domingo, 31 de mayo de 2015

La historia de nuestra vida viene determinada por la velocidad

Antes de la creación del universo, en el Big-Bang, si la velocidad hubiera sido ligeramente inferior o superior, el universo se hubiera contraído antes de que hubieran surgido las estrellas o se hubieran expandido con tal rapidez que jamás se habrían formado tales estrellas. Así, con este párrafo, cerraba la contraportada de la obra “La velocidad, señora del espacio-tiempo”, que escribí a los 25 años y que ahora, 18 años más tarde, he querido recuperar en un momento de reflexión vital. Una pequeña obra que, por cierto –y permítaseme un instante fugaz de ego efímero e inútil-, fue aplaudida en 1998 por el físico e investigador científico Jorge Wagensberg, entonces director del Museo de la Ciencia de Barcelona, ahora renombrado como CosmoCaixa.

Si damos por hecho que la velocidad –que es el movimiento en mayor o menor medida de un punto de universo- es una de las dos dimensiones del tiempo, junto a la dirección (puesto que es absurdo concebir solo el tiempo real como una línea horizontal que va de izquierda a derecha, es decir en una dirección, sin una traslación de la misma que no es más que la velocidad que mueve dicha dirección), debemos dar por hecho asimismo que la velocidad es la dimensión que posibilita las diferentes posiciones de un punto de universo mediante la articulación de sus cuatro restantes dimensiones, coordenadas o valores de su estructura espacio-temporal. Es decir, que la velocidad determina nuestra posición en cada uno de los momentos de nuestra vida dentro del mundo, o más concretamente dentro de la realidad más inmediata en la que coexistimos. Y dicha posición, a su vez, determina la línea de suma de historias que narran nuestra vida.

Y, sobre esta premisa, a mis ya 43 años, no puedo más que preguntarme cómo hubiera sido mi vida si hubiese ido a mayor o menor ritmo de velocidad en cada una de las diferentes etapas de la vida por las que hasta el momento he pasado. O, como me gusta decir, en estas tantas “vidas pasadas” vividas en esta misma encarnación. Cómo sería mi vida, y por extensión el dibujo del trazo de la suma de historias vividas, si el ritmo de velocidad hubiera sido, en todo caso, menor. ¿Cuál sería mi posición espacio-temporal actual en el universo conocido, si la velocidad personal hubiese ido a otro ritmo? Ya que tengo la sensación, como un mal bailarín que pisa a destiempo sobre la plaza la música que tocan, de haber perdido por el camino maravillosas historias posibles al haberlas contraído antes que surgieran o expandido con tal rapidez que no pudieron llegar a crearse.

En todo caso, de nada sirve quejarse, pero sí preguntarse qué marca el ritmo de velocidad de nuestras vidas que determina nuestra posición en el mundo en todos y cada uno de los instantes que juntos suman nuestra fugaz historia (esa historia que acaba diluyéndose en el horizonte del océano del olvido). Y, al final, frente a la pregunta del millón, uno acaba volviendo a las mismas conclusiones clásicas de siempre: el movimiento vital de cada cual viene marcado por nuestros determinismos biológicos, ambientales y psicológicos. En definitiva, que si vamos a desritmo por la vida, es que somos defectuosos, indiferentemente que sea por exceso o defecto de velocidades.