jueves, 22 de octubre de 2015

El emprendedor español urge protección social y beneficios fiscales

Emprender no es fácil en España. Tanto es así, que se ha llegado a afirmar que España no es país para emprendedores. De hecho, tenemos tan solo un 5,4 por ciento de tasa de emprendedoría (según un informe de la Global Entrepreneurship Monitor con datos del 2014), del que  menos del 30 por ciento es por necesidad frente a más de un 65 por ciento que es por motivos de oportunidad empresarial. ¡Así no hay quién levante un país! Cifra que contrasta, por otro lado y en un escenario actual de carencia generalizada de empleo, con el 7 por ciento de tasa de emprendedoría que nuestro país registraba con anterioridad a la crisis. Una paradoja a todas luces que evidencia que algo no funciona bien.

Dicha radiografía obliga a enunciar un axioma clarificador: Si un país necesita de su actividad económica productiva para vivir bajo parámetros de calidad de vida social, y dicha actividad económica productiva la genera la emprendedoría empresarial, ergo un país necesita de emprendedores para garantizar sus parámetros de calidad de vida social.

En otras palabras y extrapolándolo al contexto socio-económico actual: para salir de la crisis necesitamos potenciar la emprendedoría. Así pues, ¿por qué en vez de facilitar la cultura emprendedora en España le ponemos todo tipo de trabas para que no se desarrolle, como reflejan las estadísticas? He aquí la pregunta del millón.

No obstante, con independencia de la voluntad y la capacidad de alturas de miras de los gobernantes (que es otro tema de inquietante estudio), llegados a este punto debemos preguntarnos cuáles son las medidas necesarias para reactivar la cultura de la emprendedoría. Respuesta de sencilla solución si reformulamos la cuestión desde la perspectiva del propio emprendedor: ¿Cuál es el entorno de cultivo básico que requiero para poder desarrollar mi empresa en su fase de startup?

A criterio de cualquier emprendedor español con experiencia, el entorno básico para el buen geminar de una empresa simiente debe contener dos características claves inexistentes en la actualidad:

1.-Protección social frente al fracaso
Ya que una de las causas principales de la baja tasa de emprendedoría en España es, justamente, el miedo a fracasar. No solo porque el fracaso se aborda desde una concepción cultural negativa en nuestra sociedad, sino porque sobretodo deja desprotegido al emprendedor sin una cobertura social que le permita poderse volver a levantar tras un importante desgaste físico, emocional y económico (el 70% no vuelve a intentarlo); obviando de este modo el dato objetivo de que el 80 por ciento de las empresas del planeta quiebran en sus primeros 2 a 5 años de vida, y que se requiere de unos primeros fracasos para cosechar los primeros éxitos empresariales, pues el fracaso no es más que una experiencia de aprendizaje.

Una carencia de protección social frente al fracaso en España que contrasta, por poner un ejemplo, con el caso del emprendedor francés que tan solo con el alta de su actividad, y sin pagar ningún tipo de tasa en el primer año, tiene derecho gratuito a asistencia sanitaria, jubilación, incapacidad temporal y pensiones de viudedad e invalidez.

Y, 2.-Beneficio fiscal como empresa simiente
Ya que uno de los problemas importantes en la puesta en marcha de una nueva empresa son las cargas fiscales y tributarias que toda actividad emprendedora en España debe acarrear en una fase que, por ser inicial de despegue –para posteriormente poderse consolidar en un nicho de mercado concreto-, resulta complicada. Puesto que en nuestro país, todo emprendedor debe hacer frente a la cuota mensual de autónomo, así como a las declaraciones trimestrales de IVA y de IRPF.

Una realidad española que contrasta, por poner algunos ejemplos, con la tasa cero del emprendedor francés en su primer año, con la cuota única anual de 50 euros del emprendedor holandés, con la inexistencia de IVAs trimestrales en el caso del emprendedor inglés que solo paga al final del ciclo fiscal dependiendo de sus ganancias, o con el caso del emprendedor italiano que solo paga en función de las ganancias que tenga y con una tasa máxima del 20 por ciento a pagar.   

Así pues, salvando la necesidad de concretar medidas para la reactivación del emprendedor en España (tema propio para un artículo futuro), queda patente el hecho que nuestros emprendedores –ya sean juniors o seniors- necesitan, como el aire que respiran, un entorno natural por diseñar que les proteja socialmente del fracaso y que les brinde beneficios fiscales de ayuda a su titánico esfuerzo inicial, como es el crear un negocio sostenible económicamente con un alto valor añadido para el conjunto de la sociedad. Pues la cultura de la emprendedoría no se sustenta únicamente, como muchos nos quieren hacer creer, en tan solo una actitud positiva por parte del emprendedor. Si pedimos proactividad al emprendedor, exijamos proactividad al Estado.

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