viernes, 7 de agosto de 2015

Si la crisis te desecha por prescindible, reinvéntate desde tu instinto de supervivencia

Si algo nos ha enseñado la crisis, es que todas las personas somos prescindibles. Menudo golpe directo contra nuestro ego, ¿verdad?. Pues sí, de nada sirve regocijarse en nuestro palmarés curricular, ya que la vida nos obliga a reinventarnos cada día en un instinto básico de supervivencia frente a un paisaje en continuo cambio y transformación.

De hecho, la evolución de la sociedad se basa en una constante selección de ciudadanos  desechables, como si la sociedad fuera una gran rueda en movimiento de la que van cayendo por el camino todas aquellas personas prescindibles, ya sea por exceso de aforo, ya sea porque se hayan en el lugar equivocado en el momento inadecuado, ya sea por inadaptación al entorno, ya sea porque no pueden aportar ninguna versión actualizada de ellos mismos o, simplemente, porque les es imposible seguir el ritmo del movimiento continuo. Sea como sea, por el camino van quedando rezagados cientos de ciudadanos, muchos de ellos ricos en talentos y experiencias, pero de los que nadie se acordará por nunca jamás más allá de una sombra lejana en los simples apuntes de las frías estadísticas socioeconómicas. No solo porque la sociedad es selectiva en recursos humanos, sino también en memoria social. Ya que no hay especie que evolucione sin una memoria selectiva centrada en sus triunfos como colectividad.

Una selección de personas prescindibles que, como ley imperante, se repite a todas las escalas: para la sociedad occidental son prescindibles los millones de personas que mueren cada día de hambre en las sociedades subdesarrolladas; y para nuestra sociedad más inmediata son prescindibles los millares de personas que se quedan sin trabajo, sin casa, sin capacidad de alimentarse y, por efecto secundario, sin dignidad humana.

Todos somos prescindibles. Bueno, todos menos aquellas personas que forman parte estructural del engranaje del movimiento rotatorio de la sociedad. Entiéndase a los Señores de los Mercados (los que con dinero hacen girar la rueda), los barones apoltronados en las instituciones gubernamentales (los que dictan las leyes de la rueda amén del Mercado), y el siempre necesario servicio funcionarial (los que ejecutan las leyes de la rueda en su día a día). Una pequeña élite social que, por formar parte intrínseca del núcleo central de la sociedad, son imprescindibles por concepción del sistema.

Para el resto de los mortales, malas noticias: somos prescindibles por defecto de fábrica. Y por si no nos quedaba claro tras haber probado el embriagador néctar de las sociedades opulentas, donde todos nos considerábamos importantes e imprescindibles, la crisis se ha encargado de aclarárnoslo con la máxima nitidez y contundencia posible.

Así pues, amig@, si tu espíritu de supervivencia te empuja a seguir respirando en estos tiempos que corren, no nos queda otra que esforzarnos en reinventarnos para poder actualizarnos ante una sociedad que no para de rodar sin esperar a nadie (a falta que algún día podamos cambiar el funcionamiento de la rueda). Pues de lo contrario, no encontraremos más futuro que el lecho de la cuneta de la pobreza social como personas desechadas por prescindibles.

Amig@ prescindible, alega a tu espíritu de supervivencia vital como persona, rompe tu currículum de un pasado ya inexistente, y reinvéntate una y otra vez y tantas veces como sea necesario en una innovadora versión de ti mismo que te permita conquistar nuevos horizontes. Pues nuestro es el derecho para prescindir de todo, menos de una vida digna. Ante la marca por nacimiento de la prescindibilidad, clama a tu instinto de supervivencia!