jueves, 17 de diciembre de 2015

Vivimos en una sociedad de mantequilla indolora, y por tanto insensible a las injusticias

Recuerdo con cierta ternura, en mi joven época de estudiante, que solía ir a casa de un viejo filósofo con el que tertuliaba sobre temas tan trascendentales como profundamente humanos de los misterios de la vida al calor de una infusión. El viejo filósofo, que me trataba con la indulgencia de un sabio al contemplar la osadía de un joven que ya entonces fumaba en pipa y que se había atrevido a escribir una obra sobre Nietzsche –creo que entonces tenía 19 años-, destacaba en su pensamiento filosófico por afirmar que la sociedad contemporánea se distinguía del resto de sociedades habidas a lo largo de la historia de la humanidad por ser una sociedad sin dolor. Pero no porque el dolor, como entidad en sí misma, hubiera desaparecido de la faz de la Tierra, sino porque lo habíamos extinguido de nuestras sociedades occidentales de manera artificial en un acto reflejo por evitar el miedo que nos supone el sufrir dolor alguno en nuestras propias carnes como seres conscientes. Tanto es así que frente a una enfermedad, lo primero que hacemos es tratar el dolor y, a posteriori, tratamos la enfermedad. E incluso evitamos el dolor en procesos tan naturales de la vida misma como es a la hora de un parto o incluso a la hora de afrontar la propia muerte.

Sí, nuestra sociedad evita el dolor a toda costa y en cualquier circunstancia de la vida cotidiana de las personas, solo tenemos que dar una ojeada a nuestro entorno más inmediato. En contraposición, exaltamos todo aquello que nos haga sentir alegría, placer, bienestar, euforia, deleite o felicidad. En este sentido, podemos decir que nuestra sociedad es hedonista, pues buscamos satisfacer nuestros deseos de manera inmediata y prolongada en el tiempo (quizás por ello la era tecnológica que nos permite refugiarnos en mundos virtuales “no reales” tiene tanto éxito, aunque este es tema para otro artículo).

Esta característica cultural de nuestra sociedad de rehusar el dolor, que se nos implanta en el subconsciente incluso en el momento anterior a nuestro nacimiento, hace que siempre miremos hacia otro lado frente a situaciones incómodas que violentan y comprometen nuestra consciencia como seres humanos. Un acto reflejo que nos convierte en seres insensibles ante las injusticias sociales del mundo, pues estas conllevan de manera intrínseca el reflejo de un dolor ajeno que deseamos evitar.  

La consecuencia directa de una sociedad indolora, no es tan solo que es una sociedad insensible a las injusticias, sino que retrata sociedades fácilmente dóciles y manejables –justamente por el miedo a sufrir dolor-, lo que las distingue por ser de espíritu débil, tan dúctiles como pueda ser moldear la mantequilla. Y justamente ese espíritu colectivo de mantequilla como sociedad se traslada y manifiesta, de manera inevitable, en los espíritus de mantequilla de prácticamente todos y cada uno de sus ciudadanos a título individual. Así pues, ¿cómo vamos a luchar contra las injusticias sociales, por muy próximas que las vivamos, si estamos insensibilizados al dolor propio y ajeno y nuestros espíritus son dúctiles como la mantequilla?

Además, y por si fuera de poco rubor, si algo nos distingue en las sociedades indoloras del bienestar, como ciudadanos con espíritu de mantequilla, es que exigimos muchos derechos pero sin la contrapartida de obligaciones alguna por nuestra parte -con la nula efectividad de un niño que tiene una rabieta porque no quiere levantarse del sofá en busca de un vaso de agua ante la negativa de su madre-, pues no hay espíritu de mantequilla que no se derrita y autoderrote frente a un mínimo esfuerzo.  

La parte positiva de la situación es que una sociedad indolora –al contrario de lo podemos creer-no es incompatible con una sociedad sensible, pues es justamente el conocimiento de las injusticias humanas en un mundo globalizado lo que despierta la sensibilidad y la consciencia por la justicia social. En otras palabras: no hay acción transformadora del mundo sin sensibilidad, ni sensibilidad sin conciencia, ni conciencia sin conocimiento.  Por lo que una buena gestión del conocimiento en materia de derechos humanos y sociales –desde las escuelas, hasta las instituciones, pasando por los medios de comunicación-, es clave para transformar los espíritus de mantequilla de los ciudadanos (entre ellos, los jóvenes) en personas con espíritu lo suficientemente empoderados para afrontar los retos que depara la vida diaria, y por ende, capacitarlos con la fortaleza necesaria para transformar el mundo.

Mientras tanto, en las sociedades indoloras del bienestar continuamos tapando las injusticias humanas en el mundo -próximas y lejanas-, bajo la insensible capa untosa de mantequilla de la que están hechos nuestros espíritus. Ante el dolor ajeno, indiferencia (que es lo mismo que complicidad silenciosa). Y si es por desconocimiento (que no exime de responsabilidad moral), mucho mejor.