miércoles, 6 de enero de 2016

Preparémonos, aun si estamos en la parada, para no perder el próximo tren de nuestra vida

A veces la vida nos pone en modo stand by, es decir, que al igual que un aparato eléctrico estamos conectados pero en estado de reposo a la espera de recibir órdenes. Pero, ¿órdenes de quién?, pues de la Vida misma, que es quien nos vuelve a poner en movimiento ya sea activando nuestro ser desde nuestro interior, ya sea generando un nueva fuerza motriz –a empujones, a abrazos,  con una tímida invitación, o mediante un grito imperativo y desesperado- desde nuestro exterior, que no es más que el efecto directo de las fuerzas que fluyen, confluyen y se interrelacionan en nuestro entorno más inmediato, que a su vez están influenciadas y determinadas por una realidad más amplia e integradora de la que formamos parte de manera indisociable (como una realidad que engloba a otra realidad y que a su vez está en el interior de esta última, propio de todo universo toroidal).

Vivir en modo stand by es como quien espera en una parada de autobús o de metro a que llegue su transporte, pero mientras no llega debe estar preparado y tenerlo todo a punto para cuando el vehículo haga parada pueda subirse a él. Con la diferencia que el único que conoce los horarios de llegada de nuestro autobús o metro particular no es nadie más que la Vida, a quien le encanta jugar a las sorpresas en el momento más inesperado. Si no fuera así, dejaría de ser misteriosa.

Estar preparados mientras esperamos en la parada, no significa estar parados. Pues la vida a nuestro alrededor no deja de fluir en un continuo cambio y transformación, por lo que mientras hacemos tiempo a que llegue nuestro autobús o metro, debemos permanecer en un estado de continua y renovada preparación. Ya que si bien pudimos acceder a la marquesina de la parada preparados, a cada día que pasa de espera sin hacer nada más que esperar a que llegue nuestro transporte que nos conduzca a un nuevo horizonte profesional o personal, nos condenamos a estar un poco más desfasados; como le sucede a ese electrodoméstico que fue de última generación en su día y que a día de hoy se ha quedado obsoleto en un sistema operativo de una realidad diferente para la que fue creado.

Permanecer en un estado de preparación continúa para no perder el autobús, el metro o el tren que nos lleve a un nuevo y mejor futuro, es una actitud activa frente a la vida. Una actitud que nos obliga a estar despiertos a los cambios que se producen frente a nuestros ojos más allá de la marquesina de la parada en la que nos hayamos, sabedores que desconocemos por cuántas paradas deberemos pasar en nuestro viaje por la vida.  Una actitud despierta, proactiva y curiosa que significa vivir de manera consciente con nosotros mismos y en relación con el vertiginoso mundo en el que nos ha tocado vivir.

Lo contrario es quedarse estancado en una de las múltiples paradas de nuestro trayecto personal. Que es una opción. De hecho, hoy en día vemos muchos jóvenes que optan por evadirse de ellos mismos y de su realidad más inmediata, viviendo como en un letargo inducido por mundos virtuales o por drogas blandas de las que acaban dependiendo en su día a día (solo hay que poner atención al auge del olor a María en nuestras calles). Un estado patológico de somnolencia profunda y prolongada que es lo opuesto a vivir en un estado de conciencia despierta. Y, aunque parezca paradójico, no se puede soñar si uno no está despierto (versus a deambular por los sueños de naturaleza onírica), y sin capacidad para soñar despiertos no hay reinvención personal posible, la cual activa nuestra voluntad de permanecer en un estado de preparación continua que nos permita dejar atrás tantas paradas de metro o de autobús o de tren como sean necesarias para llegar al destino de una vida mejor.

A veces la vida nos pone en modo stand by, y nos vemos en una marquesina pública esperando a que llegue nuestro medio de transporte. Y con los años –y más en los tiempos que corren- aprendemos que estas paradas forman parte natural de la vida misma. Hoy me encuentro en una de esas paradas, preparado con ilusión y cierto nerviosismo (al igual que mi hija pequeña por ver qué le traen los Reyes Magos) a coger el próximo tren que pase, sabedor que el viaje forma parte de la experiencia de la vida, y encantado por disfrutar y dejarme sorprender por nuevos paisajes como si fuera la primera vez. Pues disfrutar del viaje de la vida es disfrutar de la misa vida, consciente que para poder disfrutarlo hay que estar continuamente preparado para seguir el viaje y no perder el tren.

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