miércoles, 24 de junio de 2015

Una persona sin un lugar en la sociedad es como una hormiga sin antenas

¿Qué sucede cuando una persona no tiene un lugar en la sociedad? Una pregunta que no tenía ni cabida ni sentido ya no en las antiguas comunidades tribales, o en las sociedades gremiales de la edad media hasta la edad moderna con la aparición de la revolución industrial, sino incluso en los pueblos de hace unas cuántas décadas atrás, donde cada persona tenía una función dentro de la comunidad donde vivía y que daba sentido personal y social a su vida. Pero una pregunta que, por el contrario, es de rabiosa actualidad en pleno siglo XXI para millones de personas en un mundo desequilibrado por un sistema financiero que promueve y se enriquece con la desigualdad social, donde las personas sin un lugar en la sociedad son como hormigas sin antenas: angustiadas y sin identidad.

En la presente era de la información, del conocimiento, tecnológica o del espacio -como se quiera denominar-, vivimos en una sociedad que forma a millares de personas en disciplinas de conocimiento que no podrán ejercer jamás, ya sea bien por sobresaturación o por crisis del mercado. En otras palabras, nos dedicamos a dirigir y preparar a jóvenes futuros profesionales para que engrosen las listas del paro y la desesperanza. ¿O quién no conoce a médicos, periodistas, psicólogos, profesores, arquitectos, como tantas otras especialidades, que no ejercen como tales? O aquellos que, aun habiendo ejercido por un período determinado de tiempo, ahora se ven abocados abruptamente a la inactividad sin futuro a causa de la quiebra social.

Respecto a los primeros, está claro que es resultado de una mala planificación del sistema, tal cual una programación defectuosa de la sociedad –y más concretamente del sistema educativo-, ya que continúa generando millares de especialistas al que no puede encontrarles una ocupación. Como si una fábrica continuase produciendo millares de pantallas de plasma diarias de última generación para un pueblo rural donde solo un par de casas tienen electricidad. (Quizás tendríamos que apostar más por las habilidades personales de nuestros hijos en vez de por las cualificaciones profesionales que solo busca exceso de mano productiva y no de beneficio social)

Mientras que los segundos, es evidente que son víctimas de un sistema económico basado en un falsa promesa de imparable creciente bienestar personal  –solo hay que recordar los anuncios a bombo y platillo de un pasado reciente de productos de bancos y cajas aptos tanto para albañiles como ingenieros-, que les empujó a empeñarse su vida para, seguidamente, verse despojados de lo que tenían.

La diferencia entre uno u otro grupo, al final, se reduce –dentro de la historia de nuestra estafa económica, social y de valores, que algunos llaman crisis de mercado- en el año de nacimiento de cada cual. El denominador común, a parte de la desesperanza, es la imposibilidad de poder acceder el día de mañana a esa utopía que llaman jubilación, aunque este es un grave problema de futuro que no tiene lugar en las agendas de supervivencia individuales del presente.  

Pero al final, con independencia del grupo al que se pertenezca, actualmente nos encontramos con la realidad objetiva de contar con millones de personas, unas altamente cualificadas intelectualmente y otras con una gran experiencia práctica en sus respectivos campos, que no tienen un lugar en la sociedad.

El hecho que una persona no tenga un lugar en la sociedad, implica por un lado un problema de falta de identidad, ya que no puede realizarse profesionalmente, lo que conlleva a una devaluación personal al no sentirse útil socialmente. Y, por otro lado, acarrea el problema de la imposibilidad de asumir el coste propio de la vida (hipotecas o alquileres de una casa, alimentación, gastos de los hijos, costes del coche, etc), lo que desencadena en estrés, angustia o depresión, que afecta de manera directa la salud mental y emocional de cualquier ser humano.     

Ante esta situación, solo cabe que encontremos sentido a la vida, sabiendo que la vida no tiene sentido si no se la damos nosotros, y que este es un viaje que lleva tiempo y que comienza en nuestro interior.

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