lunes, 27 de julio de 2015

La economía basada en la gestión de la deuda es un suicidio social

Ya llevamos siete años de crisis económica y suma y sigue en una fiebre enloquecida de recetas  de austeridad que no hacen más que empeorar al paciente. Una doctrina financiera que ha obligado a reeducar a todo pequeño y mediano empresario, en una economía de libre comercio de productos y servicios, de la gestión de stocks a la gestión de la deuda. Ya que solo cuando se tiene se puede comprar y gestionar stocks, mientras que cuando impera la carencia no hay otro remedio que gestionar la deuda.

En otras palabras, la gestión de stocks era una práctica empresarial propia de épocas de vacas gordas, de bonanza económica, de sociedades abundantes en recursos, en la que el comerciante se abastecía de productos o servicios para poder venderlos a posteriori, obteniendo en la transacción su correspondiente margen de beneficio comercial que generaba riqueza tanto en su empresa como en su entorno social más inmediato. Una práctica, la de gestión de stocks, que hoy en día nos parece más propia de los libros de historia de la economía.

Pero cuando la sociedad, y con ella el mercado, se encuentran en una situación de carencia de recursos, falta de consumo privado y de imposibilidad de financiación privada y pública como la actual, el empresario ya no tiene margen de adquirir productos o servicios que gestionar como stock, sino que se ve obligado a realizar un peligroso puente comercial entre su proveedor y su cliente; práctica a la que denominamos gestión de la deuda.

Un puente comercial peligroso por su fragilidad financiera, ya que el empresario –ya sea senior o joven emprendedor-, debe gestionar adecuadamente los tiempos de pago entre la factura a pagar de su proveedor y la factura a cobrar de su cliente. Si además el empresario, como es norma general en los tiempos que corren, no dispone de ninguna otra capacidad de financiación más que la propia a través del beneficio que obtiene del cobro de sus clientes –ya que los grifos de bancos y cajas están cerrados-, si estos clientes fallan en su pago el empresario entrará en quiebra y la rueda comercial proveedor-empresario-cliente se romperá.

Sin contar que, en un mercado en crisis comercial, los márgenes de beneficio empresarial son muy reducidos para poder ser competitivos, los cuales son rápidamente barridos por las altas cargas impositivas que el Estado impone a las empresas. Reduciendo así, aún más si se cabe, la capacidad de supervivencia del empresario.

Lo triste de la situación es que esta exposición no es un planteamiento teórico de gestión empresarial, sino una realidad plausible en nuestro día a día. Por lo que podemos afirmar que la práctica imperante -porque no hay más remedio- de la gestión de la deuda en el mundo empresarial es un verdadero suicidio social: la historia de una muerte anunciada donde el tiempo de supervivencia empresarial es una incógnita, frente a la certeza de la muerte de la empresa como actividad comercial.

Y todo ello en un acueducto de crisis de siete años en el que pocos son los pequeños y medianos empresarios que no hayan agotado ya hace tiempo sus reservas económicas domésticas, su posible capitalización por prestación de paro o sus ayudas por subsidio que no pasan de los dos años. Y tras la incapacidad económica para afrontar ningún otro reto empresarial más, como vía de autoempleo hacia la meta de una vida digna, las esperanzas se esfuman.

Aun así, ante un panorama por todos conocidos, los Señores de los Mercados continúan promulgando leyes de austeridad económica a los ciudadanos que afectan directamente a nuestros derechos sociales, y rescatando a una banca europea e internacional que mantiene cerradas las puertas a la financiación del pequeño y mediano empresario que es el único que puede reactivar la economía, obligándole a continuar con prácticas de gestión de la deuda que le abocan irrefutablemente a un suicidio social y colectivo anunciado.

Que cada cual extraiga sus propias conclusiones…

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