sábado, 15 de agosto de 2015

Somos seres tecnológicos cuya evolución se basa en el conocimiento

Hace tiempo que el ser humano dejó de evolucionar por adaptación natural al medio. De hecho, desde el preciso momento en que comenzamos a adaptar el medio a nuestras necesidades como especie (como cambiar la temperatura ambiente con los benditos aires acondicionados en estos días de intensa calor). Aunque, siendo rigurosos podemos afirmar a estas alturas de nuestra joven historia sobre la Tierra  –tal y como categorizan los genetistas en pleno siglo XXI-, que si algo no hay de natural en la naturaleza es justamente el ser humano. (Por ello no encontramos el mítico eslabón perdido entre el homo sapiens y un hipotético antepasado simiesco, aunque este es trigo de otro costal)

Si no evolucionamos por adaptación biológica al medio, como el resto de especies animales, ¿cuál es el motor de nuestra evolución como especie?. La respuesta, por obvia, no es menos reveladora: el conocimiento. Un instrumento de evolución, por otro lado, mucho más vertiginoso que el ritmo de cambio y adaptación que conlleva el proceso biológico. Y si no, comparemos cómo ha cambiado la vida de nuestras madres en tan solo cuatro décadas (de la televisión en blanco y negro a comunicarse a tiempo real mediante whatsapps, por poner un ejemplo), frente al aparente inmovilismo de cualquier animal que necesita siglos para cambiar su hábitat o morfología.

Un conocimiento como motor de nuestra evolución que en esencia contiene dos campos de trabajo indisociables entre sí, como dos caras de una misma moneda, la reflexión (propia de las humanidades) y la acción (propia de las ciencias). Y es que, aunque vivamos en un mundo altamente virtual, no hay reflexión sin acción, ni acción sin reflexión, aunque a veces parece que corramos sin saber a dónde vamos. No obstante, aunque el conocimiento sea reflexivo-activo, es per se tecnológico, de lo que hace que el ser humano, a diferencia del resto de especies del planeta, sea un ser tecnológico.   

Entendamos aquí tecnología como lo que etimológicamente es: el conjunto de conocimientos técnicos que nos permiten crear cosas, ya sea una poesía, ya sea unos espaguetis a la carbonara, ya sea una mecedora, ya sea una casa, un ordenador, una carretera, un barco, un satélite o cualquier otra creación propia del ser humano que previamente no existía en la naturaleza. De hecho, si miro a mi alrededor mientras realizo este artículo, me veo rodeado de un mundo creado artificialmente por la tecnología del hombre, a excepción de mi “areca” (planta de interior). Y es que el hombre tiene un cerebro tecnológico, preparado para investigar su entorno creando conexiones neurológicas que ordena en patrones de conocimiento que le permite descodificar y reinventar el mundo mediante la tecnología. Tanto es así, que sólo cabe observar el grado de interacción de un niño de tres años -un “cachorro” humano-, con una tablet o con un palo.

Somos seres tecnológicos que evolucionamos con el conocimiento, por lo que es imprescindible para el desarrollo de nuestra joven especie que el conocimiento (humanista y científico) sea compartido, ya que queda evidenciado en esta etapa de la humanidad que la inteligencia colectiva multiplica nuestro potencial posibilitándonos grandes saltos cualitativos que nos conducirán a un futuro, si bien aún inimaginable, sí percibido.

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