sábado, 2 de enero de 2016

La búsqueda de la belleza, que mueve nuestra vida, puede encadenarnos o liberarnos

Que las personas nos movemos por contrastes, no es nada nuevo. Contrastes que como dos polos de un mismo imán se empujan entre sí, oponiéndose el uno al otro, lo que genera la energía cinética necesaria para avanzar en nuestras vidas, tal como si de un motor electromagnético tesliano se tratase. Otra cosa diferente es hacia dónde nos encaminamos en nuestro movimiento personal y colectivo, pero ese es trigo de otro costal.

Que la vida es movimiento, es por todos sabido, pues la vida se mueve como espíritu regenerador incluso allí donde hay muerte, solo hay que observar el proceso de descomposición de un cadáver o el de transformación del agua estancada. Por lo que el movimiento de la vida es un misterio per se sólo al alcance de los dioses.

Pero misterios del universo aparte frente al limitado entendimiento del ser humano, si alguna de las fuerzas motrices podemos intuir como causa en el movimiento de la vida de las personas es, justamente, el continuo anhelo por alcanzar la belleza en la cotidianidad de nuestra existencia. Un concepto, el de la belleza, que por ser profundamente cultural, se nos presenta como un valor abstracto y no universal de carácter personal e íntimo. Un concepto, el de la belleza, que tan solo somos capaces de experimentar sensorialmente (a través de la percepción de los sentidos y del intelecto), y que lo reconocemos porque nos produce una sensación de placer o un sentimiento de satisfacción.

Una experiencia sensorial, el de la belleza –tratado de la estética kantiana aparte-, que los seres humanos la hemos explotado hasta el punto de haberla convertido en el valor mercantil primordial del consumismo (uno de los grandes causantes de los males del planeta), motor y razón de existencia de la economía capitalista. Pues tras el acto de comprar productos y servicios en las sociedades de libre mercado como las nuestras, con independencia que dichas compras nos cubran necesidades reales (y para ejemplo un botón: las compras en fechas señaladas como las actuales de festividad navideña), se encuentra la necesidad imperiosa de hacer de nuestras vidas una experiencia un poco más bella, y por tanto más placentera y satisfactoria.

Una actitud de búsqueda de la belleza mediante el hábito del consumo que, junto a la cultura hedonista de obtener un placer sensorial inmediato, nos aboca a ser consumidores compulsivos (y por tanto, llenos de ansiedad por consumir). Lo cual le va muy bien a las economías capitalistas (maestras en producir bajo criterios de obsolescencia programada), pero que no por ello sacia nuestra búsqueda y disfrute personal de un sentimiento de belleza perdurable en nuestras vidas.

Ello nos conduce a la reflexión última de este pequeño artículo: de igual manera que hay niveles de belleza, también existe la belleza relativa y la absoluta, derivado de si el sentimiento de satisfacción y sentimiento de placer que nos produce con nosotros mismos y frente al mundo es fugaz, y por tanto caduco, o perdurable a lo largo de nuestra vida. En este sentido, está claro que el concepto de belleza, por ser cultural, es muy voluble en sociedades como la nuestra donde las modas y las prioridades estéticas se suceden a ritmos vertiginosos (derivado de la necesidad de eternizar –o mejor dicho esclavizar-, la figura del consumidor). Por lo que parece obvio que para disfrutar de un sentimiento de belleza sostenible en el día a día de nuestras vidas, no hay mejor fórmula que trascenderse a la moda de turno, y por extensión a la cultura imperantemente consumista. Ya que, en definitiva, la búsqueda de la belleza en nuestra vida, que no es otra cosa que la búsqueda de sentirnos satisfechos con nosotros mismos, no es más que un camino de crecimiento personal. Pues la belleza, como tantos otros valores en mayúsculas como pueda ser la felicidad, no deja de ser uno de los muchos poderosos caminos que nos conducen hacia la sanación y la sabiduría personal. Es por ello que la belleza, que mueve nuestra vida, puede encadenarnos o liberarnos. De nosotros depende qué tipo de belleza elijamos perseguir.

Artículos relacionados:

Recopilación de artículos: