martes, 29 de noviembre de 2016

¿Hemos desaprendido a pensar?

La búsqueda de resultados inmediatos es uno de los rasgos distintivos de la sociedad contemporánea, lo cual nos aboca a centrarnos en el fin devaluando el propio proceso lógico-natural que requiere para alcanzarlo. La máxima maquiavélica de que el fin justifica los medios, está más en boga que nunca. Y el mundo educativo no está exento de ello. Así lo constato tristemente cuando doy clase a jóvenes titulados universitarios, los cuales han aprendido a aprobar exámenes en un sistema educativo donde la memorización aun continúa premiándose en pleno siglo XXI, pero que a todas luces evidencian una clara carencia en la capacidad de pensar. En otras palabras, una parte importante de nuestros jóvenes han dejado de pensar para pasar a enjuiciar directamente sin una reflexión previa. Claro está que para reflexionar se requiere de tiempo (además de una mente abierta), y justamente de tiempo es lo que le falta a nuestra acelerada vida.

El proceso cognitivo de pensar requiere de tres fases bien definidas: la fase de recopilación de información mediante las acciones de la observación, la descripción y la comparación; la fase de reflexión mediante la acción del análisis; y la fase de la conclusión mediante una acción de síntesis de la información objeto de nuestro acto de pensar. No obstante, está a la orden del día emitir juicios de valor sin siquiera dedicarse el tiempo necesario para reunir la información suficiente que nos permita tener una idea clara de lo que tratamos, y mucho menos dedicamos el tiempo que requiere el acto de reflexionar sobre ello antes de tomar una opinión firme al respecto. Un escenario que si bien puede entenderse en el contexto de un diálogo discernido y superficial de barra de bar, no puede admitirse en el ámbito académico, pues la falta de la capacidad de pensar lleva al empobrecimiento mental personal y a la intransigencia social.

Una de las manifestaciones externas evidentes que se constatan hoy en día con la falta de reflexión en el proceso cognitivo del acto de pensar, es la falta del hábito de la escucha activa. En otras palabras, la escucha de un argumento -que por otro lado forma parte de la educación y el respeto básico en la relación entre personas- no se realiza comúnmente para recopilar información, sino para enjuiciar directamente (generalmente de manera peyorativa) sin un análisis previo: No se escucha, se juzga mientras se oye. Un acto reflejo impulsivo que quizás encuentre su razón de ser en la sobresaturación y celeridad de información que gestionan como pueden las nuevas generaciones a lo largo de las 24 horas del día mediante las tecnologías de la comunicación que transfieren información a nivel global y en tiempo real. Un mal hábito agravado, si cabe, por la característica de exaltación social del individualismo, propio de un mercado hedonista y de libre competencia, que desemboca en un exceso de protagonismo personal en que la norma general es sentirse protagonista (aunque sea de manera forzada) de cualquier tipo de reflexión. Sin descontar la cultura imperante de la inmediatez, que rige el principio de la sopa instantánea: todo lo queremos en minuto y medio.

Sí, una parte importante de nuestros jóvenes sobradamente preparados no saben pensar, tristemente para el conjunto de la sociedad. Pero la responsabilidad no debe recaer sobre ellos, sino en el sistema educativo que nos les ha enseñado a pensar. Seguramente como causa de un celo excesivo por desbancar aquellas materias de conocimiento que nos invitan a reflexionar sobre quiénes somos y hacia dónde vamos, y cuyo papel lo hemos externalizado a las directrices de un Mercado de oferta y demanda altamente volátil y cuya máxima es obtener beneficios económicos a corto plazo: dime qué tipo de economía aplicas, y te diré qué tipo de sociedad estás construyendo.

Mientras tanto, en el horizonte se abre una brecha de luz gracias al Pensamiento Computacional para devolver la reflexión, aunque sea de corte práctica y empírica, a nuestro sistema educativo. Si bien aún nos quedan bastantes lunas por disfrutar antes de que esta nueva versión del Pensamiento Crítico del siglo XXI se implante de manera normalizada. Por lo que, hasta que llegue la hora, la prudencia aconseja pensar en voz baja si nos hayamos fuera de espacios especialmente habitados para ello.


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