, pero a los que no se les podrá sustraer su identidad nacionalista (reforzada por los acontecimientos recientes), pues en ella se enraiza su identidad cultural como persona.

Como vemos, nos encotramos frente a un escenario con dos conceptos de Democracia enfrentados, donde la iconografía nacionalista catalana no es solo simbología política sino expresión identitaria cultural de cientos de miles de personas, muchos de ellos jóvenes. Y aquí llegamos al tercer y último punto de esta pequeña reflexión: la exclusión social por identificación identitaria. Uno de los efectos secundarios, pero sólidamente tangibles, de la reafirmación de una identidad cultural propia es, justamente, la contraposición a otras identidades culturales que se perciben como ajenas (El Yo/Nosotros versus los otros). Una característica sociológica que cuando no se siente amenazada -ya sea objetiva o subjetivamente- deriva en un ambiente de concordia y de buena convivencia social, pero cuando se percibe como hostigada (como es el caso) genera un ambiente de exclusión a todo aquello y aquellos que no participen de su mismo ideario socio-cultural. En otras palabras, triste y previsiblemente en Cataluña vamos a asistir en los próximos tiempos a una pérdida de activo humano, por parte de una u otra parte de la contienda, por el rechazo sistemático de personas a las que se les va a valorar por su perfil identitario por encima de su talento, a causa de la grave fractura social ya existente. Y no se trata de una teoría alarmista infundada, sino de una realidad plausible en una sociedad que deplorablemente ya señala a niños en la escuela, comercios de la calle y personas en las redes sociales según su identificación identitaria.

Si el talento representa el 80% del valor intangible de una empresa, y éstas son los engranajes operativos que mueven el Mercado, siendo el Mercado quien posibilita el buen desarrollo de las sociedades y su grado de estado de bienestar, o la sociedad catalana -en complicidad real de sus instituciones- se implica en serio para estar a la altura de las circunstancias que requiere el recuperar la convivencia ciudadana tras una grave fractura social, o Cataluña se verá abocada a un empobrecimiento de talento para afrontar los retos de una sociedad moderna en pleno siglo XXI. Puesto que sin talento no hay innovación y, por ende, competitividad. Ante la pregunta de si ¿Cataluña va hacia un saldo positivo o negativo en materia de gestión del talento propio?, el tiempo lo dirá y la Historia valorará nuestra madurez como sociedad autodenominada como moderna, pero serán los indicadores de Mercado quienes reflejarán de manera objetiva y a corto plazo la rentabilidad de nuestro capital intelectual. El balance, al final del ejercicio.

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