miércoles, 2 de noviembre de 2016

Halloween o el fenómeno de cómo cambiar la sociedad en tan solo una generación

Maquillaje de Catrina by Teresa Mas de Roda
En la noche de ayer de 31 de octubre, en un año más de suma y sigue y con tendencia progresiva, el espíritu festivo de Halloween dejó patente que ha entrado en nuestras vidas sociales para quedarse por mucho tiempo (para estupefacción de los niños de ayer que hoy tenemos hijos en edad escolar). Hay quienes consideran este fenómeno social como una vanalización de lo sacro, por no hablar de una injerencia de lo pagano en la civilización cristiana. Pero lo cierto es que el fenómeno de Halloween es un claro ejemplo contemporáneo de cómo el ser humano construye su universo de creencias sobre los cimientos de ruinas de creencias predecesoras. Así pues, de igual manera que sabemos hoy en día -gracias a la Historia y la Arqueología-, que el cristianismo es el resultado de un sincretismo religioso construido a partir del legado mitológico de antiguas civilizaciones como la egipcia o la babilónica principalmente, la celebración de Halloween es a su vez un sincretismo originado por la cristianización de las fiestas de cosecha de finales de verano de origen celta (el Samhain) que los inmigrantes irlandeses católicos introdujeron en Estados Unidos a finales del siglo IX, y que los norteamericanos no tardaron en marketizar ya en pleno siglo XX con un arma de popularización masiva nunca conocida con anterioridad por la humanidad como es la televisión y el cine.

Si algo podemos resaltar del fenómeno sociológico de la festividad de Halloween son dos rasgos que personalmente considero de interesante reflexión:

1.-Por un lado, la velocidad con la que Halloween ha convertido el culto sacro de la Noche de los Santos al culto laico-festivo de la Noche de las Brujas (y los Espíritus) a nivel global en el llamado primer mundo, en tan solo cuatro décadas desde que Halloween saltara a la gran pantalla de la mano de productoras cinematográficas made in USA. Un repentino cambio social de creencias y costumbres sin parangón en la historia del hombre (la Iglesia tardó nueve siglos en universalizar la cristianización de la festividad celta), derivado de la fuerza de transformación social que posee el cuarto poder: los medios de comunicación.

Unos medios de comunicación que, a su vez, se ven retroalimentados por dos factores sociales definitorios de los siglos XX y XXI: la Era de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC's) en un mundo global donde la información se transmite en tiempo real, y la Era del Mercado donde la tendencia económica de la oferta y la demanda -reforzada por la publicidad que usa las TIC'S como canal de influencia comercial- define y marca los ritmos de desarrollo de las propias sociedades.

2.-Y, por otro lado, el claro perfil hedonista de nuestras sociedades occidentalizadas donde las motivaciones existenciales de las personas -directamente influenciadas por los intereses capitalistas del Mercado mediante los TIC's- solo tienen validez en la búsqueda del placer y la aversión al dolor. Una filosofía tan antigua como el hombre -ya proclamada por Epicuro en el siglo IV a.C.- que busca el placer y la felicidad como fin natural de la vida (aunque, siendo exactos, Epicuro no defendía la persecución de todo tipo de placer, sino solo de aquellos que fueran de acuerdo con la inteligencia y la moderación. Nada que ver con nuestros tiempos).

Una sociedad hedonista cuya consecuencia sociológica es la superficialidad en su modus vivendi, por lo que cualquier tendencia que anhele convertirse en una costumbre social de nueva implantación debe cumplir el requisito indispensable de no tener la pretensión de querer traspasar la fina patina superficial de la experiencia social del placer inmediato y fugaz. En otras palabras, para tener éxito social no se pueden pedir peras al olmo.

Así pues, Halloween es más que una festividad. Es un claro exponente de experimento social que pone de relevancia nuestra alta capacidad de absorción a la influencia de los medios de comunicación que, marcados por los principios partidistas del Mercado, no solo cambian nuestros usos y costumbres, sino también nuestros valores y creencias a la velocidad de un rayo. Y que, además, dicha capacidad de transformación social se beneficia de nuestra superficialidad como individuos cegados por la exaltación del placer (al precio que sea). Esto sí que da miedo!

En un punto indefinido del Mediterráneo, a 1 de Noviembre de 2016