jueves, 23 de julio de 2015

Vivimos una época de cristianos licuados que permiten al capitalismo excluir, empobrecer y matar al prójimo

¿Al lado de quién se pondría Jesús si viviera hoy?
Una afirmación que choca de frente con el reciente mensaje del Papa Francisco quien insta a “una rebelión contra el capitalismo”, en ocasión de su visita a Bolivia a principios de este mes de julio. “Todas las personas tienen el derecho otorgado por Dios a un trabajo, a la posesión de la tierra, y a una vivienda”, afirmó el papa jesuita en su discurso, quien continuó con un mensaje inspirado en el propio espíritu de las enseñanzas de Jesús: “Digamos '¡No!' a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye”. “La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía –continuó Francisco-. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece".

Seguramente haya quien tilde al Papa Francisco (en público o en la intimidad) de revolucionario, e incluso de izquierdas radical, a los ojos de los centinelas del neoliberalismo de los Mercados. Y lo cierto es que están en su derecho. Pero no es menos cierto que el mensaje del jesuita es más propio del Jesús de los Evangelios que de aquellas personas –con independencia que estén en la Iglesia, en los Gobiernos, en los Mercados o en los Medios de Comunicación- que se posicionan en las filas del Dinero en detrimento de las personas.

Una persona de espíritu cristiana debería preguntarse al lado de quién estaría Jesús en temas sociales y políticos de rabiosa actualidad: ¿al lado del banco o del desahuciado?, ¿al lado del poderoso FMI-BCE o al lado del sufrimiento del pueblo griego?... Como dice el Papa Francisco: "digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras".

Lo triste es que la Iglesia de Pedro ha sido licuada por un poderoso espíritu de servidumbre al capitalismo, haciendo posible que los cristianos del siglo XXI permitan excluir, empobrecer y matar al prójimo, no por menos recordando una clara postración ante la tercera tentación que Jesús tuvo en el Desierto (Mt 4, 1-11).

Si los 1.254 millones de católicos existentes en el mundo (datos de 2013, según el Anuario Pontificio de 2015), que representan el 17,7% de la población mundial, porcentaje que aumenta hasta el 23% en Europa y el 49% en América, vivieran como verdaderos seguidores de Jesús a favor de los más necesitados; las personas, y no el beneficio, sería el foco de la economía global. Y la tierra, el techo y el trabajo se convertirían en derechos sagrados para todo ser humano donde los pobres (entre ellos miles de personas en España) recobrarían su dignidad como personas.

Pero para defender los derechos humanos no hace falta ser cristiano, sino humanista, ya sea laico o religioso con independencia de la religión, doctrina o creencia que profese. Pues el humanista antepone, sobre todo, el bien de la persona en primer lugar. Al contrario del capitalismo que sobrepone el beneficio del Capital frente a las personas.

Reiterando las palabras del humanista jesuita Francisco: digamos sin miedo que queremos un cambio real de estructuras de la política y la economía global, donde la redistribución de las riquezas del mundo garanticen una vida digna para toda persona. Y ello comienza, dentro del juego democrático, por votar a aquellos partidos que más representen, de verdad, una apuesta clara y decidida por los más necesitados. Pues nuestro como pueblo es el poder de los Gobiernos. Así pues, tomémonos nuestro tiempo de reflexión y, dejando clichés y estereotipos a un lado, actuemos en conciencia y en consecuencia.   

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