viernes, 5 de junio de 2015

La libertad requiere de una poda personal periódica

Es tiempo de poda personal.

Cuando llega un momento en que nos encontramos prácticamente asfixiados por el enredo de nuestro follaje de proyectos y obligaciones sociales, que nos impiden vivir desde nuestra esencia, es que ha llegado la hora de la poda de tallos, hojas, flores y frutos personales que se alimentan de nuestra propia chispa vital.

Es tiempo de poda personal, cuando los quehaceres diarios se convierten en parásitos adheridos con fuerza, garra y gancho a nuestra fuerza vital, suplantando incluso nuestra propia identidad en el mundo exterior para darse razón de ser, existir y perdurar, con la misma finalidad que las bellas plagas que devoran a los árboles desde su interior.

Es tiempo de poda personal, cuando la copa pesa ya demasiado y pone en serio riesgo de quebramiento al tronco que poco más puede soportar frente a los devaneos de los vientos caprichosos y azarosos de un entorno impredecible e impermanente.

Es tiempo de poda personal, cuando uno se mira y ya no se reconoce, porque el follaje social no le deja sentir ni su propia savia.

Es entonces que, ya sea por agotamiento, ahogo o sinsentido, uno llega al entendimiento íntimo de que ha llegado la hora de desenraizarse del espacio conocido, desapegarse del juego de rol que desempeña, desprenderse de compañías tóxicas, ropajes inútiles y cargas insalubles, y aligerar el camino. Todo ello con la autocomplacencia del deleite en fumarnos una buena pipa, como regalo reflexivo previo a reiniciar el viaje de la vida. Eso sí, rehaciendo camino al andar sin volver la mirada atrás, no sea que por desobediencia de los avisos bíblicos y coránicos nos suceda lo mismo que a la mujer de Lot.

Y tras ese acto disciplinado de firme voluntad –no exento de esfuerzo y dolor- de poda personal, poder volver a sentir en nuestros rostros la frescura del viento siempre renovado, el calor revitalizante del sol sobre nuestra piel, y el agua de lluvia que empapa y limpia nuestra alma, mientras por el camino nos tomamos el tiempo necesario para curar las cicatrices de la tala, a la espera que tarde o temprano germinen nuevos y renovados brotes de una vida que por no saber, solo sabe que sus pasos le conducen a un nuevo horizonte.

Peregrino de la vida no hay libertad, solo se hace uno libre al volar consciente y desnudo hacia un horizonte desconocido sin volver la mirada atrás.