lunes, 1 de agosto de 2016

Somos jugo para la savia de la Vida

Foto de Teresa Mas de Roda
En esta calurosa tarde verano, me refugio al fresco que desprenden los gruesos muros centenarios del salón de una casa señorial. Sobre la pétrea chimenea enmarcada en un arco de medio punto, diversos objetos exóticos procedentes de medio mundo contrastan con cuadros de temas neoclásicos en una clara reivindicación de nuestros orígenes culturales. Entre los elementos ornamentales, un violín sin cuerdas a pié de la chimenea me llama la atención. Mientras, en otro punto del universo de la casa, decenas de cangrejos negros son cocinados vivos para extraer de ellos su jugo para deleite de una salsa culinaria. Respecto al violín, su semblante silencioso y discreto hace pensar que hace ya tiempo que le extrajeron su ánima, quedando tan solo el cascarón vacío de madera trabajada como huella de un pasado vital. Al igual que sucede con el resto de objetos de decoración venidos de diversos puntos del planeta, los cuales parecen inmersos en un sueño eterno tras haberles despojado de su chispa existencial. Al final, a todos ellos se les ha extraído sus jugos vitales, a imagen y semejanza del destino de los cangrejos negros de la cocina, para alimentar el espíritu de personas volátiles en su paso por la vida.
No puedo dejar de pensar, al contemplar la vacuidad vital del violín, sobre la razón de ser de nuestra propia existencia como seres humanos. Quizás el sentido de nuestro paso por la vida no sea otro que el de alimentar con nuestros propios jugos vitales la savia de la propia Vida, como nutrientes que la enriquecen, al igual que los cangrejos negros enriquecen -en su final fatal- las salsas que acompañan esos deliciosos platos que nos alimentan. Una cadena alimenticia, que se pierde en el entramado multidimensional y fractal que conformamos los seres vivos, y que insufla aliento vital a la Vida misma para existir; conscientes que la razón de la Vida es ser o no ser en el universo, y que por tanto no tiene sentido intelectual de sí misma porque no debe justificarse ante nada ni nadie, ya que dar sentido a las cosas tan solo es una cualidad humana, y la Vida no es humana sino un suspiro divino. Así pues, la pregunta no es si la Vida tiene o no tiene sentido, sino si nosostros hemos encontrado sentido a nuestra vida, pues más allá de las historias personales de nuestra mundana cotidianidad no somos más que jugos vitales caducos a extraer para alimentar la savia de la Vida que siempre Es. Pues al final de nuestros días, tan cierto como hay día y noche, acabaremos como cuencos vacíos sin alma al igual que los objetos sin vida que decoran la chimenea, olvidados en la sin memoria del oleaje del mar de los tiempos.
Y quien sabe, quizás pasadas unas décadas, sobre la repisa de la chimenea, cerca del violín sin música, alguien encuentre mi pipa -dormida por la dulce asfixia de no poderla respirar más- como otro elemento ornamental. Y ese alguien extraño y futuro a mi la mirará, como quien mira con cierto desdén un objeto sin alma, sin saber que era parte de mi espíritu, y sin ser consciente que su existencia como persona, como lo fue la mía, no es más que jugo vital de penas y glorias humanas a destilar para eternizar la savia de la Vida.
Can Llambi (Llagostera), a 30 de julio de 2016