viernes, 19 de junio de 2015

Hay quienes, como los monos, les das un diamante y lo tratan como una piedra

Si a un mono le das un diamante, lo tratará igual que una piedra, pues no tiene conciencia de su valor. Al igual pasa con algunas personas, cuyo nivel de discernimiento es tan reducido que consideraciones, favores e incluso generosos regalos lo malconciben como derechos adquiridos y exigibles por no se sabe qué ley cósmica. Una norma impresa en sus defectuosos circuitos neurológicos que les lleva a interpretar un acto de consideración voluntaria hacia su persona –fruto de un comportamiento reflejo de una educación social standard- en una obligación con rango de ley.  

Llegados a este punto, es cuando nos encontramos de frente y por sorpresa con la estupidez, el desagradecimiento y la pobreza de cierta condición humana. Y es cuando uno se da cuenta que, por mucho que nos esforcemos, nunca podremos entablar un diálogo de consenso con un mono o una mona que busca imponer su ley mediante improperios y amenazas, por mucho que físicamente podamos parecernos como iguales. Está claro que ante esta situación, no hay más que poner tierra de por medio y, si el mono o la mona se muestran excesivamente violentos, mostrarles la templada firmeza propia de todo guerrero en medio de una batalla. Ya que la templanza es la manifestación exterior del control de la autoridad interior alcanzada.

No obstante, uno no puede dejar de preguntarse por la causa en la involución en nuestra sociedad de monohumanos, quizás en algunos casos fruto de desequilibrios psicológicos y/o de  inmadurez emocional, y en otros casos, generalmente de manera complementaria, por estados graves de ignorancia que, tristemente, resulta ser un factor exonerante en una sociedad adicta a los reality shows de felpudos ajenos.

El caso es que, quien con monohumanos se junta, acaba por recibir gritos malsonantes, arañazos dementes, mamporrazos de derechos manipulados y mordiscos rabiosos. Así que lo más inteligente es practicar la higiene ambiental, que es aquella que nos garantiza un espacio de seguridad entre nuestro caminar por la vida y los hábitats propios de dicha especie. Y sobre todo, si en nuestro hacer camino al caminar nos cruzamos con alguno de ellos, no dejarnos embaucar mental y emocional por su gran apariencia humana, pues tras las primeras sonrisas y dulces palabras se esconde un espíritu salvaje e insaciable de derechos propios y obligaciones ajenas preparado, por instinto, para mostrar su verdadera naturaleza a la mínima contrariedad.

Amig@, si te encuentras un monohumano en tu peregrinaje por la vida no caigas en la tentación, ya sea por educación o benevolencia humana, de hacerle un favor o algún tipo de consideración, ya que se las harán suyas por derecho adquirido enajenado, convirtiéndote en deudor de obligaciones contraídas por una suma de acontecimientos distorsionados y de historias inventadas donde la sinrazón hila la realidad de su tapiz. El mejor consejo no es otro que seguir tu camino. Y en el caso que no resistas a sus cantos de sirena, si tuvieras la flaqueza emocional de tener que ofrecerles algo, entrégales una piedra, ya que le darán el mismo trato que si les entregaras un diamante: lo utilizarán, tarde o temprano, como arma arrojadiza contra ti.

Por otro lado, si algo hay de positivo en la experiencia con encuentros con monohumanos es que uno aprende cómo son y, por tanto, ya puede olerlos e incluso intuirlos a distancia de cara a un futuro preventivo.