sábado, 12 de diciembre de 2015

Nosotros, los ciudadanos del primer mundo, somos el Capitolio de Los Juegos del Hambre

¿Quién no ha visto la serie cinematográfica “Los Juegos del Hambre”?, ahora de rabiosa actualidad por el estreno de su última entrega: Sinsajo 2. Una película entretenida que nos hace disfrutar de un buen rato de nuestro tiempo ocioso en cómodas butacas del cine mientras degustamos unas palomitas con un refresco en salas climatizadas. Y tras salir de la sala del cine, valoramos la excelencia de sus escenas de acción, los efectos de última generación, la espectacularidad del ambiente y del vestuario, e incluso lo guapos que son los protagonistas. Y, acto seguido, ya pensamos en la película del próximo nuevo estreno.

Lo que muchos de los espectadores no relacionan al salir del cine, es que la visión del mundo que expone la película (una minoría de ciudadanos que viven con privilegios de ricos en un espacio llamado Capitolio, frente al resto de la inmensa mayoría de la población del planeta que malvive en los llamados Distritos que están divididos por áreas de producción de bienes y productos que nutren al citado Capitolio), es un fiel reflejo del funcionamiento de nuestro propio mundo. La diferencia es que en vez de llamarnos Capitolio nos hacemos llamar Primer Mundo, y a los Distritos les denominamos Segundo y Tercer Mundo.

¿Y por qué no lo relacionamos?, sencillamente porque no somos conscientes de ello por el embargo informativo que hemos creado frente a la pobreza y la injusticia humana del resto del mundo, al igual que le pasa al ciudadano del Capitolio que desconoce la realidad de la vida cotidiana de las personas que viven en los Distritos. Y sin conocimiento, está claro que no puede existir reflexión moral alguna sobre nuestra corresponsabilidad individual y colectiva, lo que interesa sumamente a aquellos que se benefician directamente de esta profunda desigualdad mundial.

Tanto es así, que el 1% de la población del Primer Mundo (es decir, nosotros) acaparamos más del 50% de la riqueza del planeta. Y, ¿de dónde procede esta riqueza?, podríamos preguntarnos. Pues para nuestra vergüenza de lo que llamamos el Segundo y Tercer Mundo, que representa las dos terceras partes del planeta y que si bien son ricos en recursos, son pobres en renta per cápita (en calidad de vida por habitante) a causa de nuestro continuo expolio a favor de llenar nuestros centros comerciales de bienes de consumo que permiten el estatus de vida al cual estamos acostumbrados.

De hecho, 10 corporaciones occidentales monopolizan las centenares de marcas que llenan las estanterías de nuestras tiendas y supermercados: Coca Cola, Pepsico, Kellogs, Nestle, Johson & Johnson, Procter & Gamble, Mars, General Mills y Kraft. Y, para muestra un botón: En todo el mundo se beben más de 4.000 tazas de Nescafé por segundo y se consumen productos de Coca-Cola 1.700 millones de veces al día, ello es gracias a que tres empresas controlan más del 40 por ciento del mercado mundial de cacao, del azúcar o del agua embotellada, lo que lleva, entre otros, a que Nestlé declare unos ingresos mayores que el PIB de Guatemala o de Yemen. O el caso de la conocida compañía española Inditex de Amancio Ortega, propietario de marcas como Zara y cuyo empresario es la primera fortuna del mundo, que produce sus artículos explotando la mano de obra infantil en prácticamente todo el Segundo y Tercer Mundo. O el caso de compañías de ordenadores y de telefonía móvil, como Apple, cuyas fábricas en China explotan a los trabajadores, entre ellos niños, los cuáles a demás son utilizados en condiciones inhumanas y de aguda explotación laboral para la extracción del coltán (el material que hace posible las pantallas táctiles), en minas infrahumanas de países como el Congo o Indonesia.

Y que quede claro que cuando hablamos de expolio de recursos y de prácticas de explotación laboral, niños incluidos, no hacemos referencia tan solo a participar de la actual desigualdad social existente entre las personas del planeta, sino a que somos a su vez partícipes y colaboradores necesarios en la muerte de millones de estas personas al año por condenarles a vivir en situaciones infrahumanas. Solo en materia de infancia, cada día fallecen 17.000 niños en el mundo, 10.000 de los cuales son por causa de hambre, cuando en nuestro particular “Capitolio” desperdiciamos al día más comida de la que se puede consumir en el mundo. Así pues, el problema de la alimentación, la sanidad o la educación en el mundo no es por falta de recursos, sino por una distribución desigual de los mismos. ¿La causa?: la codicia humana que permite explotar y dejar morir a una persona a favor de aumentar los beneficios económicos de nuestras empresas, bajo nuestra visión particular del mundo instruido en las facultades basado en un mercado global capitalista despiadado e inhumano, y al amparo de leyes internacionales de comercio que creamos e imponemos nosotros mismos desde el Primer Mundo.

Una realidad ciega a los ojos de los ciudadanos que vivimos en el “Capitolio”, frente a la cruda realidad de la vida cotidiana de los “Distritos”.  No nos extrañemos pues, que ante nuestra ceguera intencionada (pues ojos que no ven, corazón que no siente), puedan surgir Sinsajos que perturben nuestra comodidad. Quién sabe si el Sinsajo que nos despierte mañana de la ceguera y el inmovilismo contra la defensa de los derechos y la dignidad de la vida de todas las personas del planeta, sea hoy un niño o una niña que llega a nuestro Capitolio en condición de refugiado.


Fiat Lux!