sábado, 1 de agosto de 2015

Venimos de la esfera y, tras una vida en espiral, a la esfera regresamos

Vivimos en un mundo ilusorio de múltiples formas geométricas con diversos volúmenes, superficies, caras, aristas y vértices que dibujan la totalidad de los objetos cotidianos que conocemos, desde la hoja de un árbol, pasando por un tenedor o una silla, hasta un coche de carreras o la estación espacial internacional. Un universo geométrico con un mismo lenguaje, el matemático.

Pero en un mundo continuamente cambiante, donde nada es nunca siempre igual, uno no puede más que preguntarse de dónde provienen todas las formas geométricas y hacia dónde van. Un tema que, sobre la base de los sólidos Platónicos, trato con un objetivo diferente en la novela “La era de los hijos de Metatrón”.

No obstante, gracias al avance tecnológico y a uno de los principios esenciales de la ciencia que es la observación, podemos constatar que la vida, en su origen, es circular. Ya que circular son los quarks, constituyentes fundamentales de la materia, en sus combinaciones como protones y neutrones. Circular es el núcleo del átomo de carbono, que configuran esos protones y neutrones. Circulares son los bloques nucleótidos que construyen el ADN, creados a partir de los átomos de carbono. Circulares son los núcleos de las células de nuestro organismo, generados a partir del ADN. Y circulares son los óvulos que crean la vida humana, surgidos a partir de dichas células.    

Y asimismo, gracias a la tecnología y al principio de la observación, podemos constatar que la vida, en su fin, es también circular. Ya que circular son los planetas donde la vida se crea y muere. Circulares son los sistemas solares que albergan los planetas. Circulares son los astros que crean los sistemas solares. Y circulares son las galaxias formadas por millones de sistemas solares.

Así pues, podemos decir que el círculo es el alfa y el omega de la vida, y entre medio del principio y el fin del mundo de las formas se haya todo el universo posible de formas geométricas diferentes. En otras palabras, que tanto el microcosmos como el macrocosmos es circular, mientras que el intercosmos –propio de nuestra escala- es multigeométrico.

No obstante, en un universo tetradimensional como el que vivimos, donde la velocidad es, junto con la dirección, una de las dos dimensiones del tiempo (ver: La historia de nuestra vida viene determinada por la velocidad), todo círculo rota en revolución sobre su eje central formando una esfera: el cuerpo geométrico más perfecto del Universo. Por lo que si venimos de la esfera y vamos hacia la esfera, geométricamente hablando, el modelo de sistema de transición de cualquier forma geométrica hacia la esfera no puede ser otro que la espiral. Y es curioso, justamente, que la forma espiral no es más que la secuencia matemática que dibuja el número áureo para crear todo lo existente en la naturaleza.

Pero matemáticas aparte, si venimos de la esfera y -desde la diversidad de formas de nuestras vidas-, volvemos hacia la esfera, nuestra existencia no puede ser más que una espiral en continua rotación. Donde nuestras vidas dan varias vueltas alrededor de un punto de origen, del que irremediablemente nos iremos alejando cada vez más. Y lo mismo sucede con aquellos otros puntos singularizados, por importancia de circunstancias o personas, a lo largo de nuestro trayecto; los cuales, por mecánica pura, irán quedando relegados a un pasado cada vez más lejano. Que, paradojas del Universo, volveremos a ellos tarde o temprano y de una u otra manera, ya que todos los puntos que forman parte de la esfera potencial de nuestra vida equidistan con un punto interior y centra que la originó.

Transcendit vestris vitae