miércoles, 2 de septiembre de 2015

El tiempo de la mente funciona diferente al tiempo del reloj

Siempre pensamos en el continuo espacio-tiempo desde una perspectiva física pautada por los relojes y, de manera derivada, por los horarios de nuestra rutina diaria, e incluso por la programación de la televisión (si hacen tal programa sabemos que es por la mañana, si hacen tal otro por la noche sabemos que ha transcurrido ya el día).

Un continuo espacio-tiempo que conocemos, gracias a la teoría de la relatividad de Einstein, que no es  absoluto sino relativo, aunque en nuestras vidas cotidianas no lo percibimos en el mundo físico, más allá de la dilatación del tiempo que se produce a escala de segundos cuando viajamos en avión, o cuando los relojes de los ordenadores se sincronizan vía satélite con su correspondiente reajuste, o bien cuando escuchamos desde la Tierra un tic-tac más lento desde la Estación Espacial Internacional. Una dilatación del tiempo que genera mayores diferencias a mayor velocidad y gravedad entre observadores de un mismo reloj. Pero claro, en la Tierra no hay diferencias de velocidad y gravedad sustanciales para el conjunto de personas, por lo que físicamente el espacio-tiempo se comporta como un sistema continuo y común para todos.

No obstante, junto al espacio-tiempo físico, también existe el espacio-tiempo neurológico. Mientras el primero se muestra continuo, el segundo se nos muestra discontinuo e incluso múltiple.

Está claro que las neuronas, por estar formadas por materia física (amoniaco y carbono, principalmente), se desarrollan en un espacio temporal continuo donde nacen y mueren, lo cual tiene una incidencia crucial para la vida de una persona. Pero no es menos cierto que dichas neuronas (cuya actividad se manifiesta mediante un campo electromagnético, del que sabemos muy poco) crean una dimensión alternativa donde el espacio-tiempo es de todo menos continuo, lo cual también tiene una incidencia directa importantísima para la vida de toda persona.

Si algún rasgo caracteriza al espacio-tiempo neuronal es, justamente, su fácil manejo de la dilatación del tiempo, no solo pudiendo hacer que el tiempo vaya más lento o más deprisa a la percepción de una persona -¿quién no lo ha experimentado?-; sino incluso rompiendo constantemente la continuidad del espacio-tiempo trayendo tiempos pasados o futuros al momento presente, o anclando a la persona de manera continua a un pasado inexistente (como en el caso de depresiones, shocks, alzheimer o demencias seniles), o lanzándola a vivir continuamente en el futuro (como en el caso de personas hiperactivas, estresadas o adictos por el trabajo, por poner algunos ejemplos), o haciéndola vivir en un bucle del tiempo (como en casos de paramnesia aguda generada por ansiedad). Y todas estas fluctuaciones temporales posibles combinándose continuamente y de mil maneras diferentes a lo largo de un día “normal” en la vida de cualquier persona “mentalmente sana”, donde el espacio-tiempo neuronal afecta de manera directa e indiscutible a su espacio-tiempo físico.   

Pero la mente no solo rompe constantemente el continuo espacio-tiempo, como quien juega convulsivamente al tetris, sino que además está en su naturaleza crear múltiples líneas espacio-temporales paralelas, complementarias, divergentes, superpuestas e incluso imposibles, al igual que diferentes caminos de gusano en una misma maceta poliédrica y fractal, para diferentes aspectos relevantes de nuestra vida. Un multiverso temporal más propio del estudio de los sistemas neuroatómicos de la cuántica, que del resto de campos de investigación de la física.

Y, en toda esta locura de múltiples espacio-temporales neuronales discontinuos, de vez en cuando miramos tímidamente nuestro reflejo en el espejo del baño o hacemos una ojeada condescendiente a nuestro reloj de pulsera para imbuirnos de una pizca de cordura con la finitud de la dimensión física, en un universo donde nada se destruye, sino que todo se recicla y transforma. Incluso el espacio-tiempo, en cualquiera de sus manifestaciones.