jueves, 27 de agosto de 2015

Allí donde dos inteligencias diferentes chocan hay empobrecimiento social

¿Os imagináis dos códigos informáticos diferentes, como el clásico binario formado por 2 bits y el moderno ASCII formado por 8 bits, comunicando entre sí? Bueno, de hecho en la actualidad ya se comunican, pero no directamente sino a través de lenguajes ensambladores que los adaptan entre sí. Y, ¿entre estos y un código informático cuántico, que en vez de bits utiliza qubits que se basan en complejos algoritmos en el marco de un nuevo paradigma de computación? Inteligencias diferentes que, sin un conversor adecuado, no pueden comunicarse de manera directa.

Pues lo mismo sucede con personas con inteligencias diferentes, que si el entorno no es capaz de acoplarlas adecuadamente no pueden comunicarse entre sí, dando como inevitable resultado un choque seguro de maneras dispares de ver, entender y enjuiciar el mundo. Que, por otro lado, da como resultado la paradoja, aunque enriquecedora, de descodificaciones dispares de una misma realidad.

El problema radica cuando la diversidad de inteligencias no se concibe como algo enriquecedor, sino más bien como una comunicación distorsionada, incomprendida o, incluso, peligrosa (frente a cualquier status quo vigente, ya sea familiar, social o empresarial). En dicho caso, el tipo de inteligencia predominante intentará anular la inteligencia disonante, que se verá abocada en una falta de encaje social de su realidad más inmediata, desaprovechando así su valor añadido para beneficio del resto del conjunto.

No obstante, en un mundo en emergencia de la cultura de la gestión del conocimiento, hemos llegado a entender (y comenzar a aceptar) que toda persona cuenta con inteligencias múltiples. Y aunque en cada persona a título individual despuntan unas más que otras, dichas inteligencias solo pueden desarrollarse en todo su potencial mediante un entorno adecuado. Parafraseando a Einstein: “Todos somos unos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de escalar un árbol, vivirá su vida entera creyendo que es un estúpido”. De alguna forma, algo parecido está sucediendo en la actualidad en el mundo laboral –como ha pasado en todo el pasado reciente de la humanidad, bajo otros parámetros de prioridad social-, con la tendencia impuesta por los perfiles “executives” sobre base financiera, tecnológica e ingeniera.

A pesar de las resistencias naturales del ser humano por aceptar la diferencia, lo que parece evidente es que el conjunto de la humanidad dará un salto cualitativo como especie el día en que aprendamos a gestionar de manera rentable las inteligencias múltiples. Para ello, si no queremos que dos inteligencias diferentes continúen chocando –con el balance negativo que ello representa-, debemos apostar por una sociedad donde se forme en el desarrollo competencial de sus individuos, y se educe en una clara relación interpersonal basada en la inteligencia emocional como germen del respeto a la diversidad que siempre suma y enriquece.

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