sábado, 30 de mayo de 2015

Cuando el Destino interviene en nuestra vida, no cabe más que aceptar y fluir

Marioneta de Francisco Álvarez
Cierto es que la nueva física, y con más bombo y platillo las filosofías new age de rabiosa actualidad, nos dicen que no existen futuros absolutos, sino futuros posibles. Y que aquel futuro realizable en nuestras vidas de entre todos los posibles no es otro que aquel escenario futuro en el que centramos nuestros esfuerzos. Premisa de oro de cualquier coach que oferte sus servicios en el mercado del positivismo.

Aunque también no es menos cierto que dicha premisa de las historias futuras posibles choca de lleno con el famoso principio de indeterminación de la teoría cuántica, la cual manifiesta que no hay historia o futuro determinado con precisión, sino afectados por otras historias posibles con características similares en un espacio interconectado.

Y entre una y otra teoría, nos encontramos los seres humanos con una fuerza mayor a la que llamamos Destino desde los albores de la humanidad. Una fuerza sobrenatural denominada karma por los budistas, predestinación por los chinos, providencia divina por los cristianos, o fátum por los antiguos romanos y ananké por los griegos clásicos (donde los mismos dioses del Olimpo no están exentos), que se manifiesta de manera frontalmente opuesta al libre albedrío o libertad individual que tiene cualquier persona por elegir uno de sus futuros posibles.  

Cuando interviene el Destino en nuestras vidas, las personas perdemos el control de los mandos de nuestra existencia, tal cual abdución por una fuerza mayor se tratase, no pudiendo interceder ni en el ritmo de los acontecimientos, ni en su rumbo y consecuencias, por muchos esfuerzos en sentido contrario que hagamos.

Ante esta realidad, tan solo cabe luchar en contra de la fuerza arrolladora del Destino, lo cual nos agotará físicamente, desquiciará mentalmente y desequilibrará emocionalmente con la misma eficacia de una hormiga por liberarse de la presión de un dedo humano; o aceptarla, desapegarnos de nuestro definido futuro posible y rendirnos en su omnipotente fluir como único camino hacia la libertad de espíritu personal. Pues solo en la aceptación, el desapego y la rendición encontraremos la paz interior que anhelamos.     

Racionalizar si el Destino es justo o no con nosotros, es materia exclusivamente humana que al Destino les es indiferente, pues el Universo en su infinitud trasciende e ignora toda preocupación humana, al igual que a nosotros no nos importa nada el universo de los ácaros que coexisten en nuestro colchón. Así como intelectualizar sobre la finalidad, uso y propósito del Destino, es tan loable como la mosca que busca una razón existencialmente positiva tras haber sido herida de muerte fatal por haberse posado en un plato de sopa.


Por tanto, frente al Destino, de nada sirve racionalizar ni intelectualizar en un juego desesperado e impotente de la mente por controlar lo incontrolable, sino dejarse fluir por el flujo impermanente e imparable del Destino, como arrolladora fuerza primogénita de la Vida de todo el Universo. Y en ese fluir, Ser y dejar de hacer.