martes, 18 de octubre de 2016

Los Robots cotizarán en la Seguridad Social (y cambiarán la sociedad)

Que los robots están ganando cada vez más terreno en los puestos de trabajo en detrimento de la mano de obra humana, es una realidad que no nos sorprende ya que es una tendencia que evoluciona de manera progresiva desde la primera revolución industrial (y ya vamos por la cuarta!). Pero lo que sí que es nuevo es la propuesta de los sindicatos europeos de que los robots coticen en la Seguridad Social.

Lo cierto es que la idea tiene su lógica, shock informativo a parte, ya que si los robots substituyen a las personas en el mundo laboral, que somos quienes cotizamos para el Estado, puesto que la economía de servicios sociales (educación, sanidad, etc) de cualquier Estado de Bienestar Social se fundamenta sobre los ingresos a las cotizaciones a la Seguridad Social, queda claro que alguien o algo debe cotizar para asegurar los ingresos que mantienen los pilares de nuestras sociedades del siglo XXI. En este sentido, es razonable que si la mano de obra humana que cotiza se substituye por una mano de obra tecnológica, ésta debe asumir asimismo la cotización de la primera para no desequilibrar el frágil equilibrio de unas sociedades occidentales ya de por sí en crisis económica y social. Una cotización que, empatía robótica a parte, en definitiva no es más que un impuesto industrial sobre las plusvalías que genera la competitividad tecnológica.

No obstante, dejando de lado los aburridos argumentos tributarios, personalmente me interesa las implicaciones filosóficas de esta inminente nueva realidad social, de los que me apetece destacar tres:

1.-La injerencia con fuerza de los robots en el mercado laboral y, por extensión en el sistema tributario social, vislumbra un horizonte relativamente cercano donde podamos llegar a superar la actual crisis económica (solo en España un cuarto de la población es pobre), no porque nuestras economías sean capaces de crear nuevos puestos de trabajo y así absorber las altas tasas de desempleo, sino porque las cotizaciones de los robots pueden llegar a asegurar un nivel de prestaciones sociales mínimas al conjunto de la población inactiva que elimine la pobreza tal y como la concebimos hoy en día. En otras palabras, cambiaríamos de modelo de sociedad, donde el motor productivo serían los robots.

2.-En este nuevo modelo de sociedad, los robots tendrían un papel clave, por no decir esencial, ya que sobre ellos pivotaría una parte importante de nuestro sistema de derechos sociales. Este papel fundamental, que haría de los robots una extensión de las personas como ciudadanos estratégica para el desarrollo de las sociedad, elevaría a los robots de mera máquinas a entidades con personalidad jurídica propia. De hecho, en el Parlamento Europeo ya existe una propuesta para otorgar a los robots la calidad de “persona electrónica” (la realidad siempre supera a la ficción). Si para el Derecho un ciudadano de a pié es una persona física, y las asociaciones y empresas (fundamentales para la articulación y desarrollo de cualquier sociedad) fueron consideradas posteriormente como personas jurídicas, resulta inevitable que los robots (que van a convertirse en unas piezas claves para el hombre y sus sociedades) se convertirán en un futuro inminente en personas electrónicas. De esta manera, convirtiéndolos en entidades con personalidad jurídica propia, resulta mucho más fácil para el Derecho otorgar a los robots derechos y obligaciones, entre los que se encontrarían el deber de cotizar a la Seguridad Social. Tengo curiosidad de ver si, con el tiempo, tendremos sentado a algún robot en el banquillo de un juicio acusado por un delito contra la Agencia Tributaria, entre otros posibles y aún por imaginar.

3.-Y en tercer y último lugar, y para no extenderme -pues mis propias obligaciones me reclaman desde mi agenda personal de tareas diarias-, la nueva realidad que introduce la figura del robot en nuestras sociedades me hace reflexionar sobre la evolución de la Humanidad en sí misma. No tanto hacia dónde nos dirigimos, sino cómo nos desarrollamos o evolucionamos. Si bien pensábamos que el zenit de la Humanidad llegaría por un alto nivel de desarrollo humanista, que vendría de la mano de una justicia social equitativa y un respeto y promoción por la diversidad y diferencia de talentos e inteligencias múltiples existentes entre los seres humanos, parece que estábamos bien equivocados (ilusos de nosotros). Ya que todo apunta que el Humanismo -entendiéndolo como la capacidad de asegurar un bienestar mínimo para el conjunto de los ciudadanos- se va a desarrollar mediante la creación de una raza inferior para que trabaje por los seres humanos: los robots. Asemejándonos de esta manera a los primeros dioses primitivos que crearon a los hombres para que trabajásemos por ellos.


Así pues, quizás el destino del Humanismo es convertir al hombre en un minidios para hacer factible la filosofía humanista de que el ser humano, en términos de equidad social, debe ser siempre prioritario (Las personas en primer lugar). No por ello sin olvidar las lecciones de la Historia que nos pueden ayudar a prever un futuro posible, donde el destino final de la Humanidad pase por que su creación, los robots, se revelen finalmente con su creador, el hombre; al igual que nosotros como seres humanos nos revelamos con el tiempo contra nuestros propios dioses. El tiempo lo dirá. Alea iacta est!