miércoles, 21 de diciembre de 2016

La Navidad, como el hombre, está llena de luces y sombras

A tres días de la Navidad y a doce días de haber cumplido los 45, en un año más y sigue y suma de mi balance vital personal, dejo reflejado en el día de hoy en mi cuaderno de bitácora el hecho que esta mañana me he levantado percatándome, con mayor peso de conciencia si cabe y cierta apatía, la evidencia manifiesta de que hemos aceptado con normalidad como especie el hecho que para poder vivir bien unos pocos, otros deben vivir mal e incluso morir por ello. Una regla no escrita del ser humano que se remonta a los albores de la humanidad y que se repite sistemáticamente a lo largo de nuestra Historia. Para muestra un botón: en antaño encerrábamos a los esclavos en galeras obligándoles a hacer trabajos forzados en la navegación, en la actualidad encerramos a los nuevos esclavos (ciudadanos de tercera) en naves textiles obligándoles a hacer trabajos forzados para que podamos adquirir por 10€ prendas de moda en los principales centros comerciales de nuestra ciudad. Prendas, por otro lado, que vestiremos para celebrar estas fechas navideñas, cuando el genuino mensaje navideño justamente se dirige a los más desprotegidos del planeta: los que fabrican la prenda que lucimos, entre otros desamparados.

Pero si algún contraste de realidades, por antagónicas, me ha llamado la atención especialmente en estas semanas prenavideñas -entre innumerables desigualdades sociales a elegir, dentro y fuera de nuestra sociedad-, ha sido la celebración del descubrimiento del milagro de la (casi) eterna juventud por parte de unos científicos españoles, frente a la pesadumbre y vergüenza ahogada que nos supone la masacre y destrucción de Alepo (una ciudad más grande que Barcelona).

En un punto del planeta, en la zona del llamado primer mundo, fantaseamos ya todos con la posibilidad de ganar la batalla a la muerte, pues el descubrimiento de los investigadores no solo se refiere a borrar arrugas y canas, sino de frenar los verdaderos signos de la vejez y mejorar el funcionamiento de los órganos mediante una técnica de reprogramación celular, lo que permite frenar nuestro reloj biológico además de sumar 25 años más a nuestras vidas. Un descubrimiento revolucionario que junto al diseño de órganos en 3D mediante el cultivo de células humanas artificiales nos empuja a una nueva era de la humanidad solo imaginable en la ciencia ficción, lo que seguro va a tener repercusiones directas a nivel sociológico y económico. A nivel sociológico, en un mundo de larga longevidad, no es de extrañar que en un futuro no muy lejano se limite por ley (prohíba) la natalidad mundial, y que el tener hijos solo sea un privilegio de unos pocos, los más pudientes económicamente, claro. Mientras que a nivel económico, los efectos ya se pueden vislumbrar en el horizonte, puesto que el llamado tsunami digital de la revolución tecnológica prevé que el 47 por ciento del empleo, tal y como lo conocemos hoy en día, desaparecerá en una o como máximo dos décadas, y el 90 por ciento de las profesiones que perduren sufrirán profundas transformaciones -según previsiones de la Universidad de Oxford y otras instituciones-. Una revolución para el mercado laboral que, a ojos de la propia Unión Europea, colocará en la punta de lanza como profesiones más demandadas a los Analistas y Programadores de Internet de las Cosas, los Arquitectos de Nuevas Realidades Virtuales, los Científicos de Datos, los Diseñadores de Órganos Artificiales, los Terapeutas de Empatía Artificial para Robots, los Impresores de 3-D, los Ingenieros de Nanorobots Médicos, o los Abogados especializados en Drones y Ciberseguridad.

Mientras tanto, en otro punto cualquiera de la parte opuesta del planeta, en la zona llamada del segundo mundo, cuna en su tiempo de la civilización occidental, personas a título individual divulgan a través de las redes sociales su último mensaje vital en un clamo desesperado de ayuda. Me refiero a la catástrofe humanitaria de Alepo, de rabiosa actualidad en los medios de comunicación, donde vemos día sí y día también centenares de muertos en las calles, niños incluidos, como resultado de un incesante bombardeo indiscriminado a la población civil por parte de los bandos implicados en la contienda. Y nosotros, como meros espectadores esterilizados emocionalmente tras la pantalla, sin ni siquiera entender quiénes son los buenos o los malos (tampoco nos importa mucho, solo entendemos que es un tema que a lo que a nosotros se refiere afecta al equilibrio geopolítico), aceptamos esta realidad como normal. Con la normalidad de quien en la comodidad del sofá de su casa se distrae ociosamente viendo películas de acción donde la muerte sin sentido (y con ella el ensañamiento del sufrimiento humano) forma parte natural del argumento. Y si no nos gusta lo que vemos, apagamos el televisor. Una normalidad pareja a la que disfrutaban los ciudadanos romanos en los sangrientos espectáculos que se realizaban en los Circos Romanos. Aunque para Circo Romano del siglo XXI en su máxima manifestación, el reality de los Juegos del Hambre que Rusia ha anunciado que emitirá a partir de este 2017 donde estará permitido violar, mutilar y matar, para “disfrute” de los espectadores. (Recomiendo la lectura del artículo: “Nosotros, los ciudadanos del primer mundo, somos el Capitolio de Los Juegos del Hambre”). Un reality que espero que la Comunidad Internacional prohíba su emisión en el resto del mundo, por posible compra de derechos comerciales por parte de cadenas de televisión de terceros países; aunque sé de antemano que ello es tan inviable y moralmente debatible como pedir que se censure la emisión de la masacre -con historias con nombres y apellidos propios de violaciones, mutilaciones y asesinatos incluidos-, que sufren en su realidad cotidiana los ciudadanos de Alepo. Y, además, en un mundo donde los principios y valores morales los determina el Mercado y sus criterios de rentabilidad económica, cuyo credo no es precisamente de corte humanista.

Sí, esta mañana me he levantado con esa claridad de mente que te permite ver que hemos aceptado como normal el hecho que para poder vivir bien unos pocos, otros deben vivir mal e incluso morir por ello. Y que tristemente forma parte de nuestra paradoja humana. Como ya decía Sócrates en la obra la República de Platón (permítaseme la libre expresión de autor, pues reproduzco de memoria):

-Todos los hombres tendrán los mismos derechos y serán iguales en la ciudad ideal

A lo que un personaje le preguntó:

-Y, entonces, ¿quién limpiará las calles y nos servirá?

A lo que Sócrates respondió:

-Para ello tendremos esclavos.

Cuatro siglos más tarde, un hombre llamado Jesús predicaba la igualdad entre los hombres en el desierto,.... hasta la fecha!


Nihil novum sub sole (Nada hay nuevo bajo el sol)
Registro de Bitácora: Tarraco, a 21 de diciembre de 2016




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