martes, 8 de septiembre de 2015

No existe el no-movimiento, pero sí el no-progreso sin una dirección

La vida es movimiento. De hecho, en nuestro universo conocido no existe el no-movimiento, ya que todo aquello que creemos inmóvil e inerte no es más que una falacia de nuestros limitados sentidos espacio-temporales. Puesto que toda la materia -y con ella la energía que la constituye, la crea y le da forma-, se encuentra en un proceso activo e infinito de transformación continua, como si de un juego sinfín de creación de nuevos moldes donde la vida pueda manifestarse se tratase. Es por ello que podemos afirmar que la vida es movimiento, y el movimiento el aliento creador del universo.

Sí, no existe el no-movimiento, pero en cambio sí que existe el no-progreso. Es decir, no todo movimiento conlleva una evolución y un progreso por sí mismo, ya que para ello se requiere de dirección, propósito y voluntad. En otras palabras, si nos movemos dando vueltas dentro de nuestra jaula de confort o seguridad (la seguridad no tiene que ser confortable per se), avanzaremos tanto como el hámster que da vueltas sobre su rueda giratoria: nos movemos, sí, pero no progresamos. En términos radicales, podemos decir que aun estando quietos nos movemos ad hoc por nuestra propia naturaleza, pero ello no significa que vayamos a ningún sitio (más allá de hacia la decadencia inevitable de la masa celular que nos otorga corporeidad).

El quid de la cuestión no es pues moverse, ya que aunque no queramos nos movemos, sino ¿hacia dónde?. He aquí que el movimiento consciente se antepone a un movimiento rutinario que, por ser repetitivo, llega a convertirse en inconsciente. Es decir, ante la pregunta de corte existencial de hacia dónde me dirijo, la respuesta (de múltiples opciones) nos abocará a  someter el movimiento autómata de nuestra rutina a un movimiento en una dirección consciente, que conlleva implícito un propósito u objetivo a alcanzar y una voluntad de realizarlo.

Pero previo a marcar en rojo el rumbo de nuestras vidas sobre el mapa de ruta personal e intransferible, primero debemos saber hacia dónde dirigirnos. Y es este, justamente, el verdadero escollo de todo navegante: el saber hacia dónde ir, y más cuando se han probado otras rutas que no han conducido a ningún puerto satisfactorio (con el consecuente desgaste de energías). Es entonces que el navegante de la vida se percata que no hay dirección ni voluntad sin un objetivo definido, y que no hay objetivo claro a alcanzar sin un tiempo previo y necesario de reflexión personal. Y, ¿cómo sabemos cuándo tenemos claro el objetivo que marca la dirección de mi movimiento consciente?, podemos preguntarnos. La pregunta, por sencilla no es racional sino emocional, porque se siente: cuando la idea de alcanzar ese objetivo nos es suficientemente motivadora para activar la fuerza de nuestra voluntad de movernos.

Así pues, como vemos, el problema de progresar no es moverse, ya que nos movemos al igual que respiramos, sino por qué respirar. O, mejor dicho, por qué suspirar. Ya que en la intimidad del suspiro por alcanzar algo se haya el germen de todo movimiento consciente hacia el progreso personal.

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